Ketron Chapter 31
Capítulo 31
—¿Acaso esto tiene algún sentido?
El vizconde Tomrain no pudo ocultar su rostro enrojecido mientras alzaba la voz.
En circunstancias normales, no habría querido comportarse así, y menos ante nada menos que el héroe de la humanidad. Por eso había aguantado y complacido sus caprichos, aunque actuara con cierta arrogancia. Pero esto ya era demasiado.
—Ya le dije que no me encuentro bien.
Sin embargo, el héroe Arthur permaneció imperturbable incluso ante la expresión del vizconde Tomrain.
El vizconde ya estaba de mal humor desde antes. A pesar de recibir a una persona mayor que él, Arthur ni siquiera se había levantado del sofá. Pero como se trataba del héroe, había reprimido su incomodidad.
Sin embargo, por más que contuviera su irritación, a medida que avanzaba la conversación, el rostro del vizconde Tomrain se enrojeció aún más que al principio.
—¡La semana pasada dijo que por supuesto que asistiría! ¡Mucha gente se ha inscrito en el torneo y han venido como espectadores precisamente para verlo!
—En ese momento no sabía que mi salud empeoraría de repente. No es que no quiera hacerlo, ¿bien?
La expresión de Arthur, que afirmaba estar enfermo con un rostro perfectamente sano, era descarada.
¿Cómo había llegado a esto?
La próxima semana se celebrará un torneo que ha sido ampliamente promocionado con el gran atractivo de que el ganador podrá enfrentarse en un combate amistoso directamente contra el Héroe. Pero irónicamente, Arthur, quien debería ser la estrella del evento, anunció que no participará, alegando que no se encontraba bien de salud.
Si el héroe, que era el principal atractivo, no aparecía...
El vizconde Tomrain no sabía cómo manejaría las consecuencias. Su vista se nubló de ira.
Lo que más le enfurecía era la actitud descarada de Arthur, incluso si realmente estaba indispuesto.
Por mucho que fuera, ¿ni siquiera una disculpa por todo el lío que estaba causando?
Pero su interlocutor era nada menos que el héroe, cuyo prestigio rozaba el cielo. Incluso había recibido un título nobiliario.
Una vocecilla débil en su mente susurraba que, aunque el héroe actuara —como un caprichoso—, poco podía hacerse.
Finalmente, el vizconde Tomrain, con el rostro enrojecido de furia, no pudo decirle nada fuerte a Arthur y abandonó el lugar. Tenía que actuar rápido para controlar los daños.
Después de que el vizconde se marchara, Arthur, que hasta entonces había mostrado tanta tranquilidad, tensó ligeramente su expresión y se recostó en el sofá.
—Hmm.
Desde el principio no había tenido intención de participar en el torneo.
Pero como le habían insistido tantas veces y no tenía un buen pretexto para negarse, había aceptado con la idea de excusarse luego por una lesión. Sin embargo, las cosas se habían descontrolado más de lo esperado.
Que el número de turistas en el imperio hubiera aumentado solo por ver al famoso héroe...
Arthur era consciente de su verdadera habilidad. Aunque era competente gracias a sus días de aventuras, distaba mucho de merecer el título de ‘héroe que salvó al mundo’.
Ni siquiera se acercaba a los pies de Agustín, y mucho menos a Ketron.
Si pretendía mantener la farsa de ser el héroe, necesitaba una estrategia a largo plazo. Así no duraría mucho.
Si no tenía la habilidad, solo le quedaban otros métodos.
No había montado todo este gran espectáculo solo para conformarse con un título de conde.
Después de todo, tendrá que falsificar de alguna manera la Espada Sagrada que dijo haber perdido.
Había observado con envidia la de Ketron, acariciándola a escondidas, así que conocía su forma mejor que nadie.
Si le pedía a Boram, podría conseguir una réplica convincente...
Mientras reflexionaba, alguien tocó la puerta.
Toc, toc.
«Ni siquiera me dan tiempo para pensar».
Arthur, irritado, se agitó el pelo y dijo:
—Adelante.
Nada más terminar de hablar, entró alguien que Arthur nunca hubiera osado imaginar.
—¡...! Su Excelencia el marqués Rivalt.
—Ah, quédate sentado.
Un hombre de cabello negro entró en la habitación con una sonrisa afable.
Hizo un gesto para que Arthur, que intentaba levantarse, permaneciera sentado, pero era imposible. Arthur se incorporó con el rostro lleno de tensión.
Su visitante no era ningún pez pequeño como el vizconde Tomrain. Era nada menos que el llamado ‘brazo derecho del emperador’, líder de los nobles de la facción imperial y mago de la corte.
Incluso tenía autoridad para sellar documentos con el sello imperial en nombre del emperador en momentos críticos. Por muy héroe que fuera, Arthur Fontaine era solo un súbdito más del imperio, un noble recién ascendido con un simple título de conde. No era nadie para actuar con familiaridad ante él.
—Me han dicho que estás enfermo.
Su rostro, que en esencia transmitía frialdad, siempre mostraba una sonrisa que disimulaba esa impresión. Sus ojos azules, curvados con gracia, escrutaron a Arthur de arriba abajo.
Aunque no lo dijera explícitamente, sus palabras parecían atravesar a Arthur como un «¿De verdad estás enfermo?».
—Ah, s-sí. No es algo que se note exteriormente... Pero creo que el torneo sería un tanto difícil para mí.
—Podría curarte si no fuera grave.
—Eh, no es una herida física.
Hasta a él mismo le sonó a excusa. Aunque había montado un gran engaño para timar al mundo, Arthur aún no estaba acostumbrado a enfrentarse directamente a figuras como esta. En estos casos, siempre eran Ketron o Agustín quienes tomaban la iniciativa.
—Hmm.
Los ojos azules, impenetrables en sus pensamientos, recorrieron a Arthur de arriba abajo antes de que el marqués esbozara una sonrisa. Una mano se posó sobre el hombro de Arthur.
—Hay grandes expectativas puestas en ti.
La mano que le palmoteaba el hombro no ejercía presión alguna, pero Arthur sintió deseos de desplomarse en el acto.
Mientras continuaba con esos palmoteos ambiguos, el marqués Rivalt habló como si acabara de recordar algo.
—Ah, cierto. Sé que tienes muchos asuntos pendientes, pero alguien quiere verte.
Era obvio que sabía que Arthur apenas salía del palacio imperial a pesar de su supuesta «agenda ocupada». El rostro de Arthur se tensó por completo.
—¿Quién...?
Arthur comenzó a hablar pero se detuvo y cerró la boca. ¿Quién si no? Solo había una persona a la que el marqués Rivalt se referiría con honoríficos.
Efectivamente, el marqués añadió con su sonrisa habitual:
—Su Majestad el Emperador Likirius.
El rostro de Arthur palideció al oír que el emperador lo requería.
* * *
—¡Soy Sebastián! ¡Mucho gusto!
Sebastián anunció su llega con voz resonante. En su interior bullían las expectativas propias de un empleado recién contratado.
[—¿Cómo? ¿Cómo conseguiste trabajo?]
La madre de Sebastián no mostró gran alegría ante la noticia.
Más bien, su expresión denotaba escepticismo. ¿Era adecuado enviar a un hijo como él a un lugar de trabajo?
[—¡Ay, mamá! ¿Esa cara es necesaria?]
Sebastián, por supuesto, no ocultó su decepción.
[—No es por el trabajo, muchacho. Espero que no sea un lugar sospechoso.
—¡No es sospechoso! ¡Es la Posada de Eddie, esa que está en la plaza central!
—Ah, esa posada].
Afortunadamente, la madre parecía conocer el establecimiento que últimamente ganaba cierta fama. Inclinó la cabeza con curiosidad.
Aunque parecía satisfecha de que su hijo no trabajara en un lugar turbio, chasqueó la lengua con un dejo de pena.
[—He oído rumores de que solo contratan a hombres absurdamente guapos.
—...
—Ese rumor dejará de existir pronto].
Su tono transmitía genuina lástima.
«¡¿Y qué tiene de malo cómo soy?!»
Sebastián hirvió de indignación, pero su conciencia, enterrada en lo más profundo de su ser, le impidió replicar.
Y así, llegó por fin su primer día de trabajo. Dejando atrás el dolor infligido por su madre, se presentó con paso firme.
—Bienvenido.
Eddie, el dueño de la posada, lucía igual que el día de la entrevista. El hombre de apariencia deslumbrante sonrió y le tendió la mano. Sebastián la estrechó. La palma era sorprendentemente suave.
«Hmm, ¿qué clase de mano es tan sedosa como la seda? Los rumores de que es un joven noble deben ser ciertos. Incluso su pronunciación es aristocrática».
Ignorando los pensamientos de Sebastián, Eddie señaló con una sonrisa al hombre detrás de él.
—Aquí hay otro novato como tú.
Eddie dijo eso mientras agarraba levemente la mano del hombre. A diferencia de las pálidas y delgadas manos de Eddie, estas eran grandes y firmes. Si quisiera, podría haber liberado fácilmente su mano del agarre de Eddie, pero por supuesto, el hombre no lo hizo.
—Es Ketron.
Un hombre de expresión adusta. Aunque no decía nada, la peculiar aura intimidante que irradiaba incluso estando quieto hizo que Sebastián no se atreviera a mirarlo directamente. En su vida había visto a alguien como Eddie, pero tampoco había conocido a nadie como Ketron.
Eddie, sin prestar atención a la reacción de Sebastián, continuó explicando:
—Ket me ayuda con ciertas cosas, pero para el trabajo general puedes aprender de Gerald aquí.
—¡Ah, sí!
Finalmente, la mirada de Sebastián se dirigió al hombre llamado Gerald.
Un hombre de expresión fría. Un apuesto hombre con cabello negro y ojos azules tan fríos que estremecían daba una impresión diferente a ese tal Ketron o como sea que se llamara. Parecía más bien serio y reservado.
«...Entonces, ¿debo aprender el trabajo... bajo él?»
Por que siento q esa mano derecha del emperador puede ser padre de Gerald? Pelo negro, ojos azules serios y mangos 🧐
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