Ketron Chapter 30
Capítulo 30
—¿Lavando?
Si se trataba de eso, Gerald podría resolverlo de un golpe con magia. Eddie inclinó la cabeza, confundido, pero por alguna razón, Ketron evitó su mirada.
Tras reflexionar un momento, Eddie terminó por comprender por su cuenta.
Después de todo, por muy todopoderoso que fuera Gerald, estaba ocupado, y si era poca ropa, tampoco supondría mucho problema hacerlo uno mismo.
Además, como entre los dos no parecía haber el menor indicio de cercanía, no era del todo incomprensible.
Tras pagar al verdulero, Eddie se volvió y, como algo natural, agarró la manga de Ketron. Ya era algo que ocurría incluso antes de que se diera cuenta.
Aún le daba miedo salir sin Ketron. No es que no hubiera pensado en superarlo, pero como Ketron siempre estaba ahí y nunca había rechazado acompañarlo, sencillamente no había tenido necesidad de salir solo.
Ketron, por su parte, tampoco había rechazado nunca el contacto de Eddie, así que caminar así, extrañamente pegados, les resultaba familiar.
Pero hoy, Ketron miró fijamente la mano de Eddie que sujetaba su manga y, con cuidado, la apartó.
—¿Eh?
Como nunca antes había sido rechazado ni siquiera por ese contacto sutil, la mirada de Eddie, que hasta entonces había vagado con alivio, se agitó de inquietud.
Antes de que su expresión pudiera ensombrecerse por completo ante la sensación de que el alivio que sentía al agarrar la manga de Ketron se desvanecía en un instante, Ketron extendió la mano y la entrelazó con la de Eddie.
—Ah.
La mano blanda de Eddie, que delataba que nunca había realizado trabajos rudos, quedó atrapada en la grande y áspera palma de Ketron. Como si no tuviera intención de soltarla, Ketron apretó con fuerza sus dedos entrelazados con los de Eddie y lo miró en silencio.
—Así no se sentirá inquieto, ¿verdad?
Sus palabras, dichas como si conociera del todo las dificultades y el miedo de Eddie para salir solo, hicieron que sus mejillas se sonrojasen levemente.
—Eh, mmm.
—Vamos, entonces.
Eddie no rechazó la mano que lo atraía con suavidad y se dejó llevar.
Aunque agarrar la manga ya le daba seguridad, la cálida presión de aquella mano grande lo reconfortaba.
Sobre todo, se sentía tan respaldado como si llevara un ejército a sus espaldas.
Y las orejas de aquel hombre sólido, aunque pretendía ser indiferente, estaban visiblemente rojas. Como si él mismo supiera muy bien que había hecho algo bastante vergonzoso.
La expresión atónita y descompuesta de Eddie pronto recuperó su sonrisa habitual, relajándose como si jamás hubiera albergado inquietud.
¿Qué tenía que temer? El gato más fuerte del mundo lo protegía.
Eddie jugueteó con la mano grande que lo sostenía e imaginó acariciar las almohadillas rosadas de un gato. Sin motivo, se sintió dichoso.
Ni Ketron ni Eddie sabían que los comerciantes que los rodeaban los miraban con expresiones aún más felices.
* * *
El rumor de que la posada de Eddie buscaba nuevo personal se había extendido bastante. Por algún método, los folletos que Gerald había creado y repartido llegaron bastante lejos.
Gracias a eso, el día de las entrevistas, los solicitantes que habían oído el rumor acudieron en masa a la posada, y el primer piso bullía de gente.
El salario que ofrecía la posada de Eddie no era nada extraordinario. De hecho, era bastante normal, pero incluía beneficios adicionales… un poco peculiares.
Alojamiento y comida incluidos.
Además, suministro ilimitado de los nuevos platos de la posada de Eddie.
Al ser una posada, ofrecía alojamiento, pero el hecho de que incluyera acceso ilimitado a los nuevos platos de Eddie, que siempre causaban cierto revuelo, era un beneficio singular.
Un salario decente y alojamiento ya eran atractivos, pero el tercer beneficio captó la atención de la gente.
Entre quienes, solo por conseguir una leche de banano, se habían atrevido a pedir cerveza o probar cosas como el pescado frito en la posada de Eddie, casi todos los que buscaban trabajo acudieron. La afluencia de solicitantes fue considerable.
Sebastián era uno de ellos.
—Haah.
Sebastián, visiblemente nervioso, se ajustó la ropa sin necesidad.
Al fin y al cabo, solo era un trabajo en una posada. ¿Por qué tanta gente? Al mirar alrededor, vio muchos hombres que parecían fuertes y chicas de aspecto resuelto.
«Si yo fuera el dueño, también me fijaría primero en ellos», pensó.
Pero Sebastián no se intimidó. Su optimismo infinito y personalidad alegre eran su mayor virtud.
[—Y al mismo tiempo, tu única virtud].
Su madre solía decir eso mientras chasqueaba la lengua, pero en fin.
Fue ella quien, harta de su hijo holgazaneando en casa criando gatos, lo echó a patadas.
Que ya tenía edad para buscar trabajo. Que no tenían negocio familiar ni herencia que dejarle, ¿cómo podía vivir tan despreocupado?
En cualquier caso, esa era la razón por la que Sebastián ahora estaba en esa posada.
Parece que hoy habían dejado libre todo el primer piso con la excusa de las entrevistas. Como la posada ya era conocida por no tener clientes a la hora del almuerzo, probablemente decidieron programarlas justo a esa hora y así vaciar el lugar por completo, y todos los que estaban en la planta baja parecían haber venido a ser entrevistados.
¡Era solo una entrevista para una posada!
Sebastián había ido sin darle importancia, pero al ver que todos iban bien vestidos, no pudo evitar arreglarse la ropa una y otra vez, vestido como siempre con lo que usaba en casa.
—Ah, ¿ya están todos?
Mientras esperaba nervioso, una voz animada resonó. Sebastián, que solo miraba la punta de sus zapatos, alzó la vista y allí estaba el dueño de la Posada de Eddie, del que solo había oído rumores.
Cabello plateado brillante y ojos morados como gemas, efectivamente, la combinación de colores era tan armoniosa que resultaba deslumbrante.
« ...He oído rumores, pero de verdad tiene una cara de locura. ¿Por qué alguien con esa cara está trabajando como dueño de una posada?»
Aunque no estaba tan cerca, su apariencia era tan impactante que Sebastián no pudo evitar pensar con descaro. Mientras, los aspirantes a su lado cuchicheaban:
—Sabía del rumor, pero verlo en persona es otra cosa.
—Debe ser cierto lo de que es hijo bastardo de un noble.
Sebastián coincidió en silencio.
¿Dónde se había visto a un plebeyo así? Esos colores de pelo y ojos eran exclusivos de la nobleza.
Mientras los aspirantes murmuraban, dos empleados de la posada salieron detrás de Eddie y comenzaron a preparar unas mesas.
La gente estiraba el cuello, preguntándose qué pasaba. Sebastián también observó lo que colocaban:
¿Vegetales? ¿Salsas? ¿Especias? ¿Qué era todo eso? Al menos reconoció zanahorias por el color naranja, pero no tenía idea de qué pretendían.
¿Les harían probar y adivinar qué era fresco? Pero entonces, ¿para qué las especias?
Mientras tanto, los dos hombres que preparaban las mesas eran… llamativos.
Ambos de pelo negro, uno con fríos ojos azules y el otro completamente oscuro, de expresión adusta. Aunque sus auras eran distintas, tenían algo en común.
«...Era cierto, ese rumor».
El de que la Posada de Eddie contrataba basándose en el rostro. Que el dueño, siendo guapo, solo contrataba gente atractiva. En ese momento, Sebastián lo confirmó. Era verdad.
«Bueno, ¿eso no aumenta mis posibilidades?»
Sebastián, que solía practicar expresiones melancólicas frente al espejo, hinchó el pecho con orgullo.
En las tres mesas se colocaron ingredientes distintos. Cuando terminaron, Eddie sonrió y explicó:
—Estos son los ingredientes de nuestro nuevo menú. ¿Qué son? Es un secreto. Pueden deducirlo o adivinarlo, pero elijan uno de cada mesa y combínenlos. Contrataremos a quien más se acerque a la respuesta correcta.
Un método de contratación insólito. ¿Acaso eso significaba que ni siquiera habría entrevistas? Entre los murmullos de los aspirantes, Eddie añadió:
—Me gusta creer en el destino.
—Eh… ¿entonces solo importa adivinar? ¿No verán nada más?
Alguien levantó la mano y preguntó. Eddie asintió, sonriente.
—Sí. Quien acierte será el que use estos ingredientes para crear el nuevo menú.
Algunos aspirantes, que habían preparado presentaciones o discursos, suspiraron decepcionados. Pero si el empleador lo decidía así, ¿qué podían hacer?
Al darles libertad para comenzar, los aspirantes se levantaron de sus asientos.
Les gustara o no el método, todos se agruparon alrededor de las mesas con sus platos.
Miraron furtivamente los platos de los demás, intentando copiar. Aunque, como nadie conocía la respuesta, era inútil.
—Mmm…
Sebastián, sin prestar atención a los demás, se quedó mirando fijamente las mesas.
En una mesa había zanahorias, repollo, lechuga, pepino y similares.
En otra mesa, pimienta negra, polvo de chile, canela molida y otros.
Y en una tercera mesa, cebollas, ajo, aceitunas y parecidos.
¿Estos eran los ingredientes? ¿Qué diablos pretendían hacer?
Nadie lograba intuirlo. Aunque las combinaciones eran variadas y algunas ideas vagas cruzaban la mente, ninguna se imponía como la respuesta clara.
Sebastián lo meditó, pero pronto comprendió que no valía la pena preocuparse.
Al final, ninguno de los aspirantes conocía la respuesta correcta. Solo el dueño lo sabía. Es decir, consideraría como ‘destino’ a quien eligiera la combinación que él deseaba.
En pocas palabras, pura suerte.
Entonces, ¿no había posibilidad de ganar? Sebastián, aunque no lo pareciera, solía ser bastante afortunado.
Tras un momento de duda, mientras los demás titubeaban y se espiaban entre sí, Sebastián eligió con decisión una hoja de repollo. Sin razón alguna. Simplemente parecía fresca y sabrosa.
De la siguiente mesa, escogió polvo de chile.
—Ket, ¿has ganado algo de peso?
—...No sabría decirle.
Eddie, indiferente a lo que eligieran los aspirantes, se sentó al lado de Ketron y le pellizcó las mejillas con curiosidad.
Aunque seguramente no usaba lociones, ya fuera por la vitalidad de sus veinte años o por genética, su piel se sentía suave al tacto, sin rastro de daño pese a las aventuras en caminos ásperos.
Además, sus mejillas, antes algo demacradas, ahora tenían mejor color y parecían haber ganado algo de volumen.
Eddie, satisfecho, amasó las mejillas de Ketron como si estuviera jugando con masa, hasta que su mirada se fijó abruptamente en un hombre que elegía los ingredientes sin vacilar.
Repollo, polvo de chile y, por último, ajo.
«Vaya».
Al ver al hombre plantarse con firmeza, sosteniendo todos los ingredientes como si confiara ciegamente en su suerte, a Eddie se le escapó una sonrisa.
«Lo encontré, nuestra máquina de kimchi para la posada».
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