Sirviente Chapter 122
Capítulo 122
[—Si necesitas mi ayuda, no dudes en decírmelo].
Qué ambiguas podían ser esas palabras.
Hubiera sido menos desagradable si, en vez de eso, hubiera sido directo y admitido que sabía que la Segunda Consorte Imperial estaba enferma por envenenamiento, ofreciendo su ayuda. No sabía qué intentaba averiguar al acercarse así, pero su actitud tramposa no le agradaba en absoluto.
Al fin y al cabo, lo que uno hace sin importancia se vuelve irritante y sospechoso cuando otro lo repite con insistencia, como si ocultara algo.
La sonrisa en los labios de Sober se ensanchó.
—Justo ahora estaba pensando que no podía resolverlo solo y que debía acudir a usted, hermano mayor.
El cambio repentino en su tono hizo que la ceja del Príncipe Heredero se alzara con escepticismo.
—En realidad, mi madre... está muy grave.
Sober se secó las manos con gesto cansado, exagerando su fatiga. Justo cuando el Príncipe Heredero iba a seguirle el juego para sonsacarle sus intenciones, Sober no le dio oportunidad y continuó rápidamente.
—Fue veneno, veneno... Aún no puedo creerlo. Como bien sabe, hermano, mi madre siempre ha sido la más cautelosa de todas.
Eran palabras calculadas. Los ojos del Príncipe Heredero se entrecerraron. Ciertamente, todos conocían la obsesiva meticulosidad de la Segunda Consorte Imperial. Incluso en el palacio, era famosa por su rigidez. Así lo había difundido ella misma, asegurándose de que todos supieran de su paranoia.
En la corte, hasta el más pequeño rumor podía convertirse en una gran debilidad, y hasta el Emperador medía sus actos. Pero la Segunda Consorte Imperial no. Propagaba su propia susceptibilidad una y otra vez, a veces incluso alimentando los rumores con sus acciones.
No comía sin precaución, no se vestía sin cuidado, no dormía sin revisar cada detalle. Incluso su ropa y su lecho eran inspeccionados repetidas veces por sus doncellas antes de usarlos.
Esta excentricidad había sido su escudo. Hasta ahora.
El Príncipe Heredero iba a hablar, pero una vez más, Sober no le dio oportunidad.
—Es una persona muy desconfiada.
Repitió palabras con el mismo doble sentido.
—Que justo ella, de entre todas, haya caído envenenada... Es increíble. Incluso intentó ocultármelo a mí, su propio hijo, para resolverlo sola.
Dejó caer los hombros, fingiendo angustia.
—...No entiendo cómo pudo hacer algo así.
—Sober...
Aunque sabía que era una farsa, el Príncipe Heredero no podía evitar acompañar su actuación y ofrecerle consuelo.
Con expresión sombría, le pasó una mano por la espalda. Luego, siguiendo el guion de aquel silencio incómodo, hizo la pregunta obvia.
—¿Está tan grave?"
—...Sí. Por eso, aunque tarde, iba a informar a Su Majestad. Si tiene tiempo, hermano mayor... ¿no vendría conmigo?
Era una propuesta inesperada. Y también una trampa de la que no podía escapar. Había sido él quien se acercó con familiaridad. Retroceder ahora solo levantaría sospechas.
Pero aceptar sin más le resultaba incómodo, dada la contradicción en el comportamiento de Sober. Sabía que este había estado visitando con frecuencia al Emperador últimamente. Que, tras guardar silencio sobre su madre, apareciera de repente así era sospechoso.
¿Acaso su estado era tan crítico? ¿Quería informar ahora para evitar complicaciones futuras?
O, más bien, ¿había sido este el verdadero propósito de su audiencia hoy? ¿Había cambiado abruptamente de tema al encontrarse con él? El comportamiento de Sober se alejaba tanto de lo esperado que las dudas se acumulaban.
—...Muy bien. Iré contigo.
No lo dudó por mucho. No era una situación evitable, pero tampoco tenía intención de evitarla. Recordó a un hombre que había acudido a él en secreto, suplicando por su vida.
El primogénito de la familia Ashiers, que servía a la Segunda Consorte Imperial. Tras la repentina muerte de su padre, convertido en patriarca, llegó con el rostro demacrado y lleno de miedo, revelando secretos escalofriantes sobre ella y Sober.
No podía confiar plenamente, pero sabía que ambos eran capaces de tales cosas. Había enviado a sus hombres a investigar.
Siguiendo el rastro de los documentos que Mobel le entregó, indagó en las facciones leales a la Segunda Consorte y en antiguas disputas olvidadas. Lo que descubrió al final fue repugnante. Tan asqueroso que le provocaba náuseas.
—Gracias, hermano mayor.
Sober, con el rostro serio y la sonrisa desaparecida, le agradeció. Al mismo tiempo, dio dos pasos atrás.
—Hermano, no es que lo diga por disgusto hacia usted, así que le ruego no lo malinterprete.
—¿Mm?
—Desde pequeño, nunca me gustó el contacto físico. Intenté corregirlo, pero no pude. Hasta ahora, no lo mencioné por ser una debilidad... Pero en adelante, le pido que sea más cuidadoso.
—Ah.
Era un hecho que desconocía.
—Lo siento.
Mientras se disculpaba, el Príncipe Heredero también dio un paso atrás.
—Seré más cuidadoso.
—Gracias por entenderlo.
Sobre la máscara sin expresión de Sober, se superpuso la imagen de la Segunda Consorte Imperial. El Príncipe Heredero carraspeó y tomó la delantera.
—Vayamos a ver a Su Majestad.
—Sí, Su Alteza.
Tras él, siguió Sober con una mirada gélida. Con cada paso deliberado, pisó la sombra del Príncipe Heredero.
Si no estuvieran en el palacio, habría preferido aplastarle la cabeza.
El Emperador, a diferencia de cuando Sober solía visitarle solo, los recibió en su despacho privado en lugar de la sala de audiencias.
Para Sober, era un lugar al que entraba por primera vez. En cambio, el Príncipe Heredero parecía familiarizado.
Sober observó en silencio la taza de té frente a él. Aunque solo era una taza con té caliente, emanaba una sensación de perfección impenetrable que le hacía reticente a tocarla. Mientras, frente a él, el Príncipe Heredero disfrutaba del té con naturalidad, manteniendo una conversación mundana con el Emperador.
Hablaban del clima, del sabor del té…, trivialidades sin importancia que fluían entre ambos. Al final, la mirada del Emperador se posó en Sober.
La atmósfera cálida, aunque fingida, se enfrió en un instante.
—¿Qué asunto te trae hoy? Si es algo inútil, puedes retirarte ya.
La mirada del Emperador hacia Sober era fría. Su voz, igual. Con una mirada de reojo al Príncipe Heredero, lanzó una advertencia silenciosa a Sober para que midiera sus palabras. Hasta entonces, Sober había informado al Emperador sobre los actos de la facción de la Emperatriz. Al parecer, el Emperador ya lo sabía, pues escuchó sin mostrar especial interés.
Tampoco era que Sober esperara actuar contra la Emperatriz de inmediato; más bien, usaba esos informes como excusa para encontrarse con el Emperador con frecuencia, sin mayor decepción.
Observó las ojeras del Emperador. Luego, finalmente, abrió los labios que había mantenido sellados.
—Mi madre está grave.
El Emperador no mostró reacción alguna. Solo lo miró fijamente.
No intervenir no significaba ignorancia. Más allá de lo que la Emperatriz y el Príncipe Heredero sabían, el Emperador también tenía sus sospechas.
—Los sacerdotes y sanadores que mi madre hizo llamar no han sido de ayuda.
—Por eso,
—Los sacerdotes y sanadores de la corte serán igual de inútiles. La visité esta mañana. Su estado no mejora.
—Por eso,
—Su Majestad.
—Sober.
—Sí, Su Majestad.
—Sober.
—Sí, Su Majestad.
Tras un intercambio de llamados y respuestas, el Emperador cerró la boca. Los labios de Sober también se cerraron. Un silencio sofocante cayó entre los tres.
Era solo una mirada, pero sentía que lo devoraba. Aun bajo esa presión, Sober sostuvo la mirada del Emperador hasta el final, sin ceder.
Parecería insolente. Pero si apartaba la vista ahora, todo habría terminado.
El Emperador le preguntaba sin palabras: ¿Fuiste tú quien usó el veneno? Aunque no fuera inocente, debía parecerlo.
—...Su Majestad, creo que sería prudente que visitara a Su Alteza la Segunda Consorte Imperial.
Finalmente, antes de que el ambiente se volviera más tenso, el Príncipe Heredero intervino. Gracias a ello, la atmósfera se suavizó. Sober también bajó la mirada en ese momento.
Como si estuviera suplicando.
—Alger, ¿qué asunto te trae hoy? Si no tienes un propósito, puedes retirarte.
Era una orden velada para que se fuera. El Príncipe Heredero, captando la indirecta, se levantó.
—Entonces, me retiro.
Al marcharse, solo quedaron dos personas en la sala.
—Sober, ¿cuál ha sido tu verdadero propósito al buscarme hasta ahora? Sé bien que no era solo por los asuntos de la Emperatriz. Es hora de que empieces a ser honesto.
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