Plan perfecto Chapter 4

 Capítulo 4

4. Cierta Esperanza

Los pasos de Dante hacia casa eran ligeros, la satisfacción que sentía era algo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Al subir al tren, comenzó a revivir en su mente la larga y onírica experiencia que había vivido. Los recuerdos del alegre y gratificante pueblo costero se escurrían como el paisaje que observaba desde la ventanilla, y para cuando el tren se detuvo en el andén, ya parecían pertenecer a un pasado lejano, de hace años.

Al llegar al lugar acordado, un vehículo familiar aguardaba en soledad. El motor rugió al encenderlo, y Dante, con la mirada fija en el asiento del copiloto, reconoció la familiar melodía del escape. Allí, sentado en silencio, se encontraba un niño. Su nombre era Benjamín, igual que la variedad de ficus Benjamína cuyas hojas él limpiaba todas las mañanas mientras trabajaba en la florería.

Las orillas de los ojos de Benjamín estaban enrojecidas. Durante el viaje, el niño había sollozado sin hacer ruido, y ahora, atemorizado, se mantenía callado. Dante se dio cuenta de que la situación se había complicado. Había dado un largo rodeo para hacerse con la custodia de un niño huérfano, pero ahora, por culpa de un intruso, sus planes parecían haberse ido al garete. Era evidente que necesitaría algo de tiempo para extraer lo que se escondía en esa pequeña cabecita. No era un panorama optimista.

Mientras el coche surcaba la carretera desierta a gran velocidad, la radio emitía una canción añeja. Dante tarareaba la melodía, pero Benjamín, con las manos juntas, solo miraba hacia el suelo. El largo viaje terminó por agotar la paciencia de Dante, quien decidió dirigirse a su único acompañante.

—Jovencito, Benjamín... ¿puedo llamarte Ben? Hmm, parece que no te gusta. De todas formas, no te preocupes tanto. En este momento tienes algo increíble en tu mente y, al menos hasta que salga de ahí, estás más seguro que nadie.

—…

—No te preocupes, Ben. Eres el niño más inteligente que he visto y seguro que superarás este pequeño obstáculo.

Las lágrimas que había logrado contener hasta ese momento brotaron de los ojos del niño ante las palabras de quien le había causado todos esos problemas. Dante observó cómo Benjamín se tapaba la boca y comenzaba a sollozar con histeria. Era mejor que no dijera nada más. Había llegado en el peor momento, justo cuando la situación se tornaba violenta y sangrienta. Para un niño de su edad, el impacto había sido brutal.

Pero había soluciones. De momento, debía conformarse con haber cumplido parte de su objetivo.

Elderwood apareció a la vista justo cuando el tanque de gasolina, que había llenado en la gasolinera, se encontraba a medio camino. La emoción del regreso a casa, que había llenado su corazón durante el viaje, se desvaneció al contemplar las imponentes torres que se alzaban a lo lejos. A medida que la gran ciudad se acercaba, Dante modificó su impresión inicial. ¡Qué aburrido! Tal vez, su excelente viaje de vacaciones había intensificado esa sensación. 

Elderwood era inmensa, incomparable al pequeño pueblo costero que podía recorrerse a pie en un solo día. Comparada con el lugar donde los carruajes y las lámparas de aceite aún reinaban, Elderwood era un espacio moderno. La multitud se movía a toda prisa por sus calles, que se extendían como un hormiguero, grandes carteles luminosos con actrices maquilladas adornaban las avenidas y, en los callejones, la gente pobre, enajenada por las drogas, deambulaba como cadáveres en su propio delirio. ¿No podríamos considerar este lugar también un buen destino turístico, donde al cruzar una sola calle se podía contemplar el cielo y el infierno? ¡Oh, qué basurero tan brillante! Dante sonrió irónico.

El vehículo, tras recorrer varios callejones polvorientos, llegó a un garaje. Dante, sentado en el coche con el motor apagado, rebuscó en la guantera. Encontró envoltorios de comida con manchas de salsa, pañuelos usados y nuevos, todo revuelto. Era fácil imaginar el abandono al que se había sometido el vehículo durante su ausencia. Con un corazón apesadumbrado, Dante metió la mano en la montaña de basura y, después de varias vueltas, encontró una llave.

Con la llave en el bolsillo, Dante salió del garaje con el niño de la mano. Benjamín era un chico tranquilo que no había intentado pedir ayuda a los transeúntes. Parecía albergar una profunda desconfianza hacia las autoridades, producto de las experiencias que había vivido con su padre. Gracias a ello, Dante podía pasearse por la calle con la tranquilidad de un secuestrador.

Su destino era una tienda de comida rápida a dos manzanas del garaje. Tras un viaje tan largo sin descanso, estaban famélicos. Era mejor llenar el estómago antes de comprobar el estado de la casa que tanto tiempo había estado vacía.

Al entrar en la tienda, Dante se encontró con un interior inmutable, tal como lo recordaba. El menú tampoco había cambiado. El local se especializaba en hamburguesas y sándwiches, aunque en realidad no había mucha diferencia entre ambos, excepto por la elección entre pan y baguette.

La razón por la que Dante siempre había frecuentado esta tienda era la constante rotación de empleados. Los trabajadores cambiaban cada dos días o cada tres meses, y todos ellos eran empleados de medio tiempo sin entusiasmo. Su mayor preocupación era si cobrarían su salario a tiempo, y el hecho de que no ofrecieran un saludo amigable era una ventaja para algunos clientes. Sin embargo, el único problema era que los empleados no parecían interesarse en la calidad de la comida que preparaban.

—El pan está duro, la lechuga está marchita y lo único que destaca son el queso y la salsa. La hamburguesa es un poco mejor. La baguette del sándwich es dura.

Dante abrió las ventanas del polvoriento apartamento comunal y dijo estas palabras. Acababa de presentar a Benjamín dos hamburguesas y dos sándwiches para que eligiera. El niño, astuto, siguió el consejo de Dante y escogió la hamburguesa plana. Los tres restantes serían para él.

Desplegó el envoltorio y dio un mordisco al sándwich. Se escuchó un crujido, no sabía si era la baguette la que se rompía o sus dientes. El familiar sabor lo transportó de inmediato a su hogar.

—La comida de Loverwood era bastante buena. Lo siento, Ben. Tu primera comida al llegar es un poco decepcionante.

Dante pronunció esas palabras con una profunda pena en la voz. Benjamín, por su parte, parecía haber comprendido que su captor no tenía intención inmediata de hacerle daño. El niño mordisqueó la hamburguesa plana como si fuera un grano de alpiste, la masticó y escuchó las palabras de Dante.

—En cambio, si tengo tiempo, te compraré gominolas y caramelos. Sé que es incómodo, pero piensa que vas a pasar un tiempo aquí. Bueno, puedes salir si quieres, pero es mejor que no te arriesgues a que te encuentre un tipo desagradable mientras andas solo, ¿no crees?

—… ¿Qué piensa hacer conmigo?

—¿Eh?

—¿Después de que me obligue a contarle todo, me va a matar?

Tan pronto como Benjamín terminó de hablar, una sonrisa inofensiva floreció en el rostro de Dante. Con una sonrisa amable y cálida, dijo:

—Tal vez. Pero, desde mi punto de vista, lo más probable es que no. Hmm, te lo diré por si acaso, recuerda que tienes otro valor. Por ejemplo, ¿por qué no demuestras que eres diferente a tu padre? Lo primero es que no te escapes. Deberías empezar por eso.

Dante se encogió de hombros y volvió a morder el sándwich. Sus visitas frecuentes a la panadería de Martin habían elevado su nivel de exigencia en cuanto al sabor, y el sándwich que tenía en la boca le parecía bastante tosco. Y, en efecto, lo era. La lechuga mustia no crujía al masticarla, y la salsa espesa empapaba el pan. El proceso de ensamblar los ingredientes era el mismo, ¿cómo podían ser tan diferentes los sabores?

Aun así, su objetivo principal era llenar el estómago, así que se lo comió todo. Después de limpiarse las manos con cuidado, Dante se levantó de un salto y se dirigió al zapatero. Extrajo una llave de repuesto del interior y la hizo tintinear delante de Benjamín.

—No te olvides de cerrar la puerta con llave, por si acaso sales.

Dejó la llave sobre la mesa y salió del apartamento comunal, dejando al niño aún en medio de su comida. Se fundió con la multitud y, mientras caminaba, pensó en los asuntos pendientes.

Este viaje había sido más largo de lo previsto. A alguien impaciente, la interrupción repentina de su agenda le habría enfadado. Al llegar a esa conclusión, su paso se ralentizó. La idea de que tendría que escuchar regañinas nada más terminar sus vacaciones no le entusiasmaba. Imaginar la cara que pondría le daba ganas de tirarse en mitad de la calle.

Poco después, Dante se encontró cara a cara con la persona que menos deseaba ver.

—Hola, Nick. Tu cara se ha vuelto aún más desagradable.

—Y tú pareces más brillante que nunca.

Dante no hizo caso a la voz desagradable de su interlocutor y se limitó a mover la cabeza. Este gesto de falta de respeto y cortesía tenía como objetivo irritar al otro, y, para su sorpresa, funcionó. Pudo ver cómo la cara de Nick se contraía de inmediato.

— Todo se debe a que he estado comiendo y durmiendo bien. Además, el nuevo trabajo no estuvo nada mal. Un empleador atractivo y competente, con un horario y un salario perfecto. En fin, ¿todo va bien?

—Claro que sí, mocoso. La casa no se va a desmoronar por tu ausencia. Entonces, ¿cómo quieres que te llame ahora?

—Dante. Me gusta este nombre. Lo usaré por un tiempo.

—Pff. Otro nombre que has tomado prestado. No te pega nada.

—Yo también lo creo.

Dante respondió con naturalidad.

Todo el mundo llamaba a este hombre Nick. Su nombre real era algo como Nicholas, pero no se sabía con certeza. Llevaba el pelo rubio peinado hacia atrás y siempre vestía trajes a medida, lo que le daba un aire a joven empresario. Si no tuviera esa cicatriz que le atravesaba el ojo, podría pasar por un magnate. Y también era el tío de Dante. Aunque, como ocurre con todas las relaciones en esta familia enrevesada, no compartían ni una gota de sangre.

Tío y sobrino nunca habían sido muy cercanos. Dante siempre había creído que la culpa de esa distancia la tenía Nick. Era un alfa típico, orgulloso y competitivo, y se deleitaba en humillar a los demás con su fuerza o su poder. Y su familia no era una excepción. Nick, con su pensamiento patriarcal tan marcado, quería que todos, excepto su padre, se postraran ante él y le obedecieran.

Hasta sus feromonas lo evidenciaban. El aroma de Nick olía a hierro oxidado, y Dante tenía que soportar la desagradable sensación de estar en una vieja fábrica abandonada. ¡Maldita sea, qué tirano tan horrible! ¿De qué sirve su éxito en los negocios? Con esa actitud, no era más que un tío que acosaba a su sobrino cuando este ya era mayor de edad.

No tenía ganas de discutir con él después de tanto tiempo sin verse. Dante decidió hacerle caso. Abandonó toda resistencia a las feromonas y dejó que lo sometieran. Una expresión de triunfante satisfacción se apoderó del rostro de Nick. Con una sonrisa arrogante, preguntó:

—¿Has traído la mercancía?

—Sí, la he traído a buen recaudo. Bueno… ha habido un pequeño problema por el camino.

Nick se preparó para reírse en cuanto terminó la frase. Dante confesó con un tono brusco:

—El plan se ha torcido. Tardaré un poco en obtener la versión final. Pero no hay problema, aún queda tiempo de sobra. A ti también te vendría bien cultivar un poco la paciencia.

—Jaja, te creías tan listo y al final has fracasado.

—Cállate.

Dante agito la mano delante de su rostro. Las feromonas no iban a desaparecer por eso. ¿Cómo era posible que no recibiera ni un saludo cariñoso de su tío después de tanto esfuerzo? Era de esperar, pero aún así, su disgusto aumentó. Si hubiera sabido lo que iba a pasar, habría dormido un rato más, vagado un poco y luego lo habría visitado.

Nick se sintió satisfecho después de enfadar a Dante a gusto. Con tono conciliador, le habló. Su intención de tranquilizarlo era evidente, pero a Dante le sonó mal.

—A pesar de tu error tonto, lo importante es que el resultado sea positivo. Enhorabuena. ¿Dónde está el hijo del traidor? ¿No lo has traído?

—Voy a quedármelo un tiempo. Si ve tu cara, podría empezar a llorar. Los niños son bastante sensibles.

—Hmm, de acuerdo. Es mejor que no se te ocurra hacer ninguna tontería. Solo tienes que cuidar al niño.

¡Qué paranoia más incurable! Dante esbozó una sonrisa torcida. Este alfa arrogante seguía tratando de someterlo como a un perro obediente. Nick, que siempre había sido el segundo a bordo, se había hecho con todo el poder después de los acontecimientos del año anterior. Todo debido a la muerte de quienes debían haber sido los herederos.

Pero esa era una parte del precio que tenía que pagar para poder seguir formando parte de esta familia. El niño que una vez vagaba por las calles se había propuesto hacer lo que fuera necesario para tener un hogar. «Si demostrabas tu utilidad, se te recompensaba». Esa era la única regla de este clan desestructurado y lleno de agujeros, y gracias a ella, Dante había podido volver.

De repente, un nombre flotó en su mente.

Era el nombre de alguien a quien había dejado atrás. Dante se hundió en sus pensamientos. ¿Por qué le había venido a la mente de repente?

Después de un tiempo, logró llegar a una conclusión adecuada. Todo esto era culpa de Nick, con esa mala suerte que le caracteriza, de haber intercambiado palabras con él. Al fin y al cabo, eran ambos alfas con edades similares, así que era natural que los comparara. Dante suspiró. Por eso las buenas experiencias son tan molestas. Apenas había pasado tiempo desde que se había ido y ya quería volver.

Pero eso era imposible. Porque él mismo lo había destruido todo.

Dante volvió a saborear el nombre de esa temprana primavera.

* * * 

Para hallar la librería antigua, era preciso localizar la torre del reloj. En aquella inmensa urbe, al menos seis estructuras podían ostentar tal título. La más cercana a la librería era la tercera más alta, la cuarta más antigua y la quinta más ornamentada. Por eso, indicar a un visitante primerizo que siguiera la torre del reloj era, en realidad, una instrucción bastante irresponsable.

Aun encontrando la torre correcta, encontrar la librería supondría un desafío. Se escondía en un rincón sombreado de un callejón sinuoso, su letrero era ilegible por la corrosión y la pintura de la puerta se había descascarado hace tiempo.

Por supuesto, un local tan inaccesible y sospechoso no invitaba a la visita, ni siquiera a una búsqueda intencionada. Dante creía que la librería de Yulia era frecuentada más por moscas que por clientes. Pero no importaba. La colección y venta de libros antiguos era solo un pasatiempo, y en realidad ella era mucho más hábil suturando vientres rasgados y metiendo entrañas humanas que restaurando libros rotos y desgastados.

—¿Y este pequeño?

Dante sintió cómo la pequeña mano de Benjamín, que sostenía entre las suyas, se tensaba. No era para menos. Yulia tenía perforaciones distribuidas en las cejas, el puente de la nariz, el filtro labial y debajo de los labios, adornadas con joyas. Jugaba con sus largas uñas pintadas de negro, y sus labios, de un rojo intenso como si acabara de atrapar un ratón, completaban el cuadro. El niño, que creía en las pulseras mágicas que concedían deseos, se asustó y exclamó sorprendido.

—¡Ah, Bruja!

Un grito repentino, como un trueno en la nada, hizo que Yulia soltara una carcajada sonora. Benjamín, en un acto reflejo, se escondió detrás de Dante. El niño, que antes se mostraba alerta ante el supuesto secuestrador, cambió de actitud al instante, buscando refugio en una figura aún más intimidante. —Qué curioso cómo los niños son—, murmuró Dante.

Yulia, disfrutando de la reacción, decidió seguir jugando con el niño. Se ausentó un instante y regresó con una bebida fascinante: un brebaje oscuro, espeso, con grumos blancos flotando en su interior. Benjamín, con un vaso de chocolate caliente coronado por malvaviscos, se calmó. 

Yulia, contemplando la redondez de la cabeza del niño, dijo: —Por un momento pensé que habías tenido un hijo.

—Hmm...

—¿Por qué esa reacción? Es una broma. Sé que no vas a tener hijos con un omega.

—No es eso. Es solo que esa frase me suena familiar.

Dante esbozó una sonrisa ladeada. 

—¿Qué tal has estado?

—¿Yo? He estado ocupada, por supuesto. Nick, ese neurótico, ha estado preguntando por ti. Casi parece que te hayas esfumado con algo valioso. —Yulia chasqueó la lengua y preguntó—: ¿Qué has estado haciendo para llegar tan tarde? ¡Un mes de retraso! Si hubieras llegado un poco más tarde, habría empezado a creerle a Nick.

—Tuve algunos asuntos que atender —respondió Dante. 

Un instante de suavidad se reflejó en su rostro, y Yulia parpadeó rápido. Ella, que se ganaba la vida con la intuición, lo comprendió al instante. Debe haber sido algo agradable, aunque no tenía intención de dar detalles. Decidió no insistir, prefiriendo evitar escuchar más mentiras. En cambio, se dirigió al niño que curioseaba los estantes.

—Pequeño, si quieres, puedes leer todo lo que quieras. Pero si le haces un solo rasguño a algún libro, se lo cobraré el doble a tu hermano.

—¿El doble? ¿Por un libro viejo? Ya están llenos de marcas y rasguños.

—Para mí, es una oportunidad para hacer espacio en el inventario.

Yulia se rió con desdén y se agachó. Sacó un delgado libro de debajo del mostrador. Dante lo tomó sin siquiera abrirlo y lo guardó en su pecho. Luego se giró. Su dedo apuntó a Benjamín, que seguía examinando los estantes.

—Perfecto. Cuídalo un poco.

—Mira, no soy una niñera, ¿verdad?

Dante se encogió de hombros.

—Sería una lástima mantenerlo encerrado en casa. Al parecer, ha estado encerrado durante mucho tiempo. Yo también tengo trabajo por hacer, y no puedo dejarlo con Nick.

—Ugh, no se me da bien cuidar niños.

—¿No te manejaste bastante bien con él hace un momento? No te preocupes, no es tan complicado como piensas. Además, parece que al pequeño le gusta leer, ¿por qué no organizan un club de lectura juntos? Como ya sabes, es muy inteligente, capaz de memorizar planos complejos completos, y además es maduro para su edad.

—Mmm.

—Creo que podrían tener una buena relación. De hecho, deberías preocuparte más por si su inteligencia se ve afectada por la suya.

Benjamín, al darse cuenta de que se estaba hablando de él, se giró tímido. El niño, como si prefiriera estar allí que en el polvoriento apartamento común, dirigió su mirada brillante a Yulia. Recordó la vez en que el niño miraba con avidez un helado. Tal vez no le gustara estar solo conmigo. Dante sonrió.

El mundo suele tener una percepción errónea. No es cierto que solo porque alguien se manche las manos de sangre o viva de negocios turbios, carezca de humanidad. Por supuesto, es inevitable sentir la presión de ceder ante las súplicas emocionales de un niño tan pequeño. Yulia, sudando, propuso, con un aire de decisión:

—Si retiras lo último que dijiste, entonces lo pensaré.

Dante desvió la atención. En lugar de darle la respuesta que ella buscaba, dirigió su mano hacia el portalápiz sobre el mostrador. Tomó una pluma al azar y se fue caminando sin prisa.

—Oye.

De repente, se detuvo en seco. Se giró y encontró la mirada de la dueña de la librería. Un silencio se instaló. Yulia pudo observar cómo el rostro del hombre se tornaba grave, algo que no se había visto en él antes. Era un gesto poco común en Dante, quien solía ser impávido.

Después de un largo momento de vacilación, Dante, con una voz insegura, dijo:

—Un cliente… podría venir.

Yulia entonces se relajó. 

—Pensé que era algo grave. ¿Por qué te preocupa tanto? ¿Cuándo viene?

—No lo sé.

—¿Cómo es?

—Escuché que tiene treinta años, pero parece mucho más joven. A simple vista, debe verse de una edad parecida a la mía. Es alto, casi de mi altura, y tiene los ojos… los ojos también son azules, como los míos.

—...

Le dirigió una mirada, como pidiéndole que diera más detalles.

—Tiene el cabello negro y una expresión austera, casi fría, que puede parecer indiferente. Su cuerpo está bien tonificado y, ah, probablemente tiene una cicatriz de cuchillo en el muslo derecho.

—No puedo pedirle que me muestre el muslo. Solo dime su nombre.

—No hace falta que lo sepas. Tiene muchos nombres falsos, no sabemos con cuál vendrá. De todos modos, lo reconocerás en cuanto lo veas. Si te digo que es guapo según mis gustos, seguro sabrás quién es.

—...Vale. ¿Debería aceptar su encargo?

Dante se sumergió en sus pensamientos una vez más. Esta vez, la respuesta no tardó en llegar.

—Si viene con las manos vacías mientras el sol aún brilla, dale una cita. Hazle saber que no podrás verlo de inmediato.

—Mmm, de acuerdo. Por si acaso, ¿y si no viene con las manos vacías?

Dante ofreció un consejo con una sonrisa:

—Huye. Si la huida fracasa, cuida tus dedos y tu lengua. Duele bastante. Si no puedes resistirlo, dale algo de información sobre mí. Parece el tipo que, si suplicas bien, te dejará vivir. Ah, por cierto, mejor que no uses al pequeño niño como rehén. Creo que solo le dará más rabia.

Dante se volvió al ver a Yulia rascarse la cabeza. No se olvidó de acariciar la cabeza redonda del niño que llevaba un libro en la mano mientras pasaba junto a él. El sonido de sus pasos se alejó.

En cuanto salió a la calle, Dante se fundió en la multitud. Se alejó hasta que la torre del reloj quedó fuera de su vista y entonces sacó lo que llevaba en el bolsillo: el libro de los que iban a partir hacia el cielo. 

***

Al final del verano, Dante estaba seguro de que él era un hombre hecho para la ciudad. Tal vez fuera por la nostalgia, por haber nacido allí. Aunque no estaba del todo seguro de haber nacido ahí, en realidad. De cualquier forma, un mes de ausencia no había cambiado nada en su vida. Dante se había dado cuenta, con amarga certeza, de que la idea del encantador pueblo como un lugar ideal para él no era más que una ilusión fugaz.

Así son los viajes, siempre. Hermosos paisajes, calles desconocidas, gente extraña, todo a tu alrededor diferente, la ilusión de una vida distinta... Un espejismo que solo un huésped puede disfrutar, un breve momento de magia. Se dice que la necesidad de escapar de la rutina es un instinto humano.

En ese sentido, un mes de vacaciones había sido una decisión sabia. Una semana era insuficiente, un año, demasiado. Se habría quedado para siempre. Si no hubiera sido por ese encuentro con el detective, Dante habría intentado doblar el tiempo que pasaba trabajando como empleado en la floristería. El doble, el cuádruple, el óctuple… 

Hay cosas hermosas en este mundo, como los recuerdos. No era algo en lo que debía pensar durante el trabajo. 

—¡Mátalo, cabrón!

Era la tercera vez que lo escuchaba hoy. El objetivo tenía una escopeta en la mano, el tipo de arma que te puede matar de un solo disparo a corta distancia. Sin embargo, su postura torpe sugería que nunca había usado una antes. Tres de sus guardaespaldas yacían en el suelo, con agujeros de bala en sus cuerpos, manchando el asfalto con su sangre. Solo quedaba el hombre. 

Liquidar al objetivo, solo, era pan comido. O más bien, nada divertido. Dante aprovechó el retroceso de la escopeta al disparar al aire para acercarse al hombre. El objetivo, sorprendido por la aparición repentina del asesino, soltó el arma. La escopeta rodó por el suelo, con un ruido metálico que resonó en el silencio de la calle. 

La boca del cañón se clavó en la garganta del objetivo. Dante permaneció quieto, mirándolo a los ojos mientras hablaba en su mente. 

«¿Qué harás ahora? Si sigues así, vas a morir, ¿verdad? ¿No vas a hacer nada?».

Pero el objetivo, petrificado, solo temblaba y orinaba en sus pantalones. Dante frunció el ceño. El cilindro giró, el revólver disparó. Un sonido sordo, un golpe seco, y la cabeza del objetivo se deshizo en un mar de sangre. 

Dante miró el arma en su mano, un revólver antiguo. No era suyo. Era un botín, un recuerdo de sus vacaciones de verano, un premio que había encontrado en lugar del paraguas que tanto buscaba. Dante revisó su memoria, buscando ese momento. El hombre lo cuidaba con tanto cariño, ¿se enfadaría al saber cómo lo había usado? Dante se limpió la sangre de la cara con la manga de su camisa, perdido en sus pensamientos. 

Ése era el gran problema de Dante. La resaca de sus largas vacaciones. Un éxtasis que ninguna droga barata podía igualar, un veneno que lo había envuelto en una euforia adictiva. 

Dante, sacudiendo los restos de carne adheridos al revólver, imaginó. Quería volver a verlo. Quería meter el cañón en su garganta. Quería presionar su nariz contra su nuca y oler su aroma a sangre y a pescado. Quería empujarlo hacia abajo con fuerza. 

Dominar a alguien más fuerte que él con la fuerza, era la mayor de sus satisfacciones. Maldita sea, así no se podía criticar a Nick. 

La figura que Dante tenía en mente era la más adecuada para ese acto adictivo. Él era fuerte y poderoso.

Tan pronto como ese pensamiento cruzó su mente, su estado de ánimo se hundió. Encontrar a alguien como él en esta gran y poblada ciudad parecía casi imposible. Lo único que podría hacer para satisfacer su deseo era encontrar un alfa de gustos peculiares que disfrutara de las relaciones con su propia especie. Pero Dante, con el paladar tan refinado, se había acostumbrado al capricho, como un perro malcriado. No todos los alfas eran iguales. Si lo pensaba bien, el objetivo que acababa de hacer el ridículo y mojarse los pantalones también era un alfa. 

Dante registró la chaqueta del objetivo sin cabeza. Como era de esperar, en el bolsillo interior había un paquete de cigarrillos de alta gama y un encendedor Zippo. Los sacó y se metió uno a la boca. Encendió la punta del cigarrillo y aspiró. El humo suave le rozó la garganta. No era aficionado al tabaco, pero el olor acre le recordaba a alguien. Dante se quedó allí, sentado en cuclillas entre los charcos de sangre, fumando sin cesar. La suela de sus zapatos estaba manchada.

—...

Desde que dejó Loverwood, no había buscado información sobre él. A veces, es mejor dejar las cosas sin saber. Pero no podía evitar que apareciera en sus pensamientos sin previo aviso. ¿Qué habría sido de él? ¿Lo habrían arrestado los detectives que lo perseguían y lo estarían interrogando? ¿O se habría esfumado en las llamas? ¿Habría puesto fin a su recuerdo de una manera tan trivial?

Una sonrisa brotó de sus labios. Era por la imagen que tenía en la cabeza. Sus ojos, que lo miraban, incluso cuando estaba a punto de perder la conciencia. Dante se mordió el labio inconsciente. El simple hecho de imaginarlo le encendió la entrepierna.

Pronto, Dante se levantó. Tiró la colilla que aún no se había consumido por completo sobre el charco de sangre. El fuego chirrió, emitiendo un grito agonizante. Las pisadas sobre el suelo de cemento resonaron, dejando tras de sí un rastro de huellas rojo oscuro.

Dante sacó un delgado libro de su bolsillo y, con el bolígrafo que había robado de la librería, tachó un nombre. Luego, frotó con cuidado el cañón del arma sobre su ropa. Acaba de darse cuenta, pero este revólver no era adecuado para el trabajo. Sería más apropiado llevarlo como defensa personal o colgarlo en la pared de casa como adorno.

Dante salió del almacén y se subió al coche que había aparcado cerca. Le preocupaba estar manchado de sangre, pero, en realidad, el interior del coche estaba lleno de basura. Tendrá que lavarlo el fin de semana. Cuando tomó la decisión, se sintió más ligero. Se cambió de ropa y se limpió la cara sucia con una toalla que había en el coche. Para terminar, se puso los zapatos que estaban en el asiento trasero, y se transformó en una persona totalmente ajena al escenario del crimen.

El coche abandonó el complejo casi desierto y se incorporó a la carretera principal. Sus dedos tamborileaban sobre el volante y un silbido salió de su boca. Todo estaba saliendo según lo previsto. Aunque, por supuesto, no había nada divertido en ello. 

Dante consideraba que las tareas que se le encomendaban eran bastante monótonas. Se le proporcionaba un puñado de nombres, algunos detalles físicos, o la forma y ubicación de un objeto. Incluso los resultados se podían resumir en éxito o fracaso, lo que le daba un toque de aburrimiento. Pero, ¿acaso las tareas que requerían colaboración y cooperación eran más divertidas? No en realidad.

En cambio, el trabajo individual se toleraba siempre y cuando el resultado fuera el esperado. Ese punto le gustaba mucho. Gracias a ello, Dante tenía que esforzarse por aportar un poco de creatividad y curiosidad a su rutina. La forma más sencilla de conseguirlo era preguntarse el —por qué— y el —cómo—. En su tarea anterior, había logrado satisfacer este último al comprobar el rendimiento del revólver que tenía en su poder. Ahora, durante el camino de vuelta, era el momento de pensar en el primero.

Nick, que había tomado las riendas de la familia en lugar de su padre enfermo, estaba inmerso en consolidar su negocio. Para conseguir el monopolio, quería arruinar a sus competidores. Por eso, la mayoría de las personas a las que Dante visitaba en sus casas eran empresarios relacionados con el tráfico de armas. 

No es un método muy recomendable, ¿verdad? Dante sonrió irónico. Eliminar a todos los que le molestan. Una idea bastante infantil, propia de él. Cada vez que veía a Nick, confirmaba la creencia de que la gente no cambia. Su actitud hacia él era la prueba, desde que lo encontró en la calle hasta ahora. 

Dante se dirigía al apartamento compartido, pero cambió de opinión en el camino. El coche cambió de dirección, dejando atrás la zona residencial y dirigiéndose hacia el centro de la ciudad. Serums Street, famosa por su seguridad, era una zona donde se concentraban diversos negocios. Como siempre, los peatones se movían desordenado por la acera, buscando su camino.

Dante encontró lo que buscaba entre los edificios de diferentes alturas: una empresa fabricante de juguetes. Se quitó los zapatos sucios dentro del coche. Se puso los zapatos que había en el asiento trasero y, de repente, se transformó en una persona impecable, sin ni una gota de sangre. Guardó el revólver en el bolso de cuero y, por último, se colocó las gafas de pasta toscas sobre el puente de la nariz. Dante bajó del coche sucio y se fundió en la multitud al instante.

El negocio de juguetes de la gran familia se dividía en dos ramas principales. Una era la de los juguetes peligrosos, con los adultos como principal público objetivo. Esta era la parte más rentable del negocio familiar, y, debido a su carácter ilegal, se mantenía en secreto. 

Y, sorprendentemente, la otra rama era la de los juguetes de verdad. Se dedicaban a una amplia gama de productos, desde maquetas de madera y muñecos de peluche hasta casas de muñecas elaboradas y carruseles de cuerda. A pesar de ser una fachada, tenían una cierta tradición, incluso mantenían una buena reputación. Por supuesto, la mayoría de los empleados, que trabajaban para los sueños y las esperanzas de los niños, no conocían la verdadera naturaleza de la empresa. Solo unos pocos superiores perspicaces sospechaban que algo no iba bien.

Dante era un simple empleado de ventas que pasaba desapercibido en la empresa. Y, precisamente, el departamento de ventas era un lugar donde era normal ausentarse a menudo. El nombre que usaba en la empresa era Paul, un nombre tan común que había varios empleados con el mismo nombre. 

Paul era la antítesis de Dante. Siempre apresurado, con una actitud de agotamiento perpetuo, caminaba con paso torpe y encorvado. Siempre llevaba una camisa arrugada y una corbata torcida, y cuando alguien le hablaba, solía titubear y responder con dificultad. Al principio, aquellos que se interesaban por su rostro de joven apuesto, que ni siquiera las gruesas gafas de pasta podían ocultar, perdían el interés después de unas pocas palabras con él. Para Dante, no era una actuación difícil, solo tenía que comportarse de forma opuesta a su naturaleza. 

Como era de esperar, no había muchas personas que le prestaran atención a Paul, que hacía tiempo que no aparecía. También se debía a que se había apresurado a caminar sin dar tiempo a nadie a hablarle. Dante cruzó el pasillo sin mirar a nadie y se dirigió directo al ascensor. El negocio secreto se desarrollaba en los dos pisos superiores del edificio de ocho plantas. 

El indicador del ascensor marcó el séptimo piso. En ese momento, Paul volvió a ser Dante. Al salir del ascensor, se extendía un pasillo sin nada destacable. Caminó por el pasillo con pasos firmes, haciendo sonar sus zapatos. Al final, se encontró con un guardia que bloqueaba el paso. Dante hizo un pequeño saludo con la mano, y el guardia se hizo a un lado. 

El taller del fondo tenía un aspecto que no armonizaba en absoluto con el exterior del edificio. Era un espacio impregnado de un fuerte olor a hierro y aceite. Dante no disminuyó el paso y observó con atención ambos lados. A un lado, se fabricaban juguetes de bailarinas, mientras que al otro se estaban desmontando armas.

La persona que buscaba Dante se encontraba en el lugar más recóndito del séptimo piso.

—¿Reconoces esto?

Entró en materia, sin siquiera un saludo casual. Dante sacó del maletín de aspecto normal el objeto que había traído y lo colocó sobre la mesa de trabajo. Pablo, sin prestar atención, seguía contando los tornillos que tenía delante. Que no respondiera no se debía a que fuera un anciano sordo, sino a su mal hábito de perderse en una tarea y no darse cuenta si le explotaba una bomba encima de la cabeza. Dante lo sabía, por lo que podía esperar con paciencia.

Cuando terminó de clasificar los tornillos de diferentes tamaños, Pablo levantó la cabeza por fin. El anciano tuerto, aunque hacía poco más de un mes que no lo veía, parecía haber envejecido diez años. Su rostro, que ya estaba lleno de arrugas, ahora estaba tan demacrado que podía calificarse como rostro de muerto.

Pablo pareció conmoverse al ver la cara de Dante. Se quitó las gafas de aumento que llevaba puestas y dijo con voz ronca. Dante pudo percibir el profundo pesar que se desprendía de su voz.

—El hecho de que estés aquí significa que las cosas han llegado a este punto, ¿verdad?

El anciano suspiró. Dante encogió los hombros. Este anciano, muy experto en mecánica, había conocido en su día a un brillante ingeniero y había logrado crear una obra maestra. Se decía que Pablo, en su juventud, había sido un famoso loco de las bombas y terrorista, pero tras décadas de vicisitudes, había acabado en la vejez con los tendones de las piernas destrozados, confinado en el taller de la empresa de juguetes.

Es probable que el viejo haya sido el que más se haya alegrado al ver caer el edificio más alto de Elderwood. Habría podido escuchar el estruendo desde cualquier parte de la gran ciudad, y mientras estaba allí, encerrado, habría saltado de alegría al comprobar la valía del objeto que había creado con sus propias manos. 

El problema era que su socio no podía compartir esa alegría. El ingeniero, que había contribuido en gran medida al desarrollo de la bomba, había huido, dejando a Pablo incapaz de reproducir la gloriosa explosión por sí solo. El anciano, en su taller del piso superior, al que apenas llegaba la luz, oraba para que su socio volviera sano y salvo. Pero el que regresó solo fue el que lo había perseguido.

En realidad, era pronto para decir que los sueños y las esperanzas del viejo se habían hecho añicos. Aunque su socio había cruzado la puerta del cielo o del infierno, había dejado atrás a su hijo, que había heredado todo su conocimiento. Una pena para el niño, que había nacido con el don de la genialidad.

Pero no era necesario contarle todos estos detalles. Lo único que tenía que hacer el viejo era seguir haciendo su trabajo hasta el día de su muerte.

Dante señaló el objeto que había dejado sobre la mesa y volvió a preguntar lo mismo. 

—¿Reconoces esto?

Pablo fijó la mirada en el objeto. Observó el revólver por todos lados, y se dio cuenta de que el aroma metálico del cañón era intenso.

—¿Todavía se usan esas cosas en el campo de batalla? Ya tienes gustos extraños. O quizás te has pasado de moda. Es una pieza anticuada. Uf, se te va a salir el alma al recargarlo.

—No es mío.

—¿Un botín?

—Solo lo estoy guardando por un tiempo.

Aunque su dueño original pensaría que se lo habían robado, Dante no tenía ningún problema en devolvérselo, así que no estaba mintiendo. Pablo, que no podía saberlo, volvió a jugar con el revólver. Al apretar el gatillo, el cilindro vacío giró con un clic metálico.


—Es un revólver bastante antiguo. Calibre pequeño y usa balas delgadas. Además, tiene una capacidad de carga grande para ser un revólver. Debe ser un pedido especial. No lleva la marca del fabricante.

Pablo, tras pronunciar esas palabras, frunció el ceño. Como era de esperar, el viejo reconoció de inmediato el origen del objeto.

—¿Es el arma de los limpiadores?

—Sí, has acertado. Parece que todavía no estás senil.

—En sí mismo, no es un mal arma. Pero ya no se usa en la actualidad. A lo sumo, para defensa personal o para la caza deportiva. A menos que sea un disparo a corta distancia en la cabeza, no se apreciará su potencia. En la actualidad, solo sería adecuado como regalo.

—Eso lo sé. Lo que quiero saber es si conoces al dueño de esta arma.

—¡¿Cómo voy a saberlo?! ¡No tengo tiempo para recordar estas cosas sin importancia! ¡Yo solo me acuerdo de las cosas que puedo destrozar de un solo golpe, como una cabeza de oso! ¡Y especialmente si es algo que usan esos tipos, no deberías preguntarme sobre eso, pequeño mocoso!

De repente, le entró la ira. Pablo, con las arrugas más marcadas, se puso a gritar, y Dante se sintió incómodo. Había tenido la esperanza de que, dado que muchas armas pasaron por las manos de este anciano en su momento, tal vez conociera algo sobre esa pieza. Sin embargo, parecía que el dueño de este revólver nunca lo había usado en su apogeo. Tal vez, como él mismo decía, era simplemente un regalo.

Dante, al sentir que había terminado su asunto, se apresuró a recoger el objeto. Pablo, que seguía gritando hasta que el revólver desapareció por completo en el bolso de cuero, se calló de repente. Luego, el anciano sonrió con una expresión inquietante. 

—Oye, Paul. Puedes engañar a los demás, pero a mí no. ¿Qué pasó con el dueño de esa arma?

—¿Eh? ¿Por qué dices eso?

—Mírate la cara.

Pablo, tras decir eso, trajo un espejo de algún lado. Dante, con una mirada llena de dudas, reflejó su rostro en el espejo ovalado. Era la misma cara de siempre, no entendía a qué se refería. Sin comprender en absoluto, inclinó la cabeza con confusión. Pablo, a continuación, dio a conocer una historia asombrosa.

—Eres la viva imagen de mi juventud. ¡Qué nostalgia! En aquella época, yo también tenía ojos brillantes, nariz recta y piel suave. Cuando tenía tu edad, hice mi primera obra maestra y tenía ese rostro. Como un joven que acaba de vivir su primera experiencia, me sentía constantemente emocionado. 

Las primeras palabras fueron tan impactantes que Dante no pudo comprender bien el resto de la historia.

El joven de rostro hermoso, que se enorgullecía de su apariencia, dio media vuelta con el corazón apesadumbrado. Aunque el paso del tiempo es implacable, ¿podía su futuro ser esa cara arrugada y llena de cicatrices de rencor...?

Dante, atrapado por una sorpresa inesperada, caminó por el pasillo más despacio de lo habitual. Mientras salía del edificio, alguien lo llamó.

 —¡Paul! No te veía desde hace tiempo, debes de haber estado ocupado.

Dante levantó la cabeza al oír la voz que pronunciaba su otro nombre. Era un empleado de la fábrica de juguetes con el que se había cruzado varias veces. No esperaba que alguien le hablara, así que respondió sin pensarlo.

—He estado de viaje de negocios.

—Ah, es que a su equipo siempre cuesta verlo.

—Bueno... He estado ocupado, pero ha sido una buena experiencia. De hecho, me ha parecido como unas largas vacaciones.

El empleado, al que le sorprendió que pudiera mantener una conversación con este empleado taciturno y sombrío, parecía querer continuar la charla.

—Yo también he vuelto de vacaciones hace poco. He pasado una semana en la playa, hasta que me he cansado. Elderwood es una ciudad preciosa, pero a veces uno necesita esos lugares. Me habría gustado quedarme allí un año. Solo con una semana ya he empezado a sentir nostalgia. Aunque mi hogar está aquí. Anoche soñé que oía el sonido de las olas. Últimamente estoy un poco despistado. Es normal que pase eso cuando acaban las vacaciones. ¡Jaja!

Gracias a la conversación que siguió, Dante se dio cuenta de que el empleado había estado en un lugar diferente al suyo.

Pero había un punto en común evidente. Gracias a eso, Dante pudo comprender el origen de esa extraña sensación que lo invadía. Era nostalgia.

*** 

Después de pasar dos largos meses, Dante dijo:

—Parece que es nostalgia, después de todo.

Era un murmullo melancólico. Al escuchar esas palabras, la expresión de Yulia se volvió extraña. Se sumió en una profunda reflexión, como si esas palabras fueran un código, y luego comenzó a golpear sus propios oídos. Al darse cuenta de que no tenía problemas de audición, miró a su interlocutor, empapado de tristeza, y con sincero desdén le ofreció su consejo.

—¿Estás loco?

Dante, en lugar de responder con un sí o un no, se cruzó de brazos y miró la punta de sus zapatos. Se reflejaba una profunda preocupación en sus pestañas algo caídas. Cualquiera que viera a este apuesto joven, sentiría lástima por él. Pero la que tenía delante era Yulia, que había crecido como su hermana. Ella hizo una mueca, como si fuera a vomitar.

—¿Qué te ha gustado tanto para que te estés lamentando? ¿Las salpicaduras en la playa bañada por el sol? ¿La pesca al amanecer en un bote? ¿Las calles limpias y amplias, a diferencia de aquí? ¿Los vecinos amables que te saludan primero? ¿O los mariscos de alta calidad que se sirven en la mesa a todas horas?

Dante levantó la cabeza. Apoyándose en la estantería, suspiró, como si dijera: —¿Qué vas a saber tú?—. Yulia, con el corazón en llamas, volvió a hacer deducciones. 

«¿Qué más podía haber allí?»

Yulia, tras reflexionar, encontró la respuesta en poco tiempo. Sus manos se golpearon. La voz segura de Yulia resonó en la librería vacía.

—Ya lo sé. Es ese alfa.

Por fin, hubo una respuesta significativa. Dante abrió mucho los ojos.

—¿Lo conoces?

—Lo escuché de Ben. Mientras tú estabas fuera, nos hemos hecho muy amigos.

Yulia se burló, y los ojos de Dante se entrecerraron. Mientras él estaba corriendo de un lado para otro para ponerse al día con el trabajo, ella había invitado al niño a su librería y se había dedicado a cultivar su amistad. Como Ben era demasiado maduro para su edad, tal vez tuviera una edad mental similar a la de Yulia. Ella decía que no le gustaba cuidar niños, ¿pero ya se había hecho amiga de él? Hubiera preferido que se centrara en los planos en lugar de en los chismes de la gente.

—Lo único que he oído es que le destrozaste la pierna a alguien con un cuchillo después de varias balas. Ben es un beta, así que no puede sentir las feromonas, pero por tu comportamiento, es fácil deducir que el otro es un alfa. Después de todo, ese es tu tipo ideal.

En realidad, el tipo ideal de Dante no se podía reducir a la simple categoría de alfa. A él le gustaban los alfas fuertes. Alfas tan fuertes que pudieran resistir cualquier golpe.

Pero encontrar un alfa que lo satisficiera no era fácil. Todos los intentos de encontrar un oponente adecuado habían fracasado. Lo mismo había pasado ahora. Durante esos dos meses, los amantes casuales que había tenido, solían romperse los huesos o desmayarse por estrangulamiento, y desde entonces, Dante había renunciado por completo a la esperanza.

En realidad, si solo se tratara de un oponente fuerte, Dante podría haberlo encontrado más cerca. Dentro de su extensa familia había varios alfas rudos y agresivos. Sin embargo, esos tipos preferían a omegas dispuestos a abrirse de piernas o a alfas sumidos en la humillación, y, naturalmente, nadie querría arriesgar su vida para demostrar su virilidad ante otro alfa. Al final, Dante se encontraba más frustrado que nunca, sin siquiera la oportunidad de intentar algo cercano a la satisfacción de sus deseos.

En ese sentido, la figura que le vino a la mente encajaba a la perfección con su tipo ideal. Al verlo, quería dominarlo y ser dominado al mismo tiempo. Quería chocar contra él, romperse y, al mismo tiempo, ser roto. Dante susurró con éxtasis, pensando en el alfa:

—Bueno, sí. Él ha sido el mejor amante que he tenido hasta ahora.

—Wow. ¿Así que tuviste una relación? Parece que pasaste un buen rato.

Yulia, que no sabía nada, quedó asombrada. Dante asintió con descaro.

—Por supuesto. Pensándolo bien, él encajaba perfecto con mi tipo ideal. Fíjate, he descubierto algo nuevo. Parece que me gustan los hombres mayores.

—¿Ah sí?

—Supongo que esa es la magia de la madurez. Que no parpadee ni un instante ante mis locuras, pero que, si surge algún problema, se lance a ayudarme sin dudarlo. No sabía que ser cuidado por alguien podía ser tan agradable.

—Mmm, pero dime, ¿el cliente del que hablabas antes no será este alfa? Te lo pregunto porque, conociéndote, es algo que podrías hacer.

Dante sonrió sin decir nada. Esta vez, fue una afirmación total. Yulia frunció el ceño como si tuviera una plaga en la boca.

—Eres un auténtico... Ahora hasta le clavas cuchillos a tus amantes.

—No seas dramática. A mi manera, era una gran estrategia para volver a encontrarnos. ¿No crees que ahora vendrá a buscarme, aunque sea para darme una buena bofetada? Después de todo, un amante que conocí en unas vacaciones vendría hasta aquí por mí. Eso suena bastante genial, ¿no?

—...Es por eso que Nick te vigila. Él piensa que no sabes cuándo clavarle un cuchillo en la espalda.

—Ja, yo nunca traiciono primero. Eso es solo una paranoia de Nick porque no me conoce bien.

Dante hizo un puchero como un niño enfadado.

Sí, reconocía que su comportamiento había sido algo mezquino. Sin embargo, ¿no fue su pareja quien lo traicionó primero? Aunque él lo había olvidado, su primer encuentro ya había pasado más de un año. A pesar de que Dante le había rogado que lo recordara, parecía que él lo había olvidado por completo. En comparación con su desánimo, Dante pensaba que ese pequeño acto de revancha era justificable. Si se volvían a encontrar, no tenía intención de pedir disculpas.

Bueno, eso siempre y cuando él siguiera con vida.

Recordó lo que ese hombre ha hecho. Hace apenas un año, todo el mundo en este mundo lo conocía. Era un fantasma real, una parca viviente. 

Pensando en las acciones del hombre hasta ahora, Dante recordó cómo, hace solo un año, no había nadie en ese mundo que no lo conociera. El hombre era un fantasma tangible, un ángel de la muerte viviente. La conversación común de la gente siempre giraba en torno a algo como: —Anoche alguien fue asesinado, ¿quién fue el culpable?—, y todos pensaban que era él, sin dudarlo. Nadie conocía su verdadero rostro, aunque todos reconocían las huellas de sus actos.

Eso significa que tiene muchos pecados. ¿Y si cierto detective hubiera descubierto algún fragmento del misterioso limpiador sin rostro en él? Podría haber sido torturado o condenado a muerte. Por supuesto, Dante no pensaba merodear por la cárcel para comprobarlo, y estaba convencido de que su amante no revelaría su verdadera identidad tan fácil. El hombre que Dante recordaba tenía un deseo de vivir fuerte. 

Por lo tanto, creía que pronto se volverían a encontrar.

—A mí me parece más un caso de amor no correspondido que de nostalgia.

Yulia resopló con ligereza. A Dante también le pareció certera la diagnosis de esta doctora improvisada, pero su especialidad era meter y coser entrañas desparramadas, por lo que en cuestiones psicológicas era mejor no fiarse demasiado.

Dante se encogió de hombros sin responder. Yulia, moviendo las manos en el aire, suspiró.

—Sí, sí, gracias a ti ahora puedo vivir agradecido de ser beta. ¿Podemos regresar al tema original? Primero, toma esto.

Dos hojas de papel fueron extendidas ante él. Una de ellas, Dante la reconoció al instante. Era el boleto para la ópera que tendría lugar al día siguiente. Dante silbó.

—No es que te preocupe mi tiempo libre, ¿verdad? Ya tengo el presentimiento de que esto va a ser un fastidio

La otra hoja era una foto en blanco y negro. El rostro que mostraba era familiar, lo había visto en la esquina de un periódico que revisaba a diario. Su nombre era Jamie. Este hombre, relativamente joven, había llegado a ser congresista y se caracterizaba por su gran sentido de la justicia y su amor por la paz. Estaba interesado en controlar las armas que circulaban entre los ciudadanos. Al parecer, este tema había incomodado a Nick, quien estaba en pleno auge con su negocio de juguetes.

Poco después de escuchar la explicación, el rostro de Dante se arrugó de manera evidente.

—¿Me mandas a asustarlo? ¿No será que se han confundido de persona, y en vez de mandar a otro, me ha tocado a mí? Y, ¿qué es esto de un omega? ¿Quién diablos me está haciendo hacer esto? ¡Ya te dije que los omegas no me gustan!

—A mí no me lo digas.

Yulia respondió con incomodidad ante la infantil rabieta. Mientras Dante se tranquilizaba, ella le ofreció un consejo con cautela:

—Por si acaso, creo que esta vez sería mejor que te disfrazaras bien. Últimamente, solo te has estado metiendo con gente de este lado, ¿verdad?

—Sí, hasta ahora he sido el que ha estado revolviendo el avispero. Tal vez Nick quiera deshacerse de mí.

Dante lo dijo con indiferencia. Incluso si fuera así, no importaba. Al cruzar la línea, significaba que su padre había dado su aprobación, y él tenía el deber de obedecer como miembro de la familia.

Sin embargo, la opinión de Yulia era diferente.

—Ese viejo debe haberse vuelto loco de remate.

—Todavía está en sus cabales.

—¿Qué tanto puede estar en sus cabales un anciano postrado en cama? Tal vez ya sea un león sin dientes. Solo con ver cómo se hace de la vista gorda con la arrogancia de Nick, ya se puede saber.

Dante giró la cabeza, como si no quisiera escuchar más. Aun así, Yulia no se detuvo.

—Lo que quiero decir es que no sabemos hasta dónde podemos confiar en esa familia. No sabes cómo Nick ha podido manipular al viejo. Tal vez ese anciano, que ya no puede caminar, esté siendo controlado por la lengua viperina de Nick.

—…

No era del todo imposible. El hombre al que todos llamaban padre, en realidad era el abuelo de Dante, dado su avanzada edad. Era normal que la capacidad de juicio de un anciano postrado se nublara. Además, hacía un año que había perdido a muchos de sus hijos y estaba sumido en la tristeza.

Sin embargo, Dante negó con la cabeza. Aunque no tomara decisiones tan impredecibles como antes, su comportamiento actual no era algo que pudiera calificar como erróneo. Lo más que podría decirse era que el hecho de que le asignaran un omega parecía ser una de las travesuras de Nick. Sin embargo, eso era algo que Dante podría pasar por alto sin mayores problemas.

—Bueno, si el resultado es positivo, todo está bien. Por suerte, puedo manejar esto con mi propia habilidad.

Fue una respuesta tranquila. Sin embargo, la expresión de Yulia no se relajó. Respiró hondo y dijo con voz solemne:

—En realidad, lo más importante es esto: mi carta ha predicho la mala fortuna.

—¿Eh?

Dante frunció el ceño ante la inesperada declaración. Después de que la llamaran bruja la última vez, Yulia había mostrado interés por los libros espirituales, y uno de ellos era el tarot. Dante creía en la existencia de Dios, pero no confiaba en las predicciones, pero sorprendentemente, las predicciones de Yulia, que había hecho por diversión en los últimos dos meses, habían tenido una alta tasa de acierto, y sin darse cuenta, se sintió intrigado.

El dedo de Yulia señaló la mesa. Era una carta que Dante había elegido al azar y olvidado por completo. Dante examinó la carta. Era una carta con un hombre con una corona de laurel montando un carro, pero estaba boca abajo. Yulia le dio una interpretación cercana a una maldición.

—En pocas palabras, significa que tus planes fracasarán. Fíjate en la imagen: está perfectamente simétrica. Que esté boca abajo significa que será al revés. Es decir, perderás el control de la situación. Actuarás de manera irresponsable e impulsiva, perderás la confianza y todo se estancará.

—¿Hmm?

—Así que ten especial cuidado esta vez. Y deja de lado cualquier inversión financiera por un tiempo. También deja de andar por ahí metiéndote con un alfa y otro alfa. Todo irá mal.

—¿Así es como funcionan las lecturas? Es bastante extremo.

—No solo son las cartas del tarot. Hay otros tipos de adivinación también. Según tu horóscopo, tu color de la suerte es el negro. ¿Qué tal si te tiñes el cabello de negro? Sería discreto y también ideal para disfrazarte.

—…

Ya no sabía dónde estaba el límite de su paciencia. Al final, el tarot solo parecía maldecirlo, asegurando que nada saldría bien. Y no tenía ni idea de cómo el color de la suerte, según el horóscopo, podía aumentar su fortuna.

Dante decidió que Yulia se estaba dejando llevar por lo ocultista y exageraba. Es posible que las coincidencias que había experimentado fueran un reflejo de su propio subconsciente. Ver a Yulia, excitada, hurgando en todos los libros clásicos de magia redujo aún más su confianza en la adivinación con cartas. Solo esperaba que no terminara acumulando más libros que no pudiera vender. Dante pensó mientras guardaba el boleto y la foto con cuidado.

* * *

El lugar donde se celebraba el espectáculo era el principal de los tres grandes teatros de Elderwood. Un edificio de piedra construido al estilo de la vieja escuela, había resistido el paso del tiempo, tanto como la historia de la ciudad. Aunque las épocas cambiaban y las modas se transformaban, su clásico encanto permanecía, conservando su atractivo. Las esculturas de un maestro adornaban la fachada, las pinturas que celebraban a los dioses y el arte adornaban el techo del gran teatro como si fueran constelaciones, y la cortina tejida con hilos de oro y la alfombra roja que cubría el suelo creaban una atmósfera elegante.

En la base de las escaleras de este histórico gran teatro, se encontraba una joven. Su nombre era Daisy. Una entre las innumerables habitantes de Elderwood, llevaba en sus manos un ramo de flores que llevaban el mismo nombre que ella.

Daisy trabajaba en una tienda de ropa, no muy lejos del gran teatro. Su magro salario no le permitía siquiera acercarse al precio de los asientos más baratos, pero estaba decidida a ver la última función con sus propios ojos, así que, con un esfuerzo considerable, logró obtener una entrada. Por casualidad, en el escenario se luciría un vestido que ella misma había tocado con sus manos, y su mejor amiga, que soñaba con ser la mejor cantante de la gran ciudad, había conseguido un pequeño papel en la obra. Aunque ese vestido solo lo luciría uno de los muchos extras, y su amiga solo participaría en un coro de un solo verso.

Lo que ahora llenaba de frustración a Daisy eran las escaleras que tenía ante sí. La entrada del gran teatro era imponente. Quizá el arquitecto original anhelara tocar el cielo con este edificio. La entrada del gran teatro estaba al final de una larga escalera, y ella, en su entusiasmo, había decidido calzarse unos tacones que por lo general no usaba. El viaje desde su casa hasta el teatro había sido una auténtica odisea, y ahora se enfrentaba a una nueva y desafiante prueba.

Daisy, con la mirada fija en la escalera, se decidió a dar el primer paso. Apenas había subido diez peldaños cuando comenzó a arrepentirse de su osadía. Le dolían los tobillos, los talones y los dedos de los pies. El gran teatro, que antes era objeto de su admiración, había comenzado a parecerle un monstruo al subir la mitad de la escalera. En su interior, maldijo la arquitectura sin miramientos hacia los espectadores.

Por fin, en su andar inseguro, Daisy tropezó. Se tambaleó y la flor que llevaba en la mano se le escapó. —¡Me he ganado un castigo por maldecir! ¡Perdón!— Daisy se disculpó con la nada. 

De repente, una mano le agarró el brazo.

—¿Está bien?

Por fortuna, su rápida disculpa había surtido efecto. Gracias a la amabilidad de alguien, Daisy se había salvado de una caída grotesca. Sin embargo, el agradecimiento se vio eclipsado por la admiración. La voz del que le había tendido la mano era de una belleza excepcional. Daisy, con el corazón latiendo desbocado, giró la cabeza para agradecerle. 

Allí estaba un caballero. Un hombre con el cabello tan negro que parecía teñido, y un elegante bigote arreglado. A través de sus gafas, sus ojos azules brillaban como cristales. Vestía un traje de lujo de tono rojo, acompañado de unos zapatos de cuero marrón oscuro que brillaban con elegancia. Su porte indicaba que provenía de una familia distinguida.

—Gra-gracias.

—Es algo que ha preparado con mucho cuidado, así que debe asegurarse de llevarlo bien. Tome.

El caballero sonrió y le tendió el ramo de flores que se le había caído. Daisy sintió que sus mejillas ardían ante la belleza inusual del hombre. El amable caballero le ofreció su ayuda y, al ver cómo se movía rígida por la tensión, le habló.

—Qué hermosas flores. Todo el mundo regala rosas, pero usted ha elegido unas margaritas, un detalle único.

—Ah, bueno...

Daisy, por desgracia, era del tipo de persona que hablaba mucho cuando estaba nerviosa. Le contó al desconocido que su nombre era como la flor, y que su amiga, que salía poco en la obra, prefería las flores silvestres sencillas a las rosas exuberantes. El caballero respondió con generosidad a la anécdota, sin importancia alguna.

—Un regalo cargado de significado siempre es positivo. Será un regalo muy especial para tu amiga. La margarita simboliza la esperanza y la paz, una elección perfecta para celebrar el futuro.

—¿Cómo lo sabe tan bien?

—Estuve trabajando en una floristería durante un tiempo.

Daisy soltó una risita. Había una floristería frente a su trabajo. Siempre había visto a los empleados abrir temprano la tienda con cara de cansancio, atendiendo a la avalancha de clientes. No podía creer que este hombre, que parecía haber nacido en la abundancia, hubiera realizado ese trabajo tan duro.

La conversación con el caballero amable fue muy agradable. Parecía conocer bien la casa del gran teatro, pues tenía un profundo conocimiento de la danza y la música. Afirmó que esta era su tercera vez viendo la obra. También le contó sobre la gala benéfica de baile que había presenciado recientemente en otra ciudad. La música de la orquesta, que comenzaba al atardecer junto a la fuente, era un placer solo de imaginar. Mientras Daisy se dejaba llevar por las historias del caballero sobre el pueblo costero, olvidó por un momento el dolor de sus pies.

Mientras subían despacio las escaleras, Daisy sintió una gran cercanía hacia el caballero. Por eso, pudo decir lo que había pensado desde el principio.

—Qué caballero tan elegante. Le queda bien el bigote, pero sería aún más guapo sin él. Si se lo quitara, hasta la ‘prima donna’ de hoy se enamoraría de usted.

—Oh, ¿cómo ha sabido que es falso?

El caballero abrió los ojos con sorpresa. Daisy, orgullosa de sí misma, respondió.

—En nuestra tienda de ropa también vendemos accesorios de maquillaje. Aunque esta es la primera vez que vengo como público al gran teatro, lo he visto muchas veces en el trabajo, así que lo reconocí enseguida.

—Tiene buen ojo.

El caballero con el falso bigote sonrió. En ese momento, se le había quitado un velo de misterio a su aspecto imponente.

En medio de la agradable conversación, llegaron al final de la escalera. En la entrada estaba el empleado encargado de los boletos. Mientras ella sacaba su preciada entrada, el caballero fue acompañado hasta su palco por el empleado, que lo recibió con una reverencia. Parecía que tenían que separarse. Aunque se lo esperaba, no podía evitar sentir un poco de tristeza. 

El caballero le hizo una ligera reverencia a Daisy. 

—Bueno, que disfrute del espectáculo.

Dante asintió con la cabeza y luego dio media vuelta. Subió las escaleras hacia el palco, distraído mientras jugueteaba con su propio bigote.

—Creo que la próxima vez debería considerar otro disfraz…

Tal vez la carta que Yulia había leído sobre la mala suerte era acertada. Desde el principio, algo no estaba bien. Había seguido el consejo de teñirse el cabello de negro, pero lo que le molestaba era el hecho de que alguien había descubierto de inmediato su bigote falso. Nunca había sido un problema antes, así que suponía que ella tenía una buena observación, pero de todas maneras, era un golpe a su orgullo. Pensó que si todo comenzaba bien, el resto debería ir sobre ruedas, pero ahora no estaba tan seguro.

«No. Soy fuerte ante la mala suerte».

Dante sacudió la cabeza. En ese instante, el encuentro casual que acababa de tener se desvaneció de su mente. 

El asiento era en un palco de la tercera planta, con vistas directas al escenario. Era un lugar privilegiado. Parecía que el joven diputado, a pesar de ser conocido por su sencillez, no escatimaba en gastos cuando se trataba de disfrutar de la cultura. Al abrir la puerta del pequeño salón, Dante se encontró con una vista panorámica del escenario y silbó con satisfacción. 

El palco solo tenía espacio para cuatro personas, dos en la parte delantera y dos en la trasera. Como había hecho los preparativos con antelación, dos de los asientos permanecerían vacíos hasta el final de la obra. Dante se sentó justo detrás del asiento del joven diputado. 

Ahora solo quedaba entablar una conversación seria con el objetivo a mitad del primer acto. Su misión consistía en transmitir su mensaje, añadiendo un toque de amenaza, y abandonar el lugar sin hacer ruido antes de que terminara el primer acto. Por mucho que le hubiera gustado disfrutar de esta función, que prometía ser la última, no podía permitirse el lujo de relajarse, pues se encontraba allí por trabajo. 

Dante se dio unas palmaditas ligeras en la chaqueta. En su interior se escondía un revólver antiguo, perfecto para un teatro clásico. Si la conversación que se avecinaba transcurría sin problemas, la pistola solo sería un adorno. Le sentaba mejor su función como objeto de colección. 

Dante tamborileaba con los dedos sobre el reposabrazos. Era hora de que comenzara la función. También era hora de que apareciera la persona que estaba esperando. Con los ojos cerrados, Dante concentró su atención en la puerta. Un sonido tenue recorrió el pasillo. Después de escuchar el paso de varios espectadores que buscaban sus asientos, por fin la manija del pequeño salón emitió un crujido. 

La puerta se abrió. La persona que estaba esperando se acercaba desde atrás. El objetivo pasó de largo a Dante sin prestarle atención. Al rozarlo, el hombre emanaba un aroma dulce como el de una fruta jugosa. Dante frunció el ceño ante esa despreocupada emanación de feromonas. 

Dante lo observó con desdén. El hombre, a diferencia de su foto, tenía un físico robusto. Aparte de eso, coincidía con la información que Dante había recibido. Bajo el sombrero de ala corta, se podía vislumbrar un cabello castaño oscuro, y el aroma de sus feromonas confirmaba que se trataba de un Omega. 

El objetivo, como si no le interesara ningún otro espectador, se mantuvo fijo en el escenario sin volverse ni una sola vez. Dante aguardó con tranquilidad el comienzo de la función. Todo transcurría según lo previsto. ¿Qué importaba si el primer botón se había abrochado mal? El objetivo estaba justo delante de él, y el pequeño salón era un remanso de paz, libre de interrupciones. Pronto, la tarea del día llegaría a su fin, y en una hora, más o menos, él estaría paseando por las calles oscuras, lejos del gran teatro.

Las luces se atenuaron. El telón se alzó y aparecieron en el escenario cantantes vestidos con trajes brillantes. Dante siguió con atención el desarrollo de la obra. 

‘La mujer cardo espinosa y altanera’ era una obra nueva del compositor Hanell, discípulo del gran director Gail. Conocido por su carácter desenfrenado y sentimental, en contraste con la severidad y la contención de su maestro, Hanell mostraba esos rasgos en su obra.

La historia giraba en torno a un cardo, que se creía la flor más hermosa del mundo, y que confundía a los hombres que se acercaban buscando una rosa, con pretendientes. La divertida comedia, en tres actos, comenzaba en un pueblo rural y terminaba en un fastuoso baile de máscaras. El final, en el que el cardo, sin darse cuenta de su error, seguía viviendo feliz, le agradó a Dante. 

En el escenario, un coro de doncellas de pueblo, bellas como flores, entonaba una canción. Cuando sus alegres voces se fueron apagando, la percusión resonó con fuerza. Las doncellas se retiraron y apareció la protagonista, el cardo. Con una voz potente e intensa, como si se tragase las melodías que interpretaba la orquesta, comenzó a cantar. Este era el momento que Dante esperaba.

La protagonista era una cantante de gran voz. Si la situación empresarial se complicaba y se hacía necesario recurrir a la fuerza, ese sería el momento perfecto, mientras ella cantaba. La grandiosa orquesta y la aguda soprano servirían para camuflar cualquier disparo, y el público, absorto en la representación, dudaría de su propia audición ante cualquier ruido repentino. 

Dante se levantó de su asiento sin hacer ruido.

El objetivo, absorto en el espectáculo, no se movió ni un ápice. Dante se deslizó hasta el asiento que estaba a su lado y sacó la pistola que había estado guardando en su regazo. La apoyó en la cintura del objetivo y le susurró al oído:

—Vamos a hablar un rato.

La voz potente y clara de la —Espinosa y altanera— resonaba en la sala, hasta llegar al techo. Dante esperó la reacción del objetivo. El hombre inclinó la cabeza y observó el peligroso juguete que se apoyaba en su cintura. ¿Tendría miedo? No, no parecía ser así. Un sentimiento de desasosiego se apoderó de él. 

Simplemente… estaba observando el revólver antiguo que apuntaba hacia él.

Los platillos resonaron con un —chac—. En ese instante, el objetivo abrió la boca. 

—Cuánto tiempo.

Su tono era neutro. Dante abrió los ojos de par en par, sorprendido por esa voz inesperada.

Antes de que pudiera reaccionar, el objetivo se movió como un rayo. Dante sintió un golpe en la barbilla. Era el frío cañón de una pistola. Con el corazón latiendo con fuerza, Dante lo miró. El ojo que se vislumbraba entre el sombrero de ala corta era más oscuro que el que recordaba. 

Era la persona que llevaba tanto tiempo esperando. 

—Necesito esto de vuelta —susurró July.

¡Qué regalo tan inesperado! Dante sonrió. Su corazón palpitaba con emoción. La sangre le corría a borbotones, la cabeza le daba vueltas. Se sentía como un niño en la mañana de Navidad, con ganas de arrancar el papel de regalo de inmediato. 

El sombrero de ala corta cayó al suelo, dejando al descubierto su pelo castaño oscuro. Era una peluca muy natural, pero a los ojos de Dante no le sentaba bien en absoluto. Lo observó con detenimiento. En su rostro, que no solo estaba calmado, sino casi frío, surgió un impulso. Quería tomar esos ojos del mismo color que los suyos y hacerlos girar dentro de su boca. Quería lanzarse sobre esos labios apretados y chuparlos hasta que sangraran. 

Si no hubiera tenido un defecto, no habría podido reprimir ese impulso. Dante sonrió con disimulo. 

—Deberías cambiarte el perfume. No te sienta bien.

No era de extrañar que estuviera dejando escapar feromonas a borbotones. Como no era suyo, no podía controlarlo. Dante volvió a oler el aroma que flotaba en el aire. Era artificial, por lo que era más diluido que el original. Le produjo una sensación de melancolía. Si no fuera por eso, este reencuentro habría quedado grabado como una imagen perfecta. 

July no respondió a la reprimenda que le había llegado de la nada. Lo miró con una mirada vacía, sin mostrar ninguna emoción. Probablemente, esa sería su verdadera naturaleza. Dante sintió un cosquilleo en la nuca por la emoción que le produjo la mirada de July. 

Enseguida, July respondió con una breve observación. 

—Tú también llevas algo raro.

—…

En ese instante, su mano se movió. El bigote falso fue arrojado al suelo y rodó junto al sombrero de copa. Dante, con los ojos brillando, dijo:

—Bueno, ya estoy preparado. Ahora dime algo bonito.

Por desgracia, Dante no pudo escuchar lo que quería. En lugar de elogiar al joven que tenía delante, July decidió ir al grano. El cañón del arma se presionó contra su barbilla. Su cabeza se inclinó hacia atrás. Dante solo levantó la vista, mirando a su interlocutor.

—La persona que estás esperando no está aquí. Ha habido un pequeño contratiempo, un cambio de boletos.

Por la explicación amable, Dante estuvo a punto de conmoverse. 

—Debería estar en alguna parte del teatro. No te recomiendo que lo busques uno por uno.

—Me da igual. No hace falta obsesionarse con un asunto ya fracasado.

¿Qué le importaba el objetivo? Nick se enfadaría, pero a Dante no le importaba. Los cambios de última hora son inevitables, y la cuestión es volver a preparar el terreno. 

Lo importante era lo que estaba sucediendo justo delante de sus ojos. 

—¿Has venido hasta aquí para verme?

Era una pregunta llena de expectativas. No podía creer que hubiera hecho todo ese esfuerzo por una simple pistola. Se había presentado en el lugar y a la hora exacta, y se había tomado la molestia de cubrirse de olor a Omega para despistarlo. Era un acto que un alfa orgulloso evitaría a toda costa, a pesar de que el objetivo fuera prioritario. Por supuesto, era algo que a Dante tampoco le gustaría hacer en absoluto.

Sin embargo, July respondió sin cambiar de expresión: 

—Claro que no. He venido por trabajo, como tú.

Ante esa declaración que destrozaba sus esperanzas, Dante sintió una rápida desilusión. No. Si lo pensara bien, un reencuentro casual sonaba más a destino. Dante sonrió con picardía, interpretando la situación a su favor.

—Por lo que veo, has conseguido un nuevo trabajo. ¿Ves? Tenía razón. En esta profesión no hay jubilación.

—…Sí. Gracias a ti, por cierto.

—¿Quieres que cenemos juntos para celebrar? Un brindis ligero para ponernos al día. Tengo curiosidad por saber qué has estado haciendo. Ah, ¿tu pierna está bien? Parece que te la clavé demasiado profundo en ese entonces.

Dante, al ver la ceja fruncida de July, sintió un cosquilleo de emoción después de dos largos meses. July era un hombre que merecía la pena ser tocado. Contemplar su rostro pulcro le despertaba una extraña sed de desafío. 

El cañón del arma seguía presionado contra su barbilla. Sin embargo, Dante no se inmutó. Desde el momento en que se reconocieron, una certeza se había instalado en su mente. 

«No me va a disparar».

Si lo hubiera hecho, no habrían llegado a esta situación, a este intercambio de palabras. July le habría volado la cabeza hace rato, y ahora estaría contemplando su cuerpo frío.

—¿Qué hacemos ahora? ¿Nos perforamos mutuamente, de forma amistosa? O podemos luchar cuerpo a cuerpo, me da igual. Admito que te he hecho cosas malas, así que te prometo que no me resistiré a que me des un puñetazo.

Dante apretó la barbilla con fuerza. Al bajar la cabeza, el cañón se deslizó. «Ya ves, como decía, no tiene intención de disparar». Dante parpadeó.

Una mirada insistente recorrió el cuerpo July. Parecía que había perdido algo de peso. Quizá fuera por la tristeza que le había causado la caída del castillo de arena que había construido con tanto cuidado. Le gustaba mucho el pequeño pueblo costero, o quizá el viaje de regreso hubiera sido duro. Librarse de los policías y detectives siempre era una experiencia molesta. 

—Estás enfadado conmigo, ¿verdad?

—…

—Te estoy dando la oportunidad de resolverlo ahora —añadió Dante. Al decirlo, se le secó la boca por la expectación. Deseaba con fervor que respondiera que sí, que había estado sufriendo por la traición, que no podía dormir por la furia, que había estado esperando este momento para vengarse. 

«¡Dilo, di que no soy el único que ha estado esperando este momento!»

—No.

La voz de July era seca. Lo que salió de su boca no era en absoluto lo que Dante esperaba.

—Era inevitable. Yo era un tonto en aquel entonces.

Una voz aguda resonó en el techo. Los timbales y los platillos rugieron al unísono, y los agudos sonidos llenaron el gran teatro. Si no hubieran estado en un espacio cerrado, habría pensado que un trueno los había impactado. Dante quedó aturdido por un instante. 

Conmocionado, Dante preguntó: 

—¿En serio?

Al mismo tiempo, el cañón que se apoyaba en su barbilla se retiró. El rostro de Dante se arrugo, pero July, imperturbable, le extendió la mano. 

—No siento nada especial por ti. Como te tengo algo de cariño, vamos a separarnos de forma pacífica. Ahora déjame eso y vete.

Su mirada se desplazó. Dante, al ver el objeto que tenía en la mano, recuperó rápido el revólver antiguo. 

—Ja, no me apetece. Ahora es mío.

Dante, con descaro, guardó la pistola en su cintura. July, con un brillo fulminante en sus ojos, parecía dispuesto a arrancarle el cuero cabelludo. Dante se regocijó en su interior. Parecía que tendría que admirarse a sí mismo por haber robado esa arma en el pasado. 

Dante se recostó con desdén. Cruzó las piernas y, con una mirada que sugería que no había más que decir, solo observó el escenario. Había logrado enfurecer a su interlocutor con éxito. 

Segundos después, Dante vio una bala volando hacia él. 

—…

Más bien, no la vio. Solo escuchó el golpe seco de la bala contra la pared, rozándole la nariz por los pelos. En ese momento, una música poderosa sacudía el gran teatro. La pistola que July sostenía en la mano tenía un silenciador. La multitud, inmersa en la obra, pareció no darse cuenta del disparo. Solo algunos miraron a su alrededor, volviendo pronto su atención al escenario.

—No tengo mucha paciencia.

«Bueno, teniendo en cuenta eso, estás siendo bastante paciente». Dante pensó para sí.

July había descartado la opción más sencilla, la de matar y robar. ¿Acaso no quería hacer un escándalo? ¿Había perdido el gusto por el asesinato? No podía ser él, a menos que hubiera cambiado mucho. Era un personaje demasiado llamativo en su época dorada. 

Debía de querer algo más. Habiéndolo conocido, era evidente que valoraba esa vieja pistola. Sin embargo, su intuición le decía que no era su objetivo principal. Dante descartó las posibles opciones. Si hubiera vuelto a la compañía, buscaría información sobre su familia o el paradero de los planos. Si quisiera otra cosa, tampoco le importaría.

—Escucha hasta el final.

«Voy a fingir que no pasa nada». 

Dante decidió ser descarado.

—Estoy dispuesto a devolvértelo, solo pidiendo una pequeña tarifa de almacenamiento. Como tú mismo has dicho, la misión ha fracasado, no hay necesidad de seguir arriesgándose. Aunque no me importaría revolcarme contigo, pero… me atrae más la posibilidad de una transacción pacífica.

En ese preciso momento, Dante pudo ver cómo July apretaba los dientes con fuerza. Incluso él se había enfadado al escuchar que le pidieran que pagara por un objeto robado. Al fin y al cabo, estaba obteniendo la reacción que buscaba. La mirada de Dante se suavizó.

July, como si estuviera intentando controlar su enfado, presionó el dedo índice contra su ceño fruncido. Después, una voz tranquila salió de su boca.

—Veamos de qué se trata.

—Bésame.

La respuesta salió sin pensar. Dante, en ese instante, hizo una mueca de vergüenza, como un adolescente. No era una mala idea, pues le permitía satisfacer su deseo personal y al mismo tiempo, obtener lo que buscaba. Era un trato redondo. Su preferencia personal era un poco más contundente, pero a veces no venía mal algo de variedad. 

July, por su parte, pareció quedarse sin palabras y abrió y cerró la boca. Por una vez, mostraba una expresión que dejaba ver sus pensamientos. Dante percibió en él una profunda lucha interior. 

Contrario a lo que esperaba, la duda de July se prolongó. Dante comenzó a impacientarse.

—¿Tanto te cuesta decidirte? ¿Qué es lo que te preocupa? Es evidente que te beneficia, ¿no te parece? ¿Crees que estas oportunidades se dan todos los días? De hecho, debería cobrarte más.

—…No, tengo curiosidad por saber de dónde sacas esa confianza.

—Por supuesto que lo he calculado según los estándares estéticos universales.

Dante resopló con desdén. Ante esa actitud desvergonzada, July terminó por suspirar con fuerza. Gracias a eso, la tensión que se había instalado entre ellos se calmó un poco. 

July, con un gesto de preocupación, se pasó una mano por el pelo. Finalmente, tomó la decisión que Dante esperaba. 

—…

July, resignado, hizo un gesto con el dedo. 

En el instante en que le concedió el permiso, Dante se inclinó. Extendió la mano y le quitó la peluca de color castaño oscuro, que no le sentaba nada bien. «Me gusta más así», pensó para sí mientras rodeaba el rostro de July con sus manos.

Aún se podía percibir el dulce aroma a Omega que emanaba de él. Para eliminar ese olor, podría hacer que July liberara sus feromonas a voluntad. Dante, como un perrito dócil, frotaba su nariz contra la de July mientras se dejaba llevar por pensamientos perversos. 

Dante unió sus labios con suavidad. Tal vez nunca más tendría una oportunidad como esta para besar de manera tan tranquila. Al pensar en ello, deseó saborear el momento lo más despacio posible. Pasó la lengua por el labio inferior de July. Dante mordió despacio los labios de su oponente, repitiendo el gesto varias veces. Como esperaba, July ni siquiera cerró los ojos. No parecía tener la más mínima intención de disfrutar de este tranquilo instante. Su actitud parecía decir que solo esperaba que terminara pronto, lo que hizo que Dante soltase una risa. Hace dos meses, le había gustado tanto.

Dante introdujo su lengua por la abertura que se había creado. Aumentó la presión en la mejilla que tenía agarrada. Con un ligero roce en el paladar, Dante no tardó en intensificar la presión. Su lengua se adentró con fuerza, como si quisiera introducirse en la garganta de July. Deseaba fusionarse con él sin dejar ningún espacio libre. Sus lenguas se entrelazaron con insistencia. Sus respiraciones se entremezclaron. En el escenario, la canción áspera había cesado, y ahora resonaba una voz dulce. 

Sin embargo, ninguno de los dos se interesaba por el desarrollo de la obra. 

—Mmm...

Mientras tanto, July se enfrentaba a un desastre inesperado. Un sonido ahogado escapó de sus labios. Intentó girar la cabeza por instinto, pero las manos que lo sujetaban con firmeza se lo impidieron. Entre las melodías que resonaban de fondo, se mezcló un sonido lascivo. Las lenguas blandas se entrelazaban con un sonido pegajoso. Mientras July jadeaba, Dante saboreaba a su gusto la delicada carne del interior de su boca. July, como si protestara, mordió con fuerza la lengua de Dante, pero éste lo ignoró con total desfachatez. Saboreó la sangre en su boca. 

Dante era demasiado hábil. Era tan joven que daba curiosidad saber cuán desordenado había sido hasta ahora. La mano de July agarró el cabello de su oponente. Tiró con fuerza, pero Dante solo se acercó más. El cuerpo, ajeno al dolor y más familiarizado con el placer, respondía con diligencia a esa estimulación tan anhelada. July, consciente de que resistirse sólo serviría para incitarlo más, terminó por relajar su cuerpo. Ante esa actitud de resignación, como si sólo esperara que todo acabara pronto, Dante esbozó una sonrisa satisfecha. Si alguien contemplara esa escena, la interpretaría como una apasionada muestra de afecto entre amantes.

La silla se volcó. Al caer al suelo, hizo un ruido sordo. A pesar de eso, Dante no se detuvo. Se subió sobre July, acercando su cuerpo al suyo. Luego, como alguien que lleva mucho tiempo sin comer, lo besó con ansia. La saliva que no logró tragar se desbordó por sus labios. Cuando los ojos de July comenzaron a nublarse, la mano que lo sostenía por la mejilla se apartó.

¿Terminó? Antes de que July pudiera pensarlo, sintió unas manos en sus caderas. July, que intentaba recuperar el aliento, levantó la cabeza y le habló al hombre que se aferraba a él. 

—Dijiste que sólo sería un beso.

—¿Ah, sí? No lo recuerdo bien.

Dante respondió con descaro. Sus movimientos eran veloces y precisos. Después de desabrochar el cinturón, de inmediato abrió el cierre del pantalón. Dante enterró su rostro entre las piernas de July. Rozó con la nariz el bulto que se marcaba bajo la ropa interior y luego lo miró de soslayo.

—Tengo ganas de chuparlo.

—...

—Tenía muchas ganas de hacer esto contigo cuando nos volviéramos a ver. De hecho, te he besado unas diez veces en mi imaginación. Estoy seguro de que lo haré bien, ¿me das permiso? Te haré sentir bien.

—Ja.

July, al enterarse de que había sido besado diez veces en la mente del otro, soltó una carcajada seca. Hasta hace un momento, Dante se había impuesto con insistencia, sin darle tregua, pero ahora esperaba la respuesta con una docilidad sorprendente. Parecía un perrito bien educado. July recordó con dolor el pasado, cuando se había dejado engañar por esa actitud. 

A diferencia de su respiración agitada, los ojos de July se hundieron en una frialdad aterradora.

Las cosas se estaban desarrollando demasiado fácil.

No esperaba que las cosas fluyeran de esa manera. El plan original era reunirse con él y, en su lugar, establecer algún tipo de conexión adecuada. También pensaba, de paso, recuperar los objetos robados. Sin embargo, la situación estaba tomando un giro diferente. Jamás imaginó que su oponente no solo se atrevería a besarlo sin vergüenza, sino que también diría tonterías como querer chupársela.

«¡Maldita sea, qué oportunidad tan buena! ¡Demonios, ¿estará bien que me guste esto?!» 

July, ocultando sus pensamientos, presionó el cañón del arma contra la frente de Dante.

—Hazlo entonces.

En cuanto recibió el permiso, Dante se movió. En un abrir y cerrar de ojos, su miembro se liberó de sus pantalones. Dante sonrió, sacando la lengua con lascivia. En su punta sobresalía una cicatriz, la huella de una quemadura que July le había hecho tiempo atrás. Incluso se podía ver un poco de sangre que brotaba de la marca de la mordedura. 

La punta de la lengua rozó el borde. Dante, que había estado agitando la lengua como perforando el orificio uretral, pronto engulló el miembro viril de un solo golpe. El pene del alfa era grande y grueso. Dante lo introdujo en su boca con ímpetu y succionó con fuerza. Ante la intensidad de la estimulación, July se mordió el labio inferior.

—Ngh... Ah.

«Maldito loco», maldijo July en su fuero interno. No podía dejar de asombrarse por la habilidad de Dante. Con su carácter, parecía que jamás hubiera complacido a nadie, pero para su sorpresa, Dante sabía muy bien cómo satisfacer a un hombre. Dante hundió el miembro en su garganta y masajeó los testículos. July estuvo a punto de apretar el gatillo por el tremendo sobresalto. La garganta de Dante apretaba el pene como si lo exprimiera.

July apenas logró contener el impulso de liberar sus feromonas. Recordó que el otro tenía el extraño gusto de querer oler las feromonas de un alfa. Los brazos que se apoyaban en el suelo comenzaron a temblar. Mientras se esforzaba por ahogar los gemidos, Dante lo miró desde abajo, con la verga llena en su boca, en una mirada provocativa. Llegado a su límite, July se corrió dentro de su boca.

Dante recibió y tragó de inmediato el chorro de semen. Cuando apartó la boca, pudo sentir la sensación del miembro deslizándose fuera de su garganta. Dante relamió, recogiendo el resto del semen en la palma de su mano.

—Te dije que lo haría bien.

July se desplomó sobre la alfombra. Apoyó la cabeza en el suelo, jadeando. La pistola que antes apuntaba a su cabeza se había retirado. July no quería en absoluto encontrarse con la mirada de Dante, así que presionó el dorso de su mano contra sus ojos.

Mientras July sucumbía a la abrumadora fatiga, las manos de Dante seguían paso a paso su siguiente objetivo. July sintió cómo le quitaban los pantalones por completo. Unos dedos que se introducían en su interior le despertaron de golpe.

—¿Siempre eres así?

—¿Cómo?

—¿Te apetece meterte con cualquier alfa que veas?

—De ninguna manera. Es que no sabes lo delicado que soy con mi paladar.

—Deja de hablar de la gente como si fuera comida, ¡ah...

July sintió una sensación extraña. Los dedos que se habían abierto paso a través de sus paredes internas se separaron. Como si estuviera untando el semen en sus manos, Dante revolvió el interior.

—No suelo servir a los demás. Así que... lo que quiero decir es que ahora estoy pidiendo disculpas por lo que ocurrió la última vez.

Los dedos de Dante acariciaron los muslos de July. Grabó en su mente las marcas que había dejado con sus propias manos. Las heridas se habían cerrado, pero las cicatrices permanecían nítidas. Sobre ellas, sus labios se posaron y luego se retiraron.

—Haré que te sientas tan bien como te hice sentir dolor.

—Ugh...

Incluso July, en esta situación, se sentía fuera de sí. Reprimió los gemidos. El miembro de Dante ya se erguía hinchado. Cuando lo besó una vez más, July pudo saborear el sabor de su propio semen, una experiencia inusual. Sabía mal, deseando no haber experimentado algo tan desagradable.

El pene de Dante emergió con un sonido sordo. Al ver el miembro que colgaba de él, July sintió un escalofrío. La erección firme causaba una disonancia. Las venas sobresalían como cordones sobre la carne escarlata. Si el rostro de Dante evocaba a un mensajero divino recorriendo el paraíso, su miembro parecía adorar los infiernos. Exterior e interior eran tan diferentes. July se distrajo con un chiste sin sentido mientras lo contemplaba.

Al pensar en que eso entraría en él, una preocupación se apoderó de July. No había tenido demasiada experiencia siendo penetrado. De hecho, July prefería ser él quien penetrara. Pero sin mostrar consideración alguna por sus deseos, el miembro de Dante se hundió de lleno en su abertura relajada. No hubo preliminares, ni preparación. El pene se deslizó de golpe hasta el fondo.

—¡Ugh!

Una arcada brotó de su garganta. Aquel intruso era mucho más violento que una lengua tibia y flexible o que unos largos dedos. Era como si un hierro ardiente le revolviera las entrañas. De no haberlo visto con sus propios ojos, hubiera jurado que no era el pene, sino un antebrazo el que se clavaba en él.

—Ahhh...

Dante, que se había hundido profundo, exhaló un éxtasis suspirante. Mientras Dante permanecía inmóvil, enterrado en su interior, July luchaba por adaptarse a la magnitud de aquel intruso, como si no se tratara de sexo, sino de tortura. Apenas se había acostumbrado a su volumen, cuando Dante comenzó a embestir. Las venas hinchadas arañaron su pared interna, haciendo que su cabeza se echara hacia atrás. Sin darle tregua, Dante arremetió con fuerza.

—Ugh, ugh, ah, es-espera.

Los brutales embistes lo empujaban una y otra vez hacia atrás. July trató de llamar su atención, pero Dante hacía caso omiso. Sacaba su miembro casi por completo para luego clavarlo de golpe, una y otra vez. El choque de sus testículos contra los glúteos de July sonaba húmedo y estruendoso.

—Haa, ha, estás tan apretado. ¿Hace mucho que no usabas este agujero?

Susurró Dante con voz lánguida. July ni siquiera tuvo tiempo de responder. Dante le abrió más las piernas. El desbordante frenesí de feromonas le provocó náuseas. A pesar de la despiadada embestida, July empezó a sentir un tenue placer. No quería dejarse arrastrar por esa ola de lujuria. 

July se golpeó la nuca contra el suelo para mantener la cordura. La gruesa alfombra ahogó los golpes July apretó los ojos con fuerza.

—Ugh, ugh... ngh...

Como si fuera un pepinillo en un frasco, July estaba siendo embutido. Las feromonas de Dante se impregnaban en todo su cuerpo, como si quisiera devorarlo. July, sometido sin piedad, apenas logró abrir los párpados. Al bajar la mirada, pudo ver su vientre hinchándose y desinflándose. ¿Acaso todo aquello podía caber dentro de él? July se quedó atónito. Sentía que sus entrañas se iban a partir.

Dante se abalanzó sobre él, descargando todo su peso. Se sentía como una violación, con Dante penetrándolo a su antojo. De la dilatada abertura brotó una espesa espuma. July arañó la mullida alfombra, al ritmo de los golpes que Dante propinaba con su bestial miembro. Su propio sexo quedó aplastado contra su vientre. Incapaz de soportar más la presión, July eyaculó. Los hilos de semen se dispersaron por su pecho. Por un instante, su visión se volvió blanca.

La noción del tiempo se desvaneció. Aunque llevaba un buen rato hurgando, Dante no parecía tener intención de llegar al final. 

«¿Este tipo... tendría tanta resistencia?»

July respiraba con dificultad. No le dio tregua ni siquiera para disfrutar del orgasmo. Dante seguía clavándose con fuerza, en golpes cortos y precisos. El cuerpo de July se estremecía, desfallecido. Incluso le sorprendía no haber gritado.

Solo después de un buen rato, Dante se acercó y le rozó la mejilla, casi como un ronroneo.

—¿Puedo correrme dentro?

—...

July carecía de fuerzas para responder. Dante, mirando sus ojos nublados, no esperó más. Introdujo los dedos en la estrecha abertura, abriéndola con fuerza a los lados. Empujó hasta que sus testículos quedaron apretados, llenando con su semen su estómago. July tembló ante la sensación de aquel torrente interior. Empezó a dudar si acaso no estaba orinando. El exceso de semen se escurría por la dilatada abertura.

Dante permaneció clavado en él, moviendo las caderas más lento, como saboreando las últimas pulsaciones. Mirando el punto de unión, esbozó una sonrisa cruel.

—Si fueras un omega, con eso acabarías embarazado.

Era una broma común entre los alfas. July, con la mente nebulosa, pensó que quizá el odio de Dante por los omegas era para mantener el equilibrio del mundo. De lo contrario, Dante ya tendría una prole numerosa. Pero si heredaran sus genes, los niños también tendrían un rostro adorable... July, absorto en sus pensamientos absurdos, murmuró:

—…Quítate de encima.

—Solo hemos empezado.

Se escuchó una explosión de aplausos desde las gradas. Era el momento justo en que finalizaba la última aria del primer acto. No podía haber sido un momento más inoportuno.

Mientras July se sentía desvanecer, las manos de Dante rodearon su cintura. Abajo, todavía estaban unidos. Dante, sin prestar atención al escenario, intentó moverse de nuevo. Por un instante, July estuvo a punto de golpearlo sin pensar en su objetivo.

Un sonido oportuno les detuvo. 

Toc, toc.

Alguien estaba en la puerta. El suave sonido de la mano golpeando la puerta hizo que Dante se detuviera. Las miradas de ambos, tensas y rígidas, se encontraron en el vacío. 

El intruso era un empleado del gran teatro. De pie, con las manos a la espalda, aguardaba con cortesía la respuesta del cliente. Al cabo de un rato, la espera se prolongó y el empleado se mostró dubitativo. A punto de volver a llamar a la puerta, ésta se abrió de golpe. El empleado se sorprendió al ver a los dos hombres salir, completamente desaliñados. 

—Recibimos un aviso de que se escucharon ruidos fuertes... Para nosotros, la seguridad del cliente es lo primero, así que estamos aquí para verificar... ¿Todo está bien?

Dante, con una sonrisa, se pasó la mano por el pelo empapado de sudor mientras el empleado hablaba sin parar. 

—Como puede ver, no hay ningún problema. Parece que hemos causado un poco de revuelo. Estábamos enfrascados en una conversación.

July, que se encontraba justo detrás, con la necesidad de encender un cigarrillo, giró la cabeza y se volvió hacia otro lado. El empleado, desconcertado, no se atrevió a protestar a los clientes que habían protagonizado un acto indecente en el sagrado gran teatro, y se retiró. 

Dante observaba la figura del empleado que se alejaba, mientras su mano se posaba sobre las nalgas de July. Sus dedos se deslizaron, separando aquellas curvas. Pudo sentir cómo algo fluía desde su interior. Sin darse cuenta de que el entrecejo de July se había fruncido, Dante mordió el lóbulo de su oreja. Aún con una voz excitada, susurró cerca de su oído:

—Ahora que el estorbo se ha ido, ¿deberíamos seguir con esto?

July, incapaz de contenerse más, levantó el puño.

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