Sirviente Chapter 85

 Capítulo 85

Desde que entraron en el sendero del bosque, tras cruzar la llanura donde se libró la batalla, ya se notaba algo extraño. Pero jamás imaginó que el cielo cambiaría de repente, tiñéndose de un gris ceniza como tinta diluyéndose en agua. 

El cielo sombrío, tejido como una red gigantesca, amenazaba con envolverlos en cualquier momento, dejándolos vulnerables. Por otro lado, también daba la sensación de haber sido empujados a otra realidad distorsionada. Al volver a experimentar la misma impresión que en la llanura, los nervios se tensaron al máximo. 

Ante un fenómeno tan grotesco e inesperado, una profunda sensación de desconexión los invadió. Eddie lanzó una mirada de reojo a Roman, que se mantenía cerca de Louis. 

Por la rigidez de su rostro, se notaba que no era la primera vez que presenciaba algo así. Y, además, lo intuyó: 

«Pronto aparecerá algo distinto a todo lo visto hasta ahora».

Un escalofrío de tensión recorrió su espina dorsal. Cambiando la espada a su mano izquierda, Eddie extendió la derecha para agarrar el brazo de Louis, preparado para empujarlo detrás de sí si era necesario. Mientras, repasó las palabras de Roman: 

» La gente suele pensar que los espíritus son luminosos y puros como la luz, y asume que habitan bosques frondosos. Pero, en realidad, los espíritus son curiosos y siempre permanecen cerca de los humanos. Solo aquellos bendecidos desde su nacimiento pueden percibirlos, pues se funden en el ambiente, en la energía que emanan los seres vivos. 

Por eso, un espíritu podía ser luz u oscuridad, según la naturaleza de su contratista. Era como las dos caras de un espejo. 

Seres así no podían haber ignorado la verdadera esencia de la maldición de Louis. 

Aunque nacido en el abismo, su maldición provenía de un dragón. No era una simple criatura clasificable como monstruo. 

Los dragones manipulaban la magia mediante el poder de la naturaleza y, sin necesidad de contratos, dominaban a los espíritus. 

Para ellos, eran seres superiores. Solo el Rey de los Espíritus podía equiparárseles. 

Así que era natural que los espíritus de Roman sintieran afinidad por Louis. 

Además, desde que Louis comenzó a forjar su propio destino, la trama original había cambiado. Y con ella, la naturaleza de su maldición había evolucionado positivamente. Por eso los espíritus habían dicho que ‘ya no’ era peligrosa. 

«Algo me dice que los espíritus de Roman seguirán a Louis sin problema».

Ese presentimiento lo reconfortó, pero en ese instante, una oleada de aura densa y electrizante los envolvió como una marea. 

El Conde Edlen, al frente del grupo, alzó su espada. Todos adoptaron posiciones de combate al ver la señal. 

El sendero del bosque, aunque amplio a los lados, era estrecho comparado con la llanura abierta. No sabían cuántos monstruos aparecerían, pero si la batalla se prolongaba, la desventaja sería suya. 

Roman movió los labios varias veces hasta que, de pronto, una hoja gigante, envuelta en luz verde, apareció. Sobre ella, un pequeño ser del tamaño de una palma —un espíritu del viento— se aferró. 

El espíritu voló hacia Louis, rodeó su sombra y, sin dudar, le besó y frotó su rostro contra él. Pero, de repente, como si algo lo hubiera alarmado, giró la cabeza y se pegó a la hoja, agrandándola como un escudo para proteger a Roman y a Louis. 

Fue entonces cuando aparecieron los sectunes, criaturas de complexión similar a un adulto humano, arrastrándose con ese sonido gutural característico de los monstruos. 

Con cabezas de cerdo, rasgos feroces, manos duras y garras, sus cuerpos musculosos, piel gruesa y resistencia los hacían difíciles de derrotar sin un ataque potente. Además, aunque no como los trolls, poseían capacidad regenerativa. 

—¡Ugh, esos no se pueden comer! Parecen humanos con cabezas de cerdo, ni siquiera lo intentamos. Hasta otros monstruos los evitan porque, al morir, sus cadáveres huelen a podrido —explicó Roman sin que nadie le preguntara. 

Louis tembló solo de imaginarlo. 

¡Whoosh! 

El Conde Edlen atacó primero, reanudando la batalla. Tampoco esta vez hubo gritos de aliento. Pero el desarrollo del combate fue distinto. 

Mientras los caballeros avanzaban blandiendo sus espadas, los soldados retrocedieron, empuñando lanzas y arcos. Lanzaban jabalinas a los puntos débiles de los sectunes —sus cabezas— o disparaban flechas a sus gargantas. 

Aunque el Conde Edlen y los demás nobles no daban órdenes, todos coordinaban como piezas de un rompecabezas. 

Las ondas de vida resonaban por el bosque. El calor de los combatientes hacía vibrar el suelo nevado. 

Y, sin embargo, para Eddie, todo parecía tranquilo. Era desconcertante. 

[—El combate avanza sin fisuras... ¿Será por eso? Aunque hay ruido, se siente una tranquilidad extraña. No hay miedo].

El asombro de Louis le llegó como un eco. Eddie asintió sin querer. Pero esa admiración duró poco. 

Por más que pasara el tiempo, el número de monstruos no disminuía. Por cada uno caído, surgían más sectunes. Incluso empezaron a trepar árboles para atacar desde arriba. 

—¡Aaaah! 

La batalla se prolongó, tal como Eddie temía. Por numerosos que fueran, la resistencia física y mental humana tenía límites. 

Un sendero angosto. El hedor de los cadáveres. Los monstruos atraídos por el olor. Los heridos no dejaban de caer. 

El ímpetu inicial se agotaba, reemplazado solo por gritos de dolor. 

Los monstruos, guiados por instinto, dejaban de luchar para devorar a los heridos donde yacían. 

Ni los más veteranos podían evitar sentirse oprimidos ante tal crueldad. 

Y el cielo ceniza se oscurecía aún más. 

—Esto... no es normal. Nunca nos atacaron tan ferozmente en esta zona... 

Aunque su experiencia era corta, había escuchado bastante, como parte de su aprendizaje, sobre qué tipo de situaciones se desarrollan en qué áreas.

—Fenómenos que deberían ocurrir más adelante ya están sucediendo aquí. 

El rostro de Roman se puso pálido. Al mismo tiempo, un aura mortal descendió del cielo. Eddie, ágil, decapitó a un sectún. 

Sin detenerse, saltó sobre un árbol y, de un tajo, segó las cabezas de los monstruos que acechaban desde las ramas. 

Los cuerpos decapitados cayeron sobre la nieve manchada. 

Al aterrizar, Eddie siguió avanzando. Mientras, el cielo se oscurecía más. 

Un asesino se adaptaba rápido a la oscuridad, pero los demás no. Necesitaban tiempo para que sus ojos se acostumbraran, y en ese instante de vulnerabilidad, morirían. 

Antes de que cundiera el pánico, Eddie sacó un pergamino mágico guardado y lo rompió. 

Una esfera de luz iluminó el área. 

—¡Uaaah! 

Con una espada en cada mano, Eddie eliminó sectunes con precisión. Cortó, cortó y cortó hasta que solo sostener las armas ya lo sumía en un estado de matanza instintiva. 

Sus manos y mangas estaban empapadas de sangre. Al ver un Beher acechando al Conde Edlen, corrió hacia él y le arrancó los ojos. 

El monstruo aulló mientras Eddie clavaba su espada en su garganta. 


—Gracias —dijo el Conde Edlen, apoyándose en su espalda con una sonrisa—. Vaya, no esperaba tantos aquí. Esto es casi la entrada del bosque. 

El Conde escaneó el área. Ahora, además de sectunes, había Beher, orcos, otras razas y aves mutantes. 

—Será porque falta poco para que salgan las dos lunas. 

«¿Dos lunas?»

Eddie tragó un suspiro. En el Imperio, cada diez años, cuando la energía Yin saturaba el cielo, aparecían dos lunas. Los sacerdotes decían que era la ira de los dioses y oraban durante diez días. Quienes superaban ese periodo sin incidentes recibían buena fortuna; los demás, desgracia. 

«¡Maldición!»

¡Uno de los mecanismos que había creado en su novela para matar a Sober ahora afectaba el Norte! No lo había previsto. El rostro de Eddie se ensombreció. 

Los monstruos, más sensibles a la energía lunar, se volvían varias veces más violentos. Le pesó la nuca. Tragó saliva y se separó del Conde Edlen. 

—Mantén el ritmo. Cuantos más eliminemos ahora, menos sufrirá la aldea. 

Dicho eso, el Conde se lanzó contra la horda. 

Eddie apretó los labios. Como autor, ahora debía limpiar el desastre que había creado. Sin descanso, siguió abatiendo monstruos.

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