Ketron Chapter 23

 Capítulo 23

—…

Eddie observó al hombre que seguía con la cabeza hundida en su hombro. Luego, miró las orejas de Ketron, aún frías por haber estado tanto tiempo afuera, y extendió la mano para tocarlas con suavidad. 

El cuerpo de Ketron, que se mantenía quieto contra su hombro, se estremeció de golpe. 

—Tienes las orejas heladas. 

Las puntas estaban frías, quizá por el tiempo pasado al exterior. Eddie las tomó entre sus manos y las frotó con movimientos pequeños y cálidos. Entonces, Ketron alzó la cabeza. 

Aunque ya no lloraba, su rostro estaba más inexpresivo que de costumbre. Eddie lo miró fijamente y repitió la pregunta que ya había hecho incontables veces. 

—Ket, ¿estás bien? 

Ketron, sin responder, apoyó la mejilla en el hombro de Eddie. Como las lágrimas se habían detenido, tal vez su ánimo había mejorado un poco. 

Eddie lo observó un momento antes de preguntar: 

—¿Por qué peleaste de repente? 

—…

—No, no me digas. 

La razón de la pelea no importaba. Lo importante era que Ketron había vuelto a lastimarse en su ausencia. 

La ira le hirvió de nuevo en el pecho, pero Eddie la reprimió con fuerza. Ahora no era momento para enfados ni berrinches. 

—…

Eddie contempló en silencio el rostro que tenía frente a sí. 

Las pestañas, húmedas aún, brillaban cerca. Las orejas, rojas en las puntas. Las mejillas, sonrosadas… 

De pronto, Eddie se dio cuenta de lo cerca que estaban. Demasiado cerca. Tanto que podía contar las gotitas atrapadas en esas pestañas. El aliento de Ketron le llegaba directamente, cálido y tangible. Azorado, Eddie se apartó con un movimiento brusco. 

Por suerte, esta vez Ketron lo soltó sin resistencia. 

—Yo… te traje algo, Ket. 

Intentando cambiar de tema con naturalidad, Eddie tomó el plato que había dejado en la mesilla. 

Afortunadamente, la comida seguía caliente. Era un bollo redondo de tono violáceo. Un hoppang de batata. De todos los hoppang, ese era el favorito de Eddie. Y, como a Ketron le gustaban los dulces, era imposible que lo rechazara. 

N/T hoppang: Pan al vapor coreano, generalmente relleno de ingredientes dulces o salados.

En otra ocasión, Eddie habría armado un escándalo. «¿Sabes qué es esto? ¡Mira qué dulce! A nuestro Ket, que adora lo dulce, le va a encantar…». Pero hoy, por alguna razón, las palabras no le salían. En su lugar, se limitó a mirar a Ketron con el plato en mano. 

Ketron, sentado tranquilamente en la cama, lo observaba a su vez. Fue entonces cuando Eddie notó que no había donde sentarse. 

«Habrá que traer una mesa y sillas a esta habitación».

Con esa idea en mente, Eddie ignoró adrede el lugar donde había estado sentado antes y partió el hoppang humeante por la mitad. 

—Ah, quería guardarlo para el invierno… 

Pero terminó sacándolo en un clima ambiguo que aún no podía llamarse invierno.

Hoppang de judías, de verduras, de leche, de pizza… y de batata. La variedad era asombrosa. 

Lo único que Eddie había aprendido al comprarlo era que su tienda de conveniencia añadía menús estacionales por su cuenta. 

«¿Entonces en verano tendrá fideos fríos?»

Sonriendo para sí, le tendió la mitad a Ketron, que la aceptó por reflejo. Después, dudando sobre dónde acomodarse, Eddie se agachó frente a él. 

El aroma dulce y tostado que llenaba la habitación no era desagradable. 

—¿Te sientes un poco mejor? 

Ketron asintió. Al menos parecía capaz de responder. 

Al darse cuenta de que no había retrocedido al mutismo absoluto del primer día, Eddie dejó escapar un suspiro de alivio y sonrió. 

—Come eso y descansa un poco. 

Asintió de nuevo. 

—Incluso puedes dormir, si quieres. 

Mientras decía esto, Eddie mordió su mitad del hoppang. El dulzor familiar que invadió su boca lo transportó a una momentánea felicidad. 

Pero había un problema. Los alimentos con batata solían atragantarse en la garganta al comerlos. Después de observar brevemente a Ketron y notar que, aunque aún taciturno, empezaba a calmarse, Eddie decidió ir a buscar algo de beber. 

—Mmm, te traeré leche. Espera un momento. 

Al intentar levantarse desde su posición agachada, apoyándose en el muslo de Ketron, Eddie retiró la mano de golpe, sorprendido sin querer. 

Acababa de recordar aquella presencia sólida que había sentido bajo sus nalgas antes. Por poco la toca directamente con la mano. 

…Definitivamente, con ese tamaño, no era un pequeño. 

Finalmente, Eddie comprendió en parte lo que Ketron siempre afirmaba. Se levantó apoyándose en sus propias rodillas y salió de la habitación. 

—Fuuu. 

Su corazón latía rápido, como si acabara de correr cien metros. 

Claro que no era por aquella parte íntima de Ketron, sino por lo absurdo de los sucesos que habían ocurrido en su breve ausencia. 

Al salir, Eddie se detuvo un momento, intentando calmar los frenéticos latidos de su corazón. 

Aunque el estado de Ketron lo tenía demasiado distraído como para pensar con claridad, no podía creer que, justo en ese momento, hubiera aparecido Agustín. 

En la historia original, Agustín era prácticamente el único amigo de Ketron, y mantenía una relación estrecha con Arthur y su grupo de traidores. 

¿Quién habría imaginado que Agustín vendría aquí? …¿Acaso sabe lo de Arthur y Boram? 

No, era poco probable que Agustín se dejara manipular por ellos. Así que Ketron aún no habría sido descubierto. 

Aunque solía mostrarse risueño, jovial y a veces incluso superficial, Agustín era un personaje bastante astuto. 

Un hombre cuyo rostro sonriente ocultaba pensamientos inescrutables. Esa era su esencia. 

Si Agustín empezaba a interesarse por este lugar, quizá Arthur y Boram también lo notarían. En la mente de Eddie surgió una imagen caótica. Los tres apareciendo juntos en la posada. 

Temblando levemente, Eddie negó la cabeza, como si no pudiera perdonarse a sí mismo por imaginar algo tan terrible. 

—Haa. 

Aunque le preocupaba, ese curso de eventos estaba más allá del control de un simple dueño de posada como él. Además, le costaba creer que los tres aparecieran allí tan fácilmente. 

Claro que la posesión le había dado una tienda de conveniencia increíble, pero ¿no podía haberle otorgado algo más? Aunque solo fuera un título nobiliario, quizá no se sentiría tan vulnerable. 

—…

Eddie se alisó el flequillo en silencio. 

No, en cuanto a apariencia, este ‘Eddie’ era lo suficientemente aristocrático, ¿no? Si un plebeyo tuviera un rostro tan deslumbrante, los nobles que lo permitieran serían aún más ridículos. Este mundo se regía por el poder de las clases. Pero eso no era lo importante ahora. Eddie dejó escapar un suspiro profundo, se dio unas palmadas en los hombros y bajó las escaleras. 

O eso intentó. 

Se encontró de frente con Gerald, que estaba parado a mitad de la escalera. 

Parecía que Gerald lo había estado esperando. Instintivamente, Eddie sonrió. 

—Ah, Gerald. Gracias por traer la toalla tan rápido. Fue un favor de último momento. 

Agradeció con amabilidad, pero Gerald no respondió con su habitual asentimiento distraído. 

—¿…? 

Había algo extraño en su expresión. Mientras Eddie fruncía el ceño, Gerald se acercó. 

Su rostro frío e impasible era el de siempre, pero la atmósfera había cambiado. 

Hasta ese momento, Eddie supuso que Gerald estaba molesto por el alboroto exterior y quería quejarse de Ketron. 

Entonces, Gerald inclinó la cabeza hacia el oído de Eddie y susurró unas palabras que jamás habría esperado escuchar: 

—Ha llegado un mensaje de E. 

La expresión de Eddie se congeló. 

¿E? 

Un nombre desconocido. O más bien, ni siquiera un nombre. Un alias, quizá. Un código. 

Probablemente, mientras Eddie llevaba a Ketron a la posada en medio del caos y trataba de calmarlo, algo había llegado a Gerald.

Todo sucedía a un ritmo frenético. Sin darse cuenta, Eddie tragó saliva con fuerza.

—¿Qué dice?

Se esforzó por no mostrar agitación al preguntar. Ya lo había notado con la nota anterior. Si actuaba con desconfianza ante algo que debía ser natural, podrían sospechar de él.

Pero las palabras que salieron luego de la boca de Gerald fueron tan impactantes que hubiera preferido fingir no entenderlas.

—Intentan derribar el cielo.

—…

El rostro de Eddie se petrificó al comprenderlas al instante.

Como si esas fueran todas las palabras que necesitaba transmitir, Gerald apartó la cabeza que había acercado y asintió.

Luego, giró de inmediato y se dirigió con naturalidad a la cocina. Como si no necesitara observar la reacción de Eddie ante semejante declaración.

Como si ese fuera su único deber.

Pero Eddie permaneció inmóvil, tieso como una roca.

«La leche. Debo llevársela. Ket estará esperando».

El pensamiento cruzó su mente, pero no podía moverse. Lo que acababa de escuchar no era algo que pudiera ignorar.

Intentan derribar el cielo.

Ellos.

¿Quiénes eran ellos?

Pero una cosa sí estaba clara. Lo que significaba ‘cielo’.

Este mundo era un maldito mundo de fantasía con magia y dragones. Y un emperador gobernando el imperio.

Y en el Imperio de Reneva, donde él estaba, al emperador se le llamaba así:

El cielo.

Entonces, esas palabras significaban:

«Ellos están tras el emperador».

—…

Por supuesto, el emperador era supremo, el cielo del imperio. Nadie lo ignoraba. Pero quiénes eran ‘ellos’ en este contexto...

Y, sobre todo, por qué ‘Eddie’ debía recibir este informe en secreto... eso era lo que no lograba entender.

No pudo evitar mostrar su confusión en el rostro.

Agustín, Arthur, Boram, el estado de Ketron... todo era ya de por sí enloquecedor, y ahora se sumaba algo igual de grave e innegable.

Eddie abrió los labios por un momento, aturdido, y luego los cerró. En su rostro, donde la confusión no se disipaba, los pensamientos se amontonaban y desvanecían una y otra vez.

El emperador, E, Agustín, Gerald...


[Ocho, completado]


Y luego, esa carta que había borrado de su mente. La misteriosa carta que aún permanecía escondida en el cajón de su habitación.

En ese momento, había pensado vagamente que quizá este ‘Eddie’ tendría algún atributo especial, pero ahora, después de escuchar algo así, ya no podía tomarlo a la ligera.

—Ha.

¿Qué demonios era este día? No, ni siquiera un día. En apenas medio día, no podía comprender todo lo que estaba sucediendo.

Su estómago se revolvía, y la confusión lo invadía hasta el punto de sentir náuseas. Sin darse cuenta, se llevó las manos a la mandíbula, como si pudiera contener el mareo.

Pero, por supuesto, eso no aliviaría el caos dentro de él.

Sin querer, murmuró para sus adentros:

«Eddie... ¿qué clase de personaje eras?»

Una pregunta vacía, sin nadie que la respondiera.

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