Ketron Chapter 8

 Capítulo 8

Ketron, siendo como era en cuanto a apariencia, rara vez se había maravillado ante el aspecto de otros. 

No importaba si veía a la mujer más hermosa o al hombre más guapo. Incluso cuando contempló a Santa Laila, por quien todos decían haberse enamorado a primera vista, permaneció impasible, hasta el punto de que Agustín le preguntó en serio: 


[—Ketron, ¿eres acaso un eunuco?]


Pero ese dueño de la posada... era distinto. 

La primera vez que alguien lo sacudió para despertarlo, Ketron se sintió arrastrado por un torrente de emociones tan intenso que quiso destrozarlo todo. 

Este continente que había luchado por proteger, todas esas personas sonriendo felices allá afuera, sus antiguos compañeros que lo traicionaron. 

Sin embargo, antes de que esa ira pudiera fluir como lava, ese hombre, el dueño de la posada, lo sacudió abruptamente para despertarlo. 

En ese momento, Ketron pensó que quizá había muerto y llegado al cielo, hasta que cayó en cuenta que alguien como él no merecía estar allí, y supo que era realidad. 

«¿Qué eres?», pensó ante ese rostro que brillaba con solo existir. 

El hombre lo tomó del brazo sin más y lo llevó al interior de lo que resultó ser su posada. Le dio comida, le asignó una habitación. Hasta trajo medicinas que Ketron nunca había visto, diciendo que debía tratar sus heridas. 

Por supuesto, Ketron ignoró todo y se encerró en la habitación. Aunque rechazó descaradamente su ayuda, el hombre no lo echó. 

En cambio, volvió a aparecer, justo cuando Ketron se hundía de nuevo en su abismo, como si hubiera calculado el momento exacto. 

—¿Qué pasa? Veo que no lloras, te portas bien.

…Junto con esas palabras absurdas. 

En la mano del hombre, que ya estaba dentro de la habitación, había la leche amarilla y las medicinas que le había ofrecido esa mañana. A diferencia de las que Ketron había ignorado, esta leche brillaba húmeda, como si estuviera fría y recién sacada. 

Ketron no respondió. 

Sin importar la reacción de Ketrón, el hombre, como si quisiera ponerse a su altura, se dejó caer justo frente a él, ignorando por completo la silla y la cama que tenía disponibles. A juzgar por su aspecto, parecía alguien mucho más despreocupado de lo que uno imaginaría.

—Lo de hacer berrinche con la comida lo entiendo, pero dejar heridas sin tratar me da mala espina, por más que lo pienso. 

«Berrinche».

Igual que antes con lo de ‘cariño’ o lo de ‘llorón’, la elección de palabras del hombre tenía algo peculiar. 

—Si aún eres joven, ¿por qué actúas como si hubieras vivido de todo? Hay que curarse. 

Ahí estaba otra vez: ‘joven’. 

No es que tuviera una edad avanzada, pero no recordaba que nadie lo hubiera tratado tan descaradamente como a un chiquillo. 

De niño, no hubo adultos cerca que pudieran hacerlo, y de mayor, él era el fuerte. No solo ‘algo’ fuerte, sino el más poderoso del mundo, y nadie se atrevía a mencionar su edad frente a él. 

Pero el hombre frente a él no dudaba en tratarlo como a un mocoso. Como si realmente no fuera nadie, un veinteañero cualquiera. 

Claro, como su existencia había sido olvidada por todos, era natural que el hombre no supiera quién era. Pero Ketron sabía que su sola presencia solía intimidar a la gente. Aun así, este hombre no mostraba el más mínimo recelo. 

—Si no te molesta, ¿puedo ver tus heridas? 

El hombre lo preguntó con cautela. 

—...

Ketron no respondió. 

No era que desconfiara de él. En su estado actual, sin voluntad alguna, ni siquiera sabría si reaccionaría si alguien le apuntara con una espada afilada al cuello. ¿Cómo iba a desconfiar de un hombre que, a todas luces, jamás había recibido entrenamiento alguno? 

Simplemente, no tenía ningún interés en él. 

—…No hace falta. 

Ketron lo rechazó en voz baja. Su boca, que rara vez se abría desde que descubrió la traición, ya se había abierto dos veces hoy. 

—¿Por qué? 

El hombre preguntó, como si no lo comprendiera. 

«¿Qué debería decir?» 

Podría ignorarlo, pero por alguna razón, Ketron sintió que el hombre seguiría insistiendo, por más que lo rechazara. Bajando la mirada, que hasta entonces había mantenido fija, Ketron abrió la boca lentamente. 

—Yo… 

Continuó con tono sereno. 

—Soy alguien que está bien si muere. Una existencia que, si desapareciera de este mundo, nadie notaría. No era una metáfora, era literal. Los pocos que lo recordaban probablemente deseaban su muerte. 

Esa mañana, después de que ese hombre detuviera la furia que ardía en su interior, Ketron se dio cuenta de que cualquier emoción que lo hubiera llenado antes se había congelado por completo. 

Ya no quedaba combustible para expulsarlo, ni siquiera la voluntad de hacerlo. 

Al igual que la existencia de Ketron, aquel sentimiento dentro de él había sido en su mayoría olvidado. 

Hasta su forma se había desdibujado tanto que ya no podía reconocerlo. 

—…

Esta vez, fue el hombre quien apretó los labios con fuerza. 

Cualquiera se sentiría desconcertado al escuchar a un desconocido declarar que no tenía voluntad de vivir. Ketron tampoco lo conocía, pero precisamente por eso esperaba que sus palabras ahuyentaran el interés del hombre hacia él. 

Un extraño, una relación extraña. 

A menos que quisiera inmiscuirse profundamente en su vida, lo normal sería que, ante tales palabras, se cansara y se marchara. 

Efectivamente, el hombre parecía no haber anticipado esa respuesta. Su rostro se veía aturdido. 

Ketron cerró los ojos en silencio. Deseaba que el hombre frente a él perdiera todo interés y se fuera. 

Si lo hacía, pronto terminaría de ordenar sus pensamientos, abandonaría este lugar y nunca volvería. 

Pero lo que llegó a sus oídos no fue el sonido de la puerta cerrándose al marcharse, como Ketron esperaba. 

Se escuchó un pop, como si algo hubiera perforado suavemente una fina membrana. Ketron abrió los ojos por reflejo y vio al hombre clavando un delgado tubo en aquel recipiente de leche. 

El hombre lo extendió hacia Ketron. 

Ketron pasó un buen rato sin entender qué significaba eso, limitándose a mirar fijamente el tubo que le acercaban. 

—Bebe. 

El hombre habló con una firmeza en la mirada que no había mostrado antes. 

—No está envenenado, así que puedes tomarlo. Aunque lo estuviera, ¿no dijiste que estabas bien con morir? Entonces no hay problema. Es dulce, te hará sentir bien. 

El tubo rozó la barbilla de Ketron. Aunque jamás había reaccionado ni siquiera cuando espadas o flechas le habían rozado la garganta, ahora se encogió instintivamente como si ese flexible tubo fuera una gran amenaza. 

El hombre terminó por colocar el tubo entre los labios de Ketron. La presencia de esa tibia pajilla de plástico invadiendo su boca lo dejó genuinamente perplejo. 

—Ahora, chúpalo. 

Hasta le explicó amablemente el método. Ketron, sin darse cuenta de que estaba siendo arrastrado por la determinación del hombre, succionó involuntariamente el tubo perforado que se introducía en su boca. 

El tubo transparente se llenó de un líquido amarillo que fluyó hacia la boca de Ketron. 

—¡!

El sabor frío, dulzón y denso, extrañamente nuevo para él, lo sobresaltó, haciendo que apartara los labios al instante. El líquido, ahora sin rumbo, resbaló por su barbilla. 

—Ay, ay. 

El hombre refunfuñó mientras limpiaba la barbilla de Ketron con la mano. El líquido amarillo manchó sus dedos. 

Por alguna razón, parecía que Ketron realmente era un niño pequeño que lo había derramado por torpeza, y su rostro mostró confusión. 

—Qué desperdicio. Esto ni siquiera está a la venta, ¿sabes? 

Y ahí estaba otra vez, el tubo extendido hacia él. 

—…

La primera vez lo había succionado por reflejo, pero ahora Ketron entendía la función de ese tubo. También sabía qué sabor tendría lo que entraría en su boca. 

Si alguien más hubiera hecho esto, Ketron habría fruncido el ceño al instante y golpeado el recipiente amarillo para lanzarlo lejos. 

Pero ahora, por alguna razón, no podía hacerlo. 

Desde que abrió los ojos hasta llegar al Imperio, había vendido casi todo lo que tenía, excepto la espada sagrada, para conseguir dinero durante el viaje. 

La gente no mostraba interés alguno por un joven de expresión devastada. Solo recibían lo suyo y daban su pago. 

Este hombre era el primero en mostrarle amabilidad sin esperar nada a cambio. 

Ketron no era alguien tan sensible como para conmoverse por cada pequeño gesto en momentos como este. 

Sin embargo, no quería escupirle a ese rostro que sonreía con pureza, como si supiera que Ketron aceptaría esto. Tampoco quería lastimar esas manos suaves y limpias que jamás habían empuñado una espada. 

Al final, Ketron, tras vacilar, volvió a llevarse el tubo a la boca. Como ya lo había hecho antes, no le costó succionar, y el líquido amarillo fluyó por el tubo hasta su interior. 

Frío, denso, y además... 

—¿Dulce, verdad? 

El hombre sonrió al preguntar. No, en realidad no era una pregunta. Era el tono de alguien que ya estaba seguro. 

Como el hombre había dicho, era dulce. Un sabor denso y azucarado se expandió por su boca. Como un hombre sediento que encuentra un oasis, Ketron, sin darse cuenta, lo sorbió frenéticamente. Tal como el hombre había dicho, como si fuera un niño. 

—En este mundo, solo merecen morir los que han cometido crímenes. ¿Tú has pecado? 

Ketron, en medio de sorber el líquido, no pudo responder, así que en su lugar negó con la cabeza. 

¿Pecado? Él era alguien que había cargado con demasiado. Aunque no siempre usó métodos pacíficos, al final siempre estuvo la justicia que debía proteger. 

El hombre sonrió levemente, como si lo hubiera esperado. 

—Entonces vive. La vida no es nada grandioso, pero incluso cuando pasan cosas malas, también ocurren muchas buenas. Por eso se sigue viviendo. 

—…

—Tú eres tan joven. 

Al decirlo, le acarició la cabeza como si Ketron fuera realmente un hermano menor. 

—Tienes mucho tiempo. 

Glu glu.

Justo entonces, el recipiente de leche emitió un sonido estridente. Las miradas de ambos se dirigieron hacia él. El recipiente, que antes brillaba en amarillo por el líquido en su interior, ahora estaba vacío y transparente. Ketron se lo había bebido todo. 

Por alguna razón, le dio un intenso rubor. Ketron se quedó petrificado con el tubo aún entre los labios. 

—¿Qué tal? 

El hombre preguntó con voz alegre. Ketron no logró entender de inmediato a qué se refería. ¿Preguntaba por lo que le había dicho? ¿O por esa leche desconocida? 

No tardó en darse cuenta de que era lo segundo. Sin querer, respondió con honestidad. 

—Es dulce. 

—¿Ves? ¿Está rico, no? 

El hombre sonrió con orgullo, como si lo hubieran alabado a él. 

Su pregunta segura, —¿Está rico? —sonaba como si dijera: —¿Ves? ¿No es algo bueno? —Al menos, así lo sintió Ketron. 

¿Algo bueno? 

Ketron lo pensó un momento. La pregunta, que se abría paso en su mente después de tanto tiempo sin espacio para reflexionar, pronto arrojó una respuesta. 

Sí, probablemente era algo bueno. 

Al menos, lo mejor que le había pasado en este último mes.

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