Ketron Chapter 77

 Capítulo 77

El frío llegó de repente. Ese año, el invierno se extendió más de lo habitual. Aunque un clima gélido y árido suele llenar de quejas, esta vez los rostros de la gente brillaban con sonrisas. 

¿Cómo podría no ser así, cuando el ejército del Rey Demonio que causó sufrimiento durante 10 años ha desaparecido?

Por supuesto, quedaron restos, pero era un hecho que no era necesario señalar a quienes acababan de lograr la paz. 

—Uf, qué frío. 

Agustín, como siempre, se levantó al amanecer y se estremeció de frío. A pesar de estar bien abrigado, el clima de ese día era inusual.

Era temprano, así que decidió ir a calentar un poco el cuerpo y pensó en visitar la posada de Eddie, a la que había ido todos los días últimamente.

Agustín se había convertido en uno de los mejores clientes de la posada. 

Cada vez que iba, se quedaba hasta donde el tiempo se lo permitía, y ya había probado casi todo el menú. 

Y, en su opinión, a la gente de la posada le caía bien. 

El dueño Eddie siempre le obsequiaba algo cuando visitaba. Sebastián, un empleado que desprendía un extraño olor a ajo, el día que lo conoció saltó tan alto que casi perforó el techo, y luego le pidió un autógrafo en la espalda. 

Y luego estaba Ketron. 

—…

Agustín se pasó la mano por la barbilla. 

Ese tipo era… peculiar. Desde el primer momento, llamó su atención de manera inquietante, como si le resultara vagamente familiar. 

Aunque supuestamente ese día en la posada había sido su primer encuentro. 

Recordar a alguien solo por su belleza era ridículo, pero, siendo honestos, un hombre tan impactantemente guapo era difícil de olvidar. 

Su físico, marcado por un entrenamiento riguroso, también habría impresionado a cualquiera, especialmente a Agustín, nacido para el combate. 

…Entonces, ¿por qué no recordaba su rostro? 

Le resultaba familiar y ajeno al mismo tiempo. Incluso la energía que emanaba de su cuerpo le provocaba un intenso déjà vu. 

Pero no lograba ubicarlo. Ni un atisbo de recuerdo, solo un vacío en su mente. 

Preguntarle directamente —¿Me conoces? ¿Nos hemos visto antes? —le resultaba incómodo. 

El recuerdo de ese primer día, cuando Ketron rompió a llorar de repente, le provocaba una culpa inexplicable. No sabía por qué. 

No lo entendía. 

Por más que se devanaba los sesos, no hallaba respuesta. Así que, resignado, enterró esa disonancia en un rincón de su mente. 

Quizá algún día la desenterraría, pero hoy no era ese día. 

Con el ánimo revuelto, dejó escapar un suspiro. Justo entonces, divisó una silueta conocida saliendo del oratorio. 

Laila. La Santa Laila. 

Aunque era la prometida del héroe que regresó triunfante, últimamente se rumoreaba que pasaba más tiempo en el oratorio, buscando respuestas divinas. Y, curiosamente, parecía más preocupada que antes. 

Hoy tampoco parecía haber encontrado las respuestas que buscaba. Su expresión, al salir, estaba lejos de ser serena. 

—Santa Laila. 

Y esa imagen era algo que Agustín, con su carácter entrometido, no podía ignorar. 

Laila, que caminaba cabizbaja, alzó la cabeza al oír su voz. Al reconocerlo, esbozó una sonrisa automática. 

—Buenos días, señor Agustín. Que los dioses le bendigan. 

Él correspondió con un —Que los dioses la bendigan a usted. 

En cualquier otra circunstancia, el saludo habría terminado ahí. 

Pero Agustín no pudo evitar entrometerse. 

—Se le ve preocupada. ¿Ocurre algo? 

—¿Qué podría ocurrir? Mientras los dioses velen por mí, no enfrentaré adversidad alguna. 

Su respuesta sonó ensayada, como si hubiera repetido esas palabras incontables veces. 

Justo esa naturalidad hizo que Agustín frunciera el ceño. 

«Pero usted parece estar enfrentando una adversidad ahora mismo».

Lo pensó, pero no lo dijo. No eran tan cercanos. 

Una de las virtudes de Agustín era que podía llevarse bien con cualquiera, pero aun así, la otra persona era una santa. Incluso para alguien como él, que era relajado por naturaleza, no parecía apropiado comportarse con tanta familiaridad con una figura tan respetada dentro del templo.

Podría dejarlo pasar, pero su expresión melancólica era demasiada evidente. 

Por culpa de su entrometida naturaleza, no podía apartar la vista de Laila, cuyo rostro nublado se le adhería como una mota de polvo en el lagrimal, imposible de ignorar. 

Esa misma tendencia a meterse en todo ya lo había enredado en incontables problemas. Alguien, sí, alguien alguna vez le había regañado por eso… 


[—No te metas demasiado en los asuntos de los demás. Acabas arrastrándome a mí también].


…Pero, ¿quién había dicho eso? 

Últimamente, cuando esos recuerdos fragmentados emergían dejando un vacío inexplicable, a Agustín le venía un dolor de cabeza familiar, arrugando el rostro. 

—Señor Agustín, ¿adónde se dirige? 

Mientras se presionaba la frente con los dedos, Laila le habló. 

Era un cambio de tema evidente, pero no había razón para ignorarla. Agustín encogió los hombros, a punto de responder que iba a entrenar. 

Pero, al abrir la boca, se detuvo. 

…Un momento. 

Su agenda hoy era simple. Como llevaba días haciendo: entrenar por la mañana, luego visitar la posada de Eddie. 

Charlar animadamente con Ketron, con quien parecía haber congeniado, y comer algo delicioso. Nada complicado. 

Era una rutina que últimamente lo llenaba de una felicidad sencilla. 

Además, ¿acaso la tristeza no se aliviaba un poco con buena comida? Al menos, a él le funcionaba. 

—Santa Laila, ¿tiene planes especiales hoy? 

La pregunta le salió impulsiva. Laila inclinó la cabeza, confundida por la pregunta. 

—A mediodía tengo un oficio, pero nada más. 

—Ah. 

Con esa respuesta, Agustín tomó una decisión. 

Aprovecharía para acercarse a la Santa. 

—Santa Laila, últimamente frecuento un lugar en la capital famoso por su comida peculiar. 

Laila lo miró con perplejidad, como preguntándose por qué le contaba eso. Agustín, queriendo evitar que se sintiera presionada, añadió con tono despreocupado: 

—Si no le importa, ¿le gustaría acompañarme? 

* * * 

Dios siempre le había dado respuestas claras. 

Allí no existían respuestas equivocadas. A quién salvar, hacia dónde dirigir su poder sagrado, incluso qué vecinos eran dignos de confianza. Dios respondía a sus preguntas con devoción. 

Pero, en algún momento, dejó de darle respuestas concretas sobre un tema en particular. 


[—El día en que recuperes lo perdido 

Él también regresará.

Pero no lo hará a tus brazos]. 


De todas sus preguntas, esas eran las únicas pseudo-respuestas que Dios le concedía. 

—¿Quién es ese ‘él’? ¿Qué he perdido? ¿Por qué no volverá a mí?

Dios no respondía. 

Solo le repetía: 


[—Hija mía.

Serás feliz].


Como si le pidiera que confiara solo en eso. 

—Hemos llegado, Santa Laila. 

La voz de Agustín la sacó de su ensimismamiento. 

Había estado tan absorta que no se dio cuenta de que el carruaje ya se había detenido frente a su destino. 

—Vaya, estaba distraída. Lo siento, Agustín. 

Se disculpó por no haber prestado atención a su acompañante durante el trayecto. Agustín le sonrió. Era una sonrisa que tranquilizaba a la gente.

Al anunciar que iría con él, los paladines que usualmente la escoltaban no fueron convocados. Así que Agustín la ayudó a bajar del carruaje, y Laila pudo finalmente ver el lugar que él había elogiado tanto. [La Posada de Eddie]

Un nombre poco imaginativo, pero directo. 

Era una taberna y posada que había ganado fama recientemente en la capital. Laila recordaba haber oído el nombre, aunque no sabía exactamente qué servían. 

—¿Qué dijo que era famoso aquí? 

—Venden de todo, pero especialmente platillos extraños que nunca había escuchado nombrar. 

Algunos eran terriblemente picantes… 

Como si recordara algo, el rostro de Agustín palideció por un instante, pero pronto recuperó el color y, con una sonrisa radiante, hizo un gesto. 

—Entremos. 

Siguiendo su indicación, Laila abrió la puerta de la posada y entró. 

Las tabernas no solían tener fama de ser limpios, así que no esperaba mucho, pero la posada de Eddie, tanto por fuera como por dentro, estaba impecable. 

Era temprano, por lo que no había mucha gente y el lugar parecía tranquilo. 

Tan pronto como entraron, se veía un mostrador en forma de barra al frente, y allí, un hombre de cabello plateado particularmente brillante estaba sentado frente a otro hombre de cabello negro, acariciándole el cabello con cariño.

A los ojos de Laila, lo único que podía ver era la ancha espalda del hombre, pero en el momento en que su vista se posó en la nuca cubierta de negro, su cuerpo se tensó sin que pudiera evitarlo.

—Bienvenidos. 

El hombre plateado alzó la cabeza al escuchar la puerta y los saludó, pero ni siquiera el rostro excesivamente hermoso del hombre de cabello plateado logró captar su atención. 

Por algún motivo, ese hombre de cabello negro, del que solo veía la espalda, le resultaba inquietantemente familiar. 

—¡Hola, Eddie! 

Agustín, que había estado siguiendo a Laila, lo saludó alegremente al entrar en la posada, y el hombre de cabello negro, que se había mostrado indiferente a si había clientes o no, finalmente se dio la vuelta.

«Ah». 

Y cuando sus ojos se encontraron con los de él, Laila comprendió de golpe lo que significaba sentir que el corazón se hundía hasta los pies. 


[—El día en que recuperes lo perdido.

Él también regresará].


Sin saber por qué, las palabras que Dios le había susurrado, esas profecías que no eran profecías, resonaron en sus oídos. 


[—Pero no lo hará a tus brazos]. 


Incluso aquella parte de la profecía, tan fría y terminante.

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