Ketron Chapter 36
Capítulo 36
Al día siguiente, Eddie se miró al espejo y por primera vez tuvo este pensamiento.
«Qué feo estoy».
Por muy atractivo que fuera un rostro, si se hinchaba como un globo, su belleza se esfumaba. Incluso sus ojos parecían los de una rana toro. Si un sapo le propusiera amistad, no habría ni un ápice de incomodidad.
«Hmm, a Sebastián no le importará, pero qué pena mostrarle esta cara a Ket o a Gerald».
Gerald, por su parte, al ver este rostro que demostraba sin duda que había llorado desconsoladamente la noche anterior, montaría un escándalo seguro. Y Ket…
…A Ket no quería mostrarle esta cara tan fea.
Quizá debería ir a la tienda y comprar una mascarilla desechable. Una KF94 tal vez lograra tapar un poco esta monstruosidad.
Aunque refunfuñó para sus adentros, al final Eddie no se puso mascarilla y comenzó su rutina.
La verdad era que Gerald se encargaba de casi todo con magia, y el resto de menudencias las asumía el recién llegado Sebastián, así que Eddie no tenía mucho que hacer.
Toc, toc.
Eddie golpeó la puerta de la habitación contigua con una escoba y un trapeador en mano. Claro que lo hizo sabiendo que Ketron no estaría a esta hora.
Como Gerald nunca parecía interesarse en limpiar esta habitación, Eddie llevaba ya un tiempo encargándose de ella.
—Disculpe.
Al no obtener respuesta, entró.
El interior de la habitación estaba tan impecable que apenas parecía habitada. Al ver las mantas dobladas con precisión militar, Eddie no pudo evitar admirarlas. Los pliegues eran tan exactos que le recordaban a su época en el ejército.
Incluso las prendas que Eddie había comprado para Ketron durante sus paseos juntos estaban ordenadas en un rincón.
Como compró unas cuantas cosas a su gusto, solo lo suficiente para no molestar a Ketron, y además era difícil encontrar cosas que le quedaran bien debido a lo imponente de su físico, le quedó la espina de no haber podido comprarle más.
«Como en este mundo muchos se hacen su propia ropa, quizá debería averiguar sobre eso».
Mientras pensaba distraído, su mirada se posó en la espada sagrada.
Tras el incidente en que Eddie casi resultó gravemente herido, la espada había sido reubicada de la cabecera de la cama a un rincón apartado, donde ahora brillaba en silencio.
—…
«Hoy no la llevó consigo».
Como siempre que entraba aquí, Eddie quedó hipnotizado ante la espada.
«Qué espada tan magnífica. Hasta da pena verla envuelta en esas telas que cubren toda la hoja».
Después de contemplarla un rato, comenzó a limpiar. Gracias a la obsesión de Ketron por el orden, no había mucho polvo.
Mientras barría y trapeaba, recordó una aspiradora robótica que solía usar mucho en el pasado. Justo cuando empezaba a limpiar el piso frente a la espada, sintió algo.
Algo le golpeó suavemente la cabeza.
Toc toc.
—¿…?
Ante él solo estaba la espada sagrada, y por supuesto, no había nadie más en la habitación.
«Qué raro».
Inclinó la cabeza confundido y volvió a limpiar.
Entonces, de nuevo.
Toc toc.
Esta vez no podía ser su imaginación. Al alzar la vista, vio el cordón delgado atado al pomo de la espada balanceándose en el aire.
—…
Eddie miró fijamente la espada con expresión atontada.
«…¿Eh?»
Ketron nunca le había dicho a Eddie que él era el verdadero héroe, ni que su espada era la espada sagrada. Por más cercanos que fueran, ese seguía siendo un tema prohibido.
Naturalmente, Eddie se había hecho el desentendido respecto a que la Espada Sagrada también tenía alma, que entendía el lenguaje humano y que era una ‘espada con ego’ capaz de pensar por sí misma.
Aunque una vez la espada lo había salvado de lastimarse, cualquiera lo atribuiría a una coincidencia.
Pero ahora…
A pesar de su mirada atónita, el cordón vaciló un momento y luego volvió a descender suavemente sobre su cabeza.
Zuu, zuu.
Era como si lo estuvieran acariciando. Eddie se quedó boquiabierto.
«O sea, o sea esto es, mm. O sea…»
Si no estaba malinterpretando la situación, esto probablemente era…
—¿Me estás consolando?
Al escuchar la pregunta de Eddie, el cordón vaciló un instante, pero pronto volvió a moverse con suavidad. Zuu, zuu. La sensación en su cabeza era como el roce de una pluma, y aunque aún no terminaba de entender lo que ocurría, su rostro aturdido pronto se iluminó con una sonrisa.
—Gracias.
Incluso después del agradecimiento, el cordón siguió acariciándole la cabeza unas cuantas veces más, hasta que, como si nada hubiera pasado, se recogió y quedó colgando sin fuerzas.
Aunque no se escuchó nada, casi pareció percibirse un —Hmpf— de desdén.
«Tsundere».
Eddie lo pensó, pero no cometió la imprudencia de decirlo en voz alta.
Claro que la espada sagrada no tenía idea de lo que significaba.
* * *
La posada de Eddie seguía transcurriendo en paz, sin importar el estado de su dueño.
—¿Paz? ¡Qué va!
Aunque la opinión de Sebastián, la Máquina de Kimchi N°1 de la posada, parecía diferir un poco, en general, la tranquilidad reinaba.
El trabajo de Sebastián no era tan demandante, excepto por esas horas en las que debía quedarse inmóvil, concentrado como un muerto. El resto del tiempo podía relajarse, así que no tenía mayores quejas.
Sin embargo, como aún no había logrado ningún resultado tangible y seguía produciendo en masa un alimento cuya forma final desconocía, sumado a que su mentor le daba miedo, a menudo lucía un semblante sombrío en lugar de feliz.
Para ayudarlo a entender el kimchi, Eddie trajo uno comercial de la tienda.
El olor peculiar, la textura extraña y ese sabor picante pero a la vez desconocido hicieron que Sebastián, al probarlo por primera vez, pusiera una expresión ambigua.
—¿Por qué estamos haciendo esto?
—Mm, será la base de los futuros platillos de la posada.
—¿Esto?
Sebastián puso cara de querer protestar. «¡Si sirven esto, los clientes huirán!» Su rostro reflejaba una creciente aversión hacia el kimchi.
Para un extranjero, el kimchi podía ser profundamente ajeno. En cierto modo, incluso desagradable. Los alimentos fermentados eran así. Pero todo dependía de acostumbrarse. El pequeño Lee Jeong-hoon, que de niño enjuagaba el kimchi en agua mientras pedía jamón, de adulto se convirtió en un asesino del kimchi.
Claro que Edie no planeaba obligar a los habitantes del Imperio Reneba a comer kimchi cargado de ajo de golpe. Todo avance debía ser cuidadoso y gradual.
Por eso estaban preparando este kimchi.
—¿No podemos usar este directamente?
Sebastián, que ya sabía que los suministros de Eddie parecían infinitos, alzó el paquete de kimchi en señal de protesta. Pero Eddie negó con la cabeza.
—Bueno, claro, el kimchi comercial es decente…
Pero, ¿no era natural sentirse así?
«‘El kimchi de mi casa es el más rico’».
Mantener ese orgullo.
Sobre todo porque la familia de Lee Jeong-hoon hacía kimchi a gran escala cada temporada, reuniendo a decenas de mujeres del pueblo para preparar cientos de repollos.
La receta de su abuela, que ni siquiera probaba los condimentos, era legendaria. Un Eddie criado así jamás se conformaría con kimchi comprado.
—Además, me gusta el geotjeori, pero justo de ese no tengo.
Lamentablemente, su tienda no tenía geotjeori en stock.
Al final, la pequeña rebelión de Sebastián fue sofocada fácilmente. Desde su posición como empleado, no tenía argumentos para negarse.
Para evitar que Sebastián se aburriera con el trabajo repetitivo, Edie se quedó a su lado. Fue entonces cuando, en su campo visual, apareció Ketron bajando las escaleras.
—¡Ket!
Eddie lo saludó con alegría.
—¡No vengas aquí, espera ahí un momento!
Cuando Ketron intentó acercarse, Eddie agitó las manos para disuadirlo de entrar a la cocina. Estaba hecha un desastre por el polvo de chile y los repollos.
Sebastián refunfuñó. «Definitivamente Ketron es el novio de Eddie. Lo trata con demasiado cariño».
Ketron se detuvo un instante ante las palabras de Eddie, pero en lugar de dirigirse a la cocina, se instaló en la mesa desde donde se divisaba bien el área de preparación.
Eddie, que observaba la escena, comentó con voz satisfecha:
—¿No parece un gato?
Sebastián no comprendió al principio el significado de aquella frase. Solo cuando lo captó, con tardío entendimiento, dibujó una mueca de desagrio helado.
Era un insulto. Como dueño de gatos, aquello constituía un insulto hacia los felinos.
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