Ketron Chapter 68

 Capítulo 68

Eddie, en lugar de tocar la luz de emergencia que destellaba en rojo, recordó de pronto otra pregunta que parpadeaba en un rincón de su mente desde hacía rato y la escupió con rapidez. 

—Ket, ¿qué habrías hecho si el señor Agustín no te hubiera detenido? 

También sentía curiosidad por eso. No era lo que más le intrigaba, pero aún así. 

Incluso en esa situación caótica, lo que se notaba era que el impulso de Ketron era bastante feroz. 

Era como si fuera a volar por los aires a todos los que tenía delante, sin importar si eran nobles o miembros de la realeza.

Si Agustín, alerta, no hubiera reaccionado al instante para contener a Ketron, ¿qué habría pasado? 

La verdad, aunque no lo preguntara, ya intuía parte de la respuesta. Aun así, no pudo evitar formularla. 

Ketron, que lo había estado mirando fijamente, respondió con voz seca: 

—Ya le dije antes qué es lo más importante para mí. 


[—Prefiero mil veces tu seguridad a un honor que ni siquiera existe].

Ketron había dicho esas palabras en el carruaje. Que, por encima de su honor, de cualquier cosa, lo primordial era que Eddie estuviera a salvo. 

Para Eddie, esas actuales palabras fueron tan conmovedoras como aquellas en las que Ketron se culpó por no haber estado a su lado en un momento difícil. Pero aún así, ¿no hay un momento y un lugar apropiado para todo?

Este era un maldito mundo de fantasía con un emperador y un sistema de clases, donde ambos eran, oficialmente, plebeyos. 

Era imposible ignorar el estatus del otro. 

—¡Pero aún así, el oponente es un noble! 

Cuando Ketron era un guerrero, todos, ya fueran nobles o miembros de la realeza, se inclinaban ante él y trataban de complacerlo, esperando su amabilidad, pero ahora que había sido olvidado, tenían que tener cuidado.

«Saber cuándo serás agraviado por un noble y te convertirás en el rocío de tu sentencia».

Sin embargo, ante esas palabras, Ketron hizo una expresión rara, dejando traslucir sus pensamientos más íntimos. «¿Y qué?», parecía decir. 

En ese gesto, Eddie comprendió una verdad aterradora. 

Los nobles no eran nada. Ketron habría actuado igual incluso si quien se hubiera burlado de Eddie fuera el emperador. 

Bueno, si le dieran a elegir entre enfrentar al Rey Demonio o al emperador, claro que cualquier persona normal optaría por lo segundo antes que arriesgar su alma… 

Pero ahora, siendo un olvidado, un común y corriente… Justo cuando Eddie pensaba eso, la superioridad física de Ketron captó su mirada, y esas reflexiones se desvanecieron al instante. 

Incluso al revés, era obvio que no era un cualquiera. 

¡Pero aun así! 

En lugar de regañarlo, Eddie optó por tragarse sus palabras. 

Esa actitud de Ketron, de que los nobles le importaban un bledo, debía ser un hábito de sus días como Héroe. 

El Ketron de la obra original a veces parecía despreciar tanto el estatus o la posición de los demás que rayaba en la arrogancia. 

Y aún así, al final, era el tipo de protagonista que se sacrificaba y luchaba por la gente común, volviéndose más fuerte por ello. 

Un protagonista refrescante que tiene el propósito de la historia en sus manos. Por eso le gustaba, y por eso su final lo enfureció tanto. 

Para alguien como él, ¿cómo podría tener sentido el concepto de aguantar cuando alguien cercano a él es acosado frente a sus ojos solo por su estatus social inferior?

Además, en la novela solo se destacaban aspectos de él como un guerrero con una espada afilada. Pero el Ketron que Eddie conoció al caer en este mundo era su gato dócil y suave. Un poco hosco, sí, pero de carácter gentil, incapaz de hablarle mal a nadie. 

Verlo perder los estribos, y por nada menos que por Eddie, hacía que cualquier reproche sonara ridículo. Al fin y al cabo, era como si su gato le preguntara: «¿Por qué te dejas pegar?» y se quejara por él. 

—Haah… Ket.

—Sí.

Eddie sonrió como siempre mientras observaba a Ketron responder en voz baja. 

—Tengo hambre. 

Decidió aparcar el tema, al menos por ahora. 

—¿Qué quieres comer? 

De por sí, él era bueno posponiendo problemas hasta el límite. 

No había obtenido una respuesta clara de por qué Ketron le había hecho eso de «desinfectar~♡» en su muñeca. Pero, por ahora… Sí, por ahora, era un tema que, por alguna razón, le daba miedo tocar. 

Aunque a veces, algunos problemas, si los pospones demasiado, no tienen fin. Y cuando menos te lo esperas, crecen hasta volverse irreversibles. 

Claro que era algo que Eddie, en su estado actual, no podía saber. 

Aunque Ketron lo miró fijamente por un momento ante ese cambio de tema tan evidente, al final asintió con calma. 

Pues no había nadie en ese mundo que pudiera hacer que su gato, el más fuerte de todos, se negara a lo que Eddie pedía. 

Con ese ánimo lo más positivo posible, Eddie entró a la cocina. Y al descubrir a Sebastián, quien ni siquiera había asomado la cabeza durante todo el alboroto, durmiendo profundamente en un rincón con la cabeza gacha, no pudo resistirse y le dio un fuerte golpe en la nuca. 

* * * 

Al día siguiente, Eddie recibió a un visitante inesperado. 

En el instante en que un rostro sonriente abrió la puerta con desenvoltura y entró, Eddie comprendió vagamente que esto también era un flujo del destino imposible de detener. 

—Vaya, por fin logro entrar aquí como es debido. 

El hombre, de ojos verde fresco, cabello dorado y una envergadura enorme que contrastaba con su impecable hábito sacerdotal, cruzó el umbral de la posada de Eddie con una sonrisa radiante. 

—Eddie, buenos días. ¿Durmió bien? 

El sacerdote que se acercaba con la familiaridad de un amigo de una década era Agustín, un personaje secundario bastante popular incluso en «El héroe oculta su poder». El mismo que había rescatado a Eddie de las garras de un noble apenas ayer. 

Al ver al corpulento sacerdote saludarlo con una sonrisa serena, como si nada hubiera ocurrido, Eddie no pudo evitar esbozar una risa. 

Y, en realidad, ¿cómo no sentir simpatía? Agustín era ese tipo de personaje secundario imposible de odiar, tanto para los personajes de la novela como para los lectores. 

Y ahora, por fin, Agustín había llegado formalmente a la posada de Eddie. Además, en plena hora del desayuno, cuando la gente apenas comenzaba a tomar su primera comida. 

No como una visita casual que terminara en un duelo o recibiendo golpes en la espalda del dueño, ni como un evento en el que rescatara al posadero de ser acosado por nobles. Sino como un cliente común. 

Aunque tenía un espíritu mágico, este no podía atender a los clientes, y Sebastián aún dormía, así que Eddie recibió al invitado personalmente. 

—Buenos días, señor Agustín. 

Al oír el saludo, Agustín abrió los ojos de par en par. 

—¡Oh, ¿sabe mi nombre?! 

«¿Cómo no iba a saberlo?»

Agustín, el bendecido por los dioses. Compañero del héroe que derrotó al Rey Demonio, sacerdote, pero también en un sentido distinto al de los paladines, el arma de Dios. En influencia dentro del templo, su posición era comparable a la de la Santa Laila, y como guerrero, su fama lo elevaba a héroe. ¿Cómo no reconocerlo? 

Aunque Eddie fuera pésimo recordando caras. 

—Por lo de ayer, gracias. 

Eddie volvió a inclinarse. Agustín respondió con una sonrisa cómplice. 

—¿Vino a desayunar? 

—Claro. No imagina cuánto he esperado por este momento, posadero. 

—Ah. 

Eddie recordó la primera vez que Agustín había venido. En aquel entonces, lo único destacable del menú era un solo platillo. 

—Fideos de pollo al fuego. 

Era evidente que Agustín tenía muy claro qué quería. 

Sus ojos brillaban con determinación absoluta. 

Como si esta vez, por fin, lograría probarlo. 

Justo cuando terminaba su pedido con esa mirada luminosa, volteó de golpe hacia las escaleras del segundo piso. Su aguda intuición parecía haber detectado algo. 

Siguiendo su mirada, Eddie vio a Ketron, que acababa de bajar, detenerse a mitad de las escaleras al notar a Agustín. 

«Ah». 

Ayer, la situación los había obligado a separarse apresuradamente, pero en encuentros anteriores, su relación había tocado fondo. La preocupación asomaba en la mirada de Eddie, pero Agustín, sin inmutarse, alzó la mano y saludó a Ketron. 

—¡Ey! 

Era un gesto desenfadado, como si se tratara de un viejo amigo. 

—Ketron, ¿verdad? 

Claro que no podía recordarlo de verdad, así que Agustín lo trataba como a un desconocido. 

Contrario a la preocupación de Eddie, Ketron bajó el resto de las escaleras con calma, como si nunca se hubiera detenido. 

—El ganador del último torneo de Sandern. Según los rumores, eres tú. ¿Es correcto? 

—…

—Si tienes tiempo, ¿por qué no te sientas? 

«¡Tengo muchas preguntas que hacerte!» 

Agustín golpeteó la mesa con los dedos, señalando el asiento. 

—…

Encontrarse con un compañero que lo ha olvidado, y además con quien era el más cercano, sin duda sería una herida y un dolor para Ketron.

Pero al mismo tiempo, era estabilidad y algo que debía recuperar. 

De repente Ketron se giró para mirar a Eddie. Sus miradas se cruzaron y Eddie sonrió instintivamente como siempre lo hacía cuando veía a Ketron.

Ketron observó por un instante ese rostro bañado por una sonrisa solar antes de moverse con lentitud. 

…Era como si la sola presencia de Eddie le infundiera calma. 

Y al fin, Ketron y Agustín se sentaron frente a frente. Exactamente como lo habían hecho en algún pasado, con una naturalidad que ya no existía. 

—Oye, Ketron. Me muero de curiosidad. Dicen que no usaste técnicas letales contra tus rivales en el torneo. ¿Por qué? 

Agustín soltó la pregunta en cuanto Ketron se acomodó. Parecía que lo intrigaba mucho. 

Ketron lo miró de reojo antes de responder con indiferencia. 

—No eran rivales que lo merecieran. ¿Para qué esforzarse? 

—Wow… ¿En serio eres tan insufrible? 

Pero Agustín, aun llamándolo insufrible, lo observaba con ojos llenos de simpatía. 

Como si su instinto llevara grabado a fuego el afecto por Ketron. 

Mientras contemplaba la escena, Eddie recordó un fragmento del segundo volumen que había revisado el día del torneo. 


[A su lado estaba Agustín, el bendecido por los dioses, su compañero de años. Como en el pasado, y como lo sería en el futuro]. 


—Bueno, espíritu. Vamos a cocinar algo. 

Ante el llamado de Eddie, un espíritu mágico que se parecía a Gerald inclinó la cabeza. Eddie dio la orden con una sonrisa, pensando que su apariencia leal era igual a la de su amo.

—¿Podrías traerme unos fideos de pollo al fuego nuclear? 

El espíritu mágico desapareció veloz hacia la cocina para cumplir la petición. 

Una sonrisa malvada apareció en los labios de Eddie por un momento, luego desapareció. 

Después de todo, fue él quien pidió los fideos de pollo picante. Por supuesto, no mencionó nada sobre servir un nuevo plato del menú que ni siquiera había sido lanzado aún, pero Eddie tarareó alegremente mientras entraba a la cocina.

Pronto, un olor picante se esparció por todo el lugar. 

Un olor muy, muy, muy picante.

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