Ketron Chapter 26

 Capítulo 26

La Espada Sagrada, Albatros, había vivido durante un tiempo extraordinariamente largo.

Quizás fuera más apropiado decir que ‘había existido’ en lugar de ‘vivido’, pues esta última expresión sonaba un tanto extraña.

En ese prolongado lapso, había conocido a numerosos dueños. Aunque ‘numerosos’ era relativo, considerando los exigentes estándares de Albatros. En proporción a los siglos transcurridos, no habían sido tantos.

Tras esas eras, Albatros había llegado a ciertas conclusiones sobre los humanos:

Los humanos son débiles.

Se derrumban con facilidad.

Resultaba irónico, pues la mayoría de sus portadores habían sido humanos, pero estos eran individuos excepcionales, lo suficientemente fuertes para merecerle, distintos de los comunes.

El resto de la humanidad confirmaba las nociones de Albatros:

Débiles, quebradizos, y otra vez débiles...

—Si yo fuera el dueño de la Espada Sagrada...

Y además, siniestros.

Albatros no toleraba que alguien que ni siquiera era su dueño osara tocarlo.

—¡Ayayay!

A pesar del dolor que le causaba el intenso escozor cada vez que lo hacía, ese humano llamado Arthur insistía en tocarlo cuando podía. Como si anhelara su reconocimiento.

—Deja ya esa estupidez.

—Lo sé, lo sé.

Un idiota que, incluso ante los regaños de Boram, no cesaba en su empeño.

Patético en extremo. Era una espada con dueño, y Arthur no cumplía ni de lejos los requisitos de Albatros.

Ketron sabía que Arthur codiciaba a Albatros, pero no reaccionaba. Albatros, a su vez, no mostraba abiertamente su incomodidad.

Después de todo, tanto Ketron como Albatros estaban muy por encima de alguien como Arthur.

Albatros despreciaba la debilidad humana. Como espíritu habitante de un arma, era lógico.

Por supuesto, su nuevo dueño distaba mucho de esa fragilidad humana. A veces incluso llegaba a ser excesivamente cruel para la propia Espada Sagrada, lo cual, a decir verdad, le resultaba satisfactorio.

Precisamente por eso, Albatros no podía aceptar esta realidad.

«¿El héroe? ¿Ese imbécil?»

Que un ser tan insignificante hubiera usurpado el lugar de su verdadero dueño, el auténtico héroe, era inadmisible.

Y debido a esa traición, su dueño se consumía.

Por fuerte y excepcional que fuera, su dueño no era más que un muchacho de veinte años.

El impacto de ser olvidado por el mundo entero parecía demasiado para él, y Albatros lo veía desmoronarse.

Se está muriendo. Mi dueño.

Desde que descubrió la traición, su dueño había ido muriendo día tras día.

Física y mentalmente.

Al llegar al Imperio y confirmar con sus propios ojos su traición, su gloria arrebatada, quedó al borde de la muerte.

Si Ketron deseaba destruir el mundo, Albatros estaba dispuesto a seguirlo. Aunque preferiría usar su poder para salvarlo, al fin y al cabo solo era un espíritu en una espada.

Un arma solo debe esperar a ser utilizada como su dueño ordene.

Pero temía que su dueño colapsara antes de blandirlo adecuadamente.

[—Ketron, reacciona].

Albatros continuaba hablándole a Ketron para sostenerlo, pero solo con palabras había un límite.

Afortunadamente, justo antes del colapso, alguien amable rescató a Ketron.

Incluso para los ojos de Albatros, que había visto eras pasar, aquel hombre poseía una belleza excepcional.

Junto a él, Ketron comenzó a recuperarse poco a poco. No solo sus heridas, sino también sus atormentados pensamientos, como podía ver Albatros.

Día a día, su expresión mejoraba.

Se notaba cómo encontraba estabilidad.

[—...Hmph].

Cuando aquel hombre visitaba ocasionalmente la habitación de Ketron y tocaba su cuerpo (el mango), Albatros permitía con indulgencia ese contacto.

Después de todo, había salvado a su dueño y poseía una apariencia inusualmente agradable. Por esta vez, lo toleraría.

Pero conformarse con esta realidad no era lo que Albatros deseaba.

[—¿Acaso piensas convertirte en su gato doméstico, como él dice? ¿Hasta cuándo permanecerás aquí quieto?]

Al notar que Ketron se estabilizaba, Albatros comenzó a impacientarse. Sabía que no era así realmente, pero le inquietaba que su dueño pareciera acomodarse en esta paz.

Cierto, este lugar era cálido. Pacífico. Parecía no haber conflicto alguno.

Pero eso no debía ser excusa para quedarse. Ketron debía moverse. Recuperar la gloria perdida.

[Para Ket]

Al verlo guardar con cuidado en el cajón el papel donde aquel hombre había escrito su nombre, Albatros no pudo contener su furia.

[—¿En serio harás esto? ¿Piensas conformarte así?]

Fue entonces cuando Ketron, que había ignorado sus quejas hasta ahora, respondió por primera vez en mucho tiempo.

—Sé lo que te preocupa.

Su voz era serena. Tan firme que resultaba difícil creer que era el mismo muchacho que la noche anterior, tras encontrarse con Agustín, se había aferrado a aquel hombre derramando lágrimas.

—No lo he olvidado.

Jamás lo había olvidado. Ni el momento de la traición, ni cuando la descubrió, ni siquiera ahora.

—Nunca lo he olvidado.

Solo lo había acumulado en su interior. Capa tras capa, sólidas e impenetrables.

El encuentro con Agustín fue doloroso, pero también fortaleció la torre de ira que había construido.

Su mejor amigo lo había olvidado. Lo trataba como a un desconocido, como si su pasado juntos nunca hubiera existido.

«¿Qué soy ahora?»

Perdió a su amigo, a su gente, a su historia.

Ketron nunca olvidó ni por un instante a quién se debía esto. La furia que ardía en su interior era un excelente combustible. Y estaba dispuesto a consumirlo.

Pero el hombre no puede moverse solo por ira. De ser así, Ketron habría consumido hasta su propio cuerpo en el fuego.

Y al final, se habría derrumbado. De una forma u otra.

Pero ahora estaba seguro de que no caería.

[Para Ket]

Los ojos negros de Ketron brillaron fijándose en el papel donde Eddie había escrito.

—Derribaré a Arthur.

Por fin, la respuesta que Albatros esperaba. Obvia, quizás, pero que tranquilizó a Albatros tras temer que Ketron se conformaría con lo actual .

[—Bien, así debe ser].

Una vez decidido, sería hecho. No sabía cuándo, pero su dueño siempre cumplía lo que se proponía.

No necesitaba presionarlo, pero sospechaba que si no era ahora, no obtendría otra respuesta pronto. Dudó un momento antes de preguntar:

[—¿Cuándo?]

En verdad, podía ser ahora mismo si lo deseaba. Pero si iba a esperar, mejor que fuera en el momento perfecto para asestar el golpe final.

Ketron, al parecer, ya lo había considerado. Respondió sin vacilar:

—Cuando más feliz crea estar.

Cuando, en la cima de su triunfo, esté más confiado. En el instante en que piense que lo robado lo ha hecho completamente feliz.

Ese será el momento de derribar a Arthur.

Sí, hasta entonces...

—Puedo quedarme aquí todo lo que quiera.

El rostro sonriente de aquel hombre apareció en su mente. La voz que decía: 


[—Quédate todo el tiempo que necesites].


A Ketron siempre lo habían tratado bien. Era el Héroe, después de todo. Incluso cuando aún era un muchacho, su cuerpo ya desarrollado atraía miradas lascivas.

Porque era el Héroe.

El salvador del mundo. Alguien destinado a alcanzar gran gloria. Y además, ¿qué decir de su apariencia?

Ketron sabía perfectamente cómo lo veían los demás. Recordaba con claridad el trato que recibía cuando, en sus días de callejuela, llamaba la atención de ciertos individuos.

Los que se alegraban pensando en venderlo caro. Los que intentaban poner manos en un muchacho. Los que, cuando creció, se ruborizaban al verlo.

Sería extraño que un joven apuesto con futuro asegurado no fuera popular.

Pero ese futuro ya no existía. Su rostro perfecto, fue olvidado por todos. Un hombre cuya única habilidad era blandir una espada oculta ya no era el objeto de admiración de nadie.

Sin embargo, Eddie fue el único que le tendió la mano en su momento más bajo.

Una persona amable, aunque Ketron no fuera nadie especial. Alguien que conocía a ‘Ketron’.

Alguien que no lo olvidaría.

[Para Ket]

A través del fino post-it, vislumbró el rostro de quien había escrito esas palabras.

[Para Ket]

«¿Es mío?»

Sin darse cuenta, Ketron murmuró esas palabras para sí y sintió cómo algo en su interior se calmaba.

«Es mío».

Lo repitió en un susurro.

No sabía por qué, pero esas letras lo satisfacían profundamente. Ni siquiera le importaba que no fueran más que simples caracteres pegados a un dulce. Eso carecía de importancia.

Sea lo que sea, es mío.

No llegó a considerar lo extraño de ese pensamiento.

Entrecerrando los ojos para mirar las palabras, Ketron habló en voz baja:

—Así que espera.

Se dirigía a la Espada Sagrada. Los dos hilos que pendían de ella se agitaron, complacidos.

[—Entendido].

Albatros respondió con docilidad antes de callar. En el silencio circundante, los sonidos exteriores de animales e insectos se hicieron más nítidos.

Ketron cerró los ojos en paz.

El objetivo estaba fijado. Cuando su enemigo estuviera en lo más alto, más, más... alto. Para que su caída fuera más dolorosa y humillante. Esperaría un poco más.

Y cuando llegara el momento, lo arrojaría al abismo sin fondo, como él había hecho con Ketron.

Así que podía quedarse aquí un poco más. Podía permitirse disfrutar de esta realidad. Podía fingir ser dócil junto a esa persona.

Después de todo, él se lo había permitido.

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