Plan perfecto Chapter 9

 Capítulo 9

9. En medio de la tormenta

La nieve, tras un día de cielo plomizo, comenzó a caer con insistencia. Los transeúntes, aminorando el paso, alzaron la mirada uno a uno. July también, entre la multitud, sintió los primeros copos en su rostro. Escamas efímeras que se derretían al instante en su nariz. La excitación del invierno prematuro duró poco; la conciencia de la monotonía inminente devolvió a la gente su ritmo habitual. July, abrigándose bien el cuello del abrigo, reanudó la tarea de mover su maleta. Este invierno prometía ser cruel. 

En el hotel, Eden no estaba. July volvió a encontrar a Andy, el chico del mostrador. Tras abonar tres noches de estancia, recibió la llave de la misma habitación de siempre. Nada había cambiado. July contempló el moho en el techo. De repente, extrañó la aglomeración del apartamento compartido. Apenas habían pasado doce horas desde que abandonó la casa de su amante. Una huida impulsiva.

Desde entonces, una fría distancia se había instalado entre ellos. El problema era que nadie deseaba esa situación. Todo había comenzado con un malentendido insignificante, y July sabía que la mayor culpa era suya.

Al principio, Dante, con su habitual descaro, fingió que nada pasaba. Charlas intrascendentes, insinuaciones… Pero no duró. La indiferencia constante de July, que antes habría correspondido a sus avances, lo frustró.

Tras varios intentos fallidos, Dante percibió el cambio. La sorpresa lo invadió al ver que su encanto ya no surtía efecto. La silenciosa actitud de July lo desanimó, hasta que él también calló, sumiendo la casa en una gélida atmósfera.

Cuando July tomó conciencia del cambio, el malentendido ya se había agudizado. Cuando quiso arreglarlo, ya era demasiado tarde. Dante lo evitaba. Solo lo veía por las noches regresando al apartamento, una aparición fugaz antes de desaparecer de nuevo. July empezó a dudar: ¿Había soñado con las caricias de Dante pidiéndole que durmieran juntos? ¿Le había dicho alguna vez que lo detestaba?

La situación se deterioraba. En la cocina, restos de cristal sin recoger; en el sofá, las marcas de un cigarrillo. Había llegado otro viernes. July, ausente de la cena vecinal, esperó solo a Dante. Como siempre, llegó tarde, entrando de puntillas, como un ladrón. Tras un largo silencio, July intentó hablar:

—¿Dónde has estado?

—Un momento…

Silencio.

—¿No quieres contestar?

—No hice nada que pudiera desagradarte. De verdad.

—…

La situación era grave. Tras días sin apenas hablar, la conversación había terminado así. Antes de que July pudiera añadir algo, Dante, como un fugitivo, se dio la vuelta y huyó. Como si con solo verlo, su cometido hubiese concluido. July escuchó el portazo. Solo en la entrada ajena, se llevó las manos a la frente ante la absurda situación. Dante aún creía que él estaba enfadado.

Era un claro malentendido. July solo necesitaba tiempo para procesar su frustración, su desánimo y sus preocupaciones sobre el futuro. No había compartido esas emociones porque no veía la necesidad. El problema radicaba en que, mientras July lidiaba con sus sentimientos en silencio, este joven tan sensible se había aislado en su propia trinchera.

De repente, July se había convertido en un intruso que debía irse. No quería permanecer solo en aquella casa destrozada. Recogió sus cosas y se marchó. Eso fue todo.

De vuelta en su lúgubre habitación de hotel, July vació su maleta. En él, solo algunas prendas y un viejo revólver que llevaba como amuleto. Una vez vacía, salió del hotel.

La nieve había cesado. Con las manos en los bolsillos del abrigo, July deambuló por los alrededores. Compró dos paquetes de cigarrillos y luego fue al banco a retirar una cantidad considerable de dinero, suficiente para llenar una maleta. Le resultó incómodo responder al nombre que le pedía el cajero. Su nombre real le parecía ajeno, después de tantos años viviendo como July.

Al regresar al hotel, Eden estaba allí. La alegría de ver un rostro conocido alivió su tristeza, aunque solo por un momento. La imagen de su amigo lo dejó perplejo. Un comentario directo escapó de sus labios:

—¿Qué te ha pasado?

Algo evidente había ocurrido a Eden. July, con el ceño fruncido, lo observó con atención. Eden, siempre luciendo desaliñado, hoy estaba impecablemente vestido. Con el cabello peinado y un traje elegante, parecía más un mayordomo de una mansión que un huésped de aquel hotel ruinoso.

Pronto descubrió otra diferencia. Lo que más lo transformaba era su actitud. La espalda recta, las manos a la espalda, la serenidad en su paso… Incluso parecía tener mejor color. Mientras July lo observaba intrigado, Eden carraspeó con suficiencia:

—Ajá, ¿notas algún cambio?

July formuló su inevitable pregunta.

—¿Así que finalmente te has hecho rico en el juego? Pareces un hombre con una nueva fortuna.

La seguridad en su tono hizo que Eden levantara una ceja.

—¡Vamos, amigo! Tienes buen ojo para la observación, pero tu imaginación es pésima. ¿Eso es lo único que se te ocurre? Si alguien te oye, pensará que soy un ludópata.

Eden chasqueó la lengua y levantó la barbilla, como invitándolo a nuevas conjeturas. Pero July ya había perdido el interés. Su imaginación era limitada, tal como Eden había señalado. Al ver que July se rendía, Eden, deseando prolongar la conversación, le ofreció una pista.

—¿Qué puede cambiar a una persona de la noche a la mañana? Hay dos cosas que la gente suele mencionar: el dinero y el amor. ¿Ya te haces una idea de lo que me ha pasado?

—Mmm…

Acababa de descartar la primera opción. Entonces, ¿Eden tendría una nueva pareja? July, sumido en su propia y fría disputa amorosa, respondió con melancolía:

—Qué… maravilloso.

Su voz carecía de sinceridad. Pero Eden, inmerso en su felicidad, lo pasó por alto. Con una mirada comprensiva, expresó su preocupación por July.

—¿Por qué estás tan desanimado hoy? Ya que hablamos de ello, deberías tener una cita. Alguien como tú, que solo piensa en el trabajo, necesita forzar las interacciones sociales. Alguien dinámico, de preferencia. Eres atractivo y tienes buena presencia, así que, si te lo propusieras, tendrías a los omegas a tus pies.

—…

—Claro que la apariencia no lo es todo. ¿Sabes qué me dijo ella hoy? Que prefiere mi aspecto desaliñado al arreglado. Que incluso si hubiera nacido rata, me habría encontrado adorable. Ah, claro que quieres saber quién es. Nos conocimos en…

Si lo dejaba continuar, la conversación se extendería horas. July sintió la necesidad de detenerlo.

—Lo oiré más tarde. Tengo otra cosa importante que contarte.

July golpeó el asa de su maleta. En un instante, los ojos de Eden brillaron. Había olido el dinero. En esos momentos, Eden se parecía a una rata; su mirada reflejaba el brillo de un queso a punto de ser devorado.

Al comprender que tenía un cliente generoso, Eden guio a July hacia la sala de estar. Probablemente, era el espacio más presentable del hotel. A pesar de su descuido por las habitaciones, Eden mantenía este espacio en perfectas condiciones para sus visitantes. Aunque incluso aquí, un leve olor a humedad y moho se apreciaba.

Eden comprendió al instante el propósito de la visita.

—¿Qué quieres saber? ¿Otra vez sobre esa organización?

July asintió. Nadie cuestionaba la habilidad de Eden como informante. Que este hombre, con una destreza mediocre en el póquer, frecuentara los casinos, no se debía a la ludopatía. En los juegos de azar, la gente se excita fácil, y en los casinos, donde se mezclan diversas camarillas, incluso una frase casual puede ser una fuente de información valiosa. Eden ya había hecho buen negocio así, mientras July vivía en aquel remoto pueblo.

—No hay nada relevante. Ah, sí. El detenido por el asesinato de los policías era un simple peón llamado Nathan. La prensa lo describió como un atracador, pero en realidad era un simple carterista. Dicen que recibió una buena suma de dinero a cambio de asumir la culpabilidad por el crimen.

No era información que a July le interesase. 

—Necesito información sobre el verdadero culpable.

Con un golpe seco, la pesada maleta aterrizó sobre la mesa. Con las piernas cruzadas, July indicó con la barbilla que la abriera. Tragando saliva, Eden abrió la maleta con cuidado. Unos fajos de billetes cayeron sobre la mesa. La cantidad superaba las expectativas, y una sonrisa se dibujó en los labios de Eden.

—Se sabe que el verdadero culpable es el mismo de antes. Un alfa con feromonas de almizcle. Necesito información sobre él: su paradero actual y todo su pasado. Incluidos rumores sin confirmar o cualquier peculiaridad.

En otras palabras, July estaba investigando a su amante.

No sentía culpa alguna. Dante había hecho lo mismo, así que se trataba de un intercambio justo. Claro que sería mejor obtener su pasado directo de él, pero Dante no parecía querer hablar.

Aun así, quería saber de él. Conocer el pasado de Dante quizás le permitiría comprenderlo mejor. Esa esperanza vaga habitaba en July.

—Vaya, sabes ser peculiar con lo que no escatimas. Siempre sueles ser tan tacaño… Bueno, haré lo posible para satisfacer tus expectativas.

—Ah.

Mientras Eden recogía los billetes, July añadió:

—Una cosa más. Quiero encontrar a alguien.

Con la imagen del niño en su mente, July continuó su descripción. Un niño beta de unos diez años, más pequeño que otros de su edad. Cabello negro azabache y ojos verde esmeralda. Muy tranquilo y desconfiado. 

Eden tomó notas, con una expresión perpleja.

—Espera… ¿Es este niño?

Eden desdobló un trozo de papel arrugado que había encontrado. Era un cartel de persona desaparecida. El rostro del dibujo era muy similar a Benjamín. No había dudas. Debajo del retrato, estaba el nombre del niño y la firma de la comisaría.

—Lo tengo. Como la recompensa era considerable, lo guardé por si acaso.

—Mierda…

July frunció el ceño. No hacía falta pensar mucho en quién había pegado el cartel. Era obra del inspector que había conocido en el pueblo. Pensaba que lo había abandonado tras tanto tiempo sin noticias, pero no. Su ajetreada vida le había hecho olvidar lo insistente que era ese hombre.

Por suerte, Benjamín era aún desconocido en esta gran ciudad. El niño se había mantenido oculto, cubriendo su rostro, y apenas había salido de casa, salvo para visitar la vieja librería. Así que los únicos que podrían reconocerlo serían, a lo sumo, los vecinos con los que cenaron aquel viernes.

—…

Pensándolo bien, quizás Dante había hecho bien llevándose al niño, siempre y cuando no lo hubiera vendido. Pero aunque intentara verlo de manera positiva, nada cambiaba. Dante se había llevado a Benjamín a su antojo, buscando los planos de la bomba. Aún ignoraba para qué los quería.

July suspiró.

—Si te llega alguna información, avísame de inmediato. Tengo que encontrarlo antes que el detective Gregory.

—Por supuesto. No puedo permitir que ese tipo de policía me gane.

Aunque asintió con entusiasmo, Eden parecía intrigado por la identidad del niño que el detective perseguía. A pesar de su afición por los chismes, parecía desconocer a Benjamín. July, sin querer revelar más información, se levantó.

—¡Ejem, ejem!

De repente, Eden empezó a toser como si tuviera problemas de garganta. Con esa mirada furtiva, propia de alguien que quiere decir algo más, July detuvo su marcha al salir de la sala. Cuando sus miradas se encontraron, Eden, con expresión de disculpa, dijo:

—Sobre eso… sobre la deuda que dejaste pendiente.

—Ah.

El brandy que había dejado sin pagar. La suma que acababa de entregar era considerable, así que podría haberlo perdonado, pero Eden insistía en cobrarlo. July respondió al anhelo en los ojos de Eden:

—Eso será otro día.

Eden se desplomó, con la expresión desanimada de un ratón hambriento.

* * *

Una semana exacta después de su último trato con Henry, llegó la señal. Para July, leer el periódico matutino se había convertido en un ritual. En la gran ciudad, los sucesos diarios, una constante catarata de noticias, habían embotado su sensibilidad. Con gesto apático, pasaba página tras página. La noticia de Henry apareció justo después del informe sobre un descarrilamiento ferroviario. Como si la publicación buscara un equilibrio cósmico, las noticias negativas y positivas se alternaban; la de Henry pertenecía a la segunda categoría.

No había códigos secretos. El nombre de Henry aparecía sin ambages: el recluso social, un conde cuya existencia parecía legendaria, organizaba una fastuosa fiesta de fin de año. El prestigioso teatro de la nobleza tradicional, símbolo de la refinada cultura de Elderwood, sería el escenario principal. Empresarios adinerados y figuras de alto rango vinculadas a la política no tardarían en congregarse allí.

Que la noticia fuera considerada positiva tenía una razón adicional: la generosidad del conde era tan conocida como su nombre. Henry era un filántropo ejemplar, un hombre que daba tanto como recibía. Patrocinaba artistas necesitados y era tutor de niños desfavorecidos, quienes también recibirían una invitación a la suntuosa celebración. July, sin embargo, sabía que Henry era un calculador implacable; incluso su generosidad era, sin duda, un ejercicio de estrategia.

En cualquier caso, era la hora de actuar. Para retrasar el momento, July terminó de leer el periódico. Incendios, donaciones, asesinatos, actos de caridad, disputas políticas, anuncios de festividades… tras pasar página tras página, incluso se entretuvo con la novela por entregas y el crucigrama antes de levantarse.

En la estación, el mensajero de Henry le entregó la invitación. Expresó su pesar por la partida de un antiguo compañero, pero le deseó suerte en lo que estaba por venir. Solo tras la marcha del mensajero, July examinó el contenido: dos invitaciones. El destinatario de la segunda era obvio.

Tras varios días de ausencia, volvió a casa. Aunque aún faltaba para la noche, sentía que vería a Dante enseguida. Al menos, si él había leído el periódico, no tendría más remedio que venir a buscarlo. July entró en el edificio de apartamentos y abrió la puerta de su vivienda con familiaridad.

Como esperaba, Dante estaba allí, tan absorto que no lo había notado. Al acercarse, July reconoció el objeto que tenía en sus manos: un libro. Giró la cabeza y vio sobre la mesa un montón de papel de regalo. 

—Vaya, tienes manos inquietas.

Dante levantó la cabeza, sin mostrar sorpresa.

—Sentí curiosidad por lo que habías elegido. Solo quería echarle un vistazo rápido y volver a envolverlo. Pero resultó ser más interesante de lo que pensaba...

Dante, a modo de disculpa, dejó la frase inconclusa. Un incómodo silencio se instaló entre ellos. Viendo la indecisión en Dante sobre cómo actuar, July comenzó a arrepentirse de su comportamiento infantil. Si al menos hubiera aceptado la bofetada que Dante deseaba, tal vez no habrían llegado a esta situación.

Aún así, era una oportunidad. July decidió actuar como si nada hubiera pasado, imitando la actitud que Dante había tenido con él.

—¿De qué trata? Solo miré las ilustraciones.

—Es la historia de un mago que concede deseos en un festival. Solo uno por persona. Algunos piden salud o riqueza, pero muchos otros desean cosas triviales por su impaciencia.

—Bueno, qué lástima.

—Sí, lo es.

Y luego, silencio. 

Dante cerró el libro a medias y volvió a envolverlo. Una vez restaurado el paquete a su estado original, sin rastro de haber sido abierto, July presentó su propósito. Una invitación lujosa, impresa en papel grueso y suave, con adornos dorados, fue extendida hacia Dante, quien, habiendo leído el periódico, lo reconoció al instante.

—¿Una fiesta de repente? Es demasiado sospechoso. Cualquiera podría darse cuenta de que es una trampa. Bueno, si se trata de Nick, iría incluso sabiéndolo.

—Así es.

El conde, envuelto en un misticismo que lo había mantenido ausente hasta ahora, apareció de repente. A menos que Nick fuera un necio, comprendería el motivo, pero no rechazaría la oportunidad de conocer a Henry. Aunque solo lo había visto fugazmente, July había notado la determinación de Nick.

—Pero… no esperaba que me dieras esto a mí. ¿No me dijiste que no hiciera nada?

Dante dijo con voz desanimada. Para ser honesto, ni July mismo lo entendía. ¿Por qué Henry envió dos invitaciones? ¿Por qué se las entrega a Dante? En lugar de responder, añadió:

—Es Nochebuena. Debemos disfrutarlo, al igual que todos. Tras la fiesta, podemos pasar la Navidad en otra ciudad.

La fiesta de Henry era en Nochebuena. Una fecha apropiada para una celebración navideña, pero que también evocaba el incidente de hace dos años. No estaba claro si era mera coincidencia o una provocación. En cualquier caso, la fecha estaba fijada; no había vuelta atrás.

La variable más significativa, por encima de Nick y Henry, era Dante. July seguía sin saber qué tramaba. Dado el dinero invertido, Eden estaría investigando a Dante. Pero cuándo obtendría los resultados era una incógnita.

A partir de ahora, la única opción de July era una espera sin fin, una expectativa ciega. Al final, todo saldría bien. Después de completar su última misión, Dante lo llevaría donde estaba el niño. Una vez libres de ataduras, los tres tomarían un tren al amanecer, hacia un lugar lejano, un mundo desconocido donde nadie los persiguiese. Dejando todo atrás, de nuevo. Esa era la máxima capacidad imaginativa de July en ese momento.

Tras una profunda inhalación, July encontró la mirada de su acompañante. En realidad, investigar ahora mismo sería inútil. Incluso si no podía comprender a Dante, él tenía la intención de quedarse a su lado hasta el final.

—Dijiste que te gustaba imaginar el final de la historia, ¿verdad? —dijo July en voz baja—. Planeo convertir nuestra historia en una comedia. Una farsa tan simple que ni siquiera podría pisar un teatro de renombre Me gustaría que fuera una historia que terminara de manera feliz y sencilla, hasta el punto de ser absurda.

—…

—Así que ya no me preguntaré más sobre lo que escondes. Supongo que… también tienes tus propias razones. Conoceremos más el uno del otro despacio, cuando todo haya terminado.

Confesarlo le había aliviado. En lugar de perder el tiempo tanteándose, era mejor aclarar las cosas desde el principio. July decidió no darle más vueltas.

El silencio volvió a apoderarse de la habitación. Dante, con los dedos entrelazados, presionó sus labios como si estuviera sumido en profundas reflexiones. Solo cuando la aguja más larga del reloj completó una vuelta, abrió la boca. Rompiendo el breve silencio, habló de repente:

—La fábrica de juguetes está en Salem Street.

—… ¿Perdón?

Dante, revelando un secreto asombroso de la nada, se acercó. Sus labios se encontraron en un corto y adorable –casi vergonzoso– beso. Antes de que July pudiera protestar por su imprevisto gesto, Dante continuó:

—Un edificio de ocho pisos en la quinta avenida. Fabrican tanto juguetes como artículos peligrosos allí. Tienen un producto llamado ‘Teddy de Sally’. Es muy famoso, ¿lo conoces?

—… ¿Ese oso de peluche con un gran lazo en el cuello?

—Sí. En una época, escondieron drogas en el algodón del interior del oso.

Al escuchar el nombre familiar de repente, July frunció el ceño. Al menos en una casa con niños, no había nadie que no conociera el osito de peluche ‘Teddy de Sally’. El suave peluche de oso era algo que July también había visto en varias ocasiones.

El peluche era un objeto que los adultos, en su prisa por conseguir regalos para los niños, solían elegir al menos una vez. El oso de peluche de producción masiva era uno de los amigos del bosque de una niña llamada Sally, una especie de hada con forma de oso que podía entender el idioma de los animales. Los gustos infantiles son realmente sutiles: hay niñas que desean un vestido de princesa, y otras, como Sally, que disfrutan charlando con un oso de peluche. July lo sabía bien porque su sobrina pertenecía a este último grupo.

Pero eso no es lo importante. ¿Por qué Dante, de repente, reveló el secreto familiar? Antes de que July pudiera preguntar, Dante volvió a acercarse.

—…

Esta vez, el beso fue más intenso. La lengua exploraba su boca con más insistencia. No duró mucho. Dante se separó y preguntó:

—¿No tienes más preguntas?

—…¿Qué te ha dado por ser tan abierto?

—Porque creo que aún no confías en mí.

Ironía, pues él no estaba siendo del todo sincero.

Pero esa información era demasiado valiosa como para quejarse. Mientras July se sorprendía, Dante lo miró directo a los ojos.

—Confía en mí. Quiero lo mismo que tú. Quizás desde mucho antes de lo que piensas.

Palabras extrañas. Desde aquel lejano pueblo hasta aquí, solo los había unido una cadena de desgracias. Ahora, navegando en el mismo barco, hablaban de confianza. Aun sabiendo que ambos eran mentirosos.

Pero la conversación se interrumpió. Un golpe en la puerta resonó entre ellos.

Nadie debería visitarlos allí. Sin decir palabra, intercambiaron una mirada. Por la expresión de Dante, no parecía ser un invitado suyo. Sorprendidos, aminoraron el paso y se movieron al unísono.

July se colocó frente a la puerta. Como la casa estaba a su nombre, le correspondía abrir. Miró hacia atrás y vio a Dante, medio oculto detrás de la pared. Parecía haber tomado una pistola. Tras un nuevo intercambio de miradas, Dante desapareció por completo detrás de la pared.

—¿Hay alguien?

Toc toc toc. 

La puerta volvió a temblar. July reconoció la voz del otro lado. Compuso su rostro y abrió la puerta. Teodoro estaba allí.

—¿Cómo ha estado? No lo he visto en días. Pensé que le había pasado algo. Escuché ruidos fuertes la otra noche…

—Ah, sí.

Su cautela sugería que había escuchado algo de la casa vecina. July respondió con indiferencia:

—Se cayó un armario y se rompieron todos los platos.

—Ah, ya veo. Debió ser un gran trabajo recogerlo todo.

A pesar de la aclaración, el vecino no se fue. Con una sonrisa, hizo una propuesta:

—¿Ya que estamos, ¿por qué no cenamos juntos en mi casa?

No era viernes ni era hora de cenar. No era un buen momento para la cena comunitaria.

—…Agradezco la oferta, pero la declinaré.

—No lo haga, ¿por qué no le pregunta a Benjamín, al niño?

El vecino, antes amable, ahora solo mostraba insistencia. July percibió que Teodoro miraba por encima de su hombro, como si buscara algo escondido.

—El niño no está ahora. Ya hemos cenado, así que, por favor, márchese.

—Pero…

Teodoro cortó su frase. Al mismo tiempo, July sintió un brazo rodeándole la cintura.

—Encantado de conocerlo.

El saludo jovial de Dante provocó una sonrisa en Teodoro. A pesar de la tensión visible tras su fachada experimentada, Dante fingió ignorancia, con un tono dulce.

—Nos invitó con tanto esfuerzo, así que aceptémoslo. Llevemos también la comida que trajimos. Yo también quiero conocer a los vecinos.

Dante besó el cuello de July. Era evidente que estaba fingiendo inocencia. Ante este repentino gesto amoroso, Teodoro desvió la mirada, incómodo. July correspondió con naturalidad.

—¿Sí? Si a ti te parece bien, no me importa. Ah, entonces nos prepararemos. Tenemos pizza, y el queso aún no estará cuajado.

—Sí, sí. Los esperaré.

Antes de cerrar la puerta, July vio una figura en la escalera. Alguien los estaba observando.

En cuanto la puerta se cerró, la cordialidad entre ellos desapareció por completo.

—Nos han pillado.

Dante resumió la situación con aplomo. Tal como dijo, Teodoro sospechaba. July se preguntó hasta dónde llegaba el conocimiento de su vecino. ¿Se habría dado cuenta de que Dante era el antiguo inquilino, con el que apenas intercambiaba saludos? Su presencia junto al nuevo inquilino resultaría bastante sospechosa. Y tras haber oído hablar de la desaparición del niño, todo le parecería aún más extraño.

July bloqueó la puerta. El sofá, que les había sido útil antes, les daría algo de tiempo. Afortunadamente, esta vivienda, más que un refugio temporal, carecía de objetos que pudieran identificar a los ocupantes. Muebles comunes, vajilla rota, bolsas de golosinas a medio comer, algunas prendas de ropa… eso era todo. Mientras July movía el sofá, Dante desmontó parte del suelo. Al mirar dentro, se reveló una colección de armas. Parecía un arsenal clandestino.

—¿Sería demasiado complicado llevarse esto?

Dante solo tomó un cargador de pistola.

—¿Lo vamos a dejar ahí?

—¿De dónde crees que proceden las armas que uso? Será beneficioso para mí que la policía investigue ese lugar.

Dante se acercó a la ventana y miró a la calle. Tenía una cuerda gruesa, que parecía haberlo preparado antes. Por fortuna, era una calle poco transitada durante el día.

—Gira a la derecha, allí estará el coche. Vamos hasta allí.

El problema era la falta de un punto de apoyo para la cuerda. En la sencilla habitación no había nada que soportara el peso de un hombre adulto.

Sin necesidad de palabras, ambos supieron qué hacer. La coincidencia en sus pensamientos era práctica. En el instante en que July sujetó la cuerda, Dante, con una agilidad sorprendente para su corpulencia, se lanzó por la ventana abierta. La cuerda se tensó. July hizo fuerza con los pies.

Al poco tiempo, el peso desapareció. Mirando hacia la calle, vio a Dante con los brazos extendidos, esperando. Como él lo había pedido, así lo hizo. Con confianza, Dante recibió el peso de July. Un golpe sordo hizo que Dante se tambaleara, pero no cayó.

—¿Estás bien?

—No. Creo que me he roto una costilla.

Su rostro de sufrimiento demostraba que estaba bien. «¡Bromeando en esta situación!» Por otro lado, era un alivio, significaba que no había perdido la calma. July le pellizcó la nariz y lo arrastró.

Al doblar la esquina, se encontraron con alguien. Un anciano con un bastón que caminaba lento. Para pasar desapercibidos, aminoraron el paso. Una vez que dejaron atrás al transeúnte ajeno a todo, volvieron a acelerar. Enseguida vieron el vehículo aparcado en la acera.

El motor hacía un ruido terrible, como si el coche hubiera sufrido un maltrato. —Fatal para una persecución —dijo July. Dante sonrió, como si hubiera oído un chiste divertido.

El coche salió sin problemas de la callejuela. Al dirigirse a la carretera principal, vieron la familiar torre del reloj. Aun dudando de si se la podía llamar torre, este punto de referencia del barrio se alejó rápido.

Ante la situación, la ausencia de Benjamín resultó un alivio. Era mejor que dos personas huyeran que tres. Si el niño hubiera estado con ellos, ambos habrían parecido secuestradores. Pero alabar a Dante por actuar a sus espaldas le parecía una falta de respeto. July, indeciso, preguntó:

—¿A dónde vamos ahora?

Dante, girando el volante con calma, respondió:

—No hay más remedio. Aunque sea pronto, debemos pasar a la siguiente fase. Iré a ver a mi padre.

Recordó lo que Dante había dicho antes: denunciaría las fechorías de Nick a su padre. July no estaba seguro de que todo saldría bien. Preguntó con cautela:

—¿Seguro que es seguro?

—…

En silencio, el coche salió de la carretera principal y se dirigió a las afueras. La gran ciudad era tan extensa que July, a pesar de haber vivido allí tanto tiempo, se encontró con calles desconocidas. Al dejar atrás los altos edificios, sintió que se alejaban hacia un lugar lejano. La sensación de huida a pesar de que nada se había resuelto. No sabía si tendría la serenidad para reflexionar sobre ello cuando todo terminara.

Tras un largo trayecto, llegaron a una tranquila zona residencial acomodada, un lugar donde cabría esperar una pareja de ancianos con cinco nietos. El coche se detuvo frente a una casa común, rodeada no por un alto muro, sino por una baja valla blanca, recién pintada. Un perro de pelaje dorado y espeso jugaba en el cuidado césped.

No parecía que Dante tuviera una abuela que le horneara pasteles o un abuelo con quien ir de pesca. Ante la duda que surgió en la mente de July sobre si había llegado al lugar correcto, Dante respondió con tranquilidad.

—¿Podrías sacar algo de ahí? Habrá un sobre.

July abrió la guantera del asiento del copiloto. Estaba lleno de basura vieja: envoltorios con restos de salsa, pañuelos de papel… Encontró el objeto que Dante había solicitado. Como agradecimiento, Dante le besó la mejilla, un gesto común entre parejas.

—Volveré enseguida. Espérame aquí. Ah, dejaré la llave puesta. Úsala si pasa algo.

«¿Qué clase de 'algo'?» se preguntó July. «¿Quería que escapara de la policía, o que lo rescatara de la casa si estaba en peligro?» 

July asintió.

Mientras tanto, Dante se arregló. Abrochó el botón superior de su camisa, siempre desabrochada, y alisó el cuello de su abrigo. Desde el asiento del copiloto, July observó cómo se acercaba a la casa.

¿De verdad vivía allí el jefe de una organización de tráfico de armas, en esta casa tan pacífica? El villano que instigaba guerras y desestabilizaba la ciudad parecía disfrutar de una tranquila jubilación. Casi daba envidia. Mientras tanto, July solo soñaba con escapar de la ciudad. Suspiró. Al final, siempre eran los agentes de campo los que se llevaban la peor parte.

A pesar de lo fácil que sería saltar la valla, Dante esperó frente a la puerta. El perro del jardín ladraba al visitante, pero con el rabo moviéndose, parecía más interesado en jugar que en proteger la casa. Al oír los ladridos, alguien salió de la casa. July observó la escena, con los ojos entrecerrados.

Era una anciana de rostro amable. Dante la saludó y charlaron. Parecía que Dante era en serio su nieto. El perro se abalanzó sobre Dante, quien acarició su esponjoso pelo detrás de las orejas.

Pero, contrario a las expectativas, Dante regresó de inmediato, con el sobre intacto. De vuelta en el coche, dijo:

—Parece que el anciano se acerca al final de sus días. No se encuentra bien desde hace unos días y está ingresado. El tiempo es implacable. Debemos ir al hospital.

—Suena como un anciano normal.

—Sí, un anciano normal. Tener una pareja a esa edad y formar una familia… Es un anciano extraordinario en cierto sentido. Dicen que en su juventud fue un gran libertino, pero parece que cambió de opinión con la edad. Y su esposa ni siquiera lo sabe, sigue viviendo su vejez junto a él.

El motor volvió a rugir. El coche tomó un nuevo camino. July no tenía nada que hacer en el asiento del copiloto. Su mirada se posó en los documentos que Dante había llevado. July tomó el pesado paquete.

—¿Qué es esto?

—¿Ah, eso?

Dante levantó una ceja.

—Puedes abrirlo si quieres. Pero prometiendo que no te enfadarás.

Una amenaza velada, a pesar de su ofrecimiento. July, sin prometer nada, extendió la mano. El grueso papel estaba cubierto de escritura indescifrable: fórmulas y diagramas. Lo único destacable era la redondez de la letra.

—…

Comprendió por qué le había advertido. July había visto algo similar antes, en la mansión de un lejano pueblo, ahora reducida a cenizas. Antes de que July pudiera hablar, Dante tomó la delantera.

—Es obra de Ben. Parece que te quiere mucho. Cuando le dije que lo necesitabas, se ofreció a ayudar de inmediato. Aunque, debido a la gran cantidad, le llevó algo de tiempo.

—¿Este es el regalo de visita para tu padre? ¿Desde el principio lo planeaste así?

—De todos modos, no podrían usarlo. Está encriptado. Solo quedan dos personas en el mundo capaces de descifrarlo: Pablo y Ben.

Dante continuó.

—De todas formas, Nick nunca lo obtendrá. Al viejo tampoco le gustaba lo que hizo Nick. Para él, cada ciudadano de esta gran ciudad es un cliente potencial, y no toleraría que Nick volviera a destruir edificios en busca de alguien.

—…

—Además, acordamos que tú lo matarías, ¿no? Entonces, no ocurrirá lo que te preocupa. Si es necesario, yo me encargaré de Pablo.

Hablar de asesinatos ya le cansaba. El problema era que era lo que mejor se les daba a ambos.

Mientras tanto, Dante golpeó el volante con los dedos. Comenzó a tararear una canción que había oído tiempo atrás en un bar clandestino: una canción popular simple de las que se oyen en la radio. Según la memoria de July, la letra solo decía algo así como: —Ella es hermosa, ella es realmente hermosa, ella es extremadamente hermosa...

La despreocupación de Dante era algo que a July le gustaba. Escucharle le hacía sentir que todo se simplificaba. La sugerencia de Eden, de buscar a alguien opuesto a él, era algo impagable.

Pero eso no significaba que July dejara de lado sus viejos hábitos. Mientras escuchaba el tarareo a su lado, imaginaba el peor de los escenarios. Dante podría fracasar en su trato con su padre. La posibilidad de que la policía lo persiguiera, gracias al vecino entrometido, era alta. El astuto Nick ya podría haber descubierto sus intenciones…

Mientras July se sumía en estos pensamientos sombríos, llegaron a su destino: un hospital anónimo en un solar vacío. Sin embargo, la presencia de varios hombres en la entrada, vigilantes, distaba mucho de ser normal. Su aspecto indicaba que no estaban allí como visitantes o pacientes. Dante respondió a la pregunta tácita.

—Son los guardaespaldas de mi padre. Aunque sea viejo, sigue teniendo miedo a la muerte, así que siempre lo acompañan.

July no podía creer que se arriesgara solo. Mientras veía a Dante recoger sus cosas, dijo:

—Espera. Iré contigo. Debemos actuar con cautela a partir de ahora.

—Volveré enseguida.

Pero Dante lo ignoró por completo. Parecía ansioso, incluso eufórico, por la proximidad del final. No era una buena señal. July sabía que era el momento perfecto para arruinarlo todo. Pero antes de que pudiera decir nada, Dante se fue. Solo en el coche, July observó cómo se alejaba.

No podía seguirlo, ya que alguno de los hombres que los rodeaban podría reconocerlo. July ya había estado involucrado en su organización. Aunque decía estar en reposo, llevaba incluso guardaespaldas consigo, lo que sugería que esa figura paterna podría conocer al menos sus rasgos físicos. Los jefes de las organizaciones suelen ser así; quieren estar informados de todo lo que ocurre en su entorno.

Pero la idea de dejar solo a Dante le resultaba inquietante. Sin más opciones, July comenzó a registrar el coche vacío.

En el asiento trasero había un montón de cosas. Ignoró un par de zapatos sucios y secos, manchados de sangre, que parecían haber sido olvidados tras el trabajo. Tras una búsqueda minuciosa, encontró algunas cosas que podrían resultar útiles.

* * *

—Lo siento, pero se han dado instrucciones de no aceptar visitas.

Esa fue la respuesta al anuncio de su visita. Dante, con fervor, insistió:

—¿Podría volver a confirmarlo? Si dice que soy Paul, lo permitirá. He viajado toda la noche en tren para llegar. Estoy muy preocupado… Necesito verle aunque sea un momento.

Sus ojos azules brillaban con lágrimas. La enfermera, incómoda, le pidió que esperara. En cuanto ella se dio la vuelta, la expresión de Dante cambió por completo. Sabía que su padre no le negaría la entrada; tenían un acuerdo tácito. Había lanzado un anzuelo irresistible, y su padre no podría resistirse.

Mientras esperaba, Dante observó a su alrededor. El hospital, aunque no fuese un lugar alegre, parecía tenso. Los pacientes parecían ajenos a la atmósfera, pero el personal mostraba una incomodidad evidente. Probablemente debido a los individuos de aspecto rudo que se encontraban entre ellos. Al menos, sabrían que el anciano que ocupaba una habitación entera era una figura peligrosa.

La enfermera regresó pronto. Su rostro rígido indicaba que la actuación de un nieto preocupado por la salud de su abuelo era innecesaria. Aun así, Dante, sin amilanarse, volvió a adoptar una expresión de ansiedad. No quería ser confundido con esa gente. Después de una llamada telefónica, la enfermera se acercó a Dante.

—Dice que venga de inmediato. Sígame.

Como era de esperar, la autorización llegó. Dante siguió a la enfermera por el pasillo.

Contrario a la suposición de July, Dante no estaba eufórico, sino tenso. Era comprensible. Cuanto más lo deseaba, menos probabilidades de éxito tenía, esa era la vieja maldición de Dante, y precisamente él era el que más deseaba que todo saliera bien. Para evitar la mala suerte, debía dejar de esperar. Hoy, eso era difícil.

La habitación era amplia. Era lógico, dado que un solo paciente ocupaba un espacio para más de diez camas. La única cama estaba situada junto a una ventana soleada. Una escena idílica.

Un anciano demacrado estaba sentado en la cama. Su cabello y barba eran blancos como la nieve, y su rostro arrugado estaba salpicado de pecas. Parecía mucho más delgado que la última vez que Dante lo había visto. Su enfermedad había empeorado. Sin embargo, no parecía un hombre al borde de la muerte. A pesar del deterioro físico, sus hundidos ojos seguían brillando con astucia.

—El tiempo no perdona ni a mi padre.

En cuanto quedaron solos en la habitación, Dante, como si lo hubiera estado esperando, soltó una burla. A pesar de la insolencia, el anciano no se enfadó, solo sonrió mostrando los dientes.

—¿Y qué te trae a ti, jovencito, a ver a este viejo? Debes estar desesperado para venir corriendo. Algo que no puedes resolver solo, ¿verdad? Sigues siendo un niño.

Dante respondió con una sonrisa irónica. Un viejo astuto. El anciano ya estaría al tanto de lo sucedido. Aunque retirado, seguía teniendo colaboradores en todas partes. Mantenía un poder absoluto como patriarca de la familia. Incluso Dante aún sentía miedo al verlo, una sensación visceral similar al rechazo que sentía al enfrentarse a Nick.

Pero ahora lo sabía: al final, su padre era solo un hombre. Su cuerpo envejecido apenas funcionaba sin ayuda hospitalaria. Se preocupaba por si su nueva compañera descubriría su verdadera identidad, y desconfiaba de todos, vigilando constantemente con sus hombres. Seguro seguiría así hasta su muerte. Era algo inevitable para quienes trabajaban en ese mundo.

—Dicen que andas causando problemas. Es sorprendente que Nick te haya dejado vivir.

Dante se encogió de hombros.

—Casi me matan.

—Bien, continúa con lo que me contabas antes. ¿Dices que Nick traicionó a la familia?

Por fin había llegado el momento. Dante narró los acontecimientos. Primero, debía recordar lo sucedido años atrás. La Nochebuena de hace dos años, el asesinato de Jin, la conversación entre los traidores… y cómo Nick, ahora, había recurrido a sus enemigos para matarlo…

Incluso después de la narración, el anciano mantuvo la calma. No sería algo inesperado para él. Su objetivo en este turbio y peligroso mundo era morir de causas naturales. El hecho de que siguiera con vida a esta edad demostraba su perspicacia.

El anciano chasqueó la lengua.

—Nick siempre ha sido demasiado ambicioso. Es un arma de doble filo. Mientras no comprenda que no puede tenerlo todo bajo control, nunca estará satisfecho y siempre anhelará lo inalcanzable.

Las palabras del anciano parecían referirse a Nick y Henry. ¿Sabría algo sobre ellos? Pero Dante no preguntó. No era el momento de ocuparse de los asuntos ajenos. Quería resolver su problema lo antes posible y regresar con quien le esperaba. Dante extendió el sobre. Una mano huesuda lo recibió.

—Ya sabe que Nick está buscando esto.

Dante habló con fingida tristeza.

—Como sabe, no me llevo bien con Nick. Es probable que me mate en cualquier momento. Así que acudo a usted en busca de ayuda. Solo usted puede evitar que me haga daño. Puede hacerlo con una sola palabra, ¿no? Él obedecerá sus órdenes.

—Vaya, vaya…

El anciano, tras ojear el contenido, se acarició la barba blanca. Parecía complacido con el inesperado regalo. Era comprensible. La potencia de la bomba era conocida por todos en la ciudad, por lo que sería un buen negocio, y a la vez, una herramienta para controlar a Nick, quien, en última instancia, fue quien ideó la creación de esa arma. Si padre monopolizaba los planos, Nick sentiría una gran frustración.

Eso también beneficiaría a Dante. Al saber que su padre tenía los planos, Nick intentaría convencerlo para obtenerlos. Consideraría a su padre un interlocutor más razonable que Dante, quien ocultaba al niño. No importaba que más tarde se interesara en los planos originales que tenía el niño; para entonces, Nick ya no estaría entre los vivos.

Sabía que no dejaría pasar esta buena oportunidad. Al igual que Nick, él es igual de ambicioso. Ni siquiera a estas alturas deja el poder. 

«Así que, viejo, apúrate y responde si entiendes».

Dante maldecía en silencio. La indecisión del anciano le hacía sudar las manos. Quería volver. Ir con July lo antes posible.

Pero la respuesta del anciano no fue ni afirmativa ni negativa, sino una pregunta:

—¿Acaso quieres tomar el lugar de Nick?

—¿Perdón?

Cuando Dante frunció el ceño, el anciano sonrió mostrando los dientes.

—Según tú, Nick es un traidor. ¿No quieres vengarte de Jin? En tu infancia, le tenías tanto cariño… como si fuera tu verdadero padre.

¿De qué época hablaba? Dante quería preguntarle si había perdido la razón.

La intención detrás de mencionar de repente ese tema no era del todo difícil de adivinar para Dante. Quien deseaba vengarse de Nick era su propio padre. Nick había matado al hijo que más apreciaba su padre y, además, había ocupado el lugar que estaba destinado a Jin.

Su padre no toleraba las traiciones familiares. No era una cuestión de afecto o confianza, sino una cuestión de pura lógica: para evitar que nadie amenazara su posición. Necesitaba a alguien que reemplazara a Nick, en quien ya no confiaba. Un viejo taimado. Sin duda, Nick había aprendido de él.

Aunque Dante no respondió, el anciano sonrió y dijo:

—Déjame ocuparme de Nick. Aseguraré que no te haga daño. Piénsalo bien lo que has dicho.

Dante asintió con cautela. En su mente, pensaba algo completamente diferente. Le bastaba con que Nick dejara de interesarse en él. No importaba si Nick obtenía los planos; de todos modos, no podría construir la bomba. Estaba listo para sabotearlo.

Con la misión cumplida, era hora de regresar. Debía contarle a July que todo había salido bien, que no había nada de qué preocuparse. Su perfeccionista amante había estado inquieto durante todo el viaje. Contarle que todo marchaba según lo previsto aliviaría, al menos un poco, su ansiedad.

Cuando la conversación estaba llegando a su fin, alguien llamó a la puerta. La enfermera que había guiado a Dante entró empujando un carro con ruedas. El anciano aceptó con familiaridad la ayuda de la enfermera para subirle las mangas.

—Debe estar feliz de que su nieto haya venido.

Lo único que Dante pudo hacer fue sonreír y guardar silencio. La enfermera, con habilidad, inyectó una sustancia en una jeringa. La aguja se clavó en su delgado brazo. Al contemplar esa escena humana, el anciano ya no parecía tan temible como en su infancia.

—Contiene un sedante y un analgésico; se dormirá enseguida.

La enfermera se marchó. Al cerrarse la puerta, Dante notó algo extraño: había dejado el carro allí. Los viales vacíos y la jeringa quedaron en la habitación. Mientras Dante se preguntaba qué pasaba, el anciano tuvo una extraña reacción.

—¡Ejem, ejem!

Con los ojos nublados, el anciano tosía sin parar, como si tuviera algo atorado en la garganta. Jadeaba por aire, y pronto, giró los ojos hacia arriba. Dante se quedó paralizado ante la inesperada situación.

El anciano, incapaz de mantenerse en pie, cayó hacia atrás, convulsionando antes de quedar inerte. Todo sucedió en un instante. Ni siquiera su pulso ni la ausencia de respiración indicaban algún signo de vida. Dante recordó entonces que la enfermera había hecho una llamada telefónica justo antes de entrar. 

«¿Acaso…?»

Era una trampa. Había caído en ella. Nick había previsto su visita. Igual que había sobornado a los hombres de Jin para asesinarlo, probablemente había usado a la enfermera para inculparlo por el asesinato. Con su padre muerto, sus palabras carecían de valor, y si alguien veía esta escena, Dante sería declarado un traidor. Ya estaba bajo sospecha por los hechos anteriores; esta situación solo reforzaba esas sospechas. Dante apretó los dientes con furia.

Recuperó el sobre que le había dado al anciano. Lo guardó, abrigándose el cuello del abrigo, y salió de la habitación. Vio a alguien de aspecto duro hablando con la enfermera en el pasillo. En el momento en que sus ojos se encontraron con los de Dante, éste soltó una maldición.

Giró sobre sus talones y corrió en dirección contraria. Ignoró las voces que lo llamaban desde atrás. Al doblar la esquina, echó a correr. Desde la escena del crimen, que se alejaba, se oyó un grito. El cadáver del anciano acababa de ser descubierto.

Dante lamentó haber ignorado el consejo de su amante, de actuar con prudencia; siempre se arrepiente uno después de los hechos. July estaría decepcionado al saber que, tras tanta fanfarronería, había arruinado todo. La incapacidad de demostrar su utilidad hundió el ánimo de Dante.

Dante estaba ansioso. Lo había estado desde el día en que July había estallado. Aunque creía haber conseguido entrar en su confianza, aún quedaba un largo camino por recorrer. Si July descubría su error, podría perder toda esperanza. La decepción podría hacer que July retirara su promesa de estar juntos. Eso no podía ocurrir.

«¿Debería matarlos a todos?» 

Dante se debatía en esa idea extrema. La sala era grande. Médicos, pacientes, guardaespaldas… Necesitaría un arsenal de municiones. Pero no se le ocurría otra solución. Si los eliminaba a todos, July nunca sabría de su fallo.

El problema era el tiempo. Nick ya sabría que había caído en la trampa. Estaría corriendo hacia allí. Y la policía también estaría tras él. Debía matarlos a todos y escapar antes de que llegaran. No sería fácil, pero tenía que hacerlo. No quería decepcionar a July.

Dante detuvo su huida, intentando calmar su ansiedad. «Está bien. Mataré a todos y volveré». En algunas situaciones, la violencia había sido su solución. Esta vez también lo sería. Para acabar con quienes lo perseguían, Dante se apoyó en la pared de la esquina.

En ese instante, sintió una mano en su nuca.

Una mano brusca. Dante no pudo gritar, y fue arrastrado. Un desconocido lo había atrapado y lo llevó a un lugar oscuro. Odiaba los espacios cerrados y oscuros. Intentó liberarse, pero su atacante era inamovible.

—…

No supo qué ocurrió primero: el familiar aroma de un alfa, o el conocido contacto de unos labios. Dante se calmó al reconocer a su captor. El aroma inconfundible llenó sus fosas nasales. El olor a feromonas alfa le aclaró la mente.

Fue un beso ligero, un roce de labios, muy similar a los que él mismo daba para calmar al otro. Sintió cómo su corazón, que latía con fuerza, volvía a su ritmo normal. En la oscuridad, solo podía ver los ojos de su captor, una mirada tranquila, como siempre, evaluando su estado. Y una pizca de preocupación, quizás… excepto por un detalle…

—¿Cuándo te dejaste crecer el bigote?

Al separarse, Dante sacó un encendedor de su bolsillo. Una pequeña llama iluminó la habitación. Estaban en un almacén oscuro. Los estantes estaban llenos de frascos y cajas. Y allí estaba July, su amante, que debería estar esperándolo en el coche sin saber nada de lo ocurrido. Debajo de su nariz, llevaba un bigote postizo que Dante había usado alguna vez. Un accesorio que no encajaba con July en absoluto. Dante lo arrancó de inmediato.

—Lo tenías en el auto. ¿Por qué no lo tiraste?

—Bueno, no podía dejarlo en el teatro, así que lo guardé. Simplemente se me olvidó tirarlo…

—¿Y por qué tienes mi peluca de ese día?

—Es un recuerdo…

July ofrecía un espectáculo grotesco. Llevaba puestos todos los elementos del disfraz que habían usado en el teatro de Elderwood para su reencuentro: un sombrero blando bajo el cual se asomaba cabello castaño oscuro, un bigote postizo, y un traje que Dante reconoció como suyo. Parecía que había estado desenterrando cosas del desordenado interior del coche.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó Dante en voz baja. Pero la respuesta no llegó de inmediato. Al oír varios pasos apresurados en el pasillo, ambos contuvieron la respiración. 

—Seguramente está aquí dentro, ¡búsquenlo! —se oían gritos justo al otro lado de la puerta.

—Parece que he hecho bien en venir—dijo July después de que los pasos se alejaran. Dante gimió.

La llegada de July había solucionado la situación, pero también había creado un problema inesperado para Dante. Al verlo huyendo, July habría comprendido que algo andaba mal. A pesar del desánimo que sentía, Dante fingió tranquilidad.

—Ha surgido un pequeño problema. Muy pequeño.

—¿Sí?

Esa fue toda la respuesta. La indiferencia de July, que ni siquiera parecía esperar una explicación, deprimió a Dante. July lo observó. Luego, sin decir nada, extendió la mano.

Con un suave toque en la cabeza, los ojos de Dante se abrieron de par en par. Sorprendido, dejó caer el encendedor. La oscuridad volvió a envolver la habitación, pero esta vez, no le resultó desagradable.

Lo acariciaba. Una gran mano le acariciaba el cabello con suavidad. Una sensación reconfortante. Dante cerró la boca y se dejó hacer. Cada uno de los dedos de July era una caricia. Las manos de July bajaron, acariciando su cuello frio.

«Sería una pena», pensó Dante. Esos dedos debían ser solo suyos. La idea de que July nunca más lo acariciara de esa manera le llenaba de angustia. Al poco tiempo, July retiró la mano.

—Cámbiate de ropa primero.

July se quitó la ropa. Las prendas y accesorios inadecuados fueron cayendo al suelo. July sujetó la cara de Dante, que observaba sin comprender, y lo reprendió:

—Vamos.

En su breve mandato se sintió una fuerza imperiosa. July liberó una pequeña cantidad de feromonas para que reaccionara. Finalmente, Dante obedeció.

Solo tras el cambio de ropa, Dante comprendió las intenciones de July: ayudarlo a escapar, no mediante una huida forzosa, como él había pensado, sino con sutileza. ¿Habría actuado siempre así? Probablemente, dado su reputación como un silencioso y eficaz solucionador de problemas.

July preguntó:

—¿Qué ha pasado exactamente?

—Bueno…

Habían acordado decir la verdad. Dante le contó todo a July. Como siempre, July mantuvo la impasibilidad en su rostro. Dante admiraba esa cualidad, pero en ese momento no la apreciaba. Deseaba tener la capacidad de leer mentes, o al menos, que un rayo del cielo le revelara los pensamientos de July.

Tras escucharlo todo, July ofreció un simple comentario:

—Has sido demasiado impulsivo.

—…Lo sé.

Respondió Dante en voz baja. Pero el tono de July no era de reproche. Parecía considerar que dedicar tiempo a lo sucedido era una pérdida de tiempo.

—La policía ha llegado. Los vi entrar y vine a buscarte. Ya se habrán dado cuenta del alboroto en el hospital. Habrá una investigación por asesinato y buscarán al culpable. Quedarse aquí solo incrementará el riesgo.

—De acuerdo.

No podían esconderse en ese almacén para siempre. El hospital estaba aislado en un solar baldío, sin ningún lugar cercano donde ocultarse. Si salían del edificio, serían vistos enseguida. Si volvían al coche, una persecución sería inevitable.

July permaneció en silencio, sumido en sus pensamientos. Su calma era asombrosa. Era igual que cuando se conocieron. Inmensamente confiable.

July tomó una decisión.

—Separémonos. Yo ganaré tiempo, y tú escaparás.

—¿Qué?

—Parece prioritario que no entregues lo que llevas. Es mejor que no caiga en manos de Nick o de la policía.

—…

Era cierto. Dante calló.

—Cuando salgas, ve directo a la entrada principal, actúa lo más natural posible. Como eres tan reconocible, solo con ocultar tu rostro lograrás un buen efecto. Mézclate entre la gente y escapa en el momento oportuno. No mates a nadie. Eso solo empeoraría las cosas. Y…

July hizo una pausa antes de continuar.

—…No te metas. Estaré bien.

Antes de que pudiera preguntar algo más, July abrió de golpe la puerta del almacén y salió. Intrigado por esas palabras, Dante olvidó lo que acababa de oír y lo siguió. Pero July era más rápido. Haciendo un ruido deliberado, corría por el pasillo como si huyera de algo.

Su sospechosa actitud atrajo la atención de quienes merodeaban por allí. El pasillo estaba lleno de policías, más de lo que esperaba. Parecían haberse reunido para atrapar a un criminal peligroso. Los miembros de la organización que se ocultaban observaban la escena con cautela.

Por un instante, July miró hacia atrás y le hizo una señal rápida, una mirada que le indicaba que lo siguiera. Dante se sobresaltó. July le había pedido que no matara a nadie, que no interviniera. Dante quería obedecerlo. Pero a medida que July se alejaba, la calma que había sentido momentos antes parecía un recuerdo lejano.

Dante sabía que era mejor que no se involucraran en esto. Quizás se estaba preocupando demasiado. July había sobrevivido a todo. Él mismo lo había comprobado: en una catedral derrumbándose, en una casa en llamas, en un almacén bajo un tiroteo… siempre había regresado ileso.

Dante observó la escena caótica. July, sin armas, estaba derrotando a los policías. Parecía que escaparía ileso incluso en esa situación desesperada. Estaría bien. Seguro que estaría bien.

Dante obedeció a July. Se mezcló entre la multitud que se había congregado por el alboroto, caminando a paso regular hacia la salida. Allí, seguía viendo a July enfrentándose a los policías.

Justo cuando Dante estaba a punto de salir del hospital, oyó un grito:

—¡Detective! ¡Lo tenemos!

Gritó un policía. En ese instante, Dante vio a un hombre que pasaba a su lado. Era un rostro familiar y terco: el inspector que buscaba a Benjamín y al secuestrador.

Dante se detuvo en seco y miró hacia atrás. July estaba en el suelo, sujetado por varios policías. El inspector observaba cómo le ponían las esposas.

Dante vio a su amante. Aún no era tarde para pedir ayuda. Juntos, podrían matar a todos y escapar. Dante miró a July como buscando permiso, pero él evitó su mirada. Dante se mordió el labio inferior. No podía dejar de pensar que July se había dejado atrapar para darle tiempo a escapar, para desviar la atención de quienes los perseguían hacia sí mismo.

Dejando atrás el alboroto, Dante salió del hospital en silencio. Aunque era él quien se marchaba, sentía la necesidad de detenerse, de volver atrás, de rescatar a July. Pero eso no era lo que July quería. No quería decepcionarlo de nuevo, y no podía hacer nada.

Habían embarcado juntos, pero la travesía era accidentada. Ni siquiera estaba seguro de tener el timón en sus manos. Sentía que se dejaba llevar sin rumbo fijo, sin saber a dónde iba. El barco se tambaleaba con las olas, amenazando con volcar en cualquier momento. 

No sabía qué hacer.

Solo en la cubierta del barco, Dante lo comprendió de nuevo: su vida aún no le pertenecía. Entregada una y otra vez a manos ajenas, ahora estaba en las manos de su amante.

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