Ketron Chapter 34
Capítulo 34
Sebastián, tras observar con cautela la reacción de Gerald, miró el samgak kimbap que había logrado desenvolver.
Parecía delicioso, humeante.
¿Sería porque lo había abierto correctamente, sin romper el alga? Sebastián, que no había podido ver bien el color original del arroz, que debería ser blanco, se lo llevó a la boca y lo masticó con un sonido crujiente.
Los primeros bocados pasaron desapercibidos gracias al sabor salado y tostado del alga. Pero cuanto más masticaba, más notaba un dolor creciente en la boca.
Y entonces.
—¡Wow!
Escupió fuego.
Con el rostro enrojecido y bebiendo a grandes tragos de una botella de agua, era la viva imagen de alguien que acababa de probar unos fideos de pollo al fuego.
—Ah.
«El sabor de pollo picante estaba escondido ahí».
Eddie recordó demasiado tarde que también existía la variedad ‘pollo picante’ de los ‘samgak kimbap’.
—Vaya.
Eddie chasqueó la lengua y, con disimulo, apartó los kimbap con sabor a pollo picante que estaban cerca de Ketron.
Hasta ahora, Eddie no había dejado que Ketron probara los fideos de pollo al fuego. «¿Y si le hace daño al estómago?» Era un sabor demasiado intenso para él.
—…
Ketron observó en silencio cómo Eddie retiraba los kimbap de color rojo oscuro a su alrededor, aunque hizo un leve gesto de descontento.
Su mirada se dirigió hacia otros samgak kimbap cercanos, y escogió uno. Era de atún con mayonesa. Y tamaño grande.
«Nuestro chico tiene buen gusto», pensó Eddie, sonriendo satisfecho para sus adentros.
Abrir la línea central salió bien, pero, como era de esperar, hubo un error al tirar de los lados y el alga se desprendió. El error más común entre principiantes.
Ketron miró fijamente el kimbap medio pelado, luego lanzó una mirada fugaz a Eddie.
—¿Qué?
Cuando Eddie preguntó, Ketron, tras un breve silencio, le extendió el samgak kimbap que había abierto.
Eddie parpadeó, confundido, pero no tardó en entender el gesto y sonrió.
—¿Para mí?
Ketron asintió.
La mirada de Eddie se llenó de emoción, como la de un padre que ve a su hijo dar sus primeros pasos.
—Gracias.
El samgak kimbap que Ketron había abierto personalmente, bueno, aunque había perdido gran parte del alga, estaba delicioso.
«El atún con mayonesa es la verdad absoluta».
Mientras tanto, Sebastián, con las mejillas hinchadas de agua, los observaba con expresión de hastío, pero eso era lo de menos.
* * *
—Haaa.
Después de compartir unos bollos de batata como postre, llegaron los clientes de la cena. Cuando terminó el ajetreo del día y se dio cuenta, ya era de noche.
Forzando su cuerpo agotado a moverse, logró bañarse y, cuando llegó la hora de dormir, Eddie se dejó vencer por el cansancio y se desplomó en la cama.
«Los bollos de batata son lo mejor para el invierno. Incluso podríamos fundar una religión en su nombre».
Eddie sonrió al recordar a Ketron disfrutando de los bollos. Pero poco a poco, su sonrisa se desvaneció.
Bollos de batata.
«Ah, sí… A mi hermano también le encantaban».
Por supuesto, no se refería a una familia hipotética de Eddie, sino al hermano de Lee Jeong-hoon.
[—Dios, bollos de batata. Gracias por permitirme nacer en la misma época que ellos].
[—En serio. Gracias].
Los compartía con su hermano, calentándolos en el microondas al amanecer.
—…
Eddie intentó visualizar el rostro de su hermano a través de sus recuerdos borrosos. Pero, aunque no hacía tanto que lo había visto, cada vez le costaba más recordarlo con claridad.
«Los rostros de mi familia se desvanecen. Aquí no hay fotos suyas… Solo me quedan mis recuerdos».
«…Qué pena».
Con ese pensamiento, Eddie se sumió en el sueño.
Su conciencia, al caer dormido, flotó en la oscuridad hasta encontrar un lugar iluminado y ser arrastrado hacia él.
«¿Eh?»
Eddie se dio cuenta de que estaba soñando.
Era obvio, porque ese lugar ya no era uno donde él pudiera estar.
Era un hospital de Corea. Un tanatorio, para ser exactos.
El alma de Eddie vagó por el lugar hasta detenerse en un punto.
[Sala 3. Fallecido: Lee Jeong-hoon]
Sin darse cuenta, el alma de Eddie entró en la sala 3. Por la ventana negra y el reloj de pared marcando las 2, debía ser la madrugada.
No sabía en qué momento exacto, pero, siendo tan tarde, no quedaban muchos dolientes. Había mesas con restos de sopa para la resaca y sikhye, pero en general estaba ordenado.
N/T sikhye: Bebida de arroz dulce tradicional de Corea, similar a un ponche que se sirve comúnmente como postre.
Frente a la foto de Lee Jeong-hoon sonriendo, un hombre de traje negro estaba sentado, contemplando la imagen en silencio.
Lee Jung-han. El hermano mayor de Jeong-hoon.
—Jung-han.
La novia de Jung-han, que había salido un momento, volvió y, al notar el silencio que ahora reinaba, se acercó lentamente a él.
El rostro de Jung-han, que llevaba días sin dormir, estaba pálido. Las venas de sus ojos se veían rojas. Le habían dicho mil veces que descansara, pero nadie podía reprocharle que no lo hiciera.
Ella habría hecho lo mismo.
—Mm, ¿volviste?
Una voz tranquila la recibió. Pero su mirada no se dirigió a ella. Seguía fija en la foto de su hermano sonriendo.
No había imaginado que esto pasaría, así que había elegido una de las pocas fotos que quedaban.
Como su hermano siempre sonreía, pensó que una foto alegre sería mejor que una foto de identificación seria. Pero ahora parecía un error. No se sentía como una foto póstuma. Parecía un simple retrato bien tomado.
El maldito de la foto podría saltar de repente en cualquier momento y decir: —¡Hermano! ¿Te asusté? ¡Era una broma! Pero ese milagro no ocurriría.
—¿Y tus padres?
—Mamá se desmayó otra vez. Papá la llevó a la otra sala.
Su tono plano solo relataba los hechos. Su madre se había desmayado incontables veces desde que recibió la noticia de la muerte repentina de su hijo menor.
—¿Otra vez vas a hacer kimchi, mamá? ¿No lo hiciste ya una vez cuando fuiste al pueblo?
—Sí, pero esta vez no pude hacer el geotjeori que le gusta a Jeong-hoon. ¿Cómo no voy a hacerlo si es su favorito?
N/T geotjeori: Tipo de kimchi que se puede comer inmediatamente después de prepararlo, sin tener que esperar varios días para que fermente.
—Ay, por favor, si ese chico hasta se come el kimchi que lleva años fermentado...
Ese día había sido normal. Un día cualquiera, sin incidentes mundiales, un día de semana como cualquier otro.
Como vivía cerca, había ido a casa de sus padres a hurgar en la nevera. Mientras su madre preparaba el geotjeori, él merodeaba a su alrededor, charlando.
—Mamá, te llaman.
—Ay, justo cuando tengo los guantes puestos. ¿Quién es?
—No sé, no tiene el número guardado.
—Pues déjalo. Ya lo veré después.
Pero la llamada insistió una vez más, así que finalmente se quitó los guantes y contestó.
—Sí, ¿diga? …Sí, soy la madre de Lee Jeong-hoon.
Después de esa llamada, el tiempo en su casa se detuvo.
—No. No puede ser. Es imposible. Algo está mal.
Su madre, y toda la familia, repitieron esas palabras.
Pero la realidad era demasiado cruel y fría. Cuando recuperó el sentido, ya estaba en el tanatorio de un gran hospital.
En un funeral, algo a lo que había ido pocas veces en su vida. Y encima, el de su propio hermano.
Su novia se sentó a su lado en silencio. No había mucho consuelo que ofrecer a alguien que solo miraba fijamente una foto. Solo quedaba acompañarlo.
Ella le apretó la mano sin decir nada. Estaba helada. No parecía que la sangre volvería a circular por ella en un buen rato.
—...Me dijeron que pensara que se había ido de viaje. Tras un prolongado silencio, ella abrió los labios.
—Jeong-hoon se fue de viaje a un país muy lejano.
Por eso sería difícil verlo a menudo.
—Allí vivirá feliz, solo que será difícil recibir noticias suyas. Pensémoslo así.
Que Lee Jeong-hoon estaría viviendo feliz en ese lugar.
Eran palabras de consuelo, pero no llegaron a Jung-han. Al contrario, esa frase hizo la ausencia de su hermano aún más tangible.
Su hermano había muerto. No podrían volver a verse.
No escucharía más su voz, ni vería su rostro sonriente. La repentina ausencia, que nunca había imaginado, no le dio tiempo para preparar su corazón.
No, incluso si se hubiera preparado, ¿cómo podría aceptar esta pérdida?
Aún no estaba listo para despedir a su hermano.
Seguía sin parecer real.
«Es raro. A estas alturas, debería decirme que es una broma».
«Ese chico que aparecería de la nada con una sonrisa, diciendo —¡Hermano! —para luego soltar alguna tontería».
«¿Por qué sigue sonriendo solo en esa foto?»
«¿Por qué todavía?»
«¿Por qué nadie me dice que esta realidad absurda es solo una broma?»
Jung-han no lograba entenderlo.
Con movimientos torpes, se levantó y se acercó más a la foto póstuma.
Como si la imagen también fuera a desaparecer, aunque eso era imposible.
«Mi hermano, mi hermano no puede desaparecer».
—Jung-han.
Escuchó la voz que lo llamaba con pena, pero no podía apartar la mirada de la foto.
Aquel rostro radiante solo existiría ya en una imagen. Nunca envejecería. Nunca más escucharía esa voz que bromeaba sobre envejecer juntos y mudarse a una residencia de ancianos.
«¿Cuándo fue?» Probablemente fue una de esas conversaciones tontas que tenían con mascarillas faciales puestas. —Cuando seamos viejos, construyamos una residencia y vivamos solo nosotros —decía su hermano, entusiasmado.
—Papá siempre dice: ‘Al fin y al cabo, solo están ustedes dos como hermanos, así que cuídense’. Así que, hermano, construyamos esa residencia.
—Vaya. Para entonces ya ni te acordarás de mí. —¿Cómo podría ser? Hasta te obsequiaré una dentadura postiza. De oro.
Se reían a carcajadas por esas tonterías, luego se quejaban de que las mascarillas se arruinaban.
—¡Todo lo hago por ti! ¡Prométeme! Que iremos a esa residencia.
—Sí, sí.
Pero ahora no había hermano con quien vivir. Ahora solo quedaría en las fotos, en sus recuerdos.
«¿Qué hago, Jeong-hoon? Ya te extraño».
Pero no podía verlo. La nostalgia, recién comenzada, se sentía abrumadora.
Jung-han no tenía religión. Nunca había creído en el cielo.
Pero ahora entendía por qué la gente hablaba de él. Desean que exista en algún lugar. Aunque ese lugar esté fuera de su alcance, que su hermano siga existiendo allí.
Que no haya desaparecido, solo se haya ido. Que ese chico esté viajando y sea feliz.
Frente a esa sonrisa brillante, Jung-han también pensó así.
«Por favor, que hayas emprendido un viaje a algún lugar».
«Que haya sido tan repentino que no tuviste tiempo de despedirte. Para que yo, para que nosotros, podamos creerlo».
Llore
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