Ketron Chapter 84

 Capítulo 84

El ganador del torneo de caza fue Arthur.

No era algo sorprendente. Arthur realmente sobresalía en actividades como la caza y la pesca. Poseía un talento excepcional para aguardar conteniendo la respiración y arrebatar la oportunidad en el momento preciso.

Como correspondía a un torneo de caza presidido por el emperador, era tarea de este otorgar el premio al primer lugar.

El joven emperador, vestido con ropa ligera como correspondía a una competencia de caza, sonrió y entregó personalmente el premio a Arthur.

El premio para el primer puesto era un arco fabricado por la familia imperial. A simple vista, no tenía decoraciones especiales, pero estaba grabado con el emblema de la casa real mediante magia y poseía valiosos encantamientos auxiliares que ayudaban al usuario en la caza.

Arthur aceptó el arco con una expresión de orgullo.

El incidente ocurrió justo cuando la ceremonia de premiación estaba por concluir, en el momento en que Arthur recibía el arco.

En el campo visual de Boram, quien se esforzaba por consolar a los hombres de la casa del marqués Evans, desanimados por no haber capturado ni una sola pequeña presa, apareció un hombre acercándose a Arthur.

Un hombre que Boram también reconocía.

El marqués Rodrigo.

Líder de la facción aristocrática nobiliaria, antiguo rival del joven emperador y figura sospechosamente silenciosa en las purgas que ocurría en las sombras.

De pronto, aquel que había permanecido en la sombra durante un tiempo, se mostraba al público.

—¿Hm? Pensé que no había participado.

El marqués Evans acarició su barba mientras pronunciaba esas palabras.

—...

Boram también había creído lo mismo. Esperaba que, en medio de su silenciosa guerra con el joven emperador, el marqués Rodrigo expresara su descontento negándose a asistir al evento con varias excusas. Sin embargo, contra todo pronóstico, había aparecido.

—Su Majestad.

Cuando el marqués Rodrigo llamó al emperador, el bullicio post evento cesó en un instante.

Pero el silencio fue breve, ya que las personas comenzaron a intercambiar miradas significativas con los demás o a susurrar entre ellos.

El conflicto entre la facción imperial y la nobiliaria no era nuevo. Llevaban más de una década con los nobles aliados al templo, presionando al joven emperador.

En realidad, esta enemistad venía desde la muerte repentina del anterior emperador y la precipitada coronación del actual.

Aunque los actos de la facción nobiliaria contra el emperador eran reprochables, el joven soberano tampoco se quedaba atrás. Todos sabían que él estaba detrás de las recientes purgas masivas.

Por supuesto, nadie había descubierto cómo el emperador manejaba a sus enemigos, y eso significaba que no había pruebas directas de que el emperador fuera el perpetrador. Sin embargo, era evidente que solo los principales personajes de la facción aristocrática estaban siendo eliminados.

El emperador ni siquiera parecía intentar ocultarlo. Al contrario, actuaba con tal descaro que su mensaje era claro: 

«Observen y arrástrense».

Después de que el marqués Megyn, el brazo derecho del marqués Rodrigo, fuera asesinado, y el conde Almeida, quien ocupó su lugar, también perdió la vida, la facción nobiliaria se encogió de miedo.

Aun así, todos esperaban que el indomable marqués Rodrigo actuaría. 

Era el tipo de hombre capaz de recurrir a medidas extremas, incluso ahora que la familia imperial estaba reducida al solo emperador.

Sin embargo, él había estado sorprendentemente tranquilo recientemente. A pesar de haber perdido a sus principales aliados, no había tomado ninguna acción hasta que, de repente, apareció en la competencia de caza.

Justo cuando corrían rumores de que «el siguiente es el marqués Rodrigo». 

El marqués ignoró las miradas y cuchicheos. Con rostro sereno, el hombre de mediana edad sonrió benévolamente hacia el emperador, quien lo observaba con expresión tensa, y solicitó: 

—Tengo un regalo personal que deseo entregar al Héroe. Como esta es una buena excusa, ¿podría aprovechar este momento? 

La petición era tan inesperada que un murmullo se extendió. ¿"Héroe"? ¿"Regalo"? Las miradas se volvieron hacia Arthur. 

Él, por reflejo, buscó a Boram, quien negó levemente. Ella tampoco entendía la situación. 

¿Qué conexión había entre Arthur y el marqués Rodrigo? Ninguna. 

Después de recibir su título, Arthur había vivido en el palacio real y no había impedido que los nobles lo visitaran, pero la mayoría eran insignificantes, excepto por el intento de soborno del conde Almeida, que había rechazado. Además, el caos que siguió al asesinato del conde Almeida había dejado todo en el olvido.

El marqués Rodrigo no era un hombre que guardara rencor por un rechazo.

¿Qué demonios pasaba? 

El marqués sostenía la mirada del emperador sin vacilar. Como si supiera que este no se negaría. 

No era un regalo para el conde Fontaine, sino para el héroe que salvó al mundo. Con motivo de celebrar su primer lugar en la competencia de caza, el marqués Rodrigo deseaba entregarle un presente, y al emperador le resultaba difícil rechazarlo. 

El emperador asintió con la cabeza. 

Entonces, el marqués Rodrigo hizo una señal, y como si lo hubiera preparado de antemano, un hombre se acercó a Arthur llevando algo cubierto por un paño. 

El objeto era bastante grande y alargado. Aunque oculto bajo la tela, destellaba en ciertos puntos, dejando claro que era de metal o algo similar, incluso sin ver su contenido.

El hombre que se acercaba a Arthur con el objeto tenía una apariencia pálida. Estaba claro que no era el hijo del marqués Rodrigo.

Aunque era un rostro completamente desconocido, Boram tenía la sensación de haber visto esa cara en algún lugar antes.

Además, le producía una sensación extraña y desagradable.

El hombre avanzó sin vacilar y, con una postura reverente como si estuviera ante el propio emperador, inclinó el torso para ofrecerle a Arthur lo que traía. 

Sin embargo, su actitud era tan firme que no transmitía sumisión, dando una impresión peculiar. 

Arthur, que había estado observando en silencio el objeto que el hombre le presentaba, extendió la mano. 

Cuando retiró sin dudar el paño que lo cubría, un murmullo de asombro estalló a su alrededor. 

—Dios mío. 

El hermano mayor de Boram, que estaba a su lado, dejó escapar una exclamación. Era un objeto capaz de arrancar admiración incluso a un mago sin interés alguno por las espadas. 

Boram abrió los ojos desmesuradamente. 

Por supuesto, no era porque el objeto fuera tan deslumbrante que incluso el corazón de una maga como ella se conmoviera.

Era la espada sagrada.

No, más bien, una espada que se parecía asombrosamente a la espada sagrada. 

Como si hubiera sido forjada en el mismo molde, con los mismos materiales, su apariencia era idéntica a la de la espada sagrada que ella conocía, emanando esa misma aura divina. 

La espada que Arthur había dicho haber perdido durante la batalla contra el Rey Demonio. 

La espada deslumbrante que Arthur había anhelado toda su vida. 

El hombre, con una sonrisa, habló: 

—Es lo que usted perdió. Restaurarla tomó tiempo, pero al fin puedo devolvérsela. 

«No». 

Boram lo negó instintivamente en su interior. 

Ésa no es una espada que Arthur haya perdido jamás. Para empezar, la espada sagrada nunca lo había elegido a él, y esa noble arma ni siquiera permitía que la tocaran aquellos que no eran sus dueños, mucho menos que la levantaran. 

Además, la verdadera espada sagrada estaba actualmente en posesión de Ketron. Aunque envuelta en tela, Boram la había visto en sus manos el día del torneo. 

Por mucho que se pareciera, eso nunca podría ser la espada sagrada. 

Pero… ¿cómo? 

Todos conocían la existencia de la espada sagrada que simbolizaba al héroe, pero su particularidad, sobre que solo el dueño podía levantarla y cosas como su apariencia habían sido olvidadas por todos debido al hechizo aquel día.

¿Cómo había logrado el marqués Rodrigo recrear una espada tan perfectamente similar? 

Y, sobre todo… ¿por qué? 

—...

Arthur permaneció inmóvil como una estatua, contemplando fijamente la espada sagrada. 

Su expresión parecía una mezcla de perplejidad, alegría y confusión. 

Pero Boram sabía qué decisión tomaría. 

No podía ignorarlo.

No.

Sin poder evitarlo, tuvo el impulso de salir corriendo para detenerlo, pero no estaba en posición de hacerlo. 

—…Sí. Es cierto. 

Finalmente, Arthur asintió y afirmó. Luego, como temiendo que se la arrebataran, añadió con firmeza: 

—Es mi espada. 

Su rostro parecía hechizado por el poder de la espada.

El hombre que la sostenía, con una sonrisa, la acercó aún más, y Arthur, al fin, la levantó. 

Ante la escena del héroe recuperando su espada sagrada, la multitud estalló en vítores. 

Si los años pasaran sin problemas, este día quedaría registrado en alguna parte como el día en que el héroe recuperó su espada sagrada. 

Sin embargo, Boram intuía que ese día jamás llegaría a existir. 

El rostro del emperador se había petrificado en una expresión rígida. Ella vio cómo éste murmuraba una orden a su subordinado que permanecía a su lado, y cómo el marqués Rivalt, tras asentir, abandonaba el lugar en silencio. 

Algo se estaba gestando. Y desde la perspectiva de Boram, era algo que Arthur no podría manejar. 

Su mirada siguió al hombre que le había entregado la espada sagrada a Arthur. 

Por un instante, los ojos del hombre de rostro pálido se encontraron con los de Boram. 

—¡...! 

Una sensación escalofriante la recorrió, y Boram apartó la vista de inmediato. Como miembro del grupo del héroe y una de las magas más poderosas, era inconcebible que alguien lograra intimidarla con solo una mirada. 

Era, sin duda, un hombre al que nunca había visto antes. Aunque le resultaba vagamente familiar, estaba segura de no haber conocido a nadie con ese aspecto. 

Objetivamente, su rostro era esbelto y atractivo, pero antes que pensar en su belleza, otro pensamiento cruzó su mente. 

Si alguien le pidiera que describiera ese rostro, Boram no habría sabido cómo hacerlo. 

Solo se le ocurrió una cosa. 

Que se parecía a una serpiente. Eso fue lo único que pensó.

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