Quimera Chapter 9.3

 Capítulo 9.3

—Ruze, es hora de comer.

Lo primero que hizo Cheil al despertar fue llevarle comida a Ruzerolt. Y al pensarlo bien, era extraño. A pesar de haber pasado días sin comer, Ruzerolt no sentía hambre. Y su estado físico era bastante bueno.

Cheil le traía comida diferente cada vez. Aunque podría haber sido una molestia, nunca traía de vuelta la comida que Ruzerolt no había tocado.

Si en lugar de eso me dejara salir a comer, estaría más que dispuesto a hacerlo.

El espacio permitido para Ruzerolt era todo el interior de la cabaña, excepto la zona de la puerta. Había ajustado la longitud de la cadena para que solo pudiera alcanzar la puerta.

—Come algo.

Cheil se arrodilló frente a la cama y miró a Ruzerolt. A pesar de recordar lo que había hecho, se sentía patético al ver esa mirada preocupada que parecía sincera.

Se sentó en la cama y tomó el plato de madera que Cheil le ofrecía. Desde hacía un tiempo, Cheil había intentado alimentarlo a la fuerza. Después de su gran pelea, había comenzado a fingir que comía. Esa actitud tan insignificante había cambiado a Cheil una vez más.

Parecía emocionado, como si haber aceptado su comida fuera un gran honor.

Había dicho que quería que lo perdonara...

Dijo que quería estar con él siempre y que lo perdonara. Esa fue la principal razón por la que Cheil lo encerró en este lugar. 

Quería estar... conmigo...

Sus sentimientos hacia él se volvieron cada vez más contradictorios. Lo odiaba. Pero algo siempre parecía reprimir ese odio.

Si seguía así, acabaría siendo manipulado por Cheil. No podía permitirlo. Tenía que actuar primero para evitar una tercera traición.

Miró el plato en su mano. Ya no podía dejar que lo controlara.

Ruzerolt comenzó a frotar el borde del plato con el pulgar, guiando la conversación hacia donde quería.

—Me pediste que te dijera cómo volver a ser como antes.

—...

—Y también me pediste que te enseñara a amar.

Cheil levantó la cabeza y miró a Ruzerolt. Ruzerolt mantuvo la mirada fija en el plato.

—Puedes lograr las dos cosas a la vez.

—¿Cómo?

Cheil se acercó a él con urgencia. Parecía un niño aferrándose a su última esperanza, y eso lo hacía vacilar. Tenía que ser fuerte. 

Ruzerolt continuó.

—En realidad es muy simple. Solo tienes que hacerme feliz. De la manera que yo quiera.

¿Aceptaría sus palabras?

Cheil se quedó callado, pensando.

Era una apuesta para Ruzerolt también. Si Cheil realmente quería ganarse su corazón, no podría ignorar esta conversación.

Y con la siguiente respuesta de Cheil, Ruzerolt podría encontrar pistas sobre sus verdaderos sentimientos.

—Entonces, si hago lo que tú quieres, ¿podremos volver a estar juntos?

Cheil lo miró con ojos suplicantes. No sabía por qué, pero se sintió abrumado por la tristeza.

Ruzerolt asintió con la cabeza, tratando de reprimir y calmar sus emociones.

—¿Podré volver a tener tu amor?

Se detuvo. No podía afirmarlo.

—Respóndeme, Ruze. Si hago lo que tú quieras, ¿me amarás?

Las palabras de Cheil lo atragantaron.

No quiero volver a enamorarme de ti.

—...Tal vez.

—Dame seguridad.

No quiero volver a pasar por esto tres veces.

Tragó saliva y respondió con dificultad.

—No se puede estar seguro sobre los sentimientos de las personas. Nada puede decirse como si fuese un hecho.

Cheil puso sus manos sobre las rodillas de Ruzerolt y apoyó la cabeza en ellas.

—Pídeme lo que quieras, Ruze, excepto que me vaya.

Sus brazos lo envolvieron alrededor de la cintura con fuerza, transmitiendo desesperación.

Esto me hace pensar... como si realmente me quisiera...

Ruzerolt respiró hondo para calmar su corazón acelerado.

—En Heinsley tengo todo lo que he logrado. Todo lo que he trabajado con tanto empeño está allí. ¿Cómo puedes llamar lo que sientes amor si estás obligándome a abandonar todo?

—Estas intentando dejarme atrás…

—No me iré ahora mismo. Primero, quiero asegurarme de que mi padre y el Norte estén bien.

Cheil levantó la cabeza.

—¿Con eso te conformas?

—...Por ahora.

Los ojos de Cheil brillaron de esperanza.

—Está bien. Haré lo que desees.

Esa respuesta sonó como si le pidiera que lo amara.

—En serio. Esta vez realmente te haré feliz.

Cheil abrazó a Ruzerolt y murmuró en voz baja.

Ya no sabe qué pensar. Ni de Cheil ni de sí mismo.

Si en serio lo amara, si se dio cuenta de sus sentimientos tarde porque no sabía cómo amar, si se arrepiente de su pasado... ¿por dónde comenzaría a arrepentirse de sus errores? 

Recordó todo lo que Cheil le había hecho. Y al recordar sus vidas en Heinsley, sintió una nueva ola de emociones. No podía soportar recordar esos momentos.

* * *

Meterse el pan que le ofrecía Cheil en la boca fue una especie de tregua. Al tragar el bocado masticado, Cheil lo miró con una expresión de satisfacción.

Cuando terminó de comer, el crepúsculo ya había llegado. Cheil encendió una pequeña vela en la mesilla de noche después de confirmar que Ruzerolt estaba acostado en la cama y salió de la casa con cuidado. Pronto se escuchó el sonido de la puerta cerrándose y sus pasos se alejaron.

El silencio reinó. Poco después, Ruzerolt se levantó de un salto.

No sabía cuándo volvería Cheil. Así que tenía que moverse rápido para escapar de ese lugar. Primero, Ruzerolt revisó la ventana que le había parecido sospechosa. Como había sospechado, había un metal plano pegado a la parte inferior del panel de madera. Probablemente Cheil había quitado el metal decorativo y lo había dejado allí para que no lo viera. O quizás no se había dado cuenta.

Ruzerolt arrancó con fuerza uno de los paneles de la ventana. No fue fácil, pero después de varios intentos, la ventana se desprendió.

Con un panel grande en la mano, golpeó primero la parte de la cadena conectada a la bola de hierro.

¡Bang, bang!

Cada golpe resonaba con fuerza en la cabaña. Sudaba frío pensando que Cheil podría volver al escuchar el ruido.

Una vez que había arrancado un pedazo de la ventana, era cuestión de tiempo para que Cheil se diera cuenta. Tenía que escapar de este lugar a toda costa.

Con el corazón acelerado, cada golpe era más fuerte. Aunque golpeaba con fuerza un solo punto, la gruesa cadena solo se doblaba un poco, sin mostrar signos de romperse.

Ruzerolt, sin aliento, examinó la cadena de su cuello. Era mucho más delgada que la de su tobillo.

Sí, esta... definitivamente se romperá.

Cambió de dirección y colocó la cadena en el suelo, calculando la posición. Luego comenzó a golpear un solo punto.

¡Bang, bang!

Sin importarle el ruido ensordecedor que resonaba en la cabaña, siguió golpeando. Pero antes de que la cadena se rompiera, el panel de madera se partió en dos, incapaz de soportar la fuerza.

La cadena estaba casi aplastada.

¡Más rápido... más rápido!

Con el corazón acelerado, Ruzerolt corrió hacia otra ventana para arrancar otro panel. En ese momento, al moverse con brusquedad, la cadena se enganchó en la vela de la mesilla de noche. La vela encendida se cayó y las sábanas se incendiaron.

¡Maldita sea...!

Incluso en ese momento, lo único que pensaba Ruzerolt era en escapar. Con rapidez, tomó otro panel de ventana y volvió a golpear la cadena. Las llamas se extendieron por la cabaña.

—No... ¡Tengo que salir!

La tos le ahogaba. El humo denso le dificultaba respirar. Las llamas se acercaban cada vez más a Ruzerolt. A pesar de eso, no dejaba de golpear la cadena. Las llamas ya habían alcanzado el techo.

¡Bang, bang, crack!

Finalmente, la cadena que sujetaba su cuello se rompió. Ruzerolt se giró para salir de la cabaña, pero el camino estaba bloqueado por las llamas. Las ventanas también estaban envueltas en llamas. El humo denso le dificultaba respirar. Arrastrando la pesada cadena del tobillo, se dirigió hacia la puerta envuelta en llamas.

Al ver la puerta, recordó la imagen del enorme horno de su pesadilla. Un horno donde arrojaban a una criatura sin forma. Tal vez ese no fue un sueño, sino una premonición.

Una premonición de su propia muerte.

* * *

El lugar donde Cheil había escondido a Ruzerolt era a las afueras de Afroterium, cerca de la montaña. Había preparado una cabaña aislada, no muy lejos de la casa del médico, por si acaso le sucedía algo a Ruzerolt. Y había recibido los objetos necesarios a través del doctor ‘Toro Manchado’ como intermediario. Eso le permitía no alejarse demasiado de Ruzerolt.

—Dile a Tommy que averigüe los detalles sobre la situación en Heinsley.

—¿Te refieres al Imperio Catanel?

—Sí. Y la próxima vez, por favor, tráeme pan suave.

Recordó a Ruzerolt, que solía llevarse el pan a la boca sin tocar nada más. Por alguna razón, hoy Ruzerolt no evitaba su mirada. Solo ese hecho hizo que su estado de ánimo se elevara. Últimamente, el día de Cheil dependía de la reacción de Ruzerolt.

Después de transmitirle el mensaje al médico, Cheil se dirigió a la cabaña donde estaba Ruzerolt. Aunque hubiera sido más rápido ir a ver a Tommy para obtener noticias de Heinsley, no quería pasar ni un segundo lejos de Ruzerolt. Quería pasar más tiempo a solas con él. Por eso, la situación que encontró al regresar era difícil de creer.

Salían llamas rojas de la cabaña.

—Ruzerolt...

Al ver las enormes llamas, los recuerdos de Cheil se trasladaron al laboratorio de Batius.

Los sujetos de prueba arrojados vivos al fuego, los trozos de cuerpos ardiendo. El miedo que había sentido en su infancia, al pensar que algún día él también podría terminar así, estaba grabado en sus huesos.

Ruzerolt había sido arrojado a esas llamas.

Cheil empezó a temblar por todo el cuerpo. Todos sus nervios se estremecían de miedo. Era una reacción instintiva. Pero lo que le causaba un miedo aún mayor era el hecho de que Ruzerolt estuviera allí dentro.

—¡Ruzerolt!

Recordó la cadena con la que lo había atado. Se sentía como si toda la sangre se le fuera del cuerpo. Ruzerolt no podía escapar de la cabaña.

Cheil corrió hacia la cabaña en llamas.

No debería haberlo dejado solo.

Mientras corría, miles de pensamientos cruzaron por su mente.

¿Sería un castigo? ¿Estaba recibiendo un castigo por todo lo que había hecho sin saberlo?

Pero si era así, el mundo estaba equivocado. Él era un quimera de Batius. Así que, como los otros fallos de Batius, él debería haber sido arrojado al fuego. No merecía ser ni humano ni quimera, así que debería ser castigado.

Rezaba a todos los dioses que conocía. Le rogaba que no se lo llevara. Que le quitara la vida a él en lugar de a Ruzerolt.

Por favor... por favor, que esté a salvo. 

Ruze.

Sintió como si Batius estuviera dentro de esas llamas, como un león esperando para llevarse a su amante. No podía permitir que nadie más le quitara a Ruzerolt. Si se lo quitaban, lo perseguiría hasta el infierno y lo recuperaría. Al pensar eso, Cheil se dio cuenta de que nunca dejaría de amar a Ruzerolt.

Sin darse cuenta, Ruzerolt se había convertido en todo lo que Cheil más deseaba en el mundo.

* * *

La cerradura de la puerta ya estaba al rojo vivo. Cheil tomó el hacha que había apoyado contra la puerta y la estrelló contra ella. Al abrir la puerta de par en par, las llamas lo envolvieron. Pero no tenía tiempo para preocuparse por eso. Vio a Ruzerolt caído más allá de la entrada. Rápido, empapó un montón de ropa que había dejado fuera en un balde de agua y entró con el paño húmedo en brazos para cubrir a Ruzerolt.

—¡Ruze! ¡Reacciona!

Todo su cuerpo temblaba como una hoja. Sin darse cuenta de que su espalda se quemaba, Cheil se apresuró a sacar las llaves de su bolsillo y desató las esposas y el collar que tenía puesto a Ruzerolt. Se veían las marcas que el hierro caliente había dejado en él.

—No debí haberme ido.

Una de las vigas del techo se rompió con un crujido. Cheil la empujó con su cuerpo y abrazó a Ruzerolt con fuerza. Agitó el paño húmedo para apagar las llamas que se adherían a él y salió corriendo de la cabaña. Afortunadamente, el paño húmedo no se había incendiado. Pero el cuerpo y la ropa de Cheil estaban en llamas.

Sentía como si el calor abrasador quemara hasta lo más profundo de su ser. Temiendo que el fuego se extendiera a Ruzerolt, lo dejó en el suelo. Su piel quemada le causaba un dolor insoportable. Pero lo que le dolía más era ver a Ruzerolt inconsciente.

Cheil se vertió un balde de agua encima para apagar el fuego. Sin tiempo para recuperarse del humo, se apresuró a comprobar a Ruzerolt.

—Ruze... Ruze...

Levantó con cuidado el paño que lo cubría. Revisó todo el cuerpo de Ruzerolt. No parecía tener grandes quemaduras.

—Ruze... abre los ojos.

Comprobó si respiraba. Por fortuna, su respiración era normal.

¡Crack!

¡Bang!

La cabaña en llamas se estaba derrumbando. Cheil llevó a Ruzerolt a un lugar lejos del fuego. Cada vez que se movía, su piel quemada le causaba un dolor agudo. Pero si Ruzerolt estaba a salvo, podía soportar cualquier dolor. Podía soportar cualquier dolor con tal de que no se lo quitara Batius.

—Ruze...

Llamó su nombre sin parar mientras lo apoyaba contra un árbol. Examinó la piel de su tobillo, donde había estado la cadena. Se había desollado por la fricción con el hierro caliente.

Todo es mi culpa. No debí dejarte solo. Todo es mi culpa.

Una pequeña herida se convirtió en un gran sentimiento de culpa. Hubo un tiempo en que no le hubiera importado nada con tal de que Ruzerolt fuera suyo. Incluso había pensado que no importaba si moría, con tal de que llevara su nombre. Pero ahora que estaba viendo a Ruzerolt a punto de morir quemado, sentía un miedo que nunca había experimentado.

Podría haber perdido a Ruzerolt. Por su culpa.

Sus manos temblorosas acariciaron la herida. Y entonces, notó que las heridas de Ruzerolt comenzaban a cicatrizar.

Ruzerolt tosió y abrió los ojos.

—¡Ruze...!

Cheil acarició la mejilla de Ruzerolt. Observó sus ojos y su piel quemada.

—¿Qué... qué pasó...?

Ruzerolt miró a su alrededor con confusión.

—Esto es...

Cheil se dio cuenta de algo. La semilla que había puesto en el cuerpo de Ruzerolt se había disuelto y había sido absorbida por su cuerpo.

De repente, sintió una gran sensación de alivio. Si el cuerpo de Ruzerolt había absorbido el poder de regeneración de los Kim, estas pequeñas heridas se curarían pronto.

—Ruze. Estás bien, estás bien...

Pero la expresión de Ruzerolt se distorsionó al ver a Cheil.

—Cheil... ¿qué?

Ruzerolt examinó el cuerpo de Cheil con horror. Su piel estaba quemada y deformada.

—Ah, esto...

Cheil intentó regenerar sus heridas, pero no pudo.


[—Incluso tú, que eres tan poderoso, tienes tus límites].


Recordó la única imperfección que Batius había reconocido. La herida que había sufrido protegiendo a Ruzerolt en el norte aún persistía en su cuerpo. La voz que no se pudo recuperar fue prueba de ello. La piel exterior estaba intacta, pero el interior de su garganta aún estaba sanando. En ese estado, regenerar las quemaduras profundas que cubrían todo su cuerpo era una tarea difícil, incluso para Cheil.

—Esto es, digamos...

Ya no era hermoso. Ahora tenía un aspecto horrible y no era digno de ser amado.

—Ruze, esto es...

Quizás lo abandonaría.

Cheil tartamudeó, tratando de explicarlo.

—Con el tiempo, seguramente se curará. Pronto te mostraré mi hermoso aspecto otra vez. Así que...

—¡De qué estás hablando!

Los ojos de Ruzerolt se enrojecieron al mirar a Cheil.

—¿De qué aspecto hablas? Tu cuerpo... está hecho un desastre...

Ruzerolt observaba con preocupación su piel quemada, un espectáculo horrible sin duda. Lo miraba con una mirada de preocupación, como si estuviera angustiado. 

La persona que siempre lo había rechazado estaba extendiendo su mano hacia él.

—Las quemaduras... son muy graves...

Volvió a mirar su cuerpo. Su apariencia, roja y negra, como la piel de una bestia quemada, era fea y repugnante. Era más horrible que los fracasos de los experimentos del laboratorio. Sin embargo... Ruzerolt le estaba tendiendo la mano.

—Ruze...

Se sentía extraño.

Era un mundo que nunca había conocido.

Un mundo diferente al laboratorio subterráneo, donde los débiles y los feos eran asesinados, y el mundo externo donde los que no eran atractivos eran descartados.

Con el simple toque de Ruzerolt, Cheil sintió una emoción abrumadora. Era como si hubiera encontrado un nuevo mundo.

No quería perderlo. No podía perderlo. Quería estar a su lado. No quería que lo rechazaran.

Suprimió las emociones que surgían y, poco a poco, sintió un dolor intenso. El calor que ardía dentro de él se propagaba por todo su cuerpo. Cheil se mordió el labio y agachó la cabeza.

—Me duele mucho, Ruze...

Miró a Ruzerolt de reojo mientras hablaba. Ruzerolt no lo abofeteó por su queja débil, como habría hecho Batius.

—Me duele...

Volvió a mirarlo. Ruzerolt no lo evitó ni mostró signos de disgusto. Lo estaba mirando tal como era, tan horrible como estaba.

El dolor ardiente se intensificó. Pero estaba bien. Si Ruzerolt lo miraba así... si lo amaba como antes... podía soportar cualquier dolor.

Ruzerolt no sabía cómo abrazar a Cheil y mantuvo los brazos extendidos en una posición incómoda. La cabaña se había reducido a cenizas, pero la lluvia había evitado que el fuego se extendiera al bosque.

* * *

El odio y el amor compartían la misma incapacidad de controlar los sentimientos hacia la otra persona. Tal vez por eso, Ruzerolt sentía emociones complejas al ver a Cheil aferrándose a él como una lapa.

—Iré a buscar medicinas. Así que espera un poco.

—No, no te vayas, Ruze.

—No voy a escapar. Traeré medicina... o al menos vendas.

Sin embargo, Cheil no tenía ninguna intención de soltar a Ruzerolt. En lugar de cuidar sus heridas, estaba empeñado en aferrarse a su muñeca. Cada vez que se movía, brotaban llagas de su piel quemada.

—Intentaste escapar de mí dos veces. Ya no confío en ti.

Aunque las cadenas de su cuello y piernas habían sido liberadas, se sentía más atado que nunca. Y esa situación, además de frustrante, le causaba una angustia insoportable.

—Cheil... yo, a ti...

Era cierto que había intentado escapar de él. Tal vez esta fuera su mejor oportunidad para escapar, ahora que él estaba tan débil.

Tenía que irse. Tenía que apartarlo y correr.

Pero... aunque pensaba así, no creía que fuera capaz de dejar a Cheil.

—Es cierto que intenté escapar de ti, pero eso...

La falta de aire le impedía continuar. Cheil, con su aspecto horrible, ya no era el hermoso bailarín que había amado. Sin embargo, sus pies estaban pegados al suelo.

¿Qué quiero hacer contigo?

Ruzerolt miró a Cheil. Su piel estaba dañada desde la barbilla hasta los pies. Cheil, con ese aspecto horrible, agarró con fuerza la mano de Ruzerolt.

—Te mostraré lo que me has enseñado. Haré lo que me has enseñado, así que, por favor, quédate conmigo.

En sus palabras se sentía una desesperación. Su voz áspera seguía siendo la misma, pero sus manos temblorosas y sus ojos inquietos revelaban sus verdaderos sentimientos. ¿Cuál sería la razón por la que había arriesgado su vida para salvarlo?


[—No sabía que te amaba. Nunca lo había aprendido, nunca lo había entendido].


Aunque había tratado de negarlo, en el fondo lo sabía.

La duda que siempre había estado presente en el corazón de Ruzerolt finalmente salió a la superficie.

Tal vez Cheil nunca había recibido un amor verdadero.

Tal vez no sabía cómo amar o cómo expresar sus emociones, y por eso había actuado de esa manera.

—Solo déjame estar contigo.

Cheil volvió a rogarle.

Si Cheil hubiera seguido siendo el egoísta que era antes, no sentiría estas emociones contradictorias.

—...Levántate primero, Cheil. Tenemos que curarte.

Ruzerolt torció la muñeca para liberarse de la mano de Cheil.

Lo cierto era que Ruzerolt no podía dejar a Cheil ahora.

Al menos, no ahora.

Cheil se levantó con dificultad siguiendo a Ruzerolt. A lo lejos, vieron una cabaña familiar: la casa del médico donde había ido a buscar medicinas.

Ruzerolt tomó el paño que había caído al suelo y se lo puso sobre la cabeza, creando un espacio para ambos. Seguía lloviendo.

—Ven aquí.

Cheil se acurrucó junto a Ruzerolt como un niño. Bajo el paño mojado, caminaron hacia la cabaña iluminada.

* * *

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