Ketron Chapter 33
Capítulo 33
—¿No decían que hay un torneo la próxima semana?
Eran las palabras de Sebastián, que clavaba una pajita en su leche de banano y sorbía con fuerza, haciendo un ruido de chuik-chuik. El nuevo empleado, dotado de una asombrosa capacidad para congeniar, había encontrado su lugar en la posada de Eddie sin dificultad.
En el puesto de «empleado extremadamente parlanchín».
—Alguien como tú, hermano, podría entrar fácilmente en los primeros puestos, ¿no?
Eddie, que en ese momento metía un Pepero en la boca de Ketron, entendió sin esfuerzo que esas palabras iban dirigidas a él.
Ketron, señalado de repente, mantuvo una expresión impasible como si no fuera con él y siguió masticando el Pepero que Eddie le había dado, crujiéndolo en su boca.
Esa imagen, ¿acaso no se parecía a la de un adorable conejito? Eddie sonrió satisfecho y respondió por Ketron.
—Mmm, no sé.
Un torneo…
Sin importar quiénes fueran los contrincantes… Incluso si apareciera ese ‘Agustín, el bendecido por los dioses’, Ketron ganaría sin duda. Pero lo importante no era la victoria.
Era un acto que, inútilmente, exponía la existencia de Ketron.
Claro que Eddie no se esforzaba especialmente por ocultar a Ketron, y este tampoco parecía consciente de que debía esconderse. Pero, a ojos de Eddie, Ketron aún no estaba en condiciones de salir al mundo de esa manera.
Por eso no supo responder con claridad y solo se quedó con una sonrisa ambigua, cerrando la boca.
—Parece que Eddie no lo ve así, ¿no?
Aunque no respondió de inmediato porque tenía la mente hecha un lío, desde fuera parecía que dudaba en contestar honestamente por temor a herir los sentimientos de Ketron.
Al oír eso, las cejas de Ketron, que seguía comiendo el Pepero con docilidad, se movieron levemente.
Eddie puso cara de susto.
—¡No!
Por supuesto que no pensaba así. Aunque todos sus oponentes fueran copias de ‘Agustín, el bendecido por los dioses’, Ketron era el ‘verdadero héroe’ que había derrotado al Rey Demonio con un cuerpo humano.
—Claro que si Ket participa, con solo presentarse, aseguraría al menos un puesto entre los mejores…
¿Entre los mejores? No, ganaría sin falta.
Aunque lo pensaba, Eddie, que desconocía la verdadera identidad de Ketron, no podía decirlo con tanta seguridad.
Además, Eddie se oponía sinceramente a que Ketron participara en el torneo.
Aunque, si ganaba y se hacía un nombre, surgía una posibilidad de que aquello pasara.
Aquel detalle que en la obra original solo se mencionaba de pasada.
Si llegaba el momento en que el mundo recordara la existencia de Ketron, quizá la gente recuperaría sus recuerdos sobre él.
Pero, ¿era realmente fama lo que significaba ‘que su existencia se reescribiera’? Eddie intuía que no era así.
No perdía nada por probar, pero si fallaban, solo lograrían exponer la ubicación de Ketron ante ‘Arthur’ o ‘Boram’, lo cual le resultaba inquietante.
Si de verdad hubiera querido ocultar a Ketron, no habrían ido al mercado ni salido a pasear. Pero había una gran diferencia entre ‘exponerse deliberadamente’ y ‘no esconderse’.
¿Y si Arthur descubría que Ketron estaba vivo, y que estaba aquí?
Arthur no igualaba a Ketron o Agustín en habilidad con la espada, pero era un personaje cómico, hábil en el juego político.
«Patético pero realista, y a la vez un personaje con crecimiento».
Tenía muchos antis, pero también muchos lectores que lo valoraban positivamente por ese tipo de caracterización.
Aunque, claro, hasta esos elogios se vinieron abajo en el final.
—…
Eddie recordó la obra original después de mucho tiempo.
Ahora que lo pensaba, en el original no había eventos como este torneo de artes marciales.
No, es que ‘no existía’ ninguna trama después de la ‘corrupción de Ketron’.
Entonces, ¿qué era esta realidad?
¿Quién llenaba los huecos de los ‘ajustes’ que el autor no escribió? Si esto se extendía basándose en el ‘mundo original’…
Si este ‘Eddie’ no tenía más ‘ajustes’ que aquella breve línea…
¿De dónde había salido, entonces?
—¿Eddie?
Ketron llamó a Eddie por su nombre cuando este se quedó en silencio, con la mirada perdida. Eddie, sacudido de sus pensamientos, sonrió con una sonrisa ya natural al ver a Ketron observándolo. Este problema no parecía algo para pensar ahora. Tampoco sacaría nada útil de darle vueltas.
«Mejor rechazar la participación en el torneo por ahora». Eddie tomó la decisión y se la comunicó de inmediato a Ketron.
—Ah, aah. Prefiero ir contigo a mirar y pasear por ahí antes que verte competir. ¿Qué tal? ¿Te molesta?
Kkii-gik.
En ese instante, Eddie escuchó un sonido extraño, como si un engranaje mecánico hubiera chirriado al desalinearse.
—…?
«¿Qué fue eso?», pensó mientras miraba alrededor, pero nadie más parecía haberlo notado.
«Qué raro».
Mientras Eddie inclinaba la cabeza confundido, Ketron parpadeó y se sumió brevemente en sus pensamientos. Luego, habló.
—Me da igual.
Esa frase, para quien la oyera, sonaba claramente como si llevara implícito un «si eso es lo que tú quieres». Pero Eddie, sin darse cuenta en absoluto, sonrió con inocencia, convencido de que seguramente había entendido mal lo que acababa de oír.
—Sí, a mí también me parece bien. Hagámoslo, entonces.
«Joder, maldita sea».
Sebastián, al presenciar la escena empalagosamente rosada que tenía ante sí, masculló un insulto para sus adentros. Los implicados, sin embargo, parecían ajenos al problema, absortos el uno en el otro.
Para Sebastián, trabajar en la posada de Eddie, que por lo demás era un lugar agradable, tenía exactamente tres dificultades:
Eddie, Ketron y Gerald.
Vamos, que esos tipos eran el problema.
—Señor Eddie, la comida está lista.
Y justo cuando Sebastián pensó en Gerald, este apareció desde la cocina como si lo hubieran invocado.
—Ah, gracias. ¡Comamos aquí!
Gerald trajo el almuerzo preparado a la mesa donde los tres estaban sentados.
Era un lujo posible porque el comedor de la planta baja, típico de una posada que ni muerta conseguía clientes, estaba completamente vacío.
Sebastián miró fijamente los platos servidos con expresión inexpresiva.
«…¿Qué diablos es esa cosa negra y triangular?»
Un alimento completamente desconocido ocupaba su lugar en la mesa.
* * *
Si hubiera que elegir el alimento representativo de las tiendas de conveniencia, sin duda sería el ‘samgak kimbap’.
N/T samgak kimbap: Triángulo de arroz con relleno envuelto en una alga.
Envueltos en algas ligeramente saladas, cada uno con un relleno que ofrecía un sabor distinto. El favorito de Eddie era el de ‘atún con mayonesa’.
Por más variedades nuevas que surgieran, el ‘atún con mayonesa’ había sido el indiscutible número uno desde su lanzamiento. Incluso en la tienda de Lee Jeong-hoon, se pedían tres diarios sin falta. Un producto estrella que casi nunca se desperdiciaba.
Preocupado de que no reconocieran el contenido, Eddie le había pedido a Gerald que calentara los samgak kimbap sin abrirlos. Tomó uno de atún con mayonesa y lo colocó frente a sí.
Era para ayudarlos a desenvolverlo. Algo complicado para los primerizos.
Eddie agarró la esquina del samgak kimbap y deslizó el dedo para abrir el empaque con naturalidad. Tiró suavemente de ambos extremos después de romper el centro y…
—Ta-dá.
Quedó expuesto el kimbap triangular, intacto, con las algas aún crujientes. Eddie lo pasó al plato de Ketron, aún caliente.
Ketron miró con recelo la apariencia sospechosa del alimento, pero como era Edie quien se lo daba, no tardó en llevárselo a la boca.
—…!
Contra todo pronóstico, el samgak kimbap no era tan denso. Las algas tostadas se deshacían al instante, liberando su sabor umami y salado, mientras el arroz y el atún mezclado con mayonesa creaban una armonía perfecta.
Ketron devoró el kimbap en tres bocados.
Eddie, sonriendo, abrió otro.
«Hice bien en calentar tantos».
—¿Qué es esto? ¿Qué dice aquí?
Sebastián parecía no estar muy convencido con la apariencia exterior del samgak kimbap.
Claro, para alguien que no conocía las algas, su forma triangular y negruzca, compacta, quizá no resultaba muy apetitosa.
Pero como Ketron lo había devorado con tanto gusto, Sebastián forcejeó con el empaque, intentando abrirlo. Aunque trató de imitar exactamente lo que había hecho Eddie, por alguna razón, el kimbap seguía desmoronándose.
Gerald, con una expresión de extrema seriedad, seguía el ejemplo de Eddie, desprendiendo el envoltorio con cuidado. Rompía la línea central con precisión y luego deslizaba los dedos por los lados con lentitud.
Sebastián, que había estado robando miradas furtivas a las manos de Gerald, sintió de pronto que el valor le brotaba en el pecho.
«¿Qué tal? Quizá sea más fácil de lo que pensaba».
Justo cuando pensaba eso, Gerald, como si se hubiera equivocado al final, terminó quitando hasta el alga del samgak kimbap. Había fallado.
—…
Se le vio arquear ligeramente las cejas.
—Pff.
Sebastián, que había estado observando a Gerald con expresión atónita, no pudo evitar soltar una risita burlona al presenciarlo.
Los ojos de Gerald se volvieron completamente triangulares. Sebastián, presao del pánico, se tapó la boca para sofocar la risa imprudente, pero ya no había vuelta atrás. El agua se había derramado.
—Parece que usted sí sabe, Sebastián.
—¿Eh? N-no, es que…
—Muéstremelo, entonces. Si se ríe así, debe de hacerlo muy bien.
«Mierda. Me metí en problemas».
Intentó tantear la situación con disimulo, pero Gerald parecía decidido a observar si realmente lo hacía bien.
Al final, bajo la atenta mirada de Gerald, Sebastián comenzó a desenvolver el samgak kimbap. Abrir la parte central fue fácil, pero, como era de esperar, el problema surgió al tirar de los extremos.
Despacio. Despacio.
Concentrándose al máximo, Sebastián logró abrirlo sin dañar el alga.
—¡Jaja, es fácil!
—…
—Ah, no, digo… quizá tuve suerte.
Sebastián buscó demasiado tarde la reacción de Gerald, pero este, por alguna razón, tenía el rostro congestionado de ira. Tomó otro kimbap y comenzó a desenvolverlo con una meticulosidad exagerada.
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