Sirviente Chapter 131
Capítulo 131
La marejada de confusión que nublaba su mente cesó.
Le sobrevino un mareo acompañado de náuseas. El emperador, con manos temblorosas, se presionó las sienes mientras clavaba la mirada en la espalda ancha de la sombra que obstruía su visión.
Chas.
Sus dientes rechinaron.
¿De dónde provenía esta desazón?
Quería alzar el brazo y apartar de un empujón al insolente que se interponía. Pero al mismo tiempo, un presentimiento le advertía que no debía apartar ese velo asfixiante. No supo cuánto tiempo permaneció así.
Por un lado, le inquietaba no ver a Sober.
Por otro, al ocultarse de su vista, la agitación que ardía como llamas comenzó a apaciguarse.
Sus nervios, afilados por el constante roce, empezaron a sanar, dejando paso a un profundo agotamiento. Y con él, sus emociones se tornaron extrañamente serenas.
Ni siquiera se preguntó por qué.
En el pasado, habría buscado respuestas ante tal situación.
Pero ahora, el emperador solo quiso evadirlo.
Todo le resultaba... irritantemente trivial.
Fue entonces.
—Su Alteza Tercer Príncipe, retírese ahora mismo.
Una voz grave resonó en su mente entumecida.
La sombra, atreviéndose a dar una orden que ni él había emitido, despedía a Sober.
—Levántese de inmediato.
Como si eso no fuera suficiente, hizo una señal.
Al instante, todas las sombras ocultas se materializaron, rodeando al emperador en formación protectora.
El emperador observó la escena con mirada vacía antes de recordar, tardíamente, sus propias órdenes:
[—Si alguna vez pareciera que estoy perdiendo la compostura, considérenlo una situación de peligro y actúen de inmediato].
Con una sonrisa amarga, revisó el anillo en su dedo medio.
Un artefacto mágico creado por el archimago, diseñado para reaccionar ante ataques físicos, venenosos o psíquicos.
La gema blanca permanecía inalterada.
No parecía que Sober hubiera intentado nada.
Pero eso no lo tranquilizó.
En cuanto su visión se aclaró, un escalofrío recorrió su espalda.
Era como si... la energía mágica que lo envolvía estuviera siendo devorada.
La sensación era inquietante, ominosa.
—Su Majestad, me retiraré.
La voz de Sober llegó mientras un temblor recorría su cuerpo.
Su tono, bajo y contenido, carecía de todo rastro emocional.
Solo frío.
Y algo húmedo.
Otra oleada de escalofríos lo invadió.
El comportamiento de Sober... encajaba y no encajaba con la situación.
Él debería estar preocupado.
En lugar de despedirse, debería preguntar si estaba bien.
Pero Sober, sin cuestionar la advertencia de las sombras, optó por retirarse tras un breve silencio.
Eso significaba que, sin necesidad de preguntar, ya sabía lo que le ocurría.
Podría ser una conclusión precipitada...
Pero no podía descartarlo como mera paranoia.
Mientras el emperador perdía el momento de responder, el sonido de la puerta abriéndose y cerrándose se sucedió en rápida secuencia.
Plop.
Un sudor frío, acumulado en su barbilla, cayó al suelo con un sonido sordo.
—...Haah.
Finalmente, exhaló el aire que contuvo sin darse cuenta.
—Su Majestad.
Las sombras lo examinaron con urgencia.
—¿Se encuentra bien? Su semblante está pálido.
—Llamaremos al jefe de sirvientes para preparar té.
—...Estoy bien. Antes... ¿notaron algo extraño en el príncipe?
Las sombras intercambiaron miradas antes de negar al unísono.
—No estamos seguros.
Una respuesta frustrantemente ambigua.
Las sombras imperiales, además de dominar el arte del asesinato, reciben una educación comparable a la de los nobles para detectar lo que su señor pasa por alto.
Su intuición es aguda, su perspicacia, rápida.
Que todas dijeran —no estamos seguros...
Era como admitir que Sober estaba varios pasos por delante.
—Cuando el príncipe menciona el norte... su mirada y aura cambian. Pero solo con eso, no podemos afirmar que planea dañar a Su Majestad.
—No percibí energía siniestra.
—Sin embargo... algo desincronizado sí noté.
—Desincronizado.
El emperador movió los labios al escuchar la palabra exacta que describía su sensación.
Sí, desincronizado.
Desde hacía tiempo, cada conversación con Sober lo sometía a una presión indescriptible.
Así había sido.
—¿O... será solo mi imaginación?
En el instante en que estaba por llegar a una conclusión definitiva, un repentino mareo nubló sus pensamientos.
Tal vez había sentido esa sensación, o quizás no. Era un tipo de confusión que experimentaba por primera vez.
El emperador bajó la cabeza y se pasó la mano por el rostro con gesto nervioso.
—...Primero, enviaré más gente al norte. Seleccionen a unos treinta de los más competentes y háganlo lo antes posib-
«¿Posible...? ¿Qué iba a decir después?» El emperador pasó la lengua por el interior de su mejilla.
—Ordenaremos que averigüen noticias del norte —completó rápidamente una de las sombras. El emperador asintió.
—Háganlo así. Necesito descansar un momento.
Varias sombras salieron por la ventana. Las restantes volvieron a esconderse en sus puntos ciegos.
Aunque aparentemente solo, en realidad no lo estaba. El emperador miró alrededor del despacho antes de cerrar los ojos. Un sopor que no había podido conciliar en toda la noche lo invadió de golpe.
Al mismo tiempo, tras sus párpados cerrados, imágenes comenzaron a revolotear como tela mecida por el viento o humo flotante. Pero ni siquiera pudo gemir antes de ser arrastrado a un abismo oscuro y lejano, donde lo atormentaron pesadillas durante un tiempo considerable.
Y cuando por fin abrió los ojos de nuevo, el emperador quedó atrapado en un terror extremo.
Era el comienzo de una demencia contagiosa como una plaga.
* * *
«Demencia...»
Eddie frunció el ceño al ver el mensaje que apareció repentinamente en su ventana de estado. Louis, al notarlo, desvió la mirada hacia él, aunque era imposible que viera lo mismo.
Conteniendo un suspiro de frustración, Louis se rascó la frente antes de extender la mano con disimulo.
—Si frunces tanto el ceño, te saldrán arrugas. Bueno, aunque te salgan, seguirás siendo hermoso.
Acarició la frente de Eddie mientras esbozaba una sonrisa radiante.
—¿Qué viste? ¿Qué fue tan grave para ponerte así?
Frotó sus labios contra la mejilla de Eddie con disimulo.
—El emperador se está volviendo loco.
—Ah, ¿en serio? Bueno, con Sober manipulando las cosas, es comprensible. Más bien aguantó más de lo esperado.
Louis respondió con indiferencia. Pero, a pesar de su tono ligero, su mirada ya se había ensombrecido.
La relación entre el emperador y Louis no era la de padre e hijo, sino más bien la de un ser superior y su recipiente, nada más ni nada menos.
Incluso si Louis hubiera conocido antes la cruel verdad de la maldición, sobre que un hijo precioso, nacido del amor, llevaría la vida más miserable, habría sido difícil cambiar su percepción del emperador. Simplemente no había habido emociones entre ellos para comenzar.
Aun así, no podía ser placentero. Louis enterró la nariz en el hombro de Eddie.
Eddie acarició su cabello rojo oscuro, que se mostraba mimoso. En ese momento, un golpe en la puerta rompió el silencio.
Apenas dio permiso para entrar, la puerta se abrió. El aire pesado cambió en un instante.
—¡Lo logré, lo logré! ¡Lo logré!
Roman irrumpió con las manos en alto. Louis extendió rápidamente el brazo y empujó su frente, impidiendo que abrazara a Eddie.
—¡Ugh, Alteza! ¡Qué mezquino!
Ante el rechazo obstinado, Roman soltó una queja.
—Y eso que el experimento fue un éxito —refunfuñó, sacando el labio inferior y mostrando lo que llevaba en la mano.
Un pequeño frasco de vidrio con un líquido azulado que se balanceaba con sus movimientos.
Una poción. Roman había estado investigando productos especiales usando espiritismo y recursos exclusivos del norte.
Uno de ellos era crear ungüentos y pociones a base de la corteza del árbol satín, eficaz para detener hemorragias, y las frutas del árbol ropi, que alivian la fatiga. Tras varios fracasos, finalmente había obtenido resultados. Aunque fingía estar ofendido, su rostro brillaba.
—Ya hemos verificado su efectividad varias veces.
Ferus, que entró detrás de Roman, dijo mientras inclinaba la cabeza ante Eddie y Louis.
—Pero el tiempo y efecto varían según la gravedad y ubicación de la herida. Compararla con las pociones de los magos sería...
No terminó la frase, pero se notaba su decepción.
—No hay que compararla con los productos de la Torre Mágica. Al fin y al cabo, esto está pensado para venderlo a la gente común.
Las pociones de los magos, incluso las de baja calidad, son caras. No era algo que la gente común pueda comprar con facilidad. En cambio, si estas pociones y ungüentos con efectos de nivel bajo a medio eran asequibles y accesibles, tendrían buena competitividad.
—También hay dulces hechos con frutas de ropi.
Ferus extendiendo hacia Eddie un plato que llevaba.
Sobre él, no solo había caramelos, sino varios postres.
—Les he puesto todo mi cariño, así que estarán deliciosos. Por favor, pruébenlos.
Ante su insistencia, Louis arrugó la nariz.
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