Ketron Chapter 12

 Capítulo 12

—Listo. 

Eddie sonrió satisfecho. Aplicar Merthiolate y colocar apósitos no era un trabajo difícil. 

Las heridas visibles de Ketron no eran graves. Para ser exactos, ‘ahora’ no lo eran. 

Las zonas cicatrizadas, desiguales y rugosas como si la carne hubiera sido arrancada y apenas sanada, habían dejado cicatrices tan grandes que resultaba difícil imaginar su apariencia inicial. Pero ahora estaban casi curadas. 

«Con un cuerpo tan magnífico, es una pena».

Estas cicatrices permanecerían por mucho, mucho tiempo. Quizá de por vida. Esa idea le provocó un dejo de tristeza a Eddie, quien murmuró esas palabras mientras aplicaba diligentemente la medicina. 

El torso descubierto de Ketron era, cómo decirlo, impresionante. Absolutamente magnífico. Hasta a Eddie, a quien ni siquiera le pertenecía ese cuerpo, le dolía ver que quedaran cicatrices tan grandes. 

Con su limitada capacidad de expresión, solo podía describirlo como ‘impresionante’. Probablemente era el tipo de físico que muchos hombres anhelarían. Hasta la palabra ‘escultural’ se quedaba corta. 

Su cuerpo, con músculos tan definidos que uno se preguntaba cuál sería su porcentaje de grasa, no parecía tener ni un ápice de blandura. Además, estaba marcado por numerosas cicatrices pequeñas, prueba de las innumerables batallas que había librado. 

Su gran envergadura, acorde a su tamaño, convertía su cuerpo en un arma por sí mismo. Si algo había logrado herir un cuerpo así, debió ser una pelea feroz. 

Tal vez porque la novela estaba escrita por un autor especialmente hábil en describir escenas de combate, Eddie recordaba vívidamente cómo contuvo la respiración cada vez que llegaban esos pasajes. 

Ketron era inteligente y tenía una gran capacidad de adaptación en batalla. Sus habilidades físicas eran tan extraordinarias que podía materializar sus pensamientos. 

Esas dinámicas escenas de lucha eran uno de los elementos más populares de «El héroe no oculta su poder». 

Pero eso era al leerlo. Ahora que tenía frente a él a alguien que realmente había cruzado esas líneas de batalla, y podía ver las marcas de esas heridas, Eddie sintió por primera vez, aunque fuera un poco, que realmente era un residente de este maldito mundo de fantasía. 

Ketron ya no era un personaje en letras impresas, sino alguien que vivía en el mismo mundo que él. 

Ocultando su confusión interna, Eddie agitó el frasco de medicinas con una sonrisa forzada. 

—¡Bien! ¡Solo queda tomar la medicina para todas las enfermedades, no, para diez enfermedades, y el tratamiento habrá terminado! 

La eficacia del medicamento, reducida no a una centésima sino a una milésima parte de lo anunciado, hizo que Ketron frunciera el ceño con escepticismo. 

Pero Eddie tampoco podía evitarlo. En el mundo del que venía, todos tenían analgésicos en casa, y aunque exagerar llamándolos ‘cura-todo’ le remordía un poco la conciencia... 

Eddie sacó una pastilla y la puso en la mano de Ketron. Este solo miró fijamente la pequeña píldora sobre su enorme palma. 

—Aun así, es un buen analgésico. 

Eddie explicó sus efectos. Aliviaba dolores de cabeza por resfriados, dolores de muelas, menstruales o, aunque no estaba seguro, quizá hasta reumatismo. En cualquier caso, era mejor que no tomar nada. 

Pero Ketron negó con la cabeza. 

—No necesito analgésicos. 

—¿Por qué? Pareces adolorido. 

—Estoy acostumbrado. 

Para Ketron, esto ni siquiera contaba como herida. Había tenido huesos destrozados, caídas de acantilados, innumerables cortes y heridas fatales donde la carne fue arrancada. Incluso había blandido su espada mientras contenía sus entrañas con una mano. 

¿Qué razón tenía para tomar analgésicos por cicatrices que solo eran recuerdos? 

Sin embargo, no esperaba que su indiferencia hiciera que Eddie lo mirara con aún más conmiseración. 

—Cuánto habrá sufrido este pequeño... 

Eddie murmuró en voz baja. Pero gracias a su afinidad con el mana, Ketron tenía el oído más agudo que la mayoría, y lo escuchó como si lo hubieran dicho justo a su lado. 

¿Pequeño? Ketron puso una expresión de incredulidad. Quien decía eso no parecía ser muy diferente en edad. 

Eddie, recomponiendo su expresión, le entregó el frasco entero. Luego lo miró con una mezcla de pena y admiración, y alargó la mano para acariciarle suavemente la cabeza. 

—De todos modos, sería mejor que tomaras la medicina. 

El contacto de esa mano deslizándose por su cabello. Un trato que ni siquiera había recibido de niño hizo que Ketron se quedara completamente rígido. 

La vez anterior, el hombre también le había acariciado la cabeza sin que se diera cuenta, pero en ese momento estaba demasiado distraído para reaccionar. Ahora estaba completamente consciente. Y aun así, no podía rechazar ese contacto. 

Además, ¿por qué esa caricia se sentía como si estuviera acariciando a una mascota? ¿Sería su imaginación? 

—Ya te lo dije. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras. No hay problema, así que relájate. 

Si había que compararlo con algo, sería con un gato. 

—Descansa bien, Ket. 

El rostro de Ketron se crispó de nuevo ante ese apodo que parecía dar por sentada su sospecha. 

* * * 

El hombre había dicho llamarse Eddie. Eddie le dijo que, si quería, podía bajar al primer piso a comer cuando le apeteciera. 

Que él siempre estaría allí. 

Ketron sintió subirle de nuevo a la garganta la pregunta de —¿por qué me tratas tan bien? —pero como probablemente obtendría la misma respuesta de antes, decidió callársela. 

Eddie desapareció después de entregarle la ropa que Gerald había lavado al instante con magia. 

Vestido con la ropa ahora esponjosa y limpia, Ketron se tendió con cuidado en la cama por primera vez en los tres días que llevaba en esa habitación. 

Era una cama común y corriente, como cabía esperar de una posada sin categoría, pero resultó ser mullida y bastante limpia. 

Quizá por estar en la capital. Aunque, después de todas las posadas miserables que Ketron había conocido en sus viajes, esta limpieza debía ser otra peculiaridad del lugar. 

Limpio. Y acogedor. 

Como ese hombre. 

—...

Ketron, que sin darse cuenta había pensado en él, entrecerró los ojos y se sumió en sus reflexiones. 

Aquel hombre decía ser un simple dueño de posada. 

Pero su apariencia y comportamiento distaban mucho de lo común. 

Su plateado cabello brillante y sus misteriosos ojos violetas eran, para cualquiera que los viera, distintivos de un linaje noble. 

No era que el sistema de clases lo hubiera condicionado a pensar así. En el Imperio, el cabello plateado siempre había sido un rasgo raro. 

Y no del tipo opaco y grisáceo que algunos llaman plateado, sino de un rubio plateado que brillaba de verdad. 

Además, su peculiar acento sonaba a pronunciación aristocrática. 

Con todo eso, ¿cómo podía estar escondido en esta posada como un plebeyo? ¿Sería acaso un hijo ilegítimo de alguna casa noble? 

Y luego estaban esos objetos que llevaba. La ‘leche de banano’ era algo que Ketron, que había recorrido todo el continente, nunca había visto. Y esos artículos ‘traídos de Oriente’ que le había mostrado también le resultaban completamente ajenos. 

Ketron se palpó el costado. Notó la medicina viscosa aplicada bajo el apósito. 

No sabía si tendría algún efecto real, o si acaso sería venenosa, pero como ya no le quedaban ganas de vivir, simplemente cerró los ojos. 

Pero el sueño no llegaba. Su corazón no dejaba de murmurar, y su estómago, aunque no había comido en exceso, se sentía pesado y lleno. 

Después de revolverse varias veces, Ketron se incorporó de golpe. 

No es que tuviera algo importante que hacer. Simplemente, su cuerpo, que nunca había descansado, se sentía incómodo quedándose quieto. 

[—¿Adónde vas?]

La ‘simple espada sucia’, que había guardado un enfurruñado silencio, preguntó de inmediato al ver que Ketron se movía. 

—Al primer piso. 

[—¿Para qué?]

Aunque fue él quien preguntó, Albatros pareció encontrar la respuesta solo y se burló: 

[—¿Te ablandaron por ser tan bueno contigo?]

Aunque vago, Ketron entendió perfectamente. El sujeto de ese ‘ser tan bueno’ debía de ser el dueño de la posada. Ketron miró fijamente a la espada. 

Ablandaron. 

Qué ridículo. Hasta la espada lo sabía. 

Que por supuesto que no era así. 

¿Cómo iba a recuperarse en unos días del impacto de haber sido borrado del mundo? 

Seguía creyendo que no había problema en morir. Porque no había nada que lamentar perder. Ni siquiera su propia vida. 

Porque no le quedaba ningún apego en este mundo. 

Pero en realidad, sí, en realidad, un poco. 

Solo un poco, estaba mejor. Tal vez el hombre lo hubiera planeado o no, pero sus absurdas acciones lo habían ayudado. Ya fuera su ánimo, su motivación o lo que fuera. 

Pero que fuera la espada quien se lo señalara... 

Ketron esbozó una leve sonrisa. Por supuesto, distaba mucho de ser amable. 

—¿Y tú qué? 

[—¿El qué?] 

—Sabía que juzgabas mucho la apariencia de la gente, pero esto... 

Albatros captó de inmediato a qué se refería Ketron. Le estaba reprochando haberse detenido instintivamente para evitar que el dueño de la posada se lastimara. 

Albatros dio un respingo. 

[—¡Solo lo hice para que no te metieras en líos si ese humano resultaba herido por mi culpa!]

—¿Líos? 

Le pareció absurdo. Exagerando un poco, al menos una quinta parte de las crisis que Ketron había enfrentado se debían a que Albatros no podía controlar su temperamento. 

Esa espada de carácter detestable no tenía piedad con quienes le caían mal, y minutos antes, de haber sido cualquier otra persona, le habría infligido heridas graves sin importarle si quedaba aplastada bajo su peso. 

Pero no lo hizo. 

Era un hecho que nadie en el mundo conocía, ni siquiera estaba registrado en los libros. La espada sagrada Albatros era terriblemente tonta para ciertas cosas. 

Sin embargo, Albatros parecía genuinamente ofendida. 

[—¿Crees que me detuve porque me pareció lindo?]

—Entonces, ¿por qué lo hiciste? 

—...

Albatros guardó silencio un momento. Contrario a su naturaleza, vaciló antes de responder con calma: 

[—Tenía... ojos que sabían mirar]. 

—¿...? 

Ketron, que en ese momento se estaba bañando, no entendió nada. 

Albatros resopló y se calló. Aunque había iniciado la conversación, ahora actuaba como si no quisiera seguir hablando. 

No era la primera vez que la espada se comportaba así de temperamental. Ketron la ignoró y salió de la habitación. 

Al bajar las escaleras, se detuvo a mitad del tramo y echó un vistazo al primer piso. Aunque era de día, el interior estaba vacío. 

«...¿No debería preocuparle que el negocio vaya tan mal? Con tantos turistas, la capital debe estar llena de lugares para comer».

Era tal el estado del local que hasta a él le surgió esa preocupación. 

Aun así, el espacio era amplio y limpio. Que pudieran mantener una posada tan grande en la Plaza Central, donde los terrenos eran los más caros del Imperio, indicaba que el negocio iba bien... o que no era asunto suyo preocuparse por eso. 

Mientras Ketron reconsideraba su ‘teoría de Eddie noble’, este salió momentáneamente de la cocina y sus miradas se encontraron. —...

—... 

Los dos guardaron silencio un instante. 

Aunque era inútil esconderse, Ketron retrocedió sin querer un escalón. 

Sabía lo absurdo que era. Que esto no borraría su encuentro visual, que el hombre no fingiría no haberlo visto. 

Como era de esperar, Eddie no parecía dispuesto a ignorarlo. Con una sonrisa, le habló al ver su expresión consternada. 

—Ket, justo a tiempo. 

«Maldito apodo». 

Antes de que Ketron pudiera quejarse, Eddie continuó: 

—Estoy creando un nuevo menú, pero me faltan manos. ¿Podrías ayudarme? 

—...

—Después, cenamos juntos. ¿Qué dices? 

Ketron lo pensó. 

No era que dudara en aceptar la oferta de ayuda. 

Se preguntaba si debía permitir que el hombre siguiera usando ese apodo que había empezado a decir con naturalidad. 

«Ket». 

Aparte de lo poco varonil que sonaba, no le quedaba nada bien. Un apodo tan dulce y adorable, que evocaba a un tierno gatito, era vergonzoso para alguien como él. 

Pero pronto cambió de opinión. 

¿Qué importaba cómo lo llamaran? Además, si prohibía ‘Ket’, seguramente usaría ‘pequeño’ o ‘cariño’, lo cual detestaba igual. 

De cualquier modo, no se quedaría mucho tiempo. El apodo no era gran cosa. 

Aún sin darse cuenta de lo equivocado que estaba, Ketron asintió, tomando las palabras de Eddie como una invitación a pagar su estancia con trabajo.

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