Sirviente Chapter 95

 Capítulo 95

Para crear al villano Sober, había incluido en la trama elementos sobre venenos, bastante crueles por cierto. Cada vez que se describía a Sober, nunca faltaban los jardines de hierbas venenosas. Eran como epítetos que lo acompañaban.

Pero jamás, bajo ningún concepto, había escrito sobre venenos usados como drogas que afectaran masivamente a la gente.

Aunque las vidas de los protagonistas ya habían cambiado bastante y la trama original se había alterado en cierta medida, ni siquiera así había imaginado una situación como esta.

¿Por qué el conde Fordman hacía algo que no hacía en la obra original? Era solo un personaje secundario. Aunque ambicioso e intolerante, no era lo suficientemente astuto ni egocéntrico para involucrarse en actividades ilegales.

¿Qué lo había cambiado? Era natural que los personajes se vieran afectados por los cambios en las circunstancias, pero esto era... una transformación discordante.

Mientras su mente se enredaba, también vio una oportunidad. Esto sería un gran punto débil del conde Fordman.

«Raven no me ha informado nada sobre las semillas de Ake».

Además, el conde ahora mismo estaba debatiendo cómo distribuirlas en secreto sin ser descubierto.

Eso significaba que las semillas aún no se habían esparcido por el territorio. Irónicamente, había llegado en el momento perfecto.

Eddie no era un defensor de la justicia, pero no quería ver más sufrimiento de los débiles e indefensos. Menos aún permitir que la maldad se extendiera en el mundo donde viviría Louis.

«Un país corrompido por las drogas está condenado a caer».

Si el imperio perdía poder, se convertiría en presa de otras naciones. Entonces el norte también estaría en peligro. No podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo se distorsionaba el mundo que había creado.

«Debo detener esto a toda costa».

Al apretar los puños, se dio cuenta de que ya había pasado más de una hora. El conde Fordman, que había estado revisando documentos de pie sin mostrar cansancio, alzó la cabeza al sentir una brisa molesta. 

—Tsk. 

Con gesto irritable, murmuró algo y arrojó los papeles al escritorio antes de cerrar la ventana y las cortinas. Un silencio sepulcral llenó la habitación.

Al sentarse, sacó algo del cajón: papel, hojas de hierbas secas y semillas de Ake.

Con los dedos, trituró las semillas negras y arrugadas y las mezcló con las hierbas. Luego las esparció en una línea fina sobre el papel y lo enrolló. Justo cuando lo llevaba a su boca, cenizas cayeron por un lado.

—¡Maldición!

El conde frunció el ceño. Desde el proceso mismo se notaba su torpeza. Desenrolló el papel y con los dedos recogió lo esparcido, pero al final no logró fumarlo.

—Por más que escuché las instrucciones, ser tan inepto hace difícil siquiera probarlo.

Molesto, lo barrió todo.

«¿Escuchó instrucciones?»

Eddie analizó sus palabras. Esto podía interpretarse como que la decisión de distribuir las semillas no había sido solo del conde, sino influenciada por alguien más. Alguien lo estaba manipulando.

«Tengo un mal presentimiento».

Se sintió inquieto. Por instinto, levantó la mano para frotarse la nuca pero se detuvo. Sus emociones fluctuaban y su presencia, antes oculta, comenzaba a filtrarse.

Se tranquilizó. Así pasó otra hora. El conde, apartando la vista de los documentos, agitó una campana.

Los soldados afuera se retiraron al oírla. Parecía una señal para descansar.

«Ni siquiera rotan la guardia, simplemente se van. Bueno, supongo que es una ventaja».

Era hora de actuar. Justo cuando se disponía a salir de las sombras, sintió una presencia acercándose.

Toc, toc, toc. 

Tras los golpes, entró una joven en bata.

—Ya llegué, señor conde.

Lo llamó con voz nasal y avanzó, descalza. Aunque su rostro era bonito, sus uñas descuidadas delataban que era una sirvienta.

Antes de que el conde alzara la vista, Eddie la golpeó en la nuca para dejarla inconsciente. No tenía intención de presenciar sus juegos amorosos.

La sostuvo al caer y la recostó con cuidado.

—¡...!

Luego saltó al escritorio y tapó la boca del conde con una mano mientras con la otra le sujetaba la muñeca que intentaba alcanzar la campana.

—No sé cuánto interés tendrá en las noticias del norte, pero supongo que habrá oído que hace unos años llegó un nuevo sirviente al castillo norteño.

El conde bajó y alzó los ojos como asintiendo.

—Encantado de conocerle. Soy Eddie Royson, sirviente del castillo del norte. Lamento presentarme de esta manera. Agradecería su indulgencia por mi descortesía. Además, prometo soltarle si me asegura que permanecerá en silencio, pues no vine con intenciones hostiles.

—…

—El conde Edlen y Su Alteza el Gran Duque también se encuentran actualmente en su territorio.

Sus ojos se agrandaron, mostrando un fugaz titubeo. El conde, tras contener sus emociones, movió los ojos otra vez. Eddie retiró la mano.

—¿De verdad... eres Eddie Royson del castillo del norte?

—Sí. Así es.

Eddie se quitó la capucha, revelando su rostro. El conde quedó momentáneamente hipnotizado por su belleza, hasta que su mirada se posó en el cabello negro y dejó escapar un suspiro.

—¿El conde Edlen y Su Alteza el Gran Duque están aquí?

Al repetir la pregunta como buscando confirmación, Eddie respondió con un simple asentimiento. El conde se pasó las manos por el rostro con gesto exasperado.

—¿Qué demonios...? ¿Cómo es posible llegar así, sin previo aviso...?

—Si le hubiéramos avisado, ¿habría accedido a recibirnos?

—¡Al menos podrían haberme notificado al llegar al territorio!

—¿Y habría aceptado reunirse entonces?

El conde cerró la boca, desviando la mirada. Su expresión mostraba irritación y fastidio, revelando su deseo de no involucrarse con el norte.

—¿Desea que el norte caiga?

—¡Nadie en el imperio desea eso! ¡Ni siquiera Su Majestad el Emperador, que ve al norte como una espina en su costado!

La contradicción resultaba absurda: oprimían al norte, envidiosos de su poder y resistencia, pero todos confiaban en que nunca caería. Una ironía amarga.

—Si el norte peligra, su territorio tampoco estará seguro. Aunque ahora depende de lo que decida revelar.

Eddie abrió el cajón, mostrando las semillas de Ake. El rostro del conde palideció.

Al recoger los documentos del suelo, Eddie no encontró nada sobre las semillas, pero su mera acción aumentó la presión. Los labios del conde temblaron.

—Gracias a usted, ahora siento curiosidad. ¿Con quién conspira para traficar sustancias prohibidas por el palacio? Sabe el riesgo que implica. Podrían acusarle de traición.

—¡T-Traición! ¡Mida sus palabras!

Eddie sacó un cristal de grabación, mostrando imágenes del conde con las semillas. La evidencia era irrefutable.

—...¿Qué quiere? No habrá venido sin motivo.

«¿Intentando cambiar de tema?»

Aunque era obvio, Eddie dejó pasar el comentario. No podía hacer esperar más a Louis.

—Rinda los debidos respetos a Su Alteza el Gran Duque. Ah, y asegúrese de que esto no se filtre. Será mejor para ambos.

—...Entendido.

Al recibir su respuesta, Eddie sacó un dispositivo de comunicación. Aparecieron los rostros del conde Edlen, el vizconde Beart y Louis.

《 ¡Eddie! 》

《 ¡Sir Eddie! 》

Tras los gritos, se escuchó bullicio. Una camarera pasaba tras ellos con una bandeja.

—¿Están en un restaurante? Si me dicen dónde, el conde Fordman enviará a alguien.

《 Ah, estamos en... 》

《 Cerca de la plaza principal. En la entrada sur, hay un restaurante llamado 'El Refugio del Viajero' 》

Ted asomó su rostro. Eddie miró al conde Fordman, quien, tras recuperarse de su asombro, agitó una campana.

Al terminar, Eddie se escondió, temiendo que los sirvientes se alarmaran al verlo. La sirvienta inconsciente fue amordazada y escondida tras el escritorio.

Unos diez minutos después, entró un joven.

—¿Me llamó, señor conde?

Tras dudar un momento, el conde suspiró y dio órdenes.

—Mayordomo, tenemos invitados importantes esperando en 'El Refugio del Viajero', cerca de la plaza. Uno lleva una capa negra. Vaya personalmente a traerlos en secreto. Que nadie se entere.

—...Sí, entiendo.

El mayordomo, un hombre joven de apenas veintitantos años, mostraba más dignidad que su equivalente del norte. Algo en él llamó la atención de Eddie, sintiendo una extraña familiaridad.

«Qué extraño...»

Algo no encajaba. Eddie no recordaba haber descrito un mayordomo tan joven para el castillo del conde...

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