Plan perfecto Chapter 5
Capítulo 5
5. El amante de cabello negro
Dos meses antes. La noche en que resonó un disparo en medio de la oscuridad. En la habitación más profunda de la mansión sospechosa, July yacía en el suelo, escuchando el sonido de pasos que se alejaban poco a poco. La sangre que fluía a borbotones le nublaba la vista. Su cuerpo se enfriaba como si hubiera sido abandonado en la tierra del norte, donde la oscuridad reinaba eterna.
Para mantener la consciencia, tuvo que hundir el cuchillo que le atravesaba el muslo aún más profundo. Un grito ahogado escapó de sus labios al sentir el desgarrador dolor en su carne viva. Cuando los pasos se extinguieron por completo, July se introdujo un dedo en la garganta. El vómito le manchó las mejillas con un dolor visceral. Era la primera vez que lloraba en mucho tiempo.
Tenía que escapar. Sólo ese pensamiento se apoderó de su mente. Después, actuó por instinto. Se obligó a levantarse, a pesar de su cuerpo que amenazaba con desplomarse. Cada paso era como un incendio en sus heridas. Escuchó un ruido de algo rompiéndose en la planta baja, pero no podía distinguir si era real o una alucinación.
Las gotas de sangre que recorrían sus piernas dejaron un rastro en el suelo. July, cojeando, bajó por las escaleras y se encontró con el oficial de policía que él mismo había dejado inconsciente.
Parpadeando con la vista borrosa, se dio cuenta de que la habitación se estaba iluminando. Giró la mirada hacia la fuente de la luz y sintió un escalofrío de asombro. En el suelo yacían los restos de una linterna hecha añicos, y las llamas se extendían por las paredes. Al mismo tiempo, la pregunta que le había hecho antes le volvió a la mente:
[—¿Podremos encontrarnos de nuevo?]
La pregunta de Dante no era, en absoluto, algo que se hiciera justo antes de provocar un incendio.
Si esto hubiera sido una gran ciudad, la vida del oficial no le hubiera importado a July. Pero en este lugar, él era más un ciudadano que un policía.
«Maldición, si no hubiera sido un cliente habitual, podría haberlo dejado morir».
Sin más remedio, arrastró al hombre por las piernas. Cuando llegaron a la entrada de la mansión, un patio lleno de cuerpos sin vida se extendió ante ellos. Uno de ellos le era familiar: Kenny, el severo sirviente de la mansión.
-Puaj...
Un mareo lo invadió. July se esforzó por no desplomarse. Pensó que, más allá del dolor, la hemorragia podía hacerlo perder el conocimiento en cualquier momento. Mientras tanto, la mansión de madera cumplía su función como leña, alimentando las llamas que se hacían cada vez más intensas. El rostro de la joven con la que había tenido una breve conversación cruzó su mente, justo cuando uno de los cuerpos que yacían en el patio gritó:
—¡Fuego!
Parecía que aún quedaban algunos con vida. Era afortunado que su atención estuviera absorto en la mansión en llamas. Si hubiera mostrado demasiado interés en intrusos desconocidos, July habría tenido que arrancar el cuchillo de su pierna y convertirlo en otro cadáver. Ahora, solo le quedaba rezar por la seguridad de los que quedaban dentro.
July apretó los dientes con fuerza, hasta que sintió que uno de ellos se astillaba, y se obligó a seguir caminando. Por suerte, no se cruzó con nadie hasta que llegó al atajo. Sin embargo, no podía alegrarse del todo por la buena fortuna. A menos que lloviera a cántaros antes del amanecer, las huellas de sangre seguirían ahí. El obsesivo detective lo seguiría con avidez, y sería obvio quién sería señalado como el culpable de todo lo que sucedió en esa mansión. Tenía que escapar antes de que eso ocurriera.
El camino se extendía ante él, interminable e insaciable. Pensó en cortar sus piernas inútiles para poder avanzar, luego logró llegar a casa. En el último año, ese hogar se había convertido en un lugar que le gustaba. Al pensar en dejarlo, cada detalle se le clavaba en el alma: la taza de café que le regalaron, el jarrón donde colocaba las flores que le quedaban, los viejos muebles que el viejo Hans había dejado atrás, la botella de whisky a medio terminar... No podía llevarse nada. Pero sí podía vaciar la botella de whisky antes de partir. July esbozó una sonrisa irónica.
Lo primero que hizo después de sacar el botiquín fue tragarse un puñado de analgésicos. No tenía tiempo para esperar a que hicieran efecto. Enseguida, sujetó la empuñadura del cuchillo que le atravesaba el muslo. Tomó una profunda bocanada de aire y lo arrancó de un tirón. El mundo se volvió blanco. No pudo gritar, solo pudo respirar con dificultad.
Con manos temblorosas, sacó hilo y aguja y, bajo la luz de la lámpara, se atendió a sí mismo. Sus torpes movimientos no eran pulcros. Una vez que terminó de coser la herida, vertió el resto del whisky sobre ella. Ignorando el dolor que le recorría como un fuego, la vendó con fuerza hasta que la tela se tensó. Luego, limpió el cuchillo con la alfombra y lo guardó en su bolsillo. Por último, se metió el dinero en el bolsillo y volvió a salir a la noche.
Esta era la segunda vez que escapaba. La primera había sido liberadora, pero esta era espantosa. El refugio que tanto esfuerzo le había costado construir era en realidad un castillo de arena, que podía derrumbarse con una simple ola. Todo lo que había construido se había hecho añicos en un instante. Y lo único que quedaba en su lugar era el resentimiento hacia su propia ingenuidad.
No estaba en condiciones de emprender un largo viaje. July se dirigió a una ciudad cercana, donde la seguridad parecía bastante precaria, pero en su situación, eso era una ventaja. El efecto de los analgésicos ya se había desvanecido. No tenía muchas opciones, así que terminó en un callejón oscuro.
Los matones del callejón no le prestaron atención a July. Debieron pensar que su rostro demacrado era por los efectos secundarios de las drogas. Gracias a eso, el matón, que normalmente solo se dedicaba a sus clientes habituales, aceptó el dinero que le ofreció sin decir nada. Con gran amabilidad, le ofreció un par de pastillas y dos jeringas, asegurándole que la inyección era más efectiva. July no quería meterse nada más en la boca, así que aceptó la inyección.
Se dirigió a una posada barata cercana. Pagó dos días de hospedaje por adelantado y se encerró en la habitación. La inyección en la vena apenas le causó una punzada, eclipsada por el dolor que le recorría. «Parezco un adicto», pensó con ironía. Y finalmente, perdió el conocimiento.
La droga barata le proveyó un analgésico aceptable, y una sensación de euforia. El dolor y el placer se entrelazaban. La fiebre subía y bajaba sin cesar. Mientras deliraba solo en la cama de la posada, con su olor a humedad, July se despertó y se durmió varias veces. Cada vez que abría los ojos, sentía que estaba en un lugar diferente. A veces, se sentía como si estuviera ardiendo en llamas, y otras veces, lo invadió el frío. Debió haber tenido varios sueños, pero al levantar los párpados, se evaporaban y no recordaba nada. Fue un periodo espantoso.
En el tercer día, justo en el tercer día, July recobró el sentido.
El dueño del hostal, tras tres días de agonizante incertidumbre por un huésped que no salía de su habitación, experimentó una profunda crisis interna. Al escuchar los débiles gemidos que emanaban de la puerta, dudaba si debía llamar a la policía. Su rostro se iluminó con un suspiro de alivio al ver a July salir, pálido y demacrado. No tendría que lidiar con un cuerpo sin vida. Con gusto, ofreció al huésped, que pedía alcohol y vendas, su servicio.
Las heridas supuraban, emanando un olor fétido a sangre y pus. Con manos expertas, July desinfectó y vendó las lesiones. Un impulso irrefrenable de beber el alcohol que tenía a su alcance surgió, pero lo reprimió. No había tiempo para la holgazanería ni para el embotamiento.
A cambio de su pago pendiente y un poco más, recibió una sopa y pan frío. El sabor de la comida, humilde en comparación con lo que estaba acostumbrado en los restaurantes de Loverwood, importaba poco ante el vacío en su estómago. Después de devorar con avidez el contenido de su plato, July, con la mirada llena de curiosidad, pidió usar el teléfono al dueño del hostal, quien observaba con recelo al huésped sospechoso.
—Soy yo.
La respuesta que le llegó del otro lado del teléfono fue como un grito.
[—¡Maldita sea, si estabas vivo, al menos hubieras dado señales! Pensé que te habías ido al otro mundo!]
La voz del interlocutor era casi un sollozo. La angustia era palpable, pero July no se conmovió. Era un hombre muy sensible, y siempre recibía respuestas similares cuando se comunicaban.
En el pasado, incluso le había dicho que —la ausencia de noticias es una buena noticia— y le había pedido que no lo contactara. Con irritación, July se pasó la mano por el cabello.
—Como ves, tengo una vida dura. Todavía estoy aquí.
[—¡Te dije que tenías que tener cuidado!]
—Bueno… las circunstancias fueron un poco especiales.
[—¿Qué pasó?]
July dudó. ¿Cómo explicarlo?
«Conocí a un alfa. Era guapo y tenía un don para el trabajo. Pero resulta que era un criminal. Y me vi envuelto en uno de sus líos. Hasta que me apuñalaron…»
—… es una larga historia.
La respuesta, impregnada de tedio, hizo que su interlocutor desistiera de profundizar. En su lugar, le preguntó algo más importante.
[—¿Y ahora qué?]
Esa era la cuestión.
No era una situación sin salida. Podía esconderse, vivir en la clandestinidad, y buscar una nueva ciudad en las afueras. Aunque por ahora estuviera cargando con las acusaciones de asesinato, incendio y secuestro de menores, esas cargas desaparecerían de su espalda, especialmente el día en que la verdadera bomba estallara con fuerza. Para entonces, habría muchas más personas muertas.
July jugó con el teléfono. Un silencio se instaló. Podía sentir la mirada del dueño del hostal, que se acercaba con sigilo, escuchando la conversación. July suspiró y respondió con voz lenta.
—Volveré.
No había mejor lugar para esconderse que Elderwood. Una ciudad bulliciosa, llena de gente hasta rebosar, un lugar familiar para July. La elección ideal para perderse de vista, al menos por un tiempo.
Pero, ¿y después?
July dejó el teléfono y salió del hostal. Con paso tambaleante llegó a la estación. El empleado de taquilla, sin mirarlo a los ojos, le entregó su boleto. Poco después, July se acomodó en el tren que lo llevaría a Elderwood.
Contemplando el paisaje desde la ventanilla, July se sintió abatido. No era solo la nostalgia de dejar su hogar, ni la tristeza de saber que ya no tenía un lugar al que pertenecer. Lo que más lo decepcionaba era el hecho de volver a un lugar que había dejado por voluntad propia.
July recordó al mentiroso que lo había puesto en esta situación.
Dante.
Probablemente él también se dirigía al mismo lugar.
Al principio, solo había sentido traición. Pero las emociones tienen fecha de caducidad. Al fin y al cabo, él había sido el tonto que se había dejado engañar. Si había una causa, era porque él mismo había disfrutado el tiempo que había pasado con Dante. En lugar de amargarse por la estupidez de su pasado y alimentar un fuego de venganza, lo mejor sería enterrarlo. Con el tiempo, algunos de esos recuerdos podrían convertirse en algo agradable.
Pero solo después de saldar cuentas.
Tenía que recuperar lo que le habían arrebatado. El viejo revólver robado era el único legado familiar que le quedaba. Y tenía la intención de cobrar el precio por él. En el proceso, los recuerdos se verían dañados, pero eso era un problema para más adelante.
Estaba agotado. Más mental que de forma física. Aunque era él quien elegía el camino, se sentía arrastrado. Era como si una invisible correa lo jalara hacia la gran ciudad. July recordó lo que le había dicho su jefe cuando renunció. Le había dicho que volvería. ¿No había dicho Dante lo mismo?
«Maldita sea…»
Apoyó la cabeza en la ventana y se cruzó de brazos. Se encogió y cerró los ojos. Aunque el verano aún no terminaba, hacía un frío terrible. Mucho tiempo después, se daría cuenta de que lo que sentía era soledad. Manteniendo los ojos cerrados, July se dejó llevar por el ritmo del tren y volvió a dormirse.
Al llegar a Elderwood, lo primero que hizo fue buscar a Eden. Era el único hombre que July podía considerar un amigo. El hotel que Eden dirigía, a pesar de haber pasado más de un año, seguía igual. En medio de una ciudad donde todo cambiaba a gran velocidad, la antigua papel tapiz de rayas en sus paredes le ofrecía una extraña sensación de estabilidad.
Eden, que estaba sentado en la recepción, casi dormido, se levantó corriendo para abrazar a July al verlo. La presencia de su viejo amigo le trajo un poco de consuelo. Después de un breve reencuentro, July le pidió un cigarrillo. Encendió un cigarro barato, decidido a llenar sus pulmones de nicotina. Era hora de pensar en el futuro. Justo en ese momento, tenía una buena cantidad de dinero ahorrado, por si acaso. July le pidió un favor a Eden.
—Primero…
El último pedazo de su cigarrillo se rompió entre sus dedos.
—Necesito comprar un arma.
Las opciones eran diversas. Eden tenía muchos amigos peligrosos que podrían ponerlo en contacto con un buen proveedor. Podía encargar una a medida, a su gusto, y mientras esperaba su fabricación, comprar alguna de segunda mano que estuviera en buenas condiciones. En ese momento, Eden dijo con seguridad:
—Para eso, justo lo que necesitas. De calibre grande, sin seguro, con cañón largo. ¿Qué te parece? Cumple con las mismas características que la que usabas. Dicen que perteneció a alguien famoso. La tengo guardada, por si acaso la necesitaras.
July estuvo a punto de conmoverse ante la delicadeza del gesto, pero al ver el arsenal que Eden le presentó, se quedó sin palabras. La pistola, el rifle, la funda… todo le resultaba familiar. Eran las mismas armas que le había pedido a Eden que se deshiciera antes de dejar Elderwood. Ahora, formaban parte de su colección.
Algo le había parecido extraño en el precio que había recibido entonces. Cuando July lo miró con incredulidad, Eden sonrió con torpeza. Su rostro redondo como el de una rata. Conocía su afición a coleccionar, así que no le sorprendió. Aún así, July pudo recuperar sus armas pagando el triple del precio que había recibido. Un verdadero robo a mano armada.
En la reclusión del hotel, las heridas se habían cerrado con rapidez. La cicatriz profunda que dejó la puñalada, aunque visible, no se encontraba en un lugar prominente. July pudo salir del hotel cuando pudo moverse con cierta facilidad. Era una bocanada de aire fresco, la primera en mucho tiempo. Si no fuera por la extraña sensación que emanaba de su pierna derecha, todo habría sido perfecto. Un mal presentimiento, una sombra de duda, se deslizó por su mente: tal vez, incluso después de que la herida se curara por completo, no podría moverse con la misma agilidad.
Como siempre, la estación bullía de vida. Personas de todas las clases, absorbidas o expulsadas por el tren. En medio de esa marea humana, apresurada y anónima, July era el único que se movía con calma. Compró el periódico del día en un puesto callejero y se sentó en un banco de la plataforma, desplegándolo con cuidado. Martes por la tarde, las dos en punto, banco frente al cuarto andén. Sin ninguna cita formal, July esperaba a alguien. Si las reglas no habían cambiado, estaba seguro de que se encontrarían.
La gran ciudad, como cada día, se mostraba en las páginas del periódico con una avalancha de noticias escandalosas. July recorría las letras con desgana, cuando sintió la presencia de alguien detrás, apoyando un brazo en el respaldo del banco. Sin levantar la vista, giró los ojos y miró el tren que estaba estacionado frente a él. En los cristales del tren, se reflejaba la imagen de un hombre sentado en el banco, leyendo el periódico, y detrás de él, la figura de alguien con el cuello de la gabardina levantado. La persona miraba hacia el reloj de la estación, inclinando la cabeza. En el momento en que July pasó la página del periódico, escuchó una voz familiar.
—Cuánto tiempo, senior.
Como era de esperar, la voz le resultaba familiar. La compañía, fiel a su sistema, había enviado a alguien de su misma categoría. La persona detrás de él era un antiguo subordinado de July, uno de los miembros del grupo de degustación que en el pasado había probado un sándwich que él mismo había preparado.
—Pensé que la próxima me tocaba a mí, pero me alegro de que haya regresado. La verdad es que todavía no me siento preparado para superar a un veterano como usted. Le estoy agradecido por haber regresado.
—...¿Ah, sí?
July dejó escapar un suspiro. Según lo que había oído en su momento, este subordinado tenía una pareja Omega ajena al mundo clandestino. Recuerda haber oído que su primogénito nació hace un par de años.
Si July no hubiera regresado, aquel hombre habría emprendido un largo viaje por trabajo, dejando atrás a su familia. Con toda seguridad, ellos habrían esperado su regreso, sin saber jamás la razón por la que nunca volvió. Para siempre.
—¿Cómo fue? ¿Valió la pena arriesgar la vida?
—Bueno, estuvo bastante bien.
—Y aún así, ha regresado.
—Sí, la vida no siempre se acomoda a nuestros deseos.
—Jaja. Aunque, en el fondo, los que murieron por su mano deben haberlo envidiado. Todos fantaseamos con escapar de aquí, ¿verdad? ¿Les brindó una muerte sin dolor?
La voz del que hacía esa pregunta no revelaba ningún sentimiento. Así son los que llevan tiempo en la compañía.
«Todos sabemos que somos piezas, así que no sentimos tristeza ni traición por la suerte de nuestros compañeros».
Tras un breve intercambio de noticias, el compañero reveló su propósito. July podía ver a través de la ventana el objeto que yacía a su lado. Parecía un simple maletín. Su antiguo subordinado, para cumplir con su deber, continuó con la explicación.
—Justo ha surgido una buena oportunidad. Perfecta para tu regreso, jefe. Si logras completar la tarea, el jefe ha prometido que todos tus problemas del pasado se olvidarán.
—Bastante generoso. Pensé que al menos me cortarían un dedo.
—¿Cómo se le ocurre?
Sí, eso no ocurriría. No dejarían que un recurso que había vuelto por su propia voluntad se desperdiciara. No permitirían que surgieran problemas y lo dejarían escapar.
—¿Entonces, de qué se trata?
—Hay que eliminar a uno de esos perros de la casa de al lado.
-Mmm…
‘Perros’ era un insulto común, pero dentro de la compañía era una jerga que designaba a un grupo específico. Un grupo que recolectaba niños de la calle para convertirlos en perros obedientes. Una organización que alguna vez chocó con la compañía. La frase hacía referencia a los miembros de esa organización. Por supuesto, la cojera de July era por haber sido mordido por uno de esos perros.
—Desde que te fuiste, hubo algunos problemas con ellos. Parecía que estaban ocupados mordiéndose entre sí. Quizá hubo una rebelión. Nunca habría imaginado que nos pedirían que elimináramos a uno de sus compañeros.
—Deben estar desesperados.
—Es una buena noticia para nosotros. Para ti también. Al fin y al cabo, es una oportunidad para vengarte por lo que te hicieron, ¿no crees?
El hombre terminó sus palabras y se fue. Pasó por el banco y se dirigió al tren que esperaba. En el momento en que subió, sonó el silbato y el largo pedazo de metal comenzó a moverse. July permaneció sentado hasta que el tren se alejó por completo.
Luego se levantó y regresó por donde vino. Con paso cojeante, entró en un hotel decrépito. Cerró la puerta con llave y se sentó durante un rato en una silla. Sobre la mesa, un maletín descansaba solitario. Un silencio se apoderó de la habitación. En el tiempo suspendido, como si el aire se hubiera detenido, un par de ojos azules miraban fijamente al objeto.
Como una estatua, July permaneció sentado hasta que la habitación comenzó a oscurecerse. Recogiendo los pensamientos que lo habían mantenido cautivo, estiró la mano y revisó el contenido del maletín. En su interior, una entrada de ópera y un fajo de papeles. La letra pulcra, producto de una máquina de escribir, transmitía dos mensajes: la identidad del objetivo y el guión para esta tarea.
Al levantar el fajo de papeles, una fotografía se desprendió con un ligero susurro. July se inclinó para recogerla del suelo. La persona que aparecía en ella era el protagonista de esta obra.
En la fotografía había un hombre que le resultaba familiar, aunque con un rostro más juvenil de lo que July recordaba. El sujeto, con la mirada fija en el lente de la cámara, sonreía con dulzura. Cabello rojo como el fuego, ojos azules que brillaban como cristales. Las mejillas rosadas del sujeto lo hacían parecer un joven adorable, casi como si fuera un niño encantador. Apenas alcanzó a notar una mancha en el cuello de su ropa, llegando tarde a darse cuenta de ese detalle.
Luego, July leyó el texto. Una vez terminado, lo arrugó y lo arrojó al basurero. Cuando memorizó todo el contenido, ya estaba amaneciendo. Solo quedaba una fotografía. Tras un momento de duda, la guardó en su bolsillo.
La puerta se abrió sin hacer ruido. Un paso cojeante atravesó el pasillo vacío. En su mano había un bote de basura de metal. En el mostrador vacío había una cesta de cerillas para los clientes. July tomó uno y salió del hotel.
En el patio trasero, la ropa de cama colgaba de un tendedero. July se acercó y encontró un uso práctico para los cerillos que había tomado. Dejó caer uno dentro del basurero. El papel se encendió con un crepitar, iluminando las sombras que oscurecían su rostro. Se quedó mirando el interior del basurero hasta que solo quedó ceniza.
***
Desde entonces, todo lo que sucedió se desarrolló sin salirse mucho del guion. Gracias a ello, July pudo sentir cómo se iba tejiendo esta trama secreta, paso a paso. Aunque el protagonista, sin conocer el libreto, actuaba de forma improvisada, en el contexto de la obra, no era un movimiento negativo. Lo único es que, debido a esos diálogos inesperados, sufrió un pequeño problema: la aparición simultánea de dolor en los puños y debajo de la cintura.
Tras reunirse con Dante, July volvió al hotel. El hotel de Eden era ideal para alojar a gente que se dedicaba a asuntos turbios. Sus clientes principales eran aquellos que querían ocultar su verdadera identidad y, a veces, recibía a personas que necesitaban un techo para un encuentro fugaz. Con su ropa arrugada tras un encuentro apasionado y con un aroma a alfa impregnado en su piel, parecía que July encajaba perfecto con el ambiente del hotel.
El dueño del hotel no estaba. Si se tenía en cuenta el comportamiento de Eden, seguro estaría jugando al póquer con otros hombres de la alta sociedad, escuchando rumores de la ciudad. Pero, aun así, el hotel funcionaba sin problemas.
En la recepción estaba el recepcionista del hotel, también conocido como el recadero de Eden. Era un chico que parecía tener la edad de Benny, el chico de la floristería de la ciudad. Estaba sentado en la recepción, contando monedas. Estaba tan absorto en su tarea que se sobresaltó al sentir una presencia.
—Eden no está aquí.
El chico, con los dedos nerviosos, apartó las monedas que acababa de contar. July recordó en ese momento que su nombre era Andy. Andy, al igual que July, parecía intrigado por la llegada de un huésped tan poco frecuente.
—No me importa. Busco algo que está debajo de la mesa.
La mirada de Andy se dirigió hacia abajo. Con un movimiento rápido, se agachó y sacó una botella.
—¿Esto? No lo sé con certeza, pero dicen que fue muy difícil de conseguir…
—Da igual. Ponlo a mi nombre.
July tomó la botella de brandy. A pesar de que le habían robado la preciada bebida a su empleador, no se veía ninguna señal de gran preocupación en el rostro de Andy. Era solo que el chico no entendía por qué un cliente habitual que jamás había probado el alcohol, de repente, se interesaba por el brandy.
—De acuerdo. Pero, por favor, añada que me he resistido lo máximo posible. ¿A qué nombre lo pongo?
July se quedó pensativo. Después de unos segundos de vacilación, habló.
-Julio.
No se le ocurría ningún nombre mejor. Era una tontería aferrarse a un nombre que ya no servía, pero de alguna manera, no le apetecía cambiarlo. Así que July decidió cometer una tontería. Andy, a diferencia de los demás, no se atrevió a comentar lo desentonante que sonaba el nombre. En cambio, le hizo otra pregunta.
—Disculpe, señor. ¿Desde cuándo es omega?
En el rostro del chico se reflejaba una genuina curiosidad. Era por eso que lo estaba mirando con tanto interés. —¿Desde cuándo?—. Era una pregunta rara. July respondió con indiferencia.
—Desde hoy.
No había necesidad de explicar las circunstancias. July cogió el brandy de treinta años y regresó a su habitación.
Lo primero que hizo fue borrar las huellas que aún quedaban en su cuerpo. Entró en el baño y se dispuso a deshacerse de la imposición que había aceptado a regañadientes. Tras un incómodo proceso, logró recuperar su estado normal.
July, tras secarse las manos con descuido, recogió la botella de brandy que había dejado sobre la mesa. Seguro, esta sería su última oportunidad de caer en un sueño profundo. Bebió el brandy de un trago. El sabor y el aroma lujosos se deslizaron por su garganta. Si su dueño lo viera, gritaría.
El alcohol, una vez pasado el esófago, calentó su estómago. Junto a la sensación de flotar, sus tensos músculos se relajaron. Incluso experimentó la ilusión de que su mente se volvía flexible por la sensación de aturdimiento. Sintiendo la embriaguez subir, July se armó de valor para afrontar los problemas que había dejado de lado.
En el guion que le habían entregado, pudo descifrar lo que querían los de arriba. El contenido de esta misión podía resumirse en una frase ridículamente simple: obtener la máxima información y luego eliminar el objetivo. La compañía parecía querer aprovechar las disputas internas de la competencia. Incluso en el caso del Gran Teatro, el plan seguía esa misma línea. La única instrucción que July había recibido era contactar al objetivo.
Sin embargo, era ambiguo lo que realmente debía averiguar. ¿Se refería a la verdadera naturaleza de la competencia o a las causas de sus disputas internas?
Quizás la compañía ya sospechaba de la existencia de los planos. En ese caso, también debería sospechar del punto de contacto entre él y el objetivo. De lo contrario, no habría sentido que la compañía, sabiendo que no tenía habilidades de investigación, le encomendara esta misión.
«…Entonces, ¿me están pidiendo que use tácticas de seducción?»
July vació la botella por completo con un gesto de angustia. Empapado de alcohol, se dejó caer en la cama. El éxito de la misión dependía, en última instancia, de su habilidad para engañar. Pero el objetivo era un detective excepcional y un hábil mentiroso, así que si actuaba torpe, la obra se interrumpiría de golpe.
La luz del techo aún brillaba tenue. July cerró los ojos, mirando esa débil luz. Su futuro se le presentaba oscuro, como lo que veía ante sí. —Maldita sea… nada me sale fácil —susurró una maldición al vacío, con un tono de voz arrastrando las palabras. Al menos por un momento, quería olvidar todo y dormirse. No tardó en cumplir su deseo y cayó en un profundo sueño.
Cuando abrió los ojos de nuevo, estaba en el sofá. Tenía los brazos cruzados y la cabeza gacha. Debe de haberse quedado dormido.
El sofá era mullido y estaba decorado con cojines de ganchillo. El ambiente de la habitación era cálido. Sin mirar por la ventana, sabía que había mucha nieve acumulada en la calle.
Levantó la cabeza. La sala estaba decorada con colores vibrantes, que revelaban el gusto del dueño de la casa. Un reloj redondo, cuyas agujas se habían detenido, colgaba de una pared. Desde la chimenea, se escuchaba el crujido de la madera seca ardiendo. Era una escena que le había parecido familiar alguna vez. Todo parecía haber sucedido ya.
En el momento en que se frotaba los ojos con el dorso de la mano, como un dormilón, sintió una mano que le tiraba de la solapa. Un niño con el pelo recogido en dos coletas le decía algo. No podía oír nada, pero, curiosamente, podía entender lo que quería. Se levantó del sofá y siguió la mano que le tiraba. Con solo unos pocos pasos, atravesó la sala y se encontró frente al árbol de Navidad.
Flores de papel doblado, nueces colgando de cuerdas, figuras de campanas plateadas y dulces de azúcar adornaban el árbol de Navidad. En la cima, una estrella dorada se alzaba orgullosa, y debajo de la maceta se amontonaban cajas de regalo de diferentes tamaños. Una de ellas, sabía instintivamente, contenía el regalo que él había preparado.
El niño desenvuelve con cuidado las cajas de regalo, una a una. Para un niño tan impulsivo, parecía apreciar cada envoltorio. Al desatar la cinta y abrir la tapa, una pequeña caja de madera dejó al descubierto un mecanismo de relojería. Los ojos del niño se abrieron de par en par. Al dar cuerda, una bailarina, con los brazos redondos y las puntas de los pies en punta, giraba sin cesar. La música sonaba, pero él no podía oírla.
El niño, tras observarla un rato, se llenó de alegría. Dio saltos y brincos en el sitio. Una manita traviesa tiró de su solapa. Se inclinó y sintió los brazos del niño rodeándole el cuello. En un instante, los labios del niño se posaron sobre su mejilla.
Una voz se oyó a sus espaldas. Al volverse, se encontró con una sonrisa cariñosa. En la mano del otro, un vaso de leche con miel. La taza de cerámica, de fondo blanco, mostraba un molino de viento pintado en azul. Sabía que esa taza estaba destinada a él. Sonrió y lo aceptó.
—Aún me tratas como a un niño.
—Siempre serás mi hermanito pequeño —fue la respuesta.
Alzó la vista. Las agujas del reloj de pared estaban en movimiento. Mientras se calentaba las manos con la taza que había recibido, sus labios se movieron por sí solos.
—Ya me tengo que ir.
Una voz, llena de pesar, respondió: —Sí. Yo también.
Tras una breve respuesta, se giró. En la entrada, colgaba una corona hecha con ramas de ciprés. No estaba claro si lo había hecho él mismo, ya que tenía una forma ovalada irregular. Tras observarla un instante, abrió la puerta. Hacía frío fuera. La nieve que había caído dos días antes cubría la calle.
En el momento en que dio un paso fuera, July despertó de su sueño.
—¡Uf!
Un dolor de cabeza le atravesó la cabeza. Sin abrir los ojos, July se llevó la mano a la frente. Las frases sobre que el buen alcohol no deja resaca era pura mentira. La habitación olía a alcohol. Seguro era él quien lo emanaba.
—Buenos días, borracho.
Una voz se oyó a su lado. July, tras prepararse mentalmente, abrió los párpados. La cara de un hombre llenó su visión. El hombre, tumbado a su lado, lo miraba con la cabeza apoyada en un brazo.
—…
July movió los labios. Se quedó sin palabras.
La cara de Dante era tan fresca como la de un niño. Su cabello, aún húmedo, había recuperado su color rojo original. Parecía que el intruso, que había entrado sin permiso, había aprovechado su sueño para usar el baño. Al ver al intruso tumbado a su lado, sin camisa, July, sin darse cuenta, bajó la mirada hacia abajo. Por suerte, llevaba los pantalones puestos.
—¿Te parezco una alucinación? Puedes tocarme si quieres. Mira, aquí. Todavía tengo la marca de la bofetada que me diste ayer.
Dante, con esas palabras, tomó la mano de July y la llevó a su cabeza, obligándolo a acariciarlo. July, aún aturdido, acarició su cabello húmedo. Dante, como un cachorro que busca afecto, restregó su cabeza contra su mano.
July estaba sorprendido. Aunque él mismo había dado la dirección del hotel, no se había imaginado que se encontrarían en su habitación sin que siquiera llamaran a la puerta. Claro que él sabía que su interlocutor era un experto en abrir puertas, así que sería extraño decir que no esperaba que ocurriera algo así.
Dante seguía siendo el mismo. Era un joven alegre, travieso, con una mezcla de descaro y vitalidad. Aunque ahora July había comprobado con su propio cuerpo que era un hábil mentiroso, la actitud actual de Dante le parecía natural. Tanto que parecía su verdadero rostro. O, más bien, quería creerlo.
«Ya no me vas a engañar» pensó July para sí mismo.
—¿Has dormido bien? Te lo dije antes, no es bueno depender tanto del alcohol. Además, creo que eres del tipo que se deja llevar fácil por el alcohol y las drogas. ¿No será que andas haciendo otras cosas más desagradables?
—…Cállate. Me duele la cabeza.
—Entonces, ¿puedo callarte la boca?
Dante, con una sonrisa traviesa, se acercó a su rostro. Algo blando tocó sus labios. Al aspirar, sintió un suave aroma a jabón. Mucho mejor que ese feroz aroma a feromonas. A diferencia del beso insistente de antes, este fue un beso ligero, como para despertar a un amante dormido.
Sus labios se separaron. Dante, con un tono de reproche, comentó:
—Hueles a alcohol.
«Vaya, qué manera de despertarme».
July, levantándose, miró a su alrededor. La botella vacía que había estado sujetando mientras dormía ahora estaba colocada sobre la mesa.
—No puedo creer que alguien tan meticuloso como tú viva en un lugar como este. Además, ¿me invitas a tu casa y te quedas dormido borracho? No creo que no sepas que es peligroso, ni tampoco creo que confíes tanto en mí. Entonces, ¿te molesta tanto haber regresado a la gran ciudad que decidiste tirar todo por la borda?
Dante, con un tono desenfadado, dijo eso. No se percibía ninguna señal de cautela en su actitud despreocupada, con la que se revolcaba en la cama. Ni siquiera había tocado un dedo a la persona que yacía inconsciente. Aunque no se había comportado como un tonto borracho y había logrado obtener la respuesta que quería, en el fondo, le invadió una sensación de angustia al ver que había caído tan fácil en su juego.
July, sin responder a la pregunta, entró al baño. Dentro del lavabo lleno de agua, se veía su ropa empapada. Por la sangre que se extendía, parecía que su dueño había tenido un día ajetreado. July, sin hacer caso de eso, se roció la cara con agua fría.
Mientras tanto, Dante, como si estuviera en su propia casa, se había apoderado de la cama. Estaba recostado, con el torso desnudo a la vista. Sobre sus músculos bien definidos, se extendían cicatrices grandes y pequeñas, pero esos desperfectos no disminuían el valor artístico de su escultura. «Supongo que él también ha pasado por un camino lejos de la tranquilidad». July observó el cuerpo de Dante con una mirada crítica.
—Ya que te has despertado tarde, relájate. Ya no tienes que abrir la floristería a primera hora de la mañana.
Dante, disfrutando de la mirada que le dirigía, le guiñó un ojo. Con esa actitud, tumbado en la cama, parecía estar tentado a seducirlo.
—O, también podrías entregar tu cuerpo al apuesto hombre que ha irrumpido en tu vida.
«…Es cierto que es una tentación».
July abrió de golpe el armario y cogió la primera camisa que encontró. La camisa, holgada, voló hacia Dante. El hombre la atrapó con suavidad y parpadeó con aire de asombro. July, con seriedad, dijo:
—No recuerdo haberte dicho que entraras por la fuerza.
—Sin duda, golpeé la puerta. Lo intenté tres veces, durante diez minutos seguidos. Además, en el tercer intento, incluso avisé que lo tomaría como permiso para entrar si no respondías. Y no lo hiciste. Así que, técnicamente, se puede decir que entré con tu consentimiento.
Las palabras, más que argumentos, eran como un martillo golpeando su sien. La punzante jaqueca que creía olvidada, regresó con fuerza. July se llevó las manos a la cabeza mientras observaba al hombre, tan astuto como descarado, evitar la cuestión con una sonrisa.
—Has tenido alguna pesadilla, ¿verdad? Parecías sumido en un terrible sueño.
—¿Una pesadilla?
Sentía un peso extraño en el cuerpo, como si algo lo oprimiera. Atribuyó la sensación a la resaca, pero una duda se instaló en su mente: ¿acaso habría soñado? July intentó recordar los detalles de la noche anterior, pero su memoria era un vacío. Una opresión en el pecho le susurraba que tal vez, como él decía, había sido una pesadilla.
—Es probable. Quizás las desgracias del día de ayer me hayan dejado una sombra de pesadilla.
July lo dijo mirando a Dante, como buscando una reacción, pero él permaneció impasible, sin inmutarse siquiera.
—Siento que no te ves tan bien. Si lo deseas, estoy listo para abrazarte y confortarte en cualquier momento. O, si lo prefieres, puedo traerte leche con miel o un delicioso chocolate con malvaviscos.
Dante, con la frente aún dolorida por el golpe recibido apenas un día antes, no mostraba ni un ápice de miedo. La indignación de ser tratado como un niño por aquel jovencito lo invadía. July contuvo un impulso repentino de reprenderlo con un mordaz comentario.
De pronto, la familiaridad de la situación lo inundó. La imagen que lo recibía cada mañana al despertar, ahora estaba ahí, frente a él. El silencio de la casa, roto solo por la presencia del forastero, lo envolvía en un déjà vu, en un eco de la rutina que ahora tanto añoraba.
Pero era necesario recordar: lo que una vez se rompe, no vuelve a ser igual. Esta vez, la trampa debía ser suya.
—Primero, levántate de ahí. No quiero leche ni cacao, mejor prepárame una taza de café
Dante rodó sobre la cama, como si la respuesta hubiera estado esperándolo. La estrecha superficie se hundió con un crujido como un precipicio al sentir su giro. Con un movimiento natural, escapó del lecho y extendió los brazos como un experto que acababa de ejecutar una caída impecable. En su rostro se leía una satisfacción evidente. ¿Quién trata a quién como a un niño...?
—De hecho, dije buenos días, pero ha pasado un buen rato desde entonces. ¿Qué tal si almorzamos y disfrutamos de una cita más sólida? Una taza de café a la luz del sol sería ideal.
Dante no había cambiado en lo más mínimo. ¡Al menos no su boca!
A estas alturas, incluso llegaba a admirarlo. Apenas un día antes, se habían apuntado con armas en la cabeza. El hecho de que incluso hubiera considerado aliarse en esa situación tan peligrosa, indicaba que quizás Dante no tenía ningún tipo de instinto de supervivencia. O, ¿acaso creía que el haber follado el día anterior había borrado cualquier rencilla del pasado...?
No, no sería así. Que Dante se comportara igual que en el pequeño pueblo hacía más creíble la idea de que todo esto era solo una actuación. July decidió no confiar en él. Este hombre parecía impulsivo y emocional, pero en realidad era calculador y sombrío.
Después de abandonar el hotel, se dirigieron a un restaurante cercano. July pudo observar cómo Dante devoraba cinco rebanadas de pan con mantequilla, tocino grueso y aceitoso, y unos huevos excesivamente cocidos. Siguiendo una inercia aprendida, July también llenó su estómago con comida, aún admirando el apetito insaciable de su contrincante.
Una vez satisfechos en cierta medida, disfrutaron de un café caliente. Tan pronto como vaciaron sus tazas, un camarero se acercó para servirles más. July dejó que la nueva taza se enfriara un poco. Dante aún no había terminado de comer y estaba untando mermelada en las últimas rebanadas de pan. Mientras disfrutaba de su almuerzo tardío, añadió con una tranquilidad imperturbable:
—¿No es emocionante? Estar aquí, frente a frente, me hace sentir como si estuviéramos cometiendo un pecado. Como una obra de teatro que inevitablemente termina en tragedia. Supongo que los hijos de familias enemigas se sienten así cuando se reúnen en secreto.
Aunque ambos habían cometido muchas cosas peores que un simple encuentro en secreto, el comentario era tan trivial que July no pudo evitar reírse. Jugueteó con el mango de su taza de café sin ofrecer una respuesta.
Sin embargo, también había algo de verdad en sus palabras. Sus familias estaban enfrentadas por un incidente pasado, por lo que la situación actual, en la que July se sentaba frente a Dante, bien podría llamarse una cita clandestina entre enemigos. July comenzó a beber su segundo café. Era un sabor áspero y tostado, pero no desagradable. De hecho, su intensidad calmaba su mente.
En ese momento, July sintió que empezaba a comprender un poco a Dante. En su interior vivía una criatura salvaje e ingeniosa, un pequeño demonio que disfrutaba de cometer fechorías a escondidas y del sabor de la culpa. Pero las travesuras que había estado haciendo hasta ahora no se habían limitado a pequeñas jugarretas y trampas.
La prueba de ello era July. El cliente que lo había contratado, un miembro de la familia de Dante, había querido eliminarlo utilizando a su enemigo. ¿Por qué le había encargado tal trabajo humillante? La respuesta era simple: porque no podía hacerlo él mismo. Si lo intentaba, terminaría enredado en un juego de familia de asesinos baratos.
July recordó cómo Dante le había reprochado en el pasado que cómo podía matar a un compañero. Ahora, July pensaba que su familia no era tan diferente de él en cuanto a moralidad.
Dante no mostraba ni un ápice de duda. Se puso a divagar frente a su objetivo, como si nada.
—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión y querer verme de nuevo? A ver si adivino… ¿Te conmovió que te lo chupara? ¿Te quedaste con ganas de más después de una sola vez?
Dante soltó una risita y sacudió la lengua. July sintió cómo la leve compasión que había comenzado a sentir se disipaba de inmediato. Pero tampoco podía negar que el descarado de Dante tenía razón. Lo había chupado de manera conmovedora.
July negó con la cabeza.
—Eso no tiene nada que ver. Solo tenía algunas preguntas.
—Hmm, ¿qué preguntas? No dudes en preguntar.
En cuanto terminó de hablar, su pierna se enredó con la de July debajo de la mesa. Dante sonrió con malicia, intentando una seducción inapropiada para plena luz del día. July dejó caer la taza de café con un suspiro. Si seguía así, no tendrían una conversación seria en todo el día. No tenía idea hasta dónde llegaría la audacia de su interlocutor.
La mano de July se movió con la rapidez del rayo. —Clang—, el tenedor se clavó en la mesa. Solo cuando pudo comprobar que la tranquilidad había vuelto a la zona debajo de la mesa, July retiró la mano. Dante solo movió los ojos y miró el tenedor clavado verticalmente junto a su mano.
July preguntó en voz baja:
—¿Dónde está el niño?
—Ah, ¿estabas curioso por eso? Ya no es asunto tuyo.
Dante frunció los labios en una mueca. La expresión de su rostro, que hasta hace un momento era de entusiasmo, se volvió hosca en un instante. Era evidente que no era la conversación que esperaba, pero a pesar de todo, respondió sin vacilar.
—Todo está bien. Está sano y salvo. Todo gracias a tu maravillosa intervención, por supuesto. Yo sigo sin tener ni idea de cómo era ese diseño.
July se llevó una mano al pecho aliviado. Después de todo, no era que Dante pudiera hacer algo. No podía torturar a un niño frágil como si fuera un adulto robusto, y ya había asesinado a los padres, que hubieran sido sus posibles rehenes, ¿no? Al menos en el corto plazo, no parecía probable que hubiera derrumbes de edificios en la ciudad.
—Ah, sí…
Dante, como si una idea le hubiera llegado de repente, comenzó a hablar:
—Ya que estamos en el tema, ¿quieres ir a verlo? Ben se alegrará de verte con vida. ¿Y qué tal si le mostramos que nuestra relación se ha reconciliado? A él no le caigo muy bien. Cada vez que intento hablar con él, se esconde como una ardilla en un rincón.
—...
¿Ben era su nombre? Si estaba viviendo con su secuestrador, incluso sin estar en peligro físico, podría estar sufriendo un tormento psicológico…
Más que eso, la propuesta que acababa de recibir era bastante radical. July le preguntó a Dante, tratando de discernir sus intenciones:
—¿Puedo reunirme con él?
—¿Qué más da? No se va a escapar. Si lo hace, no me importa. Quizás hasta sería divertido.
Su actitud era de una arrogancia total. A estas alturas, le daba ganas de aplaudir. En este mundo donde suceden cosas demenciales a diario, la tranquilidad de Dante ya era un talento en sí mismo. July pensó que la arrogancia de Dante no era tan mala. Quizás esa era una forma más eficiente que intentar resolver todo mediante el control y la contención, como él lo hacía.
Dante, que por fin había terminado de comer, añadió azúcar a su café. La cucharilla hacía remolinos en la taza. Después de beber con elegancia el brebaje oscuro y azucarado, dijo:
—En realidad, estaba preocupado de que no me buscaras. ¡Llevabas dos meses sin dar señales de vida! Te di mi información de contacto, pero nunca me contactaste. Por eso, cuando apareciste de repente, me sorprendió mucho y me alegré.
Dante sonrió, con ambas mejillas teñidas del mismo color que su cabello. Gracias a eso, July recordó que aquellos que caían bajo el hechizo de su rostro solían dejar grandes ganancias en la floristería.
«Maldita sea, ojalá fuera un poco menos guapo».
Lamentablemente, la reacción natural de cualquier ser humano ante la belleza era que el corazón latiera más rápido.
—Pregunta lo que quieras. Tal vez sepa más de lo que imaginas.
—…¿Y el precio? Seguro que tú también quieres algo a cambio.
—Nada extraordinario. Me gustaría que nuestra relación continuara. Durante mucho tiempo.
Su voz era alegre, pero de alguna manera, inquietante. Era como si viera el cadáver de una cigarra en el suelo después de que terminara la temporada de lluvias de verano. Mientras July sentía una inquietud inexplicable, Dante, sin inmutarse, siguió hablando:
—Se dice que las malas relaciones son muy duraderas. Quizás no estaría mal que nuestra relación se convirtiera en algo así.
—...
«Bueno, yo no lo creo».
July se rió con amargura por dentro. Dante hablaba como si todo lo que había sucedido en el pueblo fuera un asunto cerrado, pero July pensaba diferente. Una conexión invisible ya se había establecido entre ellos. Dante había arruinado el lugar donde él vivía. Gracias a eso, July tuvo que volver para matarlo. Esa era la naturaleza de la relación humana. Puede que los comienzos sean casuales, pero con el paso del tiempo y las idas y venidas, las cosas se enredan.
Un silencio breve se instaló antes de que July abriera la boca. Su voz, incluso para su propia sorpresa, era tranquila.
—No tengo razón para rechazarlo. Justo ahora no tengo nada que hacer, así que está bien. Si te sigo, seguro podré conseguir algo útil.
Dante frunció el ceño.
—¿Renunciaste? ¿Estas sin trabajo? No me imagino a esa empresa dejando a un talento como tú sin hacer nada.
—Tuve algunos asuntos. Parece que todo el trabajo duro que había acumulado se esfumó mientras yo no estaba. Así que empiezo desde abajo de nuevo. Pero recuperaré todo rápido. Después de conseguir algunas cosas útiles de ti, se las llevaré a mis superiores.
En realidad, incluso en este momento, formaba parte del proceso de recuperación. Era extraño ver a Dante, que no sabía nada de eso, preguntar con curiosidad:
—Siempre lo pensé, pero eres bastante materialista. Si odiabas tu trabajo tanto como para retirarte, ¿cómo es que te adaptaste tan rápido?
—Soy rápido en adaptarme. Si no quieres morir, no hay más remedio. Si quieres vivir mucho tiempo, es mejor que lo aprendas.
Era un consejo que no iba a servir para nada, teniendo en cuenta el carácter del interlocutor. Como era de esperar, Dante solo lo miró con diversión, sin parecer impresionado.
—Por cierto...
Dante dejó escapar una insinuación.
—¿Qué te parece si nos vamos de ese hotel tan asqueroso? Incluso para mí, es incómodo dejar a mi novio en un lugar como ese.
—...¿Perdón?
July parpadeó, desconcertado por esa palabra desconocida.
—Tengo algunos lugares vacíos. No están muy bien cuidados, pero son mucho más cómodos que ese hotel. Las ventanas dan a un callejón, así que es fácil darse cuenta de si hay alguien cerca. Además, sólo hay un piso, así que si hay que escapar, se puede saltar por la ventana. Sería más fácil verte ahí. Ese hotel está demasiado alejado, lleva mucho tiempo ir y venir.
—No, espera. Hay algo extraño en lo que estás diciendo. ¿Novio? ¿De quién hablas?
—De quién crees que hablo. July, tú. ¿Qué somos si no somos pareja? Ya nos hemos besado y rodado juntos varias veces, disfrutando de momentos de placer. Yo te he estado esperando todo este tiempo, y tú has venido a verme de nuevo. ¿Si esto no es amor, qué es?
¿Rodado? Bueno, es cierto que lo hemos hecho. Aunque fuera empapados en sangre o con el ruido de los disparos.
July respondió con vacilación:
—Parece que tu lenguaje se desvía un poco del uso común.
—No necesitamos seguir las reglas de los demás en nuestra relación.
Dante dijo con ligereza. No sabía por dónde empezar a corregirlo. July golpeó la mesa con la yema de los dedos y dijo:
—Tu última relación me intriga.
—Me alegra que te interese, pero desafortunadamente, no tengo nada que contar. Todos fueron solo relaciones de una noche. Así que... digamos que tú eres mi primera pareja.
-Mmm…
Era una afirmación difícil de creer. July ya había sido testigo de las mentiras de Dante en numerosas ocasiones, por lo que su confianza en él se había desplomado. Además, en este mundo, ¿quién podría creerle a alguien con esa cara? Decir que no tenía experiencia en el amor era como menospreciar el gusto estético de los ciudadanos de esta gran ciudad.
July negó con la cabeza, señalando que no quería hablar más, pero Dante pareció no entender su gesto. Sus ojos brillaban con interés.
—¿Y tú? Parece que eres muy hábil en todo, así que supongo que tienes bastante experiencia en el amor. Solo con ver tu reacción, ya me lo imagino. Por lo que veo, también estás acostumbrado a recibir por detrás.
—No estoy tan acostumbrado. Bueno, sí que he tenido algunas relaciones.
—Hmm, ¿alguno de ellos sigue vivo?
—¿Por qué te importa eso?
—No me gusta compartir lo que es mío con otros.
Dante hizo un puchero.
De repente, se preguntó si estaba siendo demasiado severo con él. July, frente al rostro malhumorado de Dante, pensó: ¿y si la verdadera naturaleza de este tipo fuera mucho más simple? La posesión es una característica común en aquellos con una infancia destruida, ¿no?
Sí, este tipo es simplemente un niño salvaje e inteligente con un cuerpo desarrollado.
July, pensándolo para sí, preguntó:
—¿Quieres ser el único para mí?
—Por supuesto.
—Bien. En realidad, eso no es difícil. En este momento, solo me quedan compañeros de trabajo incómodos y un amigo mediocre, así que hay espacio para ti. Pero tienes que prometerme una cosa.
La mano que sostenía la taza tibia se movió y tomó la mano de Dante. Dante miró a July, que lo estaba tomando de la mano. Los ojos azules de Dante se cruzaron con los de July en el aire, reflejando al mismo tiempo la inocencia de un niño y la experiencia de un hombre maduro.
July dijo con lentitud y firmeza:
—Jura por nuestra mala relación que ya no me mentirás.
—...
—No importa si guardas silencio. Puedes esquivar la pregunta. Pero no más mentiras.
Era una petición ridícula. Él mismo estaba allí para engañarlo, ¿no? Incluso mientras decía esas palabras, July no tenía muchas esperanzas. Incluso si recibiera una respuesta afirmativa, sería difícil creerle. No es por nada que el pastorcillo de la fábula perdió todas sus ovejas.
La respuesta no llegó de inmediato. Dante pareció estar pensando detenidamente en la propuesta que acababa de recibir. Mientras tanto, se podía ver cómo jugueteaba con la mano que tenía agarrada. Durante el silencio, sus ojos reflejaban una mezcla de emociones complejas, difíciles de describir.
Mucho después, las primeras palabras que salieron de su boca fueron muy diferentes de lo que July esperaba.
—Ahora…
Su voz era débil.
—... estoy tratando de cumplir la promesa.
Era una frase que no entendía en absoluto. Mientras July intentaba comprender su significado, Dante le sonrió con suavidad. Sus ojos se curvaron al sonreír, y en ellos se reflejaba una clara expectativa. Era una sonrisa que no podía interpretarse de otra manera.
—De acuerdo. Lo prometo. Si eso es lo que quieres.
Fue entonces cuando July comenzó a buscar apresuradamente en su mente. Pero el resultado fue el mismo que antes. Dante seguía sin aparecer en sus recuerdos. No era un error de percepción. Pero se habían encontrado, sin duda alguna.
Las preguntas se amontonaban en su mente hasta llegar a su barbilla. ¿Cuándo? ¿Dónde? No te conozco, pero ¿cómo es que conoces mis feromonas? ¿Qué conversación tuviste conmigo, de la que ni siquiera tengo memoria?
Sin embargo, las preguntas no llegaron a verbalizarse. July los tragó. No debía hacerlo. No debía, como si alguien gritara en su mente.
A pesar de todo, July tuvo una intuición.
«Dante».
Tenía que saber más de ese hombre.
La razón por la que July había sobrevivido a tantos eventos peligrosos hasta ahora era sencilla. Al final, las cualidades más importantes en este trabajo eran la perseverancia y la diligencia. No importa lo pequeño que sea. Si se guarda en la mente, tarde o temprano se encuentra la ocasión para usarlo. Necesitaba conocer a este hombre de antemano, al menos más de lo que él sabía sobre él.
—...
No se sentía bien.
July se tocó la barbilla con una mano y se hundió en sus pensamientos. Creía saber qué era esa sensación. Se sentía aislado, por su pasado y por Dante.
Pero no tenía sentido dejar que esto se viera reflejado y entregarle el control al otro. July se levantó. La silla chirrió y raspó el suelo.
—Llévame a tu guarida. Voy a comprobar si realmente es mejor que el hotel.
Caminar por la ciudad junto a Dante era una experiencia nueva. Se pegaba a él como lo había hecho una vez en Loverwood, y no dejaba de hablar, pero el paisaje urbano era diferente al de aquella época. July ignoraba las charlas intrascendentes de Dante y grababa en el mapa mental de su memoria el camino que habían recorrido. Los transeúntes apresurados con zancadas largas, las ratas tan grandes como un brazo que desaparecían en los callejones, los vagabundos que buscaban comida en la basura... Un espectáculo familiar y sucio.
De repente, mientras caminaban, Dante se detuvo. July, que había avanzado unos pasos, se giró y preguntó:
—¿Qué?
Dante ladeó la cabeza, con expresión confusa. Su mirada bajó un poco.
—¿Te duele la pierna?
-No.
—Hmm, supongo que fue una ilusión.
Dante enarcó una ceja y reanudó su camino. Respondió con naturalidad, pero July se encogió un poco. La herida que la hoja había abierto en su cuerpo ya se había cerrado por completo con el paso del tiempo, pero seguía notando un pequeño escozor. En la vida diaria no había ningún problema, y no era lo suficientemente evidente como para notarlo a simple vista, pero este chico, con su aguda percepción, había captado la sutil diferencia en ese breve momento. Tenía un ojo perspicaz.
Para llegar a su destino tuvieron que caminar bastante rato. Debido a la conversación que acababan de tener, July comenzó a sospechar que Dante lo estaba llevando por un camino más largo de lo necesario. Caminar con cuidado de cada paso requería un poco de concentración, y gracias a eso, July se perdió más de la mitad de las charlas intrascendentes de Dante.
Finalmente, tras dejar atrás las bulliciosas calles comerciales, aparecieron viviendas más comunes. Siguiendo a Dante, llegaron a un edificio de apartamentos común y corriente, no muy distinto a los demás. Las cajas de correo del primer piso estaban repletas, sin espacio para más, lo que indicaba que la mayoría de los residentes de este edificio no regresaban a casa con frecuencia o no salían de ella. Al subir las escaleras de caracol, los pasos resonaban como si caminaran dentro de un pozo.
En un instante, July pudo traspasar el umbral de la casa. Su primera impresión fue:
—Es… más normal de lo que pensaba.
—¿Te desilusiona?
—Un poco.
Para ser honesto, esperaba algo más desordenado. Al menos, según los recuerdos de July, Dante no tenía ningún concepto de utilidad en sus hábitos de consumo, solía comprar baratijas por impulsos, y, para colmo, los vecinos que le tenían afecto le regalaban todo tipo de objetos sin ninguna coherencia. July, que había vivido la experiencia de ver cómo su casa se llenaba de objetos extraños que Dante iba recopilando, no podía pensar de otra manera.
Sin embargo, al examinar el interior, July se dio cuenta de que su suposición era errónea. La casa, desde el momento en que se cruzó el umbral, era pura normalidad. Paredes con un papel sencillo, cortinas sencillas, sofá sencillo, mesa sencilla… No había ningún cuadro en la pared, y tampoco había ninguna estatua extraña y grotesca, como las que él creía que encontraría. Por un instante, July dudó de si no se había equivocado de casa.
Pero Dante no llevaba las herramientas de un ladrón, sino una simple llave, y la llave encajaba en la cerradura sin ofrecer resistencia. A menos que todo el edificio compartiera la misma llave, pero eso no era posible.
Además, en esta casa, donde todo estaba dentro de la media, había una mancha que llamaba la atención.
—…Hay mucha polvo.
July murmuró mientras pasaba el dedo por el borde de una repisa. Parecía que la casa de Dante no estaba limpia. Era sorprendente, considerando que a Dante siempre le había gustado limpiar. El dueño de la casa, como si no hubiera oído nada, dijo:
—Siéntate cómodo.
Dante lo dijo con una sonrisa condescendiente, demostrando la comodidad que él mismo disfrutaba. Al dejarse caer en el sofá, July vio un pequeño remolino de polvo elevarse en el aire. La falta de ventilación debido a las ventanas cerradas hacía que el polvo, una vez levantado, descendiera lentamente, volviendo a su sitio original. Sobre la mesa, restos de caramelos y gominolas yacían esparcidos, como si la habitación hubiera estado abandonada durante días.
Claro que, en comparación con el hotel de Eden, este lugar era mucho mejor. En realidad, el hotel de Eden era más bien como un arca de Noé, un lugar sin comodidades donde no se podía exigir mucho. Pero, a pesar de ser mejor, la —guarida— de Dante tenía sus deficiencias. July abrió la ventana sin decir nada. Una brisa fresca penetró la habitación a través de la ventana que se abrió con un crujido. Asomando la cabeza, July pudo ver la tranquila calle del barrio residencial.
—¿Aquí es donde vives? —preguntó July, calculando la altura desde la que podría saltar por la ventana.
—A veces. Últimamente solo vengo a dormir de vez en cuando. Estoy muy ocupado y tengo un amigo que no soporta mi presencia.
July, sin decir nada, ya sabía a quién se refería. Como si leyera sus pensamientos, Dante añadió:
—Ben no está. Lo llevo a la guardería por las mañanas.
Dante, estirado en el sofá, bostezó. Parecía un niño tumbado en un campo extenso, con una hoja en la boca, disfrutando de la tranquilidad.
—A pesar de las apariencias, este lugar es uno de los refugios más seguros que tengo. Solo cuatro personas, contándote a ti, saben dónde está. Y a diferencia de otros, soy bastante indulgente, así que puedes usar el sofá todo lo que quieras. No te preocupes, no te obligaré a dormir en el suelo.
—Hay otros lugares como este.
—Este es el que más se parece a un hogar. Aunque nunca he llegado a saludar al vecino de al lado. Si te encuentras con él, dile que acabas de mudarte. Se lo creerá. Bueno, en fin, tómate tu tiempo para acomodarte. ¿Necesitas ayuda con las maletas?
—No. No tengo mucho.
Sus maletas eran solo un par de armas. El objetivo, con gran amabilidad, le había pedido que llevara sus propias herramientas de muerte a su casa. Debía haber otras armas escondidas en algún lugar de la casa. July los examinaría cuando el propietario estuviera ausente.
July volvió a explorar la casa. Parecía un lugar abandonado. Más bien, parecía un lugar preparado para ser abandonado en cualquier momento. En cierto modo, encajaba con la idea de un refugio. A la hora de esconderse, lo normal era preparar un plan para el momento en que se te encontrara.
Pero aquí había vivido un niño. Si mal no recordaba, Ben era un beta. July sabía por experiencia propia lo propensos que eran los niños normales a las enfermedades. Al final, July decidió que lo primero sería limpiar. Por suerte, al no haber muchos objetos, la casa no estaba muy sucia. Al menos, la sala de estar se podía limpiar con un simple desempolvado y una pasada de un trapo cualquiera.
Lo que en serio preocupaba era la cocina. Allí no había nada. Ni siquiera vajilla, ni hablar de comida.
-Mmm…
July se hundió en sus pensamientos, perdido en un mar de dudas. Dante, que se le había acercado por detrás, apoyó la barbilla en su hombro. Luego, frotó su cabeza dulcemente contra él y preguntó:
—¿En qué piensas tanto?
—En un sándwich...
July lo dijo sin darse cuenta.
—...Se me da bastante bien hacerlo. Tengo ganas de comer uno.
—¿De verdad? Es sorprendente que te guste cocinar.
—Aunque suene a presumir, los comentarios sobre mis sándwiches siempre fueron bastante buenos.
—Por casualidad, hay una tienda de sándwiches terriblemente mala cerca de aquí. Apuesto a que los tuyos están mucho mejor. ¿Qué te parece si abres una tienda justo al lado? Te aseguro que les robarás toda la clientela. Y sería genial que me dieras a probar el primer ejemplar.
Dante brilló con entusiasmo. Aunque solo fue una ocurrencia, la respuesta fue muy entusiasta. ¿Qué clase de sándwiches horribles hacen en esta zona para que diga eso? Tenía una idea aproximada, basándose en el promedio de los restaurantes de Elderwood.
Gracias a eso, July pudo recordar un sueño que había olvidado desde el inicio de su retiro. Un sueño que había dejado de lado debido a los magníficos restaurantes del pequeño pueblo, y que había vuelto a aflorar porque en Elderwood no había ninguna tienda adecuada.
Después de todo, se trata solo de sándwiches. ¿Qué hay de difícil? Solo hay que poner cosas entre pan y añadir mucha salsa. July, recuperando su confianza perdida, respondió sin dudarlo:
—Vale, ¿por qué no?
—¿De verdad? Entonces empezaré a esperar con ansias.
El brazo de Dante se deslizó por su cintura. Abrazándolo por detrás, susurró una amenaza encantadora al oído de July. Su voz dulce y llena de encanto le cosquilleó el tímpano. El veterano profesional se sintió incómodo con el rival que se acercaba por detrás, pero July logró no dar señales de ello.
—Sí, te los prepararé esta noche.
—Ay, ¿qué hacemos? Tengo que salir pronto. Todavía me queda mucho trabajo por la tarde. Es posible que no pueda volver hoy.
Eso significa que alguien más, cuyo nombre ni rostro conoce, tendrá que enfrentarse a este loco. July, rezando por el alma de ese desconocido, respondió:
—No te preocupes, ve tranquilo a hacer tus cosas. Mientras tanto, limpiaré un poco, haré la compra... En fin, haré que esta casa sea habitable.
—Me hubiera gustado estar un poco más contigo.
Dante dijo con un tono lastimero. Su voz goteaba de melancolía. Por un momento, July olvidó por completo la situación y pensó que su compañero era adorable. No era un pensamiento que cabría esperar de alguien con quien se había enfrentado a punta de pistola el día anterior. «Supongo que debo estar muy solo», pensó July para sí, sin darse cuenta del tono autocompasivo. Dante continuó hablando:
—Ah, y una cosa más que te pido. ¿Puedes traer a Ben cuando vuelvas? Como te dije, creo que sería bueno que viera que hemos hecho las paces.
Parecía que Dante en serio tenía la intención de reunirlos. July asintió con la cabeza y respondió con un breve —sí.
Dante actuaba como antes. Era como si hubiera vuelto a la época en que era mochilero y empleado temporal en la floristería. July tenía que recordar aquellos dolorosos recuerdos una y otra vez para no caer en la trampa de la familiaridad. Ya había sido engañado dos veces. Si no quería una tercera vez, debía mantener la duda. Debía dudar hasta que todo terminara.
Incluso en ese momento, July no confió ni un ápice en la promesa que había recibido de su oponente.
***
La guardería era un lugar que Dante había mencionado antes. Dijo que estaba cerca de la Torre del Reloj, en una librería antigua. Sin embargo, al llegar al lugar, se dio cuenta de que esa única descripción era insuficiente. July se quedó frente a la Torre del Reloj, un lugar que nunca había visto, y observó su entorno. No tenía ni idea de cuál de los muchos callejones debía tomar. Pensó que quizás, en cierto modo, la librería antigua era un lugar más adecuado para un refugio que un edificio de apartamentos común y corriente.
Después de buscar en varios callejones estrechos, casi sin salida, encontró la librería antigua. El edificio, sumido en la sombra, se veía aún más lúgubre. Solo con mirar la entrada, era difícil saber si estaba abierta al público. Tras dudar un poco, July empujó la puerta. —Cruj—, la puerta chilló, cumpliendo a la perfección el papel de timbre.
Al entrar, se encontró con un espacio amplio. Altas estanterías formaban un laberinto de pasillos, y el olor a papel viejo emanaba de los libros que las llenaban. La atmósfera obligaba a la calma, y no era una sensación desagradable.
—¿Hay alguien?
No hubo respuesta. Mientras avanzaba hacia el interior, de repente, sintió un movimiento entre las estanterías. Giró la cabeza de golpe, pero no había nadie. En cambio, escuchó unos pasos que se alejaban a toda prisa. July siguió el sonido.
En el mostrador, había alguien dormido. La dueña de la librería, que justo se había despertado de su siesta, levantó la cabeza con un bostezo. July recordó que su nombre era Yulia.
La dueña de la librería de libros antiguos evocaba las leyendas de los pueblos pequeños. La mansión con techo verde, que a veces se llamaba la casa de la bruja, parecía sacada de un cuento de fantasmas y asesinos. Y, por curiosidad, Yulia encajaba con la imagen de esa bruja imaginada. La mujer, sentada en un rincón oscuro de la tienda, vestía por completo de negro. Sus uñas largas estaban pintadas de un negro oscuro, como si se hubieran sumergido en aguas residuales, y alrededor de su boca, parecía que se había manchado de rojo, tal vez por haberse quedado dormida. Sin embargo, a pesar de esa apariencia, poco después, July descubrió que, en realidad, era una persona bastante torpe.
—¿Eh? ¿Un cliente…? ¡Ay!
El rostro somnoliento de Yulia se transformó como si hubiera tenido una pesadilla. La frase —perder el color— era una expresión bastante intuitiva. Justo cuando July se preguntaba si él también habría tenido esa expresión por la pesadilla de esa mañana, Yulia, solo con los ojos, escrutó al cliente que había aparecido de repente. La mirada de Yulia, que iba bajando, se detuvo en un punto. Solo después de comprobar que el visitante no llevaba nada en las manos, alzó el labio en una sonrisa. Era una sonrisa forzada, que transmitía más desconfianza que amabilidad.
—¿Usted es un cliente? Ah, ¿qué nombre estaba buscando? ¿Daniel? ¿Paul? ¡Demonios, cómo se llamaba! ¿Demián? ¿Noé?
—…Dante.
—¡Ah, sí! De todas formas, ese tipo no está ahora…
La sonrisa que Yulia había logrado forzar temblaba. A pesar de que July no había cometido ninguna falta de respeto, ella reaccionaba como si se hubiera topado con un matón en un callejón oscuro. Parecía segura de que algo malo iba a pasar, y July comenzó a preguntarse qué respuesta debía darle.
Mientras ambos estaban incómodos, se escuchó un crujido desde un rincón de la librería. July se giró. Un niño, escondido tras una estantería, los espiaba con solo los ojos asomando. Aunque había anticipado este encuentro, verlo en persona era diferente.
Sin embargo, como había dicho Dante, no fue un reencuentro alegre. A diferencia de July, que se sintió feliz de verlo, el niño parecía confundido. Era como si hubiera visto un fantasma que regresaba de Halloween. Se había quedado petrificado.
Justo en ese momento, July recordó el nombre del niño.
—¿Ben?
La cabeza del niño se asomó un poco más. Sus ojos redondos recordaban a un conejo asustado. July vio cómo sus grandes ojos se dirigían a sus pies. Al ver que la sombra lo seguía, Benjamín pareció darse cuenta de que la persona frente a él no era un fantasma. El niño salió corriendo.
—¡Señor! ¡Estás bien!
Benjamín se aferró a las piernas de July. Ver a un niño del tamaño de su sobrina sollozando hizo que July se sintiera incómodo. Tomando al niño en brazos, le acarició la espalda para calmarlo. Como respuesta, una manita pequeña se aferró a su cuello. El pecho de July pronto se empapó de lágrimas y mocos.
—Disculpe, ¿podría decir algo?
La dueña de la librería levantó la mano con cautela, ante el conmovedor reencuentro. A pesar de su aspecto, tenía una actitud muy respetuosa, pero su rostro seguía mostrando una sonrisa incómoda.
—Le advierto que yo soy solo una empleada subcontratada, y no tengo nada que ver con ese tipo, Daniel… o Dante. Así que le recomiendo que programe una cita para otra ocasión, en lugar de desahogarse conmigo ahora. Sería menos molesto para todos… ¿verdad?
Parecía que había memorizado un discurso, ya que lo soltó a toda velocidad. Sin embargo, como si hubiera perdido la confianza en mitad de la frase, su voz fue bajando hasta terminar con un tono incómodo. A estas alturas, comenzaba a preguntarse qué le había dicho Dante sobre él. ¿Acaso pensaba que iba a entrar con un arma y hacer un escándalo?
Para una conversación amigable, era necesario aclarar el malentendido. July dijo con firmeza:
—No tengo intención de causar problemas. Vine aquí porque ese tipo me envió. Me pidió que viniera a recoger al niño.
—¿Ah? ¿Así que hicieron las paces? ¡Uf, me he asustado sin motivo! ¡Deberías habérmelo dicho antes!
¿Hacer las paces? July estuvo a punto de soltar una carcajada. Le sorprendió que pudiera resumirse con una frase tan simple. En realidad, la situación estaba más enredada que resuelta, pero parece que su interlocutora no se había dado cuenta de eso. Yulia, con un profundo suspiro, se llevó la mano al pecho y, a modo de disculpa por su reacción exagerada, dijo:
—Me contó que tuvo una pequeña discusión con su pareja. Y también que quizás vinieras aquí. Pensé que, por su tipo ideal, sería una persona más de puños que de palabras, pero ahora veo que me equivoqué.
—¿Perdón?
July se preguntó de inmediato. Si no había oído mal, había una palabra extraña escondida en medio de la frase. Al igual que Dante, Yulia también estaba diciendo algo que no era del todo cierto, de una forma muy natural.
Sin embargo, su duda no llegó a oídos de Yulia, que había relajado su tensión. Su rostro recuperó el color al comprobar que su vida y su confortable negocio estaban a salvo. Al quitarse la sonrisa incómoda, solo quedaba el interés.
—Viajar tan lejos hasta aquí… ¡Es usted un cliente peculiar! Parece una persona educada, pero ¿acaso tiene esa tendencia? ¿O tal vez es muy extrovertido?
¿Qué clase de tendencia? ¿Tal vez se refiera a meterse con los alfas o dejarse meter? Como no podía defenderlo con fervor, July respondió vagamente:
—Más bien lo segundo.
Yulia asintió con la cabeza con fervor. Parecía segura de que no había otra explicación. A July, que había sido testigo de cómo Dante se ganaba la simpatía de los demás con facilidad, le pareció una nueva perspectiva esta persona que lo denigraba.
—Parece que tienen una relación bastante estrecha. He oído que este lugar también es su taller personal.
—Hmm, hmm, viendo que lo sabe, deduzco que usted también está en este negocio. Es sorprendente que haya personas que se dediquen a actividades clandestinas y peligrosas en esa pequeña ciudad. Para que quede claro, este es mi negocio, él solo está aquí porque alquila un espacio.
Yulia continuó con un tono avergonzado.
—Aunque estoy un poco metida en la organización. En esta gran ciudad es difícil sobrevivir solo, así que es mejor ser un recadero. Si usted se queda en esta ciudad, le recomiendo que se una a un grupo que lo proteja. Aunque tiene el gran inconveniente de que, una vez que entras, no puedes salir hasta que mueras.
Eso ya lo sabía. July sonrió amargamente.
—Lo tendré en cuenta.
—Por supuesto, lo mejor sería que se fuera de aquí lo antes posible… Ah.
Yulia, como si acabara de recordar algo, preguntó:
—Por cierto, tengo una curiosidad personal. ¿De verdad Loverwood es un lugar tan bueno para vivir?
July se quedó atónito. No solo por la repentina pregunta, sino también porque Yulia se había acercado de golpe. Las piedras preciosas falsas que adornaban su rostro brillaban junto a sus ojos. July se dio cuenta de que estaba algo emocionada con el tema.
—Ese tipo no paraba de hablar sobre la nostalgia, todo el día. Es un mentiroso consumado, así que suelo ignorarlo, pero cuando hablaba de ese lugar parecía sincero... En fin, me ha despertado la curiosidad.
Benjamín, que estaba en sus brazos, había dejado de llorar y tenía las orejas levantadas. Loverwood era el único tema en común entre July y Benjamín. Sin dudarlo, July respondió:
—Es un buen lugar. Al menos, mejor que este.
—¡Vaya, qué comentario más obvio! ¡Y yo que ni siquiera he salido de la ciudad grande ya lo sé!
Yulia hizo un gesto de negación con la mano y soltó una carcajada. Tenía la sensación de que pronto se vería acosado para satisfacer su curiosidad. July, para evitar su mirada insistente, cambió de tema.
—Ahora que lo pienso, este lugar realmente parece una librería.
No era una mentira. Las estanterías estaban llenas de libros, la mayoría antiguos, y la mayoría parecían estar en buen estado. Algunos, incluso para un profano, parecían valiosos. No parecía una tienda de fachada. Aunque es posible que hubiera escondidos entre las estanterías algunos medicamentos peligrosos. Justo en ese momento, Benjamín, en sus brazos, se acercó a su oído y susurró con las manos juntas: —Aquí hay una primera edición de las Obras completas de Raymond...— El niño lo dijo como si estuviera pidiendo un juguete que quería, pero July no tenía ni idea de lo que era.
La dueña de la librería, con una evidente expresión de orgullo, respondió:
—Por supuesto. A pesar de las apariencias, esta es una librería antigua de verdad. También hay un espacio en la parte de atrás para clientes discretos como usted. Si tiene un agujero en el cuerpo, venga a visitarme. Se lo repararé de forma económica y limpia. Ah, también vendo información sobre la ciudad, aunque solo sea de forma trivial.
Yulia chocó sus manos.
—¿Quiere comprar algo? Tengo algo que le puede interesar. Como recuerdo de su viaje a la gran ciudad.
Yulia sonrió con aire misterioso. A diferencia de Dante, su sonrisa no era natural en absoluto. Parecía que iba a pronunciar un hechizo antiguo, cubriéndose la sonrisa con sus uñas negras. July miró a Benjamín, que estaba en sus brazos. La escena podía asustar a un niño, pero Benjamín parpadeó con naturalidad. Parecía que ya se había acostumbrado a este tipo de situaciones.
Pero July ya tenía su propio informante habitual. Él, que siempre había defendido el consumo responsable, no tenía intención de comprar nada a un desconocido sin garantía. July le hizo saber con cortesía que no estaba interesado.
—No, gracias. No necesito ninguna información ahora mismo.
—No diga eso, eche un vistazo. No encontrará este tipo de información en ningún otro lugar. Le aseguro que es algo muy útil para tratar con su amante.
—…¿Qué es?
Era evidente que Yulia conocía a Dante desde hacía mucho tiempo. Ella también, como Dante, tenía el don de convencer a los demás con su lengua. La oferta de un producto personalizado tan rápido había llamado la atención de July. Yulia, dándose cuenta de que el cliente dudaba, lanzó sin vacilar el anzuelo:
—Es una forma de detectar sus mentiras. ¿Qué le parece? ¿Le interesa?
—...
Era algo realmente útil, algo que no esperaba. July sintió la tentación de una compra impulsiva por primera vez.
—¿Cuánto cuesta?
Yulia, como una experimentada comerciante, se frotó las manos.
—Solo acepto efectivo. ¿Necesita algo más? ¿Le interesa saber algo más? ¿La lista de sus exnovias? ¿Sus restaurantes favoritos? Si es información trivial, puedo proporcionársela sin problema.
—¿Se puede hablar libremente de eso?
—¿Qué más da? Si ese tipo trae clientes peligrosos a mi tienda sin mi consentimiento, tengo que buscar ingresos adicionales vendiendo estas cosas.
Los clientes peligrosos, se refería a gente como él, claro. En ese momento, a July le vino a la mente Eden. No le gustaba dudar de su viejo amigo, pero, teniendo en cuenta la naturaleza de los informantes de Elderwood, era posible que él también vendiera su información de esta manera. July dijo con vacilación:
—Bueno, primero déjeme escuchar lo que dijo antes. ¿Cuánto cuesta?
Yulia extendió sus dedos. Era una cantidad pequeña. July, aturdido, dejó sobre el mostrador lo que equivaldría a tres comidas, como mucho. La mujer, con la velocidad de quien ha encontrado un tesoro, recogió el dinero y, susurrando como si estuviera hablando de un lugar donde hubiera oro, dijo:
—Primero debe saber esto. Ese tipo es muy hábil mintiendo y es muy observador. Así que no se puede abusar de este método. Si lo hace, lo notará enseguida.
July asintió con la cabeza, aceptando la advertencia. Ya lo había experimentado en varias ocasiones. Dante era la persona más astuta que conocía, así que si descubría que conocía sus trucos, sin duda los usaría en su contra.
—Cuando quiera saber la verdad, pregúntele una vez, pero solo una. Lo importante es que le mire directo a los ojos. Si sin decir nada, baja la mirada, es casi seguro que está mintiendo.
—Es más simple de lo que pensaba.
—¿Ve? Pero puedo garantizar que ha sido probado con innumerables experimentos.
Yulia, con una expresión de seguridad en sí misma, añadió su verdadera opinión en voz baja.
—¡Qué pena que no se pudiera compartir con nadie, pero al final he tenido la oportunidad de venderlo!
Su voz estaba llena de emoción. Parece que se ha dado cuenta del verdadero valor de su precio. July asintió con la cabeza.
—No sé si lo usaré, pero lo tendré en cuenta.
—Espero que le sea útil. Ese tipo también debería experimentar algo así. Para que se dé cuenta de que sus mentiras no siempre pueden ser perfectas.
Yulia se encogió de hombros. El gesto se parecía bastante a Dante.
—Entonces, ¿usted se quedará en la gran ciudad por un tiempo? No tiene intención de establecerse aquí de verdad, ¿verdad?
—Ah, yo soy originario de aquí. Solo viví en Loverwood durante un año más o menos. Así que, diría que he vuelto a casa.
-¿Eh?
Yulia frunció el ceño con inquietud. Parecía preocupada, como si le rondara una duda. Su mirada, vacilante, se posó en July. Él esperó a que terminara de pensar.
—¿En serio? ¿Hmm?
Yulia, después de un rato rebuscando en su memoria, murmuró una frase.
—¿Quizás sea ese alfa?
Era una afirmación tan cargada de significado que, por supuesto, July no la entendió de inmediato. Sin embargo, algo en el comportamiento de Yulia le pareció extraño. En un instante, su rostro pasó de un brillo saludable a un tono tan pálido que parecía atravesar los límites entre el cielo y el infierno. El color que había regresado a su rostro desapareció, como si se desvaneciera.
Yulia se levantó de golpe. La silla se volcó con un golpe seco, pero ella no le prestó atención y se puso en marcha. Trajo una escalera de madera que debía ser tres veces más alta que ella y la apoyó en la estantería. La fina escalera de madera temblaba cada vez que subía un escalón. Realizando un acrobático movimiento peligroso, subió hasta el último escalón y extendió la mano para coger un libro de la estantería superior.
Desde abajo, no había manera de saber qué estaba pasando arriba. July levantó la cabeza y solo pudo observar la portada del libro. A diferencia de los demás libros que llenaban la librería, el que había cogido ella no tenía la portada desgastada ni manchada, e incluso el título no estaba escrito.
Se escuchó el sonido de las páginas de un libro que se pasaban de prisa. Moviendo las manos y los ojos de forma apurada, como si buscara algo. En el momento en que dejó de pasar las páginas, los ojos de Yulia comenzaron a recorrer las letras de la página con impaciencia.
No pasó mucho tiempo. Yulia inclinó la cabeza como si estuviera comprobando algo. Su cabeza rígida se movía como un maniquí.
July había hecho una deducción a partir de las breves palabras que había dicho hace un momento. Con una voz tranquila, preguntó a la mujer que estaba en la escalera.
—¿Me lo muestra? Tengo la sensación de que no es algo que me afecte directamente.
—Eso...
La frase no continuó. Yulia, como si hubiera perdido la voz, solo movió la boca. July leyó en su rostro pálido un sentimiento familiar. Parecía tener miedo.
Justo cuando July dio un paso hacia la escalera, Yulia, asustada como si la hubiera quemado, movió la mano. Unas cuantas páginas se rasgaron con un fuerte —crack— y de inmediato se las metió en la boca. Yulia masticó el papel como si llevara una semana sin comer. July, desconcertado, abrió la boca.
—...
En un instante, el silencio se instaló en la librería. Solo Benjamín, que había sido testigo de la extraña acción, preguntó tarde:
—¿Hermana, está rico?
Naturalmente, no era así. Yulia negó con la cabeza y comenzó a descender. Sus piernas temblaban como las de un cervatillo recién nacido, y la escalera se balanceaba con fuerza. Solo cuando vio que ella había apoyado los dos pies en el suelo, July le preguntó:
—¿Usted también trabaja como investigadora privada? Me intriga saber qué ha descubierto.
—Ah, nada...
Yulia se quedó callada. ¿Quién creería eso después de su reacción de antes? Las cejas de July se fruncieron en una expresión de desconfianza. Quizás debido al aire tenso, pudo sentir cómo el niño en su pecho se estremecía. Tras un largo suspiro, July murmuró, con un tono mucho más suave:
—Es extraño. Hasta ahora no parece que haya dejado ninguna pista que alguien pudiera aprovechar...
Yulia parecía incómoda con esas palabras. Tragó saliva con fuerza varias veces y comenzó a morderse las uñas negras. Parecía que quería escapar de la librería, así que July dio un paso atrás para tranquilizarla. Al dejar al niño en el suelo, Benjamín se aferró a sus piernas. July se sintió como un malvado al ver cómo el niño parecía querer impedir que se marchara.
Por fin, Yulia, después de dudarlo mucho, abrió la boca:
—Daniel… no, ese tipo Dante, ese tipo no fue el que se encontró con el limpiador, ¿verdad? Me ofreció que si le ayudaba a investigar, me daría la información que tenía y que, si todo salía bien, podría obtener una pensión valiosa. No he descubierto mucho, pero... ¡No lo he vendido a nadie más! ¡Lo juro!
Claro. Si hubiera hablado por ahí, la compañía se habría movido de inmediato. El jefe de July era un hombre que daba muchísima importancia a la confidencialidad y la seguridad. Según su carácter, no creía que hubiera tratado con desprecio la información de un empleado jubilado.
—Solo quiero preguntarle una cosa.
July preguntó con una voz tranquila y serena.
—¿Cuándo empezó a investigarme? Si me dice eso, no preguntaré por el contenido de ese papel.
Yulia volvió a entrar en un conflicto interno. Pero, esta vez, no le costó mucho tiempo, quizás por las últimas palabras que había dicho. La respuesta que consiguió sacar con dificultad coincidía con lo que July había sospechado.
—El día que se derrumbó la catedral… la noche de Nochebuena.
Claro, era así.
Al pensarlo, la respuesta siempre estuvo clara. El otro lo conocía, pero él no lo reconocía. El recuerdo de ese día lo había enterrado por completo. Así que el encuentro con Dante debió haber ocurrido en ese momento. Ahora, July podía estar seguro de ello. El día en que la gente salió a las calles y los edificios se hundieron, él había encontrado a Dante allí.
July se sumió en la angustia. No quería recordar. Enterrado bajo la tierra endurecida, yacía una mancha indeleble, una grieta sin cicatrizar. Algunos recuerdos eran tan terribles y atemorizantes que debía olvidarlos. Por eso, optó por cubrir por completo su pasado con tierra.
Pero todos sus esfuerzos estaban a punto de venirse abajo. Todo por culpa de Dante, ese hombre.
Dante se encontraba ahora sobre el montón de tierra. Como si dijera que había algo debajo. Instándolo a desenterrarlo, a verificar el oro que buscaba y el cadáver que escondía.
Finalmente, July cedió y tomó la pala, obligado a excavar en la fosa de sus recuerdos. Las imágenes olvidadas emergieron poco a poco de debajo del montón de tierra. El canto que resonaba en la noche de Navidad. Los que vestían de blanco cantaban himnos, y en el escenario se representaba la obra de la Virgen recibiendo la revelación del ángel. Él observaba la escena desde la distancia. El frío metal rozaba sus dedos. La bala que se disparaba con rapidez. Inmediatamente después, un ruido ensordecedor, el techo se derrumbó y el suelo tembló. La audiencia quedó sepultada bajo los escombros, sobre los que se superponía el sonido de disparos. Y allí estaba él, lanzándose al caos.
«… ¿Había alguien allí?»
El dolor de cabeza se intensificaba. Era como si le clavaran una barra de hierro candente en el cerebro. Un dolor que había estado olvidando durante un tiempo. Su cuerpo intentaba alejar todo factor que lo amenazara, y la pista que parecía estar al alcance de la mano se desvaneció en el fondo de su mente. Era como si hubiera visto una aleta que se movía con burla.
—Maldita sea.
July frunció el ceño, maldiciendo. Yulia se encogió pensando que estaba enfadado, pero no tenía tiempo de aclarar el malentendido. Tras recuperar el aliento, July vació su mente paso a paso. Volvió a cubrir el montón de tierra que había desenterrado y se enfrentó a la pregunta que se planteaba.
Claro, Dante lo había dicho. Había hecho una promesa.
¿Qué tipo de promesa podía hacerse en esa situación? Lo único que podían compartir era el diálogo de los metales y la pólvora. Sería un alivio si no terminara diciendo algo tan extremo como —la próxima vez, te mataré—.
Le dolía la cabeza. Era como si al fin hubiera descubierto las verdaderas intenciones de Dante. Quería que la dueña de la librería lo reconociera, y para eso había usado al niño como una carnada tentadora. Dante esperaba que lo reconocieran, ansiaba que lo hicieran.
—P-por favor sálvame.
Yulia susurró. Su voz temblorosa y lastimosa rompió el silencio de la habitación. Pero July no podía asegurarle que lo haría. En realidad, no importaba demasiado lo que estuviera escrito en las páginas que había tragado. Porque si nada quedara en la memoria de nadie, sería seguro.
Pero pronto cambió de opinión. Fue por culpa de la pequeña mano que le tiró del pantalón. No quería mostrar una escena en la que rompiera el cuello de una persona frente al niño. July acarició su cabecita redonda y tomó la mano de Benjamín.
—Hoy me voy.
Justo en ese momento, había obtenido bastante información útil de ella. Sin pensarlo, había compensado su vida por el precio de tres comidas.
Ojalá tuviera ese valor. Pensó para sí mismo mientras caminaba. Benjamín lo siguió obedientemente. El niño también hizo un gesto de despedida a Yulia, que seguía allí, con la mirada perdida.
July salió del oscuro callejón y se detuvo bajo la luz. Bajo lo que podría llamarse una torre de reloj, aunque apenas merecía ese nombre, un anciano apoyado en un bastón estaba descansando. Al mirar hacia abajo, se veía la cabeza redonda del niño. Desde que salieron de la librería, Benjamín había mantenido la cabeza baja, mirando solo al suelo. Parecía como si no quisiera llamar la atención de nadie.
July conocía un método para ganarse el cariño de los niños de esa edad. Mirando a su alrededor, encontró un lugar adecuado. Entró en la tienda con Benjamín.
—Bienvenido. Qué buen día hace hoy, ¿verdad?
La amable camarera de la cafetería tranquila saludó. Debía estar limpiando, ya que no había clientes. La camarera, que estaba fregando el suelo con una mopa, sonrió a Benjamín.
—Eh, has estado aquí antes, ¿no? Antes estabas con tu hermana, pero hoy estás con tu papá.
—...
Era un malentendido que nunca había experimentado antes. Ni siquiera cuando llevaba a su sobrina, había visto una reacción como esa. July se quedó un poco impactado. Además, una tienda que se acordaba de las caras de los clientes. Era un requisito demasiado malo para visitarlo en la gran ciudad. No volvería a venir. Pensando eso, July se puso frente a la vitrina y le preguntó al niño.
—¿Qué te gusta?
Benjamín señaló algo con el dedo. Era una rosquilla con mermelada de fresa. July pidió un café para él. Cuando July se sentó en el sitio de siempre, empezó a hablar.
—¿No ha pasado nada raro?
La pregunta era rara. Por supuesto que había pasado algo. Recordando que el niño frente a él había sido secuestrado, se podía ver cuán insensata era esa pregunta.
—No ha pasado nada. Por ahora.
Benjamín dijo con tranquilidad. Era un niño de apenas diez años, aunque fuese maduro. A diferencia de los adultos que se ganaban la vida engañando a los demás, los niños no eran tan expertos. July se dio cuenta de que Benjamín estaba aterrorizado.
—Tranquilo. No va a pasar nada más.
July le dijo con cariño y comenzó a evaluar las opciones que tenía. Una opción era escapar con el niño. Probablemente eso era lo que Dante quería. Parece que le gusta jugar al escondite en su monótona vida. Con solo darle una justificación, podría empezar el juego que él quiere.
Pensando en ello de otra manera, era una buena oportunidad. Si tenía éxito en esta precaria cuerda floja, podría obtener muchas cosas. Los grandes beneficios siempre iban acompañados de grandes riesgos, y no tenía que tener miedo a que un perro feroz le mordiera el cuello.
July dijo:
—Te ayudaré a escapar.
Benjamín, que estaba comiendo la rosquilla, miró a July. La mermelada que le había puesto se derramaba por los lados. July le limpió la cara y continuó:
—Habrá una oportunidad. Una oportunidad de vivir de nuevo con otro nombre en otro lugar.
El niño se quedó mirándolo con las mejillas infladas. Benjamín tragó lo que tenía en la boca y respondió con duda:
—Pero te perseguirán. Te encontrarán. Como le hicieron a papá…
—No. Aún no es tarde.
July recordó el momento en que se encontró con el niño por primera vez en la plaza del pequeño pueblo. Dante, en ese momento, no había reconocido la cara del niño al instante, ¿no? Es probable que a sus familiares les pase lo mismo. Además, aunque no se sabe por qué, Dante parece tener escondido al niño en su escondite. Eso significa que aún hay una oportunidad. Aunque sea una oportunidad insegura que podría desaparecer de repente.
Al escuchar esas palabras esperanzadoras, Benjamín lo miró a los ojos. Sus ojos grandes brillaban como canicas limpias. Los niños son inocentes, y por eso tienden a creer fácilmente las palabras, aunque no tengan fundamento. July, al ver al niño confiar en él como un animal recién nacido que ha sido marcado, pensó en Dante.
Y entonces, una palabra se cruzó por su mente.
Venganza.
Era una sensación extraña. Esa palabra tenía un sabor diferente al de siempre. July, que siempre se había movido por el cálculo, se sintió desconocido ante ese instinto de venganza que se le había aparecido de repente. Solo después de tomar un paso atrás y reflexionar, fue capaz de reconocer su verdadero sentimiento.
Quería devolver todo. Quería hacer que pagara por haber irrumpido a su antojo en su vida, ensuciando todo con su suela cubierta de tierra. Quería transmitirle a esa persona esta sensación desagradable y escalofriante.
Era un sentimiento tan extraño que July no pudo más que aceptarlo. Dante ya era especial. Era único para él, de alguna manera. Era un hecho que ya no podía ignorar ni negar.
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