Ketron Chapter 37
Capítulo 37
—¿No es eso un insulto hacia los gatos?
Sebastián finalmente no pudo contenerse y refunfuñó. Era una protesta por Beth y Natilda, quienes pasarían una tarde relajada en brazos de su madre en su casa.
Pero Eddie ni siquiera prestó un ápice de atención a las quejas de Sebastián y en cambio hizo otra pregunta.
—A propósito, ¿cuándo era el torneo?
—El próximo fin de semana.
Sebastián, arrastrado por la forma de hablar de Eddie, respondió por reflejo. Entonces, como si algo se le hubiera ocurrido, se estremeció.
—¿Vendrá usted justo un día después de ver el torneo?
—Mmm, no sé.
Eddie respondió de manera ambigua.
El coliseo donde se celebraría el torneo estaba en Sandern, la ciudad vecina. Aunque se diga ‘ciudad vecina’, la distancia exigía horas de viaje en carruaje. Era imposible ir y volver en un solo día.
—Será complicado.
—Ah.
Sebastián intentó llevarse la mano al pecho, pero al darse cuenta de que llevaba puestos unos guantes de goma llenos de mezcla de kimchi, agitó las manos torpemente.
—¡Entonces solo quedamos los dos...! ¡Esto es demencial!
Sebastián murmuró en voz baja. Por supuesto, era un volumen que Eddie difícilmente captaría.
Al mencionarse el torneo, a Eddie le surgió otra preocupación.
—Hmm.
Ciudad vecina. El radio de acción de Eddie seguía limitándose a los alrededores de la posada. Como mucho, iba al mercado con Ketron o paseaba por el parque cercano.
Solo con imaginar la exposición entre multitudes, sintió un frío en las yemas de los dedos.
Pero ya lo había prometido. Irían a ver el torneo.
¿Qué clase de valor lo había embargado entonces? Quizás no lo pensó bien, reflexionó Eddie.
Eso no puede seguir así.
Si ya se le helaban las manos con solo imaginarlo, era imposible que pudiera moverse con facilidad entre el gentío del torneo.
No era que Ketron fuera a participar en el torneo, solo iban a ir a verlo, así que Ketron estaría a su lado todo el tiempo… pero, ¿realmente sería suficiente con eso?
Tras reflexionar un momento, Eddie miró a Sebastián y preguntó:
—¿Hay alguna biblioteca por aquí?
—Bueno, sí. Gente común como yo apenas sabe leer, así que no sirve de mucho, pero al fin y al cabo esto es la capital.
En la capital era habitual encontrar plebeyos instruidos, así que, naturalmente, había bibliotecas. Claro que Sebastián no era uno de ellos. Jamás tuvo interés en los estudios.
«Puedo leer un poco».
Al menos no era completamente analfabeto. Solo desconocía las palabras difíciles. Subrayando mentalmente este punto, Sebastián observó de reojo a Eddie antes de preguntar:
—¿Y usted, Eddie? ¿Sabe leer?
Eddie asintió sin sospechar nada.
—Sí. Yo escribí hasta la carta del menú.
Por alguna razón, Sebastián chasqueó la lengua al oír eso.
—Con razón usaba lenguaje nobiliario.
—¿Eh? ¿Qué dijiste?
—Nada, no fue nada.
Aunque no dominaba la lectura, ¿acaso no reconocería el lenguaje nobiliario en un simple menú? Pero Sebastián se hizo el desentendido cuando Eddie le preguntó.
Eddie parecía no querer revelar su origen aristocrático, y Sebastián no era tan torpe como para señalar ese hecho.
Tras reflexionar un momento, Eddie tomó una decisión. El parque no tenía tanta gente, y el mercado ya lo frecuentaba, así que se había relajado al acostumbrarse.
Antes de visitar la ciudad vecina, sería mejor habituarse a salir recorriendo otros lugares.
Eddie salió de la cocina y se acercó a Ketron. Ketron, que había estado pasando el tiempo mirando fijamente hacia donde estaba Eddie, observó con expresión impasible cómo este se aproximaba gradualmente.
Pero Eddie lo sabía. Esa sensación de una cola invisible moviéndose lo hizo sonreír.
—Ket, voy a ir a la biblioteca.
Eddie anunció que quería salir. Ketron supo qué debía decir. Tras un silencio en el que parecía meditar algo mientras miraba a Eddie, se levantó de un salto como si hubiera estado esperando.
—Vayamos juntos.
—Sí, gracias.
—Tsk.
Sebastián, que escuchaba la conversación desde dentro, chasqueó la lengua. Eddie había dicho que Ketron era, al igual que él, un empleado novato. Pero el trato era completamente distinto.
Claro que, literalmente, Ketron no era un empleado asalariado que trabajaba allí como Sebastián. Pero aún así, ¿no era demasiada la diferencia en cómo los trataban?
A diferencia de Sebastián, que era un simple peón, Ketron era, ante los ojos de todos, un gato mimado en persona.
Aunque, obviamente, distaba mucho de parecer un gato. Pero tras varios días de adoctrinamiento por parte de Eddie, Sebastián tuvo ese pensamiento. «Gatomorfosis». Por supuesto, la víctima ni siquiera era consciente de serlo.
—Ahora vuelvo.
Como no era la primera vez que salían juntos, Sebastián asintió distraído y volvió a concentrarse en el repollo. El repollo, su enemigo.
Como solo iban a la biblioteca cercana, los dos salieron de la posada sin mayores preparativos. La mano de Eddie se aferró con torpeza al borde de la ropa de Ketron, y este, sin decir nada, le tomó la mano.
Ninguno de los dos parecía sentir rechazo por esos gestos. Más bien, Eddie sonrió como si estuviera orgulloso, y Ketron, aunque giró la cabeza con sequedad, no lo hizo por disgusto. Hasta Sebastián lo notó.
¿En serio? ¿Ya ni se molestan en disimular?
—¿Van a una cita, o qué?
—Sebastián.
—¡Ah!
El cuerpo de Sebastián, que murmuraba mientras hacía kimchi, se estremeció de golpe.
No solo era por la voz repentina, sino porque su dueño era alguien que, en pocos días, había logrado que a Sebastián le recorriera un escalofrío con solo oírlo.
Como era de esperar, unos fríos ojos azules lo miraban desde arriba.
—Ah, sí sí, ¿en qué puedo ayudarle, señor Gerald?
—Lo escuché.
—¿Qué cosa?
—Que no sabe leer.
«…¿Cómo demonios escuchó eso?»
—Ejem, ejem.
Sebastián tosió nervioso. No era que no supiera del todo. Pero por instinto, supo que era mejor no decirlo. —Eh, sí… ¿y?
—Le permitiré leer.
—¿Permitir?
No es que no entendiera que le estaban ofreciendo enseñarle a leer y escribir. Pero, abrumado por la situación, Sebastián repitió la pregunta sin darse cuenta.
Normalmente se dice: —Le enseñaré a escribir—, ¿no es así? Pero decir —le permitiré leer—... era una expresión tan propia de Gerald
Gerald frunció el ceño, como si ni siquiera pudiera concebir que un subordinado suyo fuera analfabeto.
Bueno, aprender a leer no era malo. «Lo bueno es bueno », pensó Sebastián, y aunque se sintió algo extraño, asintió.
Era un momento de paz, en el que aún no sabía que, gracias a una loca educación estilo Esparta, acabaría dominando la lectura y escritura en solo unos días.
* * *
Últimamente, Eddie era bastante conocido.
La posada de Eddie había ganado fama por sí misma, y naturalmente, su dueño también.
Hasta con un rostro común se habría hecho famoso, pero Eddie ni siquiera era común. Una apariencia aristocrática innegable y un carácter amable. Todos murmuraban que debía ser un noble oculto o un hijo ilegítimo de alguna casa noble.
No era una deducción difícil. Su pelo plateado, un tono raro incluso entre nobles, y su belleza heredada reforzaban los rumores.
Después de todo, lo valioso siempre lo acaparaban los nobles.
Y Eddie era amable.
La cordialidad típica de quien trabaja en servicios, junto con su sonrisa suave y su rostro agradable, eran clave para que la gente lo viera con buenos ojos.
En resumen, era popular.
—Oye, ¿no te había visto por aquí? ¿Adónde vas, Eddie?
—A la biblioteca.
—Ah.
La gente que lo reconocía le hablaba. Eddie respondía sin ocultar nada. No había razón para esconder que iba a la biblioteca, como si fuera algo grandioso.
Pero generó otro malentendido entre la gente.
La biblioteca era un lugar lejano para los plebeyos. «Claro, debe ser noble», pensaban. «Ir a la biblioteca a cultivar su intelecto». Todos tenían la misma idea.
Las miradas de la gente se dirigieron con naturalidad hacia Ketron, quien ocupaba el espacio a su lado, más precisamente, hacia su mano que agarraba con fuerza la de Eddie.
Aunque les resultaba fácil dirigirle la palabra a Eddie, con Ketron no podían hacer lo mismo.
Eddie era un vecino amable, pero aquel tipo que en algún momento se había instalado en su posada distaba mucho de serlo.
Antes que la amabilidad, lo que inspiraba era miedo.
No es que su apariencia fuera intimidante. Más bien, si solo se consideraba su físico, era bastante pulcro.
Sus ojos y cabello eran de un negro común, pero debido a su aura peculiar, incluso eso desprendía un aire decadente. También hubo quienes lo encontraron atractivo, incluso sexy.
Sin embargo, nadie se atrevía a expresárselo a Ketron.
Porque daba miedo. Y además, antes que nada, para cualquiera que lo viera... era obvio que ese hombre era el amante de Eddie.
Resultaba demasiado evidente cómo aquel hombre afilado, que erizaba espinas por todos lados, se embotaba exclusivamente con Eddie. Era tan obvio que ni el más despistado podía pasarlo por alto.
Eddie, por su parte, parecía no tener intención de ocultarlo. Constantemente acaparaba al hombre entre sus manos, lo toqueteaba. Le tocaba las mejillas, le agarraba las manos. Sus muestras de afecto eran tan descaradas que resultaba imposible ignorarlas.
Tanto que, a veces, algunos espectadores llegaban a ruborizarse de vergüenza ajena al verlos.
Al actuar con tal desfachatez, era natural que los rumores les siguieran.
Que Eddie había abandonado su título nobiliario y vivía escondido por culpa de aquel amante. No difería mucho de lo que el mismo Sebastián había pensado.
Claro, para tratarse de una vida en la clandestinidad, se habían establecido con demasiada audacia en un lugar privilegiado. Pero los rumores no se detenían en esos detalles.
Lo único cierto era que, en ese momento, seguían con las manos firmemente entrelazadas.
La gente murmuraba, pero guardaba silencio. Eddie, el noble fugitivo, y su amante secreto.
Entre ellos llegaron a un acuerdo tácito. Protegerían el secreto de aquel vecino amable.
En sus corazones, incluso se había acumulado cierta lealtad. Si algún día los enviados de la familia noble preguntaran si habían visto a alguien como Eddie, responderían que no con toda frialdad.
No había nadie que pudiera aclarar los malentendidos que se habían acumulado. De todas formas, lo que era bueno, era bueno.
Estoy segura q ese malentendido sera un fuerte escudo en el futuro
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