Ketron Chapter 17

 Capítulo 17

La Santa Laila.

Ella era la clériga más respetada en este mundo, disfrutando del apoyo absoluto y la popularidad entre la gente. 

Ketron había intentado evitar encontrarse con conexiones pasadas que no lo recordaban, pero desafortunadamente, la ubicación del hospital no estaba tan lejos de donde ellos estaban. 

Además, ambos eran más altos que el promedio en este mundo, por lo que incluso entre la multitud que se agolpaba para verla, su figura se distinguía con claridad. 

A no mucha distancia, se veía a una mujer vestida con una túnica sacerdotal blanca como la nieve. 

La Santa Laila. Era una belleza elegante de aura serena. 

Su apariencia llamativa incluso a la distancia, sumada al simbolismo de su título, le confería una belleza que irradiaba santidad. Incluso parecía estar rodeada de un aura particular, como si una luz divina la iluminara por detrás. 

La heroína que, en circunstancias normales, habría sido la pareja natural de Ketron. 

Bueno, aunque no hubiera existido una línea romántica explícita. 


[—Cuando regreses, hay un regalo que quiero recibir de ti].


Laila le había dicho esto a Ketron antes de su partida. Hasta entonces, aunque había mostrado interés por él y muchos la consideraban una candidata a heroína, Ketron nunca la había visto como mujer, reduciéndose todo a los deseos de los lectores. 

Sin embargo, esa breve frase consolidó a Laila como una fuerte contendiente para heroína en «El héroe no oculta su poder». 

«‘Pídemelo en matrimonio cuando vuelvas’». 

El único que no entendió el significado fue el propio Ketron. No había habido un romance tangible entre ellos, y Ketron siempre había visto a las mujeres como piedras hasta entonces. 

Aun así, varios episodios confirmaron que Laila era una firme candidata, haciendo que muchos lectores esperaran ver cómo evolucionaría su relación en el final. 

Los lectores se dividieron entre ‘Team Laila’ y ‘Team Boram’. Tanto fue así que su importancia como personaje alcanzó el nivel de Boram, quien hasta entonces había sido la única y principal candidata a heroína. 

Claro, Boram tampoco había tenido una conexión romántica con Ketron. Simplemente, como compañera descrita como una belleza, muchos asumieron que terminaría con el protagonista. 

Pero nadie esperaba ‘ese’ final. 

—Haah. 

Eddie dejó escapar un suspiro sin darse cuenta. 

Boram, la maga de cabello negro corto y belleza fría, y Laila, la santa de dorado cabello que brillaba como oro fundido, eran las dos grandes heroínas de «El héroe no oculta su poder». 

Bueno, para resumir, el final terminó tan mal que Ketron no acabó con ninguna. De hecho, Boram traicionó a Ketron siguiendo a Arthur, enredando irremediablemente la línea amorosa del protagonista. 

Afortunada o desafortunadamente, nunca hubo indicios de que Ketron sintiera atracción romántica por ninguna de las dos. 

Pero lo cierto era que su conexión con Laila también era una de las muchas cosas que Ketron había perdido. 

Sin querer, Eddie observó la reacción de Ketron. Aun cargando todas las bolsas con vegetales y carne que Eddie había comprado, su expresión permaneció impasible al ver a Laila a lo lejos. 

Pero, ¿realmente no le afectaba? 

Ella también era un capítulo perdido de su pasado. 

Inconscientemente, Eddie tiró de la manga de Ketron. La mirada de Ketron, que había estado fija en la santa, se volvió hacia Eddie. 

Al encontrarse con esos ojos serenos, Eddie sonrió como si no supiera nada. 

—Ket, creo que ya compramos todo lo necesario. ¿Volvemos? 

Eddie había conseguido lo que quería. Guarniciones preparadas, vegetales para ensaladas y hasta algunas frutas desconocidas. Era más que suficiente para los platillos secundarios. 

Ketron lo miró un momento antes de asentir con lentitud y darse la vuelta sin vacilar. 

Aliviado, Eddie habló con tono animado: 

—La próxima vez compremos un carrito. 

Ketron asintió, sin razones para oponerse. 

Aunque no parecía darse cuenta de que ese gesto sellaba su compromiso para una próxima vez junto a Edie. 

* * * 

—…? 

Fue pura coincidencia que Laila, mientras bendecía a los pacientes en el hospital, divisara a los dos hombres. 

Uno alto, de presencia imponente, y otro llamativo por su plateado cabello brillante. 

Solo vio sus espaldas, pero algo hizo que su mirada se detuviera en ellos. Sin saber por qué, Laila se quedó inmóvil un instante.

Entre ellos, lo que más llamó la atención de Laila fue el hombre alto de cabello negro.

Su espalda le resultaba extrañamente familiar. Sentía una punzada inexplicable, como si hubiera contemplado esa figura en algún momento lejano. 

«...No conozco a nadie con esa apariencia, ¿por qué será?» 

Mientras un impulso inexplicable de seguir esa silueta hacía surgir innumerables interrogantes en su mente, alguien se acercó a Laila. 

—Santa. 

Al escuchar la voz que la llamaba, Laila giró la cabeza. Aunque respondió por reflejo, su sonrisa se desvaneció al instante al reconocer a su interlocutor. 

Un hombre impecablemente vestido se encontraba ante ella. Aunque aparentaba mucha juventud, era el mayordomo de una casa condal. 

Que un mayordomo de tal rango fuera tan joven solo podía deberse a dos razones: 

O bien provenía de una familia de mayordomos hereditaria donde, debido a enfermedades o muertes prematuras, un antiguo sirviente o su hijo hubieran asumido el cargo prematuramente. 

O bien la familia noble que servía tenía una historia tan breve que su linaje de servidumbre igualmente era reciente. 

Este era el segundo caso. 

Era el mayordomo del héroe Arthur Fontaine, recién nombrado primer conde de Fontaine. 

«Arthur. Arthur Fontaine».

Su prometido. 

Sin embargo, el rostro de Laila se heló al reconocer al joven mayordomo. 

—¿Qué hace buscándome aquí? Le dejé claro que iría a visitarlos personalmente. 

—Ya han pasado casi siete días desde que lo prometió. El conde se siente desairado. 

La sonrisa del mayordomo resultaba insoportable. Aprovechaba las miradas curiosas de los presentes. Sin duda había elegido este momento y lugar deliberadamente. 

Para que ella no pudiera negarse. 

El mayordomo frunció el ceño con falsa condolencia. 

—Ni siquiera apareció durante el desfile, ni asistió a la ceremonia de investidura del conde. Como prometido, es natural que se sienta descuidado. 

«Prometido».

La Santa Laila y el héroe Arthur, ahora conde Fontaine, estaban comprometidos. 

Antes de partir a derrotar al Rey Demonio, ella le había insinuado con palabras veladas pero imposibles de malinterpretar que esperaba su propuesta de matrimonio al regresar. 

Y él había cumplido. 

Derrotó al Rey Demonio, regresó, y de inmediato le propuso matrimonio. 

Pero, por extraño que fuera, Laila no sintió ni pizca de alegría. 

Era la propuesta que había deseado, el regreso que tanto anheló. Sin embargo, al ver el rostro de Arthur, solo un pensamiento la asaltó con fuerza: «Esto no está bien». 

Ese sentimiento persistía aún ahora. 

No era que su amor se hubiera enfriado o desaparecido. Esa emoción seguía viva dentro de ella. 

Pero era como si hubiera perdido su rumbo, vagando sin destino, sin fluir completamente hacia Arthur. 

Ni ella misma entendía por qué. Jamás había orado a los dioses por asuntos personales, pero esta vez hasta había incurrido en la vergüenza de pedirle respuestas a la deidad. 

¿Y qué le había dicho el Dios Supremo, quien siempre la escuchaba? 


[—Hija, tu corazón hacia el héroe sigue siendo el mismo].


Eso había dicho. Las dudas se disiparon, pero la incomodidad persistió, haciendo que pospusiera una y otra vez su visita prometida a Arthur. 

Y ahora él enviaba a su mayordomo para presionarla. 

Laila suspiró hondo. 

—Entendido. Iré a visitarlo una vez que termine la labor benéfica. 

—Tendré el carruaje esperando. 

Como precaución ante cualquier intento de evasión, incluso dejó el carruaje familiar allí. ¿No equivalía esto a un secuestro, después de tantas postergaciones? 

La irritación le hizo morderse los labios repetidamente, pero al pensar en los pacientes y feligreses que la esperaban, forzó una sonrisa. 

—Muy bien. 

—Si esta vez tampoco se presenta…

—Basta. 

La voz apremiante hizo que su expresión se endureciera. El mayordomo, como si ese fuera su límite, retrocedió con una sonrisa afable.

En el rostro de Laila, que se había dado la vuelta, se dibujó un gesto de cansancio.

Ya echaba de menos el pacífico y acogedor templo.

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