Ketron Chapter 7
Capítulo 7
El desfile había terminado, pero la fiesta apenas comenzaba.
La plaza estaba cubierta de flores y papeles arrojados por la gente, aunque nadie se quejaba.
Algunos buscaban monedas de plata que pudieran haber quedado en el suelo, mientras que otros brindaban alegremente en tabernas y posadas hasta altas horas de la noche.
Pedían platillos caros sin preocuparse. En parte por el ánimo festivo, pero también porque, con tantas monedas repartidas durante el día, gastaban con generosidad.
La ciudad estaba tan animada como cuando llegó la noticia de la derrota del Rey Demonio.
Gracias a eso, la Posada de Eddie también estaba abarrotada de turistas que venían a celebrar.
Lo que significaba que más fideos de pollo al fuego desaparecían en los estómagos de la gente.
Al principio, pocos se atrevían con el menú desconocido. Pero luego, algunos valientes pidieron:
—¿Pollo? ¿Un plato de fideos? ¡Tráigame uno!
—¡Aaaah!
—¡Mis labios están ardiendo!
—¡Veneno! ¡Definitivamente es veneno!
—¡Leche!
Las reacciones exageradas despertaron curiosidad, y pronto todos querían probarlos. Los fideos se vendían como pan caliente, y la leche, como acompañamiento obligado, también.
Por primera vez desde su apertura, la posada tuvo una fila de personas cruzando las piernas frente al baño. Eddie sonrió satisfecho al ver cómo algunos, desesperados, buscaban otros baños.
—Bien, bien.
Su sonrisa era aún más diabólica.
En los negocios, el timing lo es todo. Había logrado llamar la atención con un sabor intenso, y pronto introduciría algo nuevo. Contempló con satisfacción la taberna llena en el primer piso.
N/T timing: Aunque suene evidente, este término hace referencia al tiempo. Es decir, el timing es organizar, planificar y desarrollar una serie de acciones, actividades o tareas dentro de un marco temporal para llevar a cabo una estrategia empresarial de la mejor manera posible.
Antes de que llegara la multitud, Eddie había preparado una habitación para Ketron en el segundo piso.
La que estaba junto a la suya.
Un ‘honor’ que ni Gerald había recibido, por lo que este no pudo evitar preguntar:
—¿Quién diablos es ese mendigo para que lo trate así?
Su expresión era como la de quien ve una piedra desplazar a otra. Aunque, técnicamente, Gerald no era la piedra desplazada.
Eddie no podía explicarle. ¿Cómo decirle que estaban en una novela, y que ese ‘mendigo’ era el protagonista y verdadero héroe traicionado?
—Es solo un niño que da lástima.
Aunque la diferencia de edad no era mucha, para Eddie, de veintiocho años al morir, Ketron parecía un crío. Un niño inocente.
¿Cómo no compadecerse al verlo así, herido tras sufrir tantas desgracias?
Además, casi nadie recordaba ya lo que había pasado.
—Está herido. Lo cuidaré hasta que se recupere.
—...
Gerald puso cara de no entender, pero no dijo más. Solo suspiró hondo, como un hermano mayor ante un niño que trae un perro callejero a casa.
—¿Y sus heridas? Ni siquiera deja que lo traten.
—Mmm.
Eddie había fallado en curar a Ketron. No por ineptitud, sino porque Ketron no lo dejaba acercarse.
Ni los ‘medicamentos de Oriente’ lograron que permitiera el contacto. Se comportaba como un gato asustadizo.
Pero era comprensible. ¿Qué sentido tenía que alguien traicionado por sus más cercanos confiara en un extraño?
A Eddie le bastaba con que Ketron no se hubiera corrompido y se quedara en la posada.
La novela no describía qué pasaría si Ketron caía en la oscuridad, pero dado su carácter justo pero implacable, el futuro no parecía prometedor.
«Siento que evité la destrucción del mundo por ahora».
Eddie le guiñó un ojo a Gerald mientras pensaba en ello.
—Lo convenceré. También para que coma.
Su tono era el de un niño prometiendo portarse bien con su mascota nueva. Ante eso, Gerald cedió con otro suspiro.
—Mmm.
Eddie se detuvo frente a la habitación de Ketron y miró los objetos rechazados que yacían en el suelo.
La sopa y la leche de banano que había llevado para que Ketron comiera no habían logrado captar su interés.
Ketron no había puesto un solo pie fuera de su habitación del segundo piso desde que entró en ella.
Frente a la puerta, Eddie había dejado medicamentos, comida y la leche de banano que Ketron había ignorado.
Ni siquiera había abierto la puerta. Como si declarara su ruptura con el mundo.
A veces, dejar a alguien en paz era claramente la respuesta correcta.
Pero Ketron ya había pasado todo un mes a solas consigo mismo.
Ahora era el momento en que necesitaba la mano de alguien. Eddie así lo creyó.
Eddie tomó una fría leche de banano y un popote del refrigerador junto a la entrada de la tienda y se dirigió a la habitación de Ketron.
Frente a la puerta, observó por un momento la sopa fría, la leche de banano tibia y los medicamentos despreciados. Luego, agarró con firmeza los fármacos rechazados y tocó la puerta con golpes secos.
* * *
Ketron permanecía sentado en silencio al borde de la cama. A su lado, apoyada de cualquier manera, estaba la espada sagrada Albatros, envuelta torpemente en una tela gruesa.
[—¿Vas a quedarte aquí sin hacer nada?]
La espada sagrada, Albatros, susurró con voz airada. Una voz que solo Ketron, su dueño, podía oír.
[—Hasta una marioneta con los hilos cortados tendría más fuerza y carácter que tú. ¿Dónde está el Ketron que yo conocía?]
—...
[—Mejor destruye el mundo. Si me lo pides, con gusto te prestaré mi poder].
La espada sagrada, Albatros.
Al pensar en una espada sagrada, normalmente vendría a la mente una hoja sagrada que encarnaba solo la justicia y guiaba la virtud del héroe. Pero Albatros no era así.
Tenía emociones más intensas que un humano, era orgullosa y arrogante.
Esta espada, que no permitía que nadie excepto quien ella aprobara la levantara, estaba más enfadada que el propio Ketron por su situación.
[—No puedo creer que ese imbécil que no hacía más que manosearme por ansias de poseerme haya terminado robando tu lugar].
Ketron no reaccionó a las palabras de desprecio de la espada hacia Arthur. No tenía nada que decir. Como Albatros había dicho, carecía incluso de la voluntad de una marioneta sin hilos.
¿Qué debía hacer? ¿Qué era él?
No surgía respuesta alguna. Incluso eso… si Albatros no lo hubiera recordado y no le hubiera hablado, quizá habría enloquecido antes de llegar al Imperio.
En el momento en que creyó haber alcanzado la cima, cayó al abismo. Y peor aún, a un abismo sin posibilidad de escalar de nuevo.
Quedó solo en un espacio vacío, sin opciones.
Solo existía. Como una nada.
Como alguien a quien nadie recordaba.
…No, él recordaría.
Arthur.
Y Boram, quien lanzó el hechizo.
¿Vengarse? ¿Qué cambiaría con eso? ¿Qué quedaría tras saciar esta rabia? ¿Acaso alguien creería en él si, cuando el mundo entero lo había olvidado, clamara ser el héroe?
Por haber sido compañero de Arthur, Ketron lo conocía bien. Un hombre más hábil con el ingenio que con la fuerza. Su antiguo aliado de mente astuta.
«Seguro has preparado muchas cosas. Para consolidar tu puesto como el héroe. Por si acaso el héroe que desechaste regresara con sed de venganza».
«Pasamos tanto tiempo juntos que me conoces bien».
—...
Ketron no dijo más. Solo cerró los ojos, exhausto.
Detestaba las cosas complicadas y ruidosas, y aunque quedarse en esta posada era preferible a ser visto por la gente, no tenía intención de echar raíces.
Pero como no sabía adónde ir ni qué hacer, simplemente se quedaba allí.
—Haa.
Albatros suspiró hondo y al fin calló. Albatros era un espíritu habitando una espada. Había visto a muchos humanos a lo largo del tiempo, y aunque comprendía su existencia, tampoco los entendía del todo.
Por más que fuera una espada sagrada, en ese momento no podía entender la mente de Ketron, más enrevesada que la de cualquier otro en el mundo.
Al caer el silencio a su alrededor, Ketron cerró los ojos.
La tranquilidad era buena. Preferible al bullicio, más acorde con su temperamento. Hasta entonces, sin quererlo, había pasado un tiempo ruidoso entre el roce con multitudes, pero esta calma era lo que Ketron realmente anhelaba desde un principio.
Ketron se sumergió de nuevo, solo, en las profundidades marinas. Hacia ese lugar terriblemente oscuro y frío.
Toc, toc.
Pero antes de que lograra hundirse por completo en aquellas aguas profundas, la quietud se quebró.
—Oye, ¿puedo pasar?
Era una voz interrogante, pero el interlocutor no esperó la respuesta de Ketron. O más bien, actuó como si supiera de antemano que Ketron no respondería. Y como en efecto no tenía intención de contestar, tampoco había motivo para sentirse agraviado.
La puerta se abrió, y apareció el dueño de la posada, aquel de siempre.
Lo primero que llamó la atención fue su brillante cabello plateado, seguido de un rostro apuesto que combinaba perfectamente con aquel resplandor. En cuanto vio a Ketron, le guiñó un ojo.
—¿Qué pasa? Veo que no lloras, te portas bien
Ante esas palabras, Ketron no pudo evitar poner una expresión de incredulidad involuntaria.
«…A quién diablos estaba tratando de llorón ahora».
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