Sirviente Chapter 146

 Capítulo 146

—¡Aaaah! ¡Aaaah!

Los sirvientes, obligados a presenciar en silencio el arrebato del loco, temblaban sin control. Aunque anhelaban huir de inmediato, sus cuerpos, paralizados, se negaban a moverse. 

¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cómo había llegado a esto? 

Luego de que Sober descubriera sus identidades, se repetían la misma pregunta docenas de veces al día, pero nunca hallaban respuesta. 

La operación de la organización siempre había sido compleja, desde el momento en que comenzó a funcionar plenamente. 

Actuaban según las órdenes transmitidas a través de pájaros de papel, cumpliendo sus roles asignados. Luego, una vez al día o cada varios días sin un ciclo fijo, alguien aparecía. 

Tras verificar el símbolo de la organización y recibir el pago por sus servicios, entregaban la información recopilada. El rostro del interlocutor siempre era borroso, distorsionado por un artefacto mágico. Así que no podían discernir si se trataba de un superior o de un subordinado encargado de recoger datos. 

Si alguien era rastreado, toda la organización corría peligro. Por eso, los miembros sabían menos de lo que ignoraban. 

Aun así, podían intuir su posición dentro de la jerarquía. Las órdenes que recibían nunca fueron livianas, lo que demostraba que su habilidad era reconocida. Pero, al fin y al cabo, solo eran peones. Claro que nunca albergaron resentimiento por ello. Solo cumplían. 

Pero jamás imaginaron que terminarían traicionando a la organización. 

Los sirvientes, empapados en sudor frío, se miraron de reojo. Aunque se cruzaban a menudo mientras transitaban por el palacio, no hacía mucho que habían descubierto que pertenecían a la misma organización. 

Lo que un individuo sabía era limitado, pero al juntar los fragmentos de información de varios, el panorama se volvía más claro. Gracias a eso, ahora sabían bastante. Aunque eso no significaba que encontraran una salida a este desastre. 

Con las vidas de sus familias en manos de Sober, no podían actuar imprudentemente. Sin embargo, al llegar a este punto, una duda los asaltaba: ¿realmente tenían padres y hermanos? Tenían la extraña sensación de que esas personas habían surgido de la nada, creadas por Sober en algún momento. Pero quizá solo era su imaginación. 

En cualquier caso, debían pensar en el futuro. La organización ya habría descubierto su traición. Morirían si Sober los consideraba inútiles, y morirían si se enfrentaban a sus antiguos compañeros. Estaban entre la espada y la pared. 

—¡Ruidoso, ruidoso, qué ruidoso!

Fue entonces. Sober comenzó a tirarse de los cabellos. Con cada movimiento suyo, botellas vacías y documentos rodaban por el suelo, pisoteados. Manos, orejas y mechones de cabello —que alguna vez pertenecieron a alguien— volaban bajo sus patadas descontroladas. Siguiendo los hilos de sangre que salpicaban la alfombra, giró la cabeza hacia un rincón. Allí, un grupo observaba a Sober con rostros vacíos. 

Eran aquellos que lo habían seguido y apoyado, moviéndose solo por la segunda consorte imperial. Tras su muerte, algunos nobles habían acudido en busca de un nuevo líder. 

Varios sostenían periódicos y revistas del día. Habían venido para discutir los movimientos sospechosos del príncipe heredero, pero ahora presenciaban una tragedia absurda. El terror llenaba sus ojos. En el aire sofocante, alguien dejó escapar un suspiro ahogado. 

—Dios…

Era el conde Melna, quien había servido a Sober durante años. Sus ojos temblaban como un mar azotado por las olas. 

No podía creer la realidad ante él. Hacía poco, al entrar en el despacho, Sober parecía normal. 

Ni siquiera había mostrado ira ante las conspiraciones de sus enemigos, lo que lo llevó a admirarlo en silencio. 

Pero todo duró poco. Sober estalló de furia por unos comentarios triviales del vizconde Deyer y, antes de que alguien pudiera detenerlo, desenvainó la espada colgada en la pared y comenzó a blandirla. 

En un abrir y cerrar de ojos, varios quedaron heridos y el silencio se apoderó de la sala. Entonces, Sober recuperó la compostura, se sentó y sacó un dispositivo de comunicación. 

En la pantalla apareció el príncipe heredero. Sober, que antes había hablado con sirvientes en términos incomprensibles, volvió a convulsionar, llegando a este punto. Era imposible entender qué ocurría. Parecía que el flujo de sus emociones se había roto por completo. 

—Su Alteza…

—¿Acaso Su Alteza ha enloquecido…?

—No podía imaginar que sufría de demencia…

Tras el conde Melna, murmullos aturdidos brotaron por doquier. Pero sus voces fueron ahogadas por los alaridos de Sober. Al mismo tiempo, aunque no tenían adónde huir, retrocedieron instintivamente. 

¿Qué podían decir para calmarlo? Parecía haber olvidado por completo su existencia. Nada de lo que dijeran llegaría a sus oídos. 

Los ojos del conde Melna descendieron. Por alguna razón, los sirvientes parecían saber más. 

—¿Desde cuándo sufre Su Alteza de demencia?

Ante su pregunta susurrada, un sirviente cubierto de pecas vaciló antes de responder: 

—D-desde hace bastante. A-antes se calmaba en unos 30 minutos, pero…

Ya había pasado más de una hora, y ni hablar de 30 minutos. Por la forma en que se agitaba, parecía que esto duraría todo el día.

En circunstancias normales, habría estallado de ira preguntando por qué los sirvientes no le habían informado sobre el estado de Sober, pero temía que, si alzaba la voz, él pudiera agarrar otra vez la espada y desatar el caos.

La mirada del conde Melna se posó sobre los heridos. Habían perdido mucha sangre y su semblante estaba pálido. Parecía que en cualquier momento echarían espuma de la boca. 

—¿Qué debemos hacer ahora...?

Ante la pregunta que surgió detrás de él, el conde Melna negó con la cabeza. ¿Cómo iba a saberlo? Ese pensamiento fue el primero en cruzar su mente. 

—...Corrían rumores de que la muerte de Su Alteza la segunda consorte en realidad fue obra del príncipe heredero... No puede ser, ¿verdad?

Las palabras —no puede ser— se atoraron en su garganta como una espina. Viendo el estado de Sober, no podía estar seguro. Además, si acaso padecía alguna enfermedad, su muerte había sido, cuanto menos, sospechosa. 

¿Y si era cierto? En la lucha por el poder, no era desconocido que un emperador matara a padres y hermanos para ascender al trono. Pero al menos en esos casos, el emperador no sufría de demencia. Tenía una justificación, una lucha con la espada en mano que lo llevó a ceñirse la corona. La situación y posición de Sober eran distintas. 

El conde Melna imaginó el momento en que Sober ascendiera al trono. Una escena que hasta ayer le había llenado de orgullo, ahora le resultaba espantosa. 

Convertir a un demente en emperador no era solo peligroso, era un acto suicida. 

Bajo un emperador que desenvainaba la espada ante el menor disgusto, nadie sobreviviría. 

Habían anhelado compartir la gloria del poder, no precipitar su propia destrucción. Esto no podía continuar. Debían cambiar de rumbo. 

Chas.

El conde Melna mordió su labio mientras clavaba la mirada en la espalda de Sober. 

—Su Majestad el Emperador tampoco ha salido de sus aposentos... Espero que Su Alteza no haya hecho nada imprudente...

Cada palabra que añadía a la tensión solo hacía emanar más inquietud de Sober. 

—¿Qué hacemos ahora...?

—Nosotros ya...

—Basta, cálmense. Lo mejor ahora es guardar silencio.

No podían provocar a Sober en este momento. El conde Melna lanzó una advertencia para sofocar la agitación. Al mismo tiempo, extendió la mano hacia algunos de los presentes. Ante sus miradas interrogantes, señaló con la barbilla lo que sostenían. 

Eran preparativos para contraatacar los asaltos del príncipe heredero. Si iban a abandonar a Sober, no podían atreverse a atacar a la emperatriz. Si osaban apuntar sus espadas al cuello del príncipe heredero, todos cruzarían el umbral de la muerte juntos. 

Ellos le transfirieron sin resistencia la información y la responsabilidad al conde Melna, quien la guardó cuidadosamente en su pecho. 

De pronto, el salón quedó en silencio. Desconcertado por la repentina calma, alzó la vista. 

—...¡Ah!

Todos contuvieron el aliento al unísono. Sober los estaba mirando. Sus ojos brillaban con peligro, especialmente la pupila del ojo tras el monóculo, que se veía anormal. 

—La maldición contenida en el recipiente se ha despertado. Louis ha recuperado la visión que había perdido. Pero Su Majestad no solo ha permitido esto, sino que además ha enviado a mi hermano mayor a una zona peligrosa.

Ante sus palabras inesperadas, todos tragaron saliva. 

—¡Louis mató a mi madre! ¡Estos bastardos son espías enviados del norte!

Un relámpago cruzó el aire. Sober recogió la espada del suelo y, sin vacilar, decapitó a los sirvientes. 

Las cabezas de aquellos que jamás imaginaron morir así rodaron hasta los pies de los nobles. 

Al mismo tiempo, la sangre brotó de sus cuerpos como un géiser. En medio de la escena macabra, sobre la cabeza de Sober apareció una ventana de estado que solo Eddie era capaz de ver: 


[⇰ El nivel de demencia de Sober Delvan Enders ha alcanzado el 100%.]

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